19 de octubre de 2016

Caminando despacio

Descubrí que lo mejor era caminar despacio.

No fue fácil, ¿sabes? Porque todos nos piden que caminemos rápido.

Caminar rápido para no perder el metro.
Caminar rápido para llegar a la hora.
Caminar rápido para ser el primero en la cola.
Caminar rápido para quemar grasa.
¡Por dios! Si hasta nuestro presidente en funciones hizo un vídeo de sí mismo caminando rápido, vaya usted a saber por qué.

Nos piden que nos demos prisa para llegar a ninguna parte. Y yo, con mi paso ligero de madrileña adoptiva iba corriendo a todos lados, tirando con la correa de la parte más intuitiva de mí, que iba la pobre arrastrada por el suelo. Pasando metas volantes a toda hostia, pero sin dedicar un solo segundo a disfrutar de cada pequeño triunfo. 
¡No señora! ¡Que queda mucho por correr!

Y entonces, nos caímos al suelo. Porque la correa ya hacía heridas en el cuello y porque conseguir cosas para no gozarlas no sirve para nada. Y la funambulista se echó a llorar con los pies llenos de sangre. Para eso sirvió correr tanto, para que la caída doliese más...

Así que nos fuimos al bosque a aprender a andar despacio.

¿Alguna vez lo has intentado?
No, así no, eso es andar como los abuelillos, que andan lento porque no pueden andar rápido. Yo me refiero a caminar despacito porque quieres.

Es raro. Consiste en apoyar un pie entero y respirar. Y, después, levantar el pie despacito mientras apoyas el otro, respirando. Hay que respirar mucho, muy lento, para no perder el ritmo.
El resultado es curioso. Caminas tan despacio que la gente te mira, pensando que te pasa algo. Tú sientes como si fueses a cámara lenta en un mundo lleno de personas a cámara rápida. Al principio te da vergüenza y te impacientas. Tus piernas quieren su ritmo normal, quieren caminar rápido, a paso de marcha, devorando millas.
Hay que ser gentil y pedirles que esperen, decirles que valdrá la pena. Poco a poco te irán haciendo caso, aunque sea a regañadientes.

Cuando caminas despacio y respiras despacio, de pronto lo ves todo y lo oyes todo.
Te lo digo en serio, fliparías.
Miras los árboles y los ves distintos. Te das cuenta de que ninguno de ellos tiene el tronco marrón. El de éste es plateado, el de aquél verde musgo, y el que está al fondo parece negro. ¿De dónde nos sacamos que los árboles eran simplemente marrones?
Escuchas el crujir de tus suelas en la grava del camino. Es impresionante, yo no sabía que hacía tanto ruido al caminar, me sentía muy escandalosa la primera vez.
Escuchas pájaros y el roce del viento en los árboles. Sí, caminando deprisa también los puedes escuchar, pero menos, porque en un instante los has dejado atrás.
Sientes el tacto de las piedrecitas y las castañas bajo los pies. No se llegan a clavar, simplemente las percibes.
Sientes el frío en las manos, y en las mejillas, pero no corta. Es una caricia suave, como la de una mano que ha pasado mucho tiempo bajo el agua.
Tocas la corteza de un árbol y alucinas con el relieve.
De hecho, te apetece tocarlo todo. La hierba, las flores, las gotas de rocío. Quieres sentir en tus manos cada cachito de bosque. Te sientes un poco lunática, pero es divertido. 
Cuando inspiras huele muy fuerte a otoño y a lluvia y a tierra empapada. Son olores que conoces, pero como vas tan despacio puedes apreciar otros matices. Hacía años, por ejemplo, que yo no apreciaba el olor a pino. Huele a casa, como los eucaliptos.

Cuando caminas despacio, poco a poco la mente empieza a pensar despacio.
Al principio no quiere. Le pasa como a las piernas, se siente impaciente e incómoda y quiere correr, como siempre. Quiere pensar a la vez en los pasos que da, en el capítulo que vio anoche, en la comida de mañana, en lo que va a escribir esta noche y en lo que contestará a las entrevistas dentro de unos años. Todo al mismo tiempo. Y, a la vez, hacer fotos y mandar audios y...
Pero no.
Le pides que observe todo eso que le mandan los sentidos. Le pides que haga caso a las piernas, y a los pulmones, y vaya despacito.
Y de pronto, lo consigue. Se vacía. Y es una sensación maravillosa. Hay un silencio mágico entre tus orejas, y ninguna tarea por hacer. Tienes la mente y el corazón llenos de un presente infinito y delicioso.



De pronto llueve. Te caen encima gruesas gotas que hacen "ploc ploc" sobre la capucha. Y te quitas la capucha porque el ruido te distrae, dejando que las gotas te den en la cara.
Todo el mundo se pone a correr y a cubrirse y a hacer ruido, pero tú no.
Tú sigues caminando despacio, sintiendo las lágrimas frías del cielo en la piel, notando cómo se te va a empapando el pelo, arrebujada en el abrigo.
Y te paras a mirar la forma tan preciosa que dejan las gotas sobre las hojas de los árboles, o cómo vuela ese pájaro para no mojarse.
Y te preguntas por qué correrá tanto la gente para huir de la lluvia, si tampoco pasa nada por mojarse un poco.

De pronto te das cuenta de que llevas tres horas andando despacito y de que te has recorrido entero tu bosque particular. Y pones un momento los datos del móvil y los mensajes que te llegan son como pedradas que perturban el silencio de tu mente, así que guardas el cacharro en el bolsillo y sigues respirando.

Y entonces dices, ¿podré mantener ese silencio en mi cabeza si camino rápido?

Y es volver a empezar. 
La mente está cómoda en este nuevo sitio, le gusta esta lentitud. Eso está bien. Pero es que a las piernas también les ha gustado el nuevo ritmo, se sienten relajadas y no saben muy bien volver a andar deprisa si la mente está yendo tan despacito.
Al principio te sientes torpe, como cuando empiezas a conducir: Demasiadas cosas a las que estar atenta al mismo tiempo. Cabeza lenta, piernas rápidas, respiración profunda, sentidos abiertos...
Pero pronto también te habitúas a ello, y de pronto caminar deprisa no te estresa. Suspiras...

Eso me pasó a mí.

Y, ¿sabes? Antes de irme me senté bajo un árbol y me miré dentro un segundo. Y me di cuenta de que la correa se había roto, que no iba a volver a andar llevando a tirones a ninguna parte de mi ser. Porque no hace falta. Porque allí, bajo ese árbol, en ese momento, era plenamente feliz. 

¿Sabes por qué? Porque vivía únicamente ese instante de presente.
¿Y sabes lo maravilloso de sentir únicamente el presente? Que no hay quehaceres, ni recuerdos, ni preocupaciones. Porque todo eso pertenece al mundo del ayer o del mañana. El hoy denso, infinito y maravilloso es perfecto tal como es. El momento de otoño en el que viví esa mañana no tenía preguntas ni respuestas para nadie. Era sólo presente, y era inmejorable.

¿Por qué nos cuesta tanto vivir así cada momento? Al pensar rápido nos pasamos la vida corriendo del ayer al mañana, pisoteando el hoy en el proceso. 
Yo aprendí en el bosque que viviendo en el hoy me canso menos y disfruto más.

Todo es cuestión de poner un pie delante del otro, de respirar profundo y caminar despacio. Es la única forma en la que la funambulista puede llegar al otro lado, y la única manera de seguir avanzando, creciendo y aprendiendo sin morir en el intento.

Al final, caminando despacio se llega a los mismos sitios que caminando rápido, y el camino se disfruta mucho más.



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada