4 de septiembre de 2016

"No sólo duelen los golpes", una herida en la que refugiarse

La primera vez que oí hablar de Pamela Palenciano fue de boca de mi Ahijado scout. Me comentó que había un monólogo sobre la violencia de género que me fliparía. Lo vi. Me impresionó. Y a partir de aquel momento deseé fervientemente poder ver en escena a esa increíble mujer y darle las gracias.

Hoy, ha ocurrido.

Esta noche he ido a ver el monólogo "No sólo duelen los golpes" en el Teatro del Barrio, en Lavapiés. Un teatro pequeño, en una callecita cualquiera de este barrio lleno de cuestas, en el que el chico del sombrero, Aletheia y yo hemos asistido a algo impresionante.

Nos sentamos en primera fila y vimos una escenografía mínima: Un banco lleno de pintadas y una sudadera aparentemente inocente colgando de una percha.

Con esos dos elementos, a Pamela le sobra, porque el resto lo ponen su cuerpo y la brutal energía que desprende. Una energía que la disfraza y la moldea, transformándola según el momento en una princesa de cuento, un príncipe, un colega, su madre o Antonio, su maltratador.

Pamela cuenta su historia. La historia de una adolescente que se enamora de un chico normal. Una historia de amor que poco a poco se transforma en una pesadilla de violencia constante con una normalidad tremenda.
Porque eso es lo impresionante de la historia de Pamela: su normalidad. Todos podemos reconocer (o reconocernos) en lo que cuenta la protagonista. Hemos visto a hombres actuar como Antonio, hemos visto a mujeres actuar como Pamela. Y no nos ha llamado la atención.

Y es que este monólogo tiene el nombre bien puesto. No sólo duelen los golpes. No se trata sólo de las palizas, violaciones y asesinatos que decenas de mujeres sufren. Se trata de lo que conduce a ellas, de cada pequeño gesto machista aparentemente inofensivo que nos van moldeando como sociedad hasta ser lo que somos.

Yo he llorado durante el monólogo. Mucho. Y me he sorprendido. Porque sin haber sufrido jamás violencia de género por parte de ninguna de mis parejas, sí que he reconocido actos de acoso y maltrato que he vivido en mi día a día. Que me han hecho sentir humillada. Y que nunca habría identificado como machismos o violencia hasta hace muy poco tiempo.

Pero hay que hacerse consciente. De todo. De los dos mundos en los que vivimos en función del género en el que nos movemos. De que, como dice Pamela "a los hombres os ponen una armadura de príncipes que os pesa toda la vida, que os castra las emociones, que os educa en la violencia". Y de que a las mujeres se nos enseña a esperar "esperar a que me llame, esperar a que venga, esperar a que cambie...".



Hay que hacerse consciente de que ninguna mujer maltratada es tonta. "Antonio no era ningún monstruo. Era sensible, divertido... Cuando estábamos bien, era la hostia". De que un proceso lento e inexorable de anulación de la personalidad y destrucción de la autoestima tiene lugar para "dejar de ser PAMELA para ser LA NOVIA DE ANTONIO". Y una vez dentro de esa jaula invisible, ¿cuántos de nosotros seríamos realmente capaces de salir?

Y, sobre todo y ante todo, hay que aprender a AMARNOS A NOSOTROS MISMOS, a NOSOTRAS MISMAS. Porque es la base para crecer. La misma Pamela lo explica "Nadie, nunca, te podrá querer como te quieres tú". El problema es que, muy a menudo, esperamos a que otros nos quieran en lugar de darnos a nosotros mismos el corazón.

"No sólo duelen los golpes" escuece. Mucho. Escuece donde más duele. A unas, por lo que han sufrido o visto sufrir. A los otros, por lo que de su educación y comportamiento muestra.
El hombre al que Pamela Palenciano pone en escena con un lenguaje corporal impresionante lo hemos visto todos. En el instituto, en la plaza, en el metro, en el cine. En el trabajo. No hay que hacer ningún esfuerzo, conforme ves el monólogo te vienen flashes, y la sudadera de Antonio le entra como un guante a muchos hombres que conoces.

Por eso, quizás, esta admirable activista tiene que aguantar un acoso vergonzoso: Porque a nadie le gusta que le pongan un espejo delante de la cara y que la imagen que nos devuelva la mirada sea la de un maltratador. Porque nos gusta pensar que son locos, que son enfermos, que son casos aislados, sádicos... Pero no. Como se suele decir "No son locos, son hijos sanos del patriarcado".

Por supuesto que no todos los hombres acosan, matan ni violan a sus parejas. Nadie dice eso ni este monólogo lo defiende. Pero es esta sociedad machista plagada de pequeñas (y enormes) discriminaciones la que permite que personas como Antonio pueblen nuestras vidas.

Al terminar el monólogo, con una música esperanzadora, hemos salido de la sala removidísimos. Y al rato hemos vuelto a ver a Pamela, fuera de su traje de actuación. Emocionada, encantadora. Y nos ha escuchado, y nos ha abrazado, y nos ha dado las gracias. Cuando más gracias tenía que darle yo por llegar a esa herida desconocida y abrirla de golpe para permitirme curarla. 

Por favor, id a verla. Vedla en Youtube, sin duda, sólo por escuchar sus palabras. Pero, si podéis, vedla en directo. Porque todo lo que Pamela da en el escenario no se ve en un vídeo. La energía, la emoción, el alma que pone en cada palabra que dice hay que vivirlas cara a cara.

Muchas gracias de nuevo, Pamela, por esto. Por decidir convertir una experiencia dolorosa en una catarsis y en un espejo en el que miles de mujeres puedan identificarse y crecer. Nos veremos pronto, porque esta experiencia hay que vivirla más de una vez.