27 de enero de 2016

Herramientas mágicas: Amor a uno mismo


Para leer esta entrada, se recomienda tener a mano un espejo.

Mírate en el espejo.
La persona que tienes delante es la única persona de universo que ha vivido contigo cada momento de tu vida.
Es la única persona que ha compartido cada una de tus vivencias, que tiene tus mismos recuerdos.
Es la única persona que existe que conoce todos tus secretos, hasta aquellos que juraste no contar nunca.
Es el único hombre, la única mujer, que ha llorado contigo en cada momento triste y reído a tu lado en todos los momentos felices.
Es la única persona que conoce a todos tus amigos, a tu familia, a las personas que amas y a las que detestas. Es el único, la única, que sabe lo que sientes por cada persona de tu vida.
La persona que ves frente a ti es la única que ha vivido contigo tu pasado, y que estará a tu lado en el futuro. La única que planeará contigo lo que habrá de venir.
Es la única persona del universo cuya muerte acabaría contigo.

Ahora, pregúntate, ¿es esa persona la persona a la que más quieres en el mundo?

Si tu respuesta es sí, lo celebro muchísimo.
Si te has quedado dudando, no pasa nada.
Si te horroriza y te parece el colmo del narcisismo que uno mismo sea la persona a la que más se quiera... me temo que te queda un buen camino por delante.

A lo largo de la vida se nos enseña a valorar a los amigos, a la familia, a las personas incondicionales. Sin embargo, nunca se nos enseña a amar a la persona más incondicional de todas: Uno mismo.
De hecho, se nos educa en que está mal. En que anteponer la propia felicidad, el propio bienestar, al de los demás, es egoísta y despreciable.

Y así, la mayoría de las personas crecen sin preocuparse de quererse. Muchos incluso odiándose, despreciándose y descuidándose. Machacando día tras día al único ser de este mundo con el que vivirán siempre.

Es necesario cambiar eso.

Muchos preguntarán por qué. La respuesta corta es porque mereces quererte, porque sí.

La respuesta larga es que es la mejor forma de ser feliz, por un montón de razones.

Porque si te quieres, nunca necesitarás a nadie. Nunca tendrás relaciones dependientes. Sabes que tú puedes darte todo lo que te haga falta, que eres el único responsable de tu felicidad. Y así, las relaciones que establezcas serán siempre positivas, desapegadas.

A menudo buscamos en las relaciones cosas que no somos capaces de darnos a nosotros mismos: Alguien que nos diga que somos atractivos, porque odiamos nuestro cuerpo. Alguien que nos cuide, porque no sabemos cuidarnos. Alguien que nos diga que somos la leche, porque si nos lo decimos nosotros no lo creemos. Alguien que nos dé amor incondicional, porque nunca nos hemos parado a dárnoslo.
Buscamos parches para algo que nadie de fuera nos puede dar, porque es nuestra propia responsabilidad.

Si te quieres, tendrás a tu alcance todo lo que quieras. Las excusas de "yo no valgo para eso", "no se me da bien", "soy mala en esto", "me tienen manía", "mi jefe no me valora"... se irán todas por el wáter. Sólo necesitas tu propio reconocimiento, mirarte en el espejo y entender de una vez que vales para lo que decidas valer, que casi todo lo puedes conseguir proponiéndotelo, y dejando de ponerte palos en las ruedas.

Si te quieres, serás capaz de decidir sin chantajes. Si estás en un sitio que no te hace feliz, podrás irte y crecer en lugares nuevo. Incluso si otros se enfadan contigo y te dicen que eres un egoísta, podrás estar en paz con ello. Tu máxima responsabilidad es ser feliz, estar seguro de lo que haces, sentirte bien contigo. Los demás tienen que encargarse de sí mismos y no cargarte a ti con lo suyo.
Ésa es la respuesta larga.
Pero no basta con querernos. Es necesario que aprendamos a querernos incondicionalmente.

Piensa en la persona a la que más quieras en el mundo (si eres tú, a la segunda). En tu madre, tu padre, tu hijo, tu hermano, tu pareja...
Imagina que esa persona comete un acto horrible: Un crimen, un asesinato, una burrada indescriptible.
¿Seguirías queriéndole? ¿Podrías perdonarle?
Probablemente, la respuesta sea sí.

Ahora piensa que eres tú quien comete ese acto horrible.
¿Seguirías queriéndote? ¿Podrías perdonarte?
Probablemente, la respuesta sea no.

¿Cómo es posible que nos exijamos más a nosotros mismos que a los demás? ¿Cómo es posible que perdonemos y amemos con más facilidad a los de fuera que a nuestro propio interior?
Si lo piensas, es absurdo.

Puede que sea porque pensamos que tenemos que ganarnos el amor de otros (y el nuestro), que no somos dignos de ese amor sólo por existir. Craso error. El amor no se gana, se siente, se disfruta. Se vive. Y el amor a uno mismo no puede ser una excepción.

Y lo mejor es que sea incondicional, porque quererse es el pilar más fuerte sobre el que construir.

La mala costumbre de sentir que tenemos que "ganarnos" las cosas, que es correcto exigirnos más que a los demás y juzgarnos duramente es tremendamente autodestructiva. No te juzgues, mírate con indulgencia, acéptate, quiérete, perdónate y convéncete de que mereces lo mejor.

No se te ocurriría atacar a otros con esa dureza, ¿por qué te parece bien hacerlo contigo, el único, la única, que siempre te acompaña? Invierte ese tiempo en cuidarte...

¡Atención!  Quererse a uno mismo no significa pensar que siempre tienes razón, que estás por encima de los demás, que eres mejor que ellos o que puedes pisotearles para conseguir tus objetivos. Ni mucho menos.

Una persona que de verdad se quiere no se compara. No necesita sentirse mejor o peor que otros. Sabe que es maravilloso tal como es. Con cosas que mejorar, con maneras de crecer... sigue siendo una persona digna de amar. 
Y si no te comparas, no puedes sentir envidia, ni desear mal a otros sólo por destacar. No lo necesitas.

Una persona que de verdad se quiere no hace daño a otros porque no le aporta nada. No necesita que otros se sientan mal para sentirse fuerte, porque se siente fuerte sólo por existir.

Porque, y esto es crucial, la persona que se quiere incondicionalmente es la que puede querer a otros de la manera más pura y desinteresada. Ya lo hemos dicho, no busca en otros lo que no se da a sí mismo. Y, por eso, puede disfrutar de las relaciones de forma totalmente libre, preocupándose por el bien de otros sin segundas intenciones.

¿Crees que esto no tiene sentido? Yo también lo pensaba. Nos han educado en que mirarse al espejo es vanidad, quererse a uno mismo es ego, aceptarse tal y como somos conformismo. Nos han mentido. Nos han mentido porque les mintieron a ellos. Pero todos podemos desaprender y aprender de nuevo.

 Piénsalo. Mírate. ¿De verdad te quieres incondicionalmente? ¿De verdad crees que no serías más feliz si te quisieras más?

Y, en cualquier caso, ¿de verdad perderías algo por intentarlo?

No te voy a mentir, no siempre es fácil. Hay demasiados años de autoodio, o de autoignorancia en el mejor de los casos. Demasiados mensajes en contra de mirarnos en el espejo y a favor de los celos, la competitividad y la inseguridad.

Es un trabajo de todos los días. De detectar esa vocecita que te llama inútil, o te dice que Fulanito trabaja mejor que tú, o te sugiere que te calles para no quedar en ridículo. De callar sus palabras y convencerla de todo lo contrario con una descarga de amor que la deje patidifusa y termine por echarla de tu mente.

Coge el espejo, mírate. Sonríe. O llora. O grita. Y observa cómo cambia tu cara.

Estás delante de la persona más importante de tu vida, la única sin la que te sería imposible vivir. Quiérela mucho, demuéstraselo cada día.

Sé feliz.


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9 de enero de 2016

Los Reyes Magos no existen

Los Reyes Magos no existen. No es que sean los padres, es que no existen. No son personajes históricos, ni siquiera literarios. Los señores Melchor, Gaspar y Baltasar nunca existieron, son hijos de una tradición inventada, y no van a las casas de los niños buenos cada 6 de enero de madrugada.

Muchos adultos parece que no se han enterado de esto, dado el debate sangriento que hemos vivido en medios y redes sociales los últimos días. Unas broncas bochornosas, entre políticos, tuiteros, periodistas y gente de a pie debatiendo sobre si el traje de Gaspar es apropiado, sobre el bronceado de Baltasar, o si a Melchor le han cambiado de sexo.

Confieso que al principio me lancé al debate, pero terminé tan saturada que me detuve a pensar, a mirar... y me pareció todo muy lamentable.

Durante generaciones, nos hemos dedicado a mentir a nuestros niños. Les engañamos hablándoles de unos personajes ficticios que cada año vienen de "Oriente" (con lo jodidas que están las cosas en Oriente, para que vengan tres indocumentados en camello). Les decimos que traen regalos a los niños buenos y, a veces, les explicamos que el primero al que llevaron regalos fue a un bebé que nació en un pesebre hace dos milenios.

Los niños escriben la carta, o hacen círculos en la revista de la juguetería de turno. Los padres explican que los reyes sólo pueden traer X número de juguetes, o que sólo traerán un juguete si el niño ha jugado con uno similar el año anterior, o que este juguete educativo seguroseguroseguro que lo traen. Y se empeñan en leer la carta, violando la privacidad postal de mala manera.

Ponemos polvorones y vino para los reyes la noche del día 5. Dejamos un cubo de agua para los camellos o incluso, como hice yo una vez, dejamos un papelito pidiendo que nos firmen un autógrafo.

Y por la mañana aparecen los regalos. Montañas de caramelos, los juguetes deseados, algo de carbón dulce. El autógrafo firmado, los polvorones desaparecidos, el cubo de agua vacío.

¡Qué ilusión!

La historia no hay quien se la crea, claro, y menos ahora. Demasiad globalización. ¿Cómo justificar a los reyes si los yanquis tienen a Santa Claus, en Sudamérica están el Niño Jesús y el Viejo Pascuero, en Italia la Befana, en País Vasco el Olantzero...? Es imposible. Lo justificamos con magia mezclada con lógica. ¡Los reyes no pueden abarcar todo el mundo! Hay una especie de sindicato internacional del regalo en el que cada personaje va a un país.
Ajam.

Eso por no hablar de las cabalgatas que se transmiten en la tele, en la que los reyes, y las carrozas son cada una de su padre y de su madre, y poco tiene que ver con la del pueblo del niño.
Lo justificamos con magia y pragmatismo. ¡Los reyes no pueden estar en todos sitios a la vez! Los que van en las carrozas son pajes, que están por todas partes. Y si uno se parece a Manolo el frutero es porque a lo mejor es su pariente. Vete a saber.
Ajam.

También está la psicosis de los centros comerciales. Hombres y mujeres recorriendo jugueterías, joyerías y grandes superficies cargados de regalos ante los ojos de esos niños atónitos a los que se les ha dicho que desde diciembre no se puede regalar nada porque no vienen los Reyes.
Lo justificamos con magia y la ley de la oferta y la demanda. ¡Son demasiados juguetes en muy poco tiempo! Así que, a veces, los Reyes piden a los padres que reserven los regalos en las tiendas para ellos poder recogerlos.
Ajam.

Por último, tenemos la parte sangrante del asunto: ¿Por qué a mi amiga Noelia sólo le han traído una mochila de Frozen, y a mí unos Lego, un Nenuco, una Game Boy y una caja de bombones? 
Cómo le vas a explicar al niño que los padres de Noelia están en paro, les han desahuciado y toda la familia vive con el abuelo.
Lo justificamos con magia y cinismo. "Pues a lo mejor Noelia no ha sido tan buena como tú", o "Pues porque en casa de Noelia son más", o "Seguro que le han regalado más cosas pero no te lo ha contado".
O algunos, como pasaba en el libro de "Celia, lo que dice", explican que los reyes sólo dejan regalos a los niños con dinero para que ellos los compartan con los pobres.
Ajam.

Contamos mentiras de todos los colores para que la historia cuele. Y nos parece bien.
Pero eso sí, justificar con magia que Gaspar lleva un traje espantoso no es posible.
Ahí, se cae el mito, y los niños sufren. Es imposible creerlo. Y se les rompe la ilusión. No lo perdonaremos jamás.

Venga ya, coño, si lo raro es que se lo crean en algún momento. Es algo que sólo se consigue con la fe absoluta que tenemos los humanos en las cosas que queremos creer a toda costa. Es la única explicación.

Encima, cuando se descubre el pastel, las navidades no volverán a ser las mismas. Da igual si el niño lo averigua en el colegio, en la tele, lo deduce, o pilla a los padres poniendo los regalos. No importa. Desde ese momento sentirá que a sus navidades les falta "magia". Y se pasará el reto de su vida recordando aquellas navidades de ilusión en las que la mentira aún colaba.

Todo el mundo evoca las navidades de su infancia como más felices, más inocentes, más ilusionantes. ¿Por qué? Porque aún no nos habían destapado el pastel. 
Sabemos que contar la mentira de los Reyes hará que nuestros niños se desencanten con la Navidad, pero no nos importa. Preferimos que disfruten durante los 3 ó 4 años en los que lo creen (porque antes de los cuatro no se enteran, y a partir de los 8 empiezan a sospechar), porque nos hace disfrutar a nosotros. No se puede ser más egoísta.

No contentos con mentirles, y arruinarles la inocencia, les chantajeamos sin parar. "Los reyes traen regalos a los niños buenos", "Si sigues pegando a tu hermana te van a traer carbón", "¡Mira! Carbón de caramelo. ¡Eso es que no has sido tan bueno", "Si eres malo los días después de Reyes, vienen a llevarse los regalos", "Pórtate bien, que los Reyes tienen a sus pajes vigilando"...
Una extorsión incesante que enseña a los niños a portarse bien para lograr su recompensa, a ser buenos para tener regalos y a sentirse permanente vigilados.
¿Estamos locos?

Y encima, para colmo de males, para terminar de pervertir una idea que es perversa ya de base, la politizamos. Nos tiramos los trastos a la cabeza, nos insultamos y nos peleamos por unos personajes imaginarios.
Decidimos cambiar la tradición para innovar, o cagarnos en cualquier cambio por hereje. Asociamos la idea a la religión, como un evento sacro, o lo comparamos con el Orgullo Gay.
Y en esa espiral política vergonzosa, usamos una vez más a los niños como rehenes. Acusamos a unos y otros de traumatizarles, de robarles la ilusión, de engañarles. Los zarandeamos y nos los lanzamos a la cara como un argumento político.

Mientras ellos, ajenos al debate, cogen caramelos y escriben sus cartas.

Mi conclusión, tras todo esto, es que cuando tenga hijos no les contaré la gran mentira. Les diré que en Navidad es tradición hacerse regalos, porque nos queremos, porque es una época en la la gente quiere ser más generosa. Les diré que espero que sean buenos porque es lo correcto y lo que más felices les hará, no para conseguir un premio. Les diré que quiero que disfruten de estar con su familia, de la decoración, de las tradiciones, de los villancicos y la comida distinta toda su vida, sin necesitar de mentiras. Y les diré que prefiero no mentirles, porque a las personas a las que se quiere, no se les miente.

Y así, cuando vayan a la cabalgata coger caramelos y disfrutar del folklore de su país (porque no es otra cosa), les importará tres pitos si Gaspar lleva túnica, miriñaque o un traje de fallera. Y nadie podrá usarlos para sus intereses.

Porque los Reyes Magos no existen.

5 de enero de 2016

Luz

Respiró...

Sintió la luz entrar en su pecho y filtrarse por cada rendija.
Era cálida, dulce y suave. Olía a noches de ternura y a bizcocho de limón.

Notó un leve cosquilleo mientras recorría su cuerpo, paseando por sus venas, jugueteando con sus nervios, rozando sus músculos, enterrándose en sus huesos... Y se perdió en manos de la luz, que tomó el control de todo.

Cabalgaba por sus células, juguetona, transformándolo todo a su paso.

Con un chispazo fulgurante se enredó en su pelo, dándole brillo y maravilla. Columpiándose por las lianas de su melena, desparramándola sin contención.

Revoloteó por su piel, erizando el vello allí donde tocaba, rebuscando en los pliegues de los nudillos, el cuello, los costados, las comisuras de los labios... Patinando por la suavidad de su cuello y deslizándose por las curvas de sus senos. Imbuyendo toda su piel, su órgano más grande y misterioso, de la magia que llevaba consigo.

Se detuvo un instante en las puertas de sus ojos, titilando con orgullo al ver cómo las semillas que plantaba germinaban, florecían y se transformaban en frondosas matas de luz pura, de magia pura, de amor puro.

Se miraron, luz y mujer. Y la mujer respiró de nuevo. Y la luz, con un grito de júbilo, continuó su viaje.

Tiñó sus ojos del color de los sueños cumplidos, tejiendo con las lágrimas sin derramar una telaraña de catarsis, y derrapó por sus cejas, buscando la boca carnosa, que inundó de carcajadas desinhibidas, escandalosas, contagiosas.

Se deslizó hacia dentro y como una surfera experta cabalgó la ola de aire puro que entraba a unos pulmones cansados de contaminación. Los lavó con relente de mareas y zigzagueó por las arterias, hasta llegar al corazón para henchirlo de sangre límpida. Desbordando su propia luz en aquel corazón vibrante.

Jugó con las capas de grasa subcutánea, gritando a cada lipocito que era amado, que era maravilloso, que era merecedor de su lugar en el mundo. Invitando a aquellas células a unirse a su baile frenético, a impregnarse de ganas de vivir, a no quedarse detenidas donde no podían hacer más que aburrirse.

Brincó en las crestas ilíacas, haciendo piruetas y saboreando la textura de los huesos, bailando al son frenético del tuétano que trabajaba sin cesar. Pulió los huesos con sus pies de diamantes y los hizo cantar a su son.

Paseó con delicadeza por los entresijos del sexo, maravillándose de la perfección secreta, jugosa y acogedora que vivía entre aquellos pétalos hechos de pura sensación. Rozó con delicadeza la perla rosada y notó la tensión de los músculos, sintiendo la emoción contenida, el éxtasis esperando a ser liberado, la carne lista para derretirse en un gemido. 

Y en ese gemido salió la luz disparada, tocando las cuerdas vocales con sus dedos de cristal, para volver después con un brusco viraje.

Se sumergió en la espalda, calentando los músculos y observándolos relajarse, notando cómo se acomodaban y adormecían al escuchar su nana interminable. Vio marcharse las tensiones y deslizarse el estrés hacia fuera. 

Tomó una corriente nerviosa para dirigirse a los riñones, a los que abrazó y limpió, como una pequeña deshollinadora resplandeciente.
Después escuchó los cuentos del hígado, y rió sus chistes absurdos de químico incomprendido. Le dejó de regalo una estrella.

Pasó por los ovarios tranquilos, usando las trompas de tobogán improvisado, mientras dejaba a su paso un luminoso camino de vida y paz.
Se maravilló en la gruta uterina. Quedó callada, sentada, en aquel templo rojo, pulsátil y poderoso, sintiéndose en casa. Vio el futuro de aquel hogar expectante y mandó saludos a través del tiempo inexistente a sus futuros frutos.

Ahondó más y más en aquel ser, en aquella mujer que le había abierto las puertas.
Entró en los rincones más secretos y ocultos, hasta encontrar las puertas que rara ve se abrían.

Cruzó el umbral, atenuenado su propio resplandor para no molestar, y le sorprendió encontrar una luz mucho más grande que ella. Lució como una estrella para agradecer aquella bienvenida.

Caminó entre senderos de cristal. Recuerdos luminosos, emociones vibrantes, felicidades intensas, enfados terribles, un latido constante de emociones apuradas hasta sus últimas consecuencias. Se sintió embriagada, emborrachada de sentimientos. Y saltó, y voló.

Aquel lugar era precioso, era perfecto, y cantaba a su compás. Acarició cada esquina, rozó cada pensamiento, llenó de besos sus sueños y convirtió las pesadillas en lecciones importantes.

Llegó a las grandes heridas, aquellas demasiado secretas, demasiado profundas, demasiado recónditas. Las besó despacito, dejando fluir toda la luz que pudo encontrar, asombrada de cómo aquellas marcas cicatrizaban solas, y agradecían su presencia con una dignidad libre y sana, exenta de rencor y miedo.

Gritó de alegría, saltó y bailó bajo las intuiciones enraizadas en su ser, columpiándose en las ramas de su inconsciente y haciendo el pino entre sus deseos.

Todo brillaba, todo relucía, el cuerpo entero, el alma entera, la mente entera...

Y la luz salió, sabiendo que, en realidad, siempre viviría allí.

Espiró...

Y la luz, la magia, el amor infinito, se alejó vibrando, titilando, dejando tras de sí una estela casi imperceptible que conectaba el cuerpo de la mujer con todos los demás tocados por aquella luz traviesa y dulce. Formando una cadena interminable de seres que cantaban con la misma voz.

1 de enero de 2016

El correo de año nuevo

Todos los años, entre el 1 y el 5 de enero, envío un correo a mis amigos más cercanos. Es una tradición que empecé en 2008, y que a día de hoy sigo manteniendo.

La nochevieja de 2008 fue bastante catastrófica: Mi entonces pareja no me hacía ni caso (cortaríamos dos días después), echaba muchísimo de menos Madrid, me reafirmaba en mi odio negro hacia mi ciudad natal (tardaría aún unos años en volver a apreciarla), mi madre estaba bastante bajeras, y junta nos habíamos montado una plataforma anti-Nochevieja renegando del mundo en general.

Fue el único año de mi vida que no me comí las uvas (comimos gajos de mandarinas). El 2009 fue un año mortal de necesidad, así que no os lo recomiendo.

Pero entre esa vorágine de pesimismo, se me ocurrió escribir un mail a mi gente más cercana para contarles cómo había sido mi 2008. Muchos de ellos habían escrito textos similares en sus blogs y fotologs (sí, era esa época) y yo me había negado a hacerlo, muy en modo señor Scrooge.

Me gustó la idea, y la mantuve en los años siguientes, hasta ser a día de hoy una tradición infaltable.

El correo suele ser un tocho de tres pares de narices, ya que voy contando casi todas mis vivencias y emociones importantes de enero a diciembre, con cierto detalle. Siempre alguno me comenta que no sabe cómo puedo acordarme de tantas cosas. La verdad es que yo tampoco lo tengo claro. Simplemente me siento, empiezo a pensar en enero del año que acaba de terminar (muchas veces en el momento de escribir el correo) y los recuerdos van fluyendo encadenados. Es una sensación muy chula.

Para mí, ese correo es importante por muchas razones. Por una parte, me parece una forma estupenda de clausurar el año y dejar cerradas las cosas que han ocurrido. Aunque cada vez siento más que la medida del tiempo es un encorsetamiento humano, creo que todos necesitamos cerrar etapas, y el calendario nos da una buena excusa. En este caso, sacar, observar, limpiar, revisar y guardar tooodos los momentos importantes de un año, me sirve para clausurarlo y quedar en paz con él.
Esto, con años muy muy complejos o de muchos cambios, como 2013, fue especialmente catártico. Una es muy sensible, y según relataba momentos (como la fuga del chico del sombrero) me sentía igual que en aquel instante.

Además, es una forma de sentir más cerca a los amigos que son más cercanos a mí. Todos los años de la lista entra y sale gente (menos el año pasado, que por primera y única vez no salió nadie). Porque ocurren cosas que hacen que los demás se aparten, o que tú encuentres caminos nuevos.
Pero los que están (y sobre todo los que permanecen) son patanegra.

Esto es especialmente importante si tenemos en cuenta que a la mayoría de mis amigos los veo menos de lo que me gustaría, y que muchos de ellos viven a distancias que van de los 600 a los 9.000 kilómetros de mí. Y por más que les veas o hagas Skype de vez en cuando, tener la oportunidad de contarles tus vivencias y además dejarles patente lo mucho que les quieres, es algo especial.

Una cosa llamativa sobre las personas que entran y salen, es que cuando empiezo a trabar amistad con alguien, a veces me planteo "¿le mando el correo en fin de año?". No importa lo que me responda, hasta ahora el 100% de las veces cuando me he sentado a escribir, no ha estado en la lista. Creo que voy a empezar a condenar al ostracismo a cualquier persona que me inspire ese pensamiento, para ir más rápidos...

Todos los años, al final del correo hay una especie de "Darse de baja". Yo entiendo que no a todo el mundo le puede apetecer leerse a principio de año un mail interminable en el que yo cuento mi vida. Todos los años alguien me contesta diciendo que soy idiota y que no se quieren dar de baja. Son la leche.

Este año tengo mucho que contar en ese mail, porque 2015 ha sido un año complicado y lleno de cambios. Me sentaré a escribirlo en un rato, o tal vez mañana en el tren. Y aprovecharé para cerrar un nuevo capítulo, recordar a quienes quiero mucho que les quiero mucho, y seguir perpetuando una de las tradiciones más absurdas y queridas de mi vida, que hoy me ha apetecido compartir aquí.

Feliz año a todos los que pasáis por este rinconcito. Sed felices.