5 de enero de 2016

Luz

Respiró...

Sintió la luz entrar en su pecho y filtrarse por cada rendija.
Era cálida, dulce y suave. Olía a noches de ternura y a bizcocho de limón.

Notó un leve cosquilleo mientras recorría su cuerpo, paseando por sus venas, jugueteando con sus nervios, rozando sus músculos, enterrándose en sus huesos... Y se perdió en manos de la luz, que tomó el control de todo.

Cabalgaba por sus células, juguetona, transformándolo todo a su paso.

Con un chispazo fulgurante se enredó en su pelo, dándole brillo y maravilla. Columpiándose por las lianas de su melena, desparramándola sin contención.

Revoloteó por su piel, erizando el vello allí donde tocaba, rebuscando en los pliegues de los nudillos, el cuello, los costados, las comisuras de los labios... Patinando por la suavidad de su cuello y deslizándose por las curvas de sus senos. Imbuyendo toda su piel, su órgano más grande y misterioso, de la magia que llevaba consigo.

Se detuvo un instante en las puertas de sus ojos, titilando con orgullo al ver cómo las semillas que plantaba germinaban, florecían y se transformaban en frondosas matas de luz pura, de magia pura, de amor puro.

Se miraron, luz y mujer. Y la mujer respiró de nuevo. Y la luz, con un grito de júbilo, continuó su viaje.

Tiñó sus ojos del color de los sueños cumplidos, tejiendo con las lágrimas sin derramar una telaraña de catarsis, y derrapó por sus cejas, buscando la boca carnosa, que inundó de carcajadas desinhibidas, escandalosas, contagiosas.

Se deslizó hacia dentro y como una surfera experta cabalgó la ola de aire puro que entraba a unos pulmones cansados de contaminación. Los lavó con relente de mareas y zigzagueó por las arterias, hasta llegar al corazón para henchirlo de sangre límpida. Desbordando su propia luz en aquel corazón vibrante.

Jugó con las capas de grasa subcutánea, gritando a cada lipocito que era amado, que era maravilloso, que era merecedor de su lugar en el mundo. Invitando a aquellas células a unirse a su baile frenético, a impregnarse de ganas de vivir, a no quedarse detenidas donde no podían hacer más que aburrirse.

Brincó en las crestas ilíacas, haciendo piruetas y saboreando la textura de los huesos, bailando al son frenético del tuétano que trabajaba sin cesar. Pulió los huesos con sus pies de diamantes y los hizo cantar a su son.

Paseó con delicadeza por los entresijos del sexo, maravillándose de la perfección secreta, jugosa y acogedora que vivía entre aquellos pétalos hechos de pura sensación. Rozó con delicadeza la perla rosada y notó la tensión de los músculos, sintiendo la emoción contenida, el éxtasis esperando a ser liberado, la carne lista para derretirse en un gemido. 

Y en ese gemido salió la luz disparada, tocando las cuerdas vocales con sus dedos de cristal, para volver después con un brusco viraje.

Se sumergió en la espalda, calentando los músculos y observándolos relajarse, notando cómo se acomodaban y adormecían al escuchar su nana interminable. Vio marcharse las tensiones y deslizarse el estrés hacia fuera. 

Tomó una corriente nerviosa para dirigirse a los riñones, a los que abrazó y limpió, como una pequeña deshollinadora resplandeciente.
Después escuchó los cuentos del hígado, y rió sus chistes absurdos de químico incomprendido. Le dejó de regalo una estrella.

Pasó por los ovarios tranquilos, usando las trompas de tobogán improvisado, mientras dejaba a su paso un luminoso camino de vida y paz.
Se maravilló en la gruta uterina. Quedó callada, sentada, en aquel templo rojo, pulsátil y poderoso, sintiéndose en casa. Vio el futuro de aquel hogar expectante y mandó saludos a través del tiempo inexistente a sus futuros frutos.

Ahondó más y más en aquel ser, en aquella mujer que le había abierto las puertas.
Entró en los rincones más secretos y ocultos, hasta encontrar las puertas que rara ve se abrían.

Cruzó el umbral, atenuenado su propio resplandor para no molestar, y le sorprendió encontrar una luz mucho más grande que ella. Lució como una estrella para agradecer aquella bienvenida.

Caminó entre senderos de cristal. Recuerdos luminosos, emociones vibrantes, felicidades intensas, enfados terribles, un latido constante de emociones apuradas hasta sus últimas consecuencias. Se sintió embriagada, emborrachada de sentimientos. Y saltó, y voló.

Aquel lugar era precioso, era perfecto, y cantaba a su compás. Acarició cada esquina, rozó cada pensamiento, llenó de besos sus sueños y convirtió las pesadillas en lecciones importantes.

Llegó a las grandes heridas, aquellas demasiado secretas, demasiado profundas, demasiado recónditas. Las besó despacito, dejando fluir toda la luz que pudo encontrar, asombrada de cómo aquellas marcas cicatrizaban solas, y agradecían su presencia con una dignidad libre y sana, exenta de rencor y miedo.

Gritó de alegría, saltó y bailó bajo las intuiciones enraizadas en su ser, columpiándose en las ramas de su inconsciente y haciendo el pino entre sus deseos.

Todo brillaba, todo relucía, el cuerpo entero, el alma entera, la mente entera...

Y la luz salió, sabiendo que, en realidad, siempre viviría allí.

Espiró...

Y la luz, la magia, el amor infinito, se alejó vibrando, titilando, dejando tras de sí una estela casi imperceptible que conectaba el cuerpo de la mujer con todos los demás tocados por aquella luz traviesa y dulce. Formando una cadena interminable de seres que cantaban con la misma voz.

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