5 de noviembre de 2016

Encrucijadas,decisiones y amistades

Lo echo de menos.
Las tardes de juegos de mesa, las conversaciones, las carcajadas, los debates frikis, la cotidianidad.

La sensación de "grupo de amigos" que había perdido tras tantas mudanzas de casa, ciudad y país.

Durante casi dos años, había un círculo de personas que sin serme del todo propio me permitía sentirme cómoda. No dentro al 100%, quizás, en parte por mi voluntad. Pero lo bastante como para disfrutarlo y sentirme bien.

Hay cosas que no extraño, desde luego.
Los momentos hipócritas, los dramas soterrados, esa sensación de "bien mayor".

Aun así, hoy gana la nostalgia.

Y el caso es que en un otoño de mudanzas, cambios de trabajo, casa y vida, desaparecieron.

No es la decisión que yo hubiese tomado para mí. Pese a los signos de desgaste, a las cosas que hastiaban y a la discusión que a todos pareció terrorífica y para mí fue una estupidez. No eran cosas que me hiciesen pensar en la ruptura que sucedió.

Pero es que la decisión no era mía.

Cuando estás en pareja, a veces debes apoyar y secundar decisiones de la otra persona acatándolas como propias. Aceptando que son parte del trato y de la vida, seguir adelante sabiendo que siempre ganas más de lo que pierdes.
En este caso no era un paso que yo necesitase. Por mucho que me sacasen de quicio las intrigas internas y las chiquilladas, lo bueno compensaba. Habría estado cómoda en la misma situación indefinidamente. Pero no se trataba de mí, ni de mi comodidad. Lo que para mí era cómodo y agradable, para quien viajaba conmigo era una trampa asfixiante y la decisión era suya, así que eso fue todo.

Lo entendí y lo apoyé al máximo. Todo el que emprende un proceso de cambio pasa por ese momento en que levanta la cabeza y lo que siempre fue un lugar amable de pronto es una cárcel. El momento en que el amigo más cercano de pronto es un desconocido. Es parte de cambiar, de crecer y evolucionar. A veces las relaciones cambian y se fortalecen, haciendo que las dos partes crezcan infinitamente. A veces dejamos atrás antiguas amistades con naturalidad, simplemente siguiendo el camino. Otras veces es necesario cauterizar.

Él cauterizó. Y unos meses después, se reafirmó en su clausura.

Yo no la tuve. Clausura, quiero decir. Sólo silencio. Era consciente de que podía ocurrir, pese a que su decisión era sólo suya, pero fue triste.
No sé si se me consideró instigadora o simplemente "parte del pack" pero no hubo preguntas ni comentarios al respecto. Tampoco despedidas, reproches ni buenos deseos. Sólo silencio, por ambas partes. Por la mía, porque no sabía qué decir. Por la otra, supongo que ocurrió lo mismo.

Y de pronto lo que era una presencia más o menos constante se convirtió en ausencia. Atronadora al principio, y poco a poco imperceptible. Tardes de sábado en casa, otras formas de planificar, fechas marcadas en rojo que se borran con típex. Eliminar grupos de Whatsapp y amigos de Facebook cuando quedó claro que la distancia era insalvable y el silencio ininterrumpido. Sin comentarios, despedidas ni explicaciones. ¿Para qué?

Como en las rupturas de pareja, hubo intercambio de cosas prestadas. Me reencontré con un rehén al que consideraba perdido y del que me había despedido internamente, que volvió acompañado de un reproche sutil que no pretendía otra cosa, ya que al buscar profundizar, quedó en suspenso. De nuevo.

Y ya está. Ahora estás al otro lado, mirando las fotos que aparecen y sabiendo que no hay un hueco para ti en ellas, igual que no hay huecos en tu vida que esperen a nadie. Todos seguimos, todos vivimos, y hay cosas que son sólo recuerdos.

No me duele. Tengo la inmensa bendición de contar con amigos de magia pura a menos de un susurro de distancia. Además de la certeza de que todo ocurre para mejor.
Pero sí echo de menos cosas. Situaciones, gestos, conversaciones que eran parte de una cotidianidad bonita que tuvo que disolverse y que es improbable que vuelva a ensamblarse.

Se quedaron palabras sin decir, conversaciones que me habría gustado tener y nunca tuve. Al principio, porque sentía que no debía entrar en una ruptura en la que yo no era protagonista. Más tarde, porque ¿para qué? Desear tener una conversación no nos da derecho a imponerla a quien no quiere saber nada de nosotros.

Y pasó el tiempo. De pronto hace un año y me encuentro recordando y añorando. Pensando en que ojalá hubiese habido una forma de crecer juntos en vez de necesitar de un final para que él pudiese crecer tranquilo. Sabiendo que, de haber sido así, nada de esto habría ocurrido.
Pensando en que en otro tiempo (casi otra vida) me habría encantado contar y compartir con esas personas mi camino actual, todo lo que ha pasado, todo lo que sé que va a ocurrir. Que en parte aún me gustaría hacerlo.
Pensando en los sacrificios que hacemos para evolucionar y ser coherentes. En las decisiones que tomamos, y las que simplemente asumimos por solidaridad.
Pensando en las palabras por decir, que se van ajando en el recuerdo de una conversación mil veces imaginada.
Y me pongo a escribir.

Ésta es uno de esas poquísimas entradas que no sé por qué escribo. Tal vez a modo de mensaje embotellado, o de simple confesión al aire. Tal vez porque llevo días rumiando todo esto y ponerlo en negro sobre blanco es receta infalible para quitármelo de la cabeza.

El caso es que os echo de menos, y me entristece todo lo que pudo ser y no fue. Y cuando veo las fotos inevitables, se me escapa una sonrisa de nostalgia y muchas dudas. Cómo sería, qué se pensó, qué se dijo.

Y queda la espinita de que no hubo adiós, ni palabras, ni miradas. Sólo el silencio en blanco y la incomprensión velada de un otoño atronador.