9 de enero de 2016

Los Reyes Magos no existen

Los Reyes Magos no existen. No es que sean los padres, es que no existen. No son personajes históricos, ni siquiera literarios. Los señores Melchor, Gaspar y Baltasar nunca existieron, son hijos de una tradición inventada, y no van a las casas de los niños buenos cada 6 de enero de madrugada.

Muchos adultos parece que no se han enterado de esto, dado el debate sangriento que hemos vivido en medios y redes sociales los últimos días. Unas broncas bochornosas, entre políticos, tuiteros, periodistas y gente de a pie debatiendo sobre si el traje de Gaspar es apropiado, sobre el bronceado de Baltasar, o si a Melchor le han cambiado de sexo.

Confieso que al principio me lancé al debate, pero terminé tan saturada que me detuve a pensar, a mirar... y me pareció todo muy lamentable.

Durante generaciones, nos hemos dedicado a mentir a nuestros niños. Les engañamos hablándoles de unos personajes ficticios que cada año vienen de "Oriente" (con lo jodidas que están las cosas en Oriente, para que vengan tres indocumentados en camello). Les decimos que traen regalos a los niños buenos y, a veces, les explicamos que el primero al que llevaron regalos fue a un bebé que nació en un pesebre hace dos milenios.

Los niños escriben la carta, o hacen círculos en la revista de la juguetería de turno. Los padres explican que los reyes sólo pueden traer X número de juguetes, o que sólo traerán un juguete si el niño ha jugado con uno similar el año anterior, o que este juguete educativo seguroseguroseguro que lo traen. Y se empeñan en leer la carta, violando la privacidad postal de mala manera.

Ponemos polvorones y vino para los reyes la noche del día 5. Dejamos un cubo de agua para los camellos o incluso, como hice yo una vez, dejamos un papelito pidiendo que nos firmen un autógrafo.

Y por la mañana aparecen los regalos. Montañas de caramelos, los juguetes deseados, algo de carbón dulce. El autógrafo firmado, los polvorones desaparecidos, el cubo de agua vacío.

¡Qué ilusión!

La historia no hay quien se la crea, claro, y menos ahora. Demasiad globalización. ¿Cómo justificar a los reyes si los yanquis tienen a Santa Claus, en Sudamérica están el Niño Jesús y el Viejo Pascuero, en Italia la Befana, en País Vasco el Olantzero...? Es imposible. Lo justificamos con magia mezclada con lógica. ¡Los reyes no pueden abarcar todo el mundo! Hay una especie de sindicato internacional del regalo en el que cada personaje va a un país.
Ajam.

Eso por no hablar de las cabalgatas que se transmiten en la tele, en la que los reyes, y las carrozas son cada una de su padre y de su madre, y poco tiene que ver con la del pueblo del niño.
Lo justificamos con magia y pragmatismo. ¡Los reyes no pueden estar en todos sitios a la vez! Los que van en las carrozas son pajes, que están por todas partes. Y si uno se parece a Manolo el frutero es porque a lo mejor es su pariente. Vete a saber.
Ajam.

También está la psicosis de los centros comerciales. Hombres y mujeres recorriendo jugueterías, joyerías y grandes superficies cargados de regalos ante los ojos de esos niños atónitos a los que se les ha dicho que desde diciembre no se puede regalar nada porque no vienen los Reyes.
Lo justificamos con magia y la ley de la oferta y la demanda. ¡Son demasiados juguetes en muy poco tiempo! Así que, a veces, los Reyes piden a los padres que reserven los regalos en las tiendas para ellos poder recogerlos.
Ajam.

Por último, tenemos la parte sangrante del asunto: ¿Por qué a mi amiga Noelia sólo le han traído una mochila de Frozen, y a mí unos Lego, un Nenuco, una Game Boy y una caja de bombones? 
Cómo le vas a explicar al niño que los padres de Noelia están en paro, les han desahuciado y toda la familia vive con el abuelo.
Lo justificamos con magia y cinismo. "Pues a lo mejor Noelia no ha sido tan buena como tú", o "Pues porque en casa de Noelia son más", o "Seguro que le han regalado más cosas pero no te lo ha contado".
O algunos, como pasaba en el libro de "Celia, lo que dice", explican que los reyes sólo dejan regalos a los niños con dinero para que ellos los compartan con los pobres.
Ajam.

Contamos mentiras de todos los colores para que la historia cuele. Y nos parece bien.
Pero eso sí, justificar con magia que Gaspar lleva un traje espantoso no es posible.
Ahí, se cae el mito, y los niños sufren. Es imposible creerlo. Y se les rompe la ilusión. No lo perdonaremos jamás.

Venga ya, coño, si lo raro es que se lo crean en algún momento. Es algo que sólo se consigue con la fe absoluta que tenemos los humanos en las cosas que queremos creer a toda costa. Es la única explicación.

Encima, cuando se descubre el pastel, las navidades no volverán a ser las mismas. Da igual si el niño lo averigua en el colegio, en la tele, lo deduce, o pilla a los padres poniendo los regalos. No importa. Desde ese momento sentirá que a sus navidades les falta "magia". Y se pasará el reto de su vida recordando aquellas navidades de ilusión en las que la mentira aún colaba.

Todo el mundo evoca las navidades de su infancia como más felices, más inocentes, más ilusionantes. ¿Por qué? Porque aún no nos habían destapado el pastel. 
Sabemos que contar la mentira de los Reyes hará que nuestros niños se desencanten con la Navidad, pero no nos importa. Preferimos que disfruten durante los 3 ó 4 años en los que lo creen (porque antes de los cuatro no se enteran, y a partir de los 8 empiezan a sospechar), porque nos hace disfrutar a nosotros. No se puede ser más egoísta.

No contentos con mentirles, y arruinarles la inocencia, les chantajeamos sin parar. "Los reyes traen regalos a los niños buenos", "Si sigues pegando a tu hermana te van a traer carbón", "¡Mira! Carbón de caramelo. ¡Eso es que no has sido tan bueno", "Si eres malo los días después de Reyes, vienen a llevarse los regalos", "Pórtate bien, que los Reyes tienen a sus pajes vigilando"...
Una extorsión incesante que enseña a los niños a portarse bien para lograr su recompensa, a ser buenos para tener regalos y a sentirse permanente vigilados.
¿Estamos locos?

Y encima, para colmo de males, para terminar de pervertir una idea que es perversa ya de base, la politizamos. Nos tiramos los trastos a la cabeza, nos insultamos y nos peleamos por unos personajes imaginarios.
Decidimos cambiar la tradición para innovar, o cagarnos en cualquier cambio por hereje. Asociamos la idea a la religión, como un evento sacro, o lo comparamos con el Orgullo Gay.
Y en esa espiral política vergonzosa, usamos una vez más a los niños como rehenes. Acusamos a unos y otros de traumatizarles, de robarles la ilusión, de engañarles. Los zarandeamos y nos los lanzamos a la cara como un argumento político.

Mientras ellos, ajenos al debate, cogen caramelos y escriben sus cartas.

Mi conclusión, tras todo esto, es que cuando tenga hijos no les contaré la gran mentira. Les diré que en Navidad es tradición hacerse regalos, porque nos queremos, porque es una época en la la gente quiere ser más generosa. Les diré que espero que sean buenos porque es lo correcto y lo que más felices les hará, no para conseguir un premio. Les diré que quiero que disfruten de estar con su familia, de la decoración, de las tradiciones, de los villancicos y la comida distinta toda su vida, sin necesitar de mentiras. Y les diré que prefiero no mentirles, porque a las personas a las que se quiere, no se les miente.

Y así, cuando vayan a la cabalgata coger caramelos y disfrutar del folklore de su país (porque no es otra cosa), les importará tres pitos si Gaspar lleva túnica, miriñaque o un traje de fallera. Y nadie podrá usarlos para sus intereses.

Porque los Reyes Magos no existen.

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