30 de octubre de 2015

El chico del sombrero

Le conocí un viernes 12 de febrero, en una fiesta organizada por los scouts en el Chamán, al lado de la plaza de Bilbao.
Él era el amigo del chico por el que yo andaba entonces pillada. Un chico al que mi madre apodaba "el GinTonic"

Para aquella fiesta yo me arreglé todo lo que pude, en parte porque iba con amigas que no hacían más que animarme a sacarme partido, y en parte a ver si conseguía algo.

Él llevaba un sombrero torcido en la cabeza que le quedaba fatal con el pelo largo, que llevaba recogido en una coleta.

Yo no me fijé en él. Él sí se fijó en mí.

Volvimos a casa en el mismo autobús él, el GinTonic y yo. Ellos dos hablando de One Piece y yo un poco frustrada por no haber conseguido nada.

No le volví a ver hasta un mes y pico después, cuando vino de cocinero al campamento de semana santa. Tiempo después me contó que había ido de cocinero porque Bagheera, un ex responsable, se lo había pedido en la fiesta.

En el campamento yo estuve a treinta cosas. Era mi segundo campamento como responsable scout, y el primero con aquel grupo. Había muchos frentes abiertos. Además, andaba aún pendiente del GinTonic, al que ya le sospechaba novia.

De vez en cuando me daba cuenta de que el chico del sombrero me miraba desde la cocina. Creo que es la primera y única vez en mi vida que he notado que un chico se fijaba en mí.

La última noche estuvimos hablando en grupo. Estábamos sentados en las mesas de camping en las que comíamos y, de pronto, le empecé a acariciar el pelo y nos pusimos a hacer manitas.
Aun hoy, más de cinco años después, no tengo ni la más remota idea de qué me llevó a tener aquel gesto. No fue algo decidido, no fue algo racional, ni siquiera fue algo voluntario. Salió así.

Me fui al saco hecha un lío, y al día siguiente me confundí todavía más al ver que tonteaba conmigo de forma evidente, para el cachondeo de todos los demás responsables, y que yo estaba cómoda con ello.

Esta noche, ya de vuelta a Madrid, teníamos la cena de responsables y cocineros, de fin de campamento. Yo no sabía qué hacer con aquel chico, si seguirte el juego o pasar de todo. Una compañera de la residencia me dijo que dejase de darle vueltas e hiciera lo que me saliera.

Fuimos a cenar a un chino y me descubrió el pato Pekín.

Al salir del restaurante nos besamos sin querer (mis primeros besos con todas mis parejas han sido sin querer, no sé si es bonito o lamentable) entre silbidos del resto del grupo.

Estuvimos un rato de fiesta con los otros, pero nos fuimos pronto. Nos pasamos la noche en su coche, hablando e interrumpiéndonos de vez en cuando.

Volví a la residencia a las siete de la mañana, muerta de sueño y con una sonrisa idiota.

Y así empezó todo.

Después de eso vinieron tres años increíbles. Conoció a mis amigos y a mi familia, y yo a los suyos, con muchas coñas por todas las partes.

Tuvimos discusiones tremebundas y momentazos pastelosos para dar y tomar. 

Pasamos por una Erasmus, por una muerte, por mil problemas personales de cada uno. Siempre con el apoyo del otro.

De pronto, un dos de septiembre, conmigo a las puertas de Niort, me dijo que se había terminado. Nunca olvidaré la sensación de surrealismo, de estar soñando, que sentí ese día.

Pasé dos semanas de infierno que mi familia y mis amigos vivieron con preocupación... Y empecé a remontar.

Entonces yo no podía entenderlo, pero dejarlo era lo mejor que me podía pasar como individuo y que nos podía pasar como pareja.

Me fui a Niort hecha pedacitos, y empecé mi reconstrucción. O más bien, tiré los cachitos y empecé a construir una Buhonera diferente y mejor.

No supimos prácticamente nada del otro en siete meses, aunque él espiaba este baúl a escondidas.

Y un dos de abril de sol, lluvia y granizo nos reencontramos. Él se quedó verde al ver la persona que tenía delante, que era igual a la que había dejado, y a la vez tan diferente...

Como en un extraño déjà vu, nos volvimos a besar sin querer. Nos reencontramos y decidimos empezar de nuevo.

Entonces él no podía entenderlo, pero volver era lo mejor nos podía pasar.

Y empezó una etapa totalmente diferente, una relación completamente distinta, porque eran dos personas distintas las que llegaban a ella.

Él empezó su propia reconstrucción, alucinado al principio y poco a poco con un entusiasmo voraz.

Llegó nueva gente a nuestras vidas, y muchos se marcharon.

Y llegamos a hoy.

Esta tarde empezamos nueva etapa. Se acabaron las mochilas y el "hoy me quedo en tu piso". Sólo va a haber unas llaves, sólo va a haber una cama.

Ha sido un camino largo y emocionante, que ahora toma un giro que llevamos meses deseando, y por el que hemos trabajado mucho, muchísimo.

Han pasado cinco años y ocho meses, exactamente, desde aquella cena en el chino.

Él sigue siendo alto, sigue teniendo la nariz grande y los ojos dulces.
Ya no tiene el pelo largo ni se pone sombrero.
Ya no duda de sí mismo sin razón.
Sigue siendo despistado y cariñoso.
Ahora, además, es decidido y valiente.
Es la leche.
Y hoy nos vamos a vivir juntos.

Ha pasado un porrón de tiempo desde aquella fiesta, que es quizás una de las mejores cosas que el escultismo trajo a mi vida. Y seguimos creciendo juntos.

Vámonos a casa, chico del sombrero. 


23 de octubre de 2015

Yoga y silencio

Inspira...
Deja caer el peso del cuerpo alternativamente en una pierna y en otra.
Espira...
Que la pierna derecha se enraíce en el suelo y la izquierda empiece a elevarse.
Inspira...
El talón izquierdo a la ingle derecha.
Espira...
Busca un punto de equilibrio más allá del horizonte.
Inspira...
Los brazos a los lados, como una equilibrista, como tu funambulista.
Espira...
Los brazos al pecho. Namaste.
Inspira...
Siente cómo el equilibrio cambia, cómo se ajusta sobre tu pie.
Espira...
Alza los brazos poco a poco.
Inspira...
Tu pierna son rus raíces, hacia el centro de la Tierra.
Espira...
Tus manos apuntan hacia arriba, hacia el centro del cielo.
Inspira...
Siente esa doble dirección.
Espira...
Siéntete árbol.
Inspira...
Deshaz poco a poco la postura, y cambia la pierna.

Descansa un momento.

Inspira...
Trae la pierna hacia delante, dejando el talón girado.
Espira....
Baja la cadera, elévate.
Inspira...
Levanta los brazos hacia el centro del Universo.
Espira....
Déjalos caer hacia los lados, sintiendo cómo se abre el pecho.
Inspira....
Aguanta. Las piernas arden.
Espira...
Aguanta, cae una gota de sudor.
Inspira...
La mente en blanco.
Espira...
Sonríe.

Deshaz la postura con la siguiente respiración, y cambia de nuevo.

El sudor te corre por la cara, y tus músculos a veces protestan, pero tu mente está concentrada, tus pensamientos relajados.
Nada importa, nada existe. No hay recuerdos, no hay nada fuera de este momento.
Respiras y te mueves, y te concentras, y tu energía se mueve contigo.

Tienes favoritas, desde luego. Abrir las piernas al máximo, doblarte sobre ellas, el contorsionismo en general te resulta más fácil que cuando toca aguantar el peso del cuerpo en los brazos, o en las piernas flexionadas. El equilibrio te encanta, te gusta cómo te hace sentir por dentro, aunque según el día te mantengas horas o segundos.

Pero no importa, porque juzgar no es parte de la ecuación. Te mueves, te colocas, respiras, te relajas. Dejas que el cuerpo se ponga en su sitio y lo acompañas sin exigirle más de la cuenta, sin criticar.

La esterilla resbala, apoyas las manos en el suelo.

Sarvangasana a pelo no te sale, utilizas una pared, o te ayudan.
¿Serás algún día capaz de hacer Shirshasana y aguantarte en la cabeza? Seguro que sí.
Tener mucho pecho a veces estorba. Los michelines también. Te doblas sobre ti misma, y sabes que podrías acercarte más con el torso, pero hay demasiado de por medio.
Lanzas la pierna hacia delante en el saludo al sol y tienes que tener cuidado para no darte un rodillazo en una teta. Recuerdas lo aprendido y echas la pierna hacia el lado.
Lo de los michelines tiene arreglo. Lo de los pechos no. Pero no importa. Se acepta, se sonríe, y se continúa. Hoy toca así.

La voz  y la postura de la profesora te acompañan, te ayudan, te sugieren. A ratos casi llegan a irritarte, cuando ves que lo que a ti ti te tiene sudando a mares, para ella es sencillo como caminar.
No pasa nada. Caminar también fue difícil un día. Cuestión de práctica.

Así durante una hora o más. Calma, olor a incienso y sonido de cuencos tibetanos.

Aprender los significados de las cosas:
Que cuando una postura es "intensa" significa que es difícil, que cuesta y es posible que duela.
Que cuando se dice que pongas los dedos, o los pies, o las piernas "activos" es posible que te tiemblen del esfuerzo.
Que expresiones como "no te juzgues", "la garganta en calma", "los hombros lejos de las orejas", "deja caer la cabeza", "conecta con tu respiración" son tremendamente importantes, y deben resonar en tu cabeza durante la práctica.

Te tumbas en Savasana con el pelo chorreando, el cuerpo flojo y una sonrisa.

Y respiras...

Y una luz brillante en el centro de tu frente te acompaña mientras relajas pies, piernas, brazos, la piel que los cubre...
Reeeeeeeelax.

La mente, que llega relajada después de la clase, se expande y conecta con todo lo olvidado.

Y todo termina con un sonido vibrante... Y un Namaste. Mañana tendrás agujetas y te dolerá todo... Pero volverás. Porque es maravilloso.






22 de octubre de 2015

¿Sabes por qué las noticias que lees son una mierda?

Llevo ya tiempo escuchando a mucha gente en el metro, en la oficina y en general a mi alrededor quejándose de que las noticias de los periódicos y medios online cada vez están peor escritas. De que tienen faltas de ortografía, o directamente no se entienden.

Siempre que alguien lo comenta directamente conmigo ("que para algo has estudiado periodismo"), y le explico la razón, se queda a cuadros. Y, aunque hace ya mucho que decidí que no quería ejercer de periodista, creo que es de justicia que se sepa, para no devaluar aún más esa profesión.

Las noticias que lees, en el 70% de las ocasiones (y me quedo corta) no las escriben periodistas.

No, no hablo de intrusismo. O mejor, no hablo sólo de intrusismo. El intrusismo es un problema. Los medios digitales han conseguido que "cualquiera pueda ser periodista", y te encuentras ofertas de trabajo para redactores que no necesitan haber estudiado periodismo, haber trabajado en un medio o saber escribir una noticia. Sólo necesitas "entusiasmo" o "conocer internet" o "tener un blog".

Eso lleva a que gente sin formación periodística se pone a hacer lo que ellos entienden que es periodismo, llenando la red de cosas que parecen noticias pero no lo son, y devaluando aún más la profesión.

Pero el intrusismo es sólo una parte del problema, y una pequeña.

El gran problema es que el 70% del personal de las redacciones (si no más) son estudiantes que no han acabado la carrera. 

Las noticias que lees las escriben, casi en su totalidad, becarios.

Hace un tiempo ya expliqué aquí en qué consistía ser becario en periodismo, y no voy a repetirme. Hoy se trata de entender por qué las noticias no se entienden, por qué hay tantas faltas de ortografía y por qué no conoces a nadie que trabaje de periodista con contrato de verdad.

Hace unos años, casi todos los medios grandes de este país despidieron a buena parte de su plantilla. Le echaron la culpa a la crisis, a Internet y a muchas otras cosas, y las redacciones se quedaron medio vacías.

Para paliar estos despidos, se comenzó a contratar becarios. Es decir, estudiantes de periodismo que no han terminado la carrera y trabajan gratis, o por un salario que oscila entre 100 y 400 euros según el medio en el que trabajes.

Los medios vieron que era una medida barata y efectiva... y las redacciones se volvieron a llenar, pero no de periodistas. Se llenaron de becarios.

Comenzaron a escribir las noticias estudiantes que no habían terminado sus estudios, que nunca habían trabajado en un medio, y que en muchos casos no eran especialistas en las secciones en las que se les contrataba.

Pero servía. Podían copiar y pegar la información de las notas de prensa, podían poner titulares medio decentes, y podían hacer que los textos fueran legibles. ¡Eureka!



Así que los medios empezaron a contratar más becarios. Las secciones se llenaron de estudiantes, y los periodistas veteranos empezaron a ser franca minoría.

Con esta situación, era casi imposible formar a los becarios. Enseñarles cómo redactar una noticia en un medio, explicarles cómo se hace una escaleta, que entendieran la importancia de un titular. Eran demasiados y había demasiado que hacer.

Así que se prescindió de enseñarles. En algunos medios se apostó por corregir su trabajo (muchas veces sin explicar los errores) y en otros directamente por confiar en que lo hicieran bien. Unos cuantos exigieron a sus becarios que se limitasen a copiar y pegar de los teletipos, sin cambiar ni una coma.

De esta manera comenzaron a llegar a las noticias las faltas de ortografía, las frases con gramática absurda y los párrafos incomprensibles con declaraciones a cachos.

Además, se añadió un componente de presión, sobre todo en las ediciones online: Había que hacer las cosas rápido, había que ser competitivos, había que ser los primeros... Con lo que las revisiones se quedaban cortas, o no existían. Total, a unas malas lo podemos corregir una vez publicado, cuando la gente proteste en los comentarios.
Eso llevó a un ritmo de trabajo muy rápido para personas sin experiencia, que además dedicaban parte de su jornada a asistir a clase. Algo que, con el plan Bolonia, es obligatorio.

Tras un tiempo en esta dinámica, los medios se dieron cuenta de que sus becarios terminaban la carrera y ya no se les podía tener en las redacciones trabajando casi gratis. ¿¿Qué iban a hacer ahora??

Podrían haber contratado a sus becarios. Al ser contratos nuevos, y tras la reforma laboral, podían pagarles el sueldo mínimo. Así se aseguraban de formar a nuevos periodistas.
Pero no lo hicieron.

Cada medio tomó una opción: Algunos animaron a sus becarios a hacer un máster que les permitiera seguir ligados a la Universidad, y por tanto a los programas de prácticas.

Otros aprovecharon sus propios másters para que los becarios llegaran después de formarse específicamente en su línea editorial y su forma de hacer periodismo. Ojo, no que se incorporaran como periodistas tras el máster, sino que el máster incluyera un periodo de prácticas en el medio.

Unos cuantos pidieron a sus becarios que se dejaran asignaturas sin terminar para poder seguir haciendo prácticas, o les sugirieron que se apuntaran a cursos online que permitían mantener el convenio.

Los más ambiciosos llegaron a acuerdos con universidades, asociaciones o empresas privadas para lanzar becas que dieran a recién licenciados plaza de uno o dos años en sus medios.

Por supuesto, en todos los casos el maravilloso premio a conseguir era la plaza fija, la plaza de periodista.

Nunca llegaba. En todos los casos el final era el mismo: Cuando el estudiante terminaba la formación que fuera, iba a la calle. Sólo uno de cada treinta, con suerte, lograba el ansiado contrato.

Y llegamos al día de hoy.

Hoy, todos los estudiantes de periodismo de las facultades españolas conocen la situación. Se pelean por conseguir prácticas en un medio, cuanto más reputado mejor, sabiendo que posiblemente sea su único trabajo como periodista.
Trabajan miles de horas, echando horas extra como locos, para conseguir que el medio se fije en ellos, y decida que su dedicación, su alegría ante la esclavitud, les hace merecedores de un contrato temporal.

Esto tiene dos consecuencias. La primera es que nadie que haya terminado su formación universitaria puede ser periodista.

La segunda es que la calidad informativa decae, decae y decae todos los días. Porque quienes se encargan de ello son estudiantes acelerados que tienen mucho que currar en su media jornada, mientras a la vez estudian. Estudiantes sin nadie que les revise los textos, sin nadie que les forme. Estudiantes que saben que son carne de cañón, y que sólo estarán en ese medio hasta la siguiente cosecha de becarios.

¿Dejarías que estudiantes de derecho sin tutorización te defendieran en un tribunal? ¿O que arquitectos que no han terminado su formación diseñaran tu casa? ¿O que estudiantes de medicina te operasen sin ningún médico titulado en el quirófano?

Pues estás dejando que estudiantes de periodismo estresados, desesperanzados y explotados te den las noticias que sus jefes les exigen que te escriban, como sus jefes les exigen que te las escriban.

Claro que están mal escritas. Claro que son una mierda. Claro que son partidistas. Las están escribiendo de forma profesional personas que deberían estar aprendiendo. Y a nadie le importa.

16 de octubre de 2015

Al Corte Inglés no le gusta la fantasía

Salgo de la Fábrica de ideas a comer porque anoche me dio una pereza de muerte hacerme tupper. Como voy a comer sola, decido ir a comprarme un libro para engancharme mientras almuerzo.

Entro en El Corte Inglés, con ganas de leerme algo de fantasía nuevo. Puro antojo.

Rebusco por las estanterías y no encuentro la sección de fantasía. Le pregunto a una dependienta.

-Perdona, ¿la sección de literatura fantástica?
-Está ahí detrás, pero está tapada porque hemos reservado ese espacio para firmar. Si quieres te puedo sacar el libro que quieras.
-No, iba a mirar un poco... ¿Habéis tapado la sección entera?
-Sí...

Me señala un rincón en el que las paredes, en lugar de estanterías, tienen vinilo con el logo de El Corte Inglés. En el centro hay una mesa y una silla.

-Puff... Es increíble lo mal que tratáis los del Corte Inglés la sección de fantasía... O está escondida, o no tiene libros...
-Ya... Bueno... Es una pena, sí... ¿Qué estabas buscando, los de Juego de tronos?
-No. Déjalo, me voy a otro sitio.


Y me fui, dándole vueltas.

Lo cierto es que siempre que voy a la sección de libros de un Corte Inglés, me asombro por la misma razón. La sección de fantasía está al fondo, casi escondida. Es pequeña y tiene muy muy pocos libros. Además, muchas veces reparten los libros que deberían ir ahí en otros sitios haciendo imposible que curiosees tranquilamente hasta conseguir uno.

Así, en Fantasía tienes toda la saga de Canción de Hielo y Fuego ("los de Juego de Tronos", que decía la dependienta), los de Anne Rice y un batiburrillo de novelas de esas negras con letras doradas con títulos alienígenas. Porque, sí, fantasía y ciencia ficción comparten estantería.

Luego, en juvenil tienes Harry Potter (decisión tan comprensible como discutible), Memorias de Idhún y otros como Narnia. En novela extranjera tienes a Patrick Rothfuss y su Crónica del Asesino de reyes. Y a Terry Pratchett a veces te lo encuentras en Humor, a veces en novela extranjera, a veces en fantasía, y a menudo no te lo encuentras en absoluto.
Y luego está la Dragonlance, que está repartida por todas partes, según si su portada tiene dibujos o no.

Es acojonante, sobre todo cuando en otro tipo de novelas te encuentras variedad y, sobre todo, presentaciones cuidadas. Libros de mierda con stands propios, y literatura maravillosa relegada sólo por ser fantasía.

Al final, te vas a un sitio más especializado. Y allí sí. Te encuentras MUCHAS estanterías para fantasía. Te encuentras autores de los cinco continentes. Ves colecciones completas. Y una presentación decente (estanterías con los libros ordenados, tampoco se necesita mucho más).



Lo más triste es que ese tratamiento por parte de una de las cadenas comerciales más grandes de España es un reflejo estupendo de lo que piensa la sociedad de la literatura fantástica.

Se considera que es literatura de segunda, que es literatura para niños, que no es seria, que no es literatura de verdad, que es una pérdida de tiempo... Lo adulto, lo culto de verdad, es leer a los clásicos de la literatura, leer novela histórica, ensayos, biografías... O Dan Brown y Paulo Coelho.

Que me parece estupendo. Yo leo prácticamente cualquier cosa que se me ponga por delante, y me he bebido novelas clásicas, leo mucha novela histórica, y hasta me he leído dos libros de Dan Brown y uno de Paulo Coelho.

Pero muchos de esos libros son basura. O simplemente son de una calidad muy inferior a la que te puedes encontrar en una buena novela fantástica.

Tolkien es considerado un clásico en el mundo anglosajón, creó un mundo increíble con su propia mitología y sus idiomas. Sus libros tienen una profundidad que asusta, y reflexionan sobre la moral y lo humano de forma magistral. Tiene unas descripciones tan brutales que no es que te lo imagines, es que lo dibuja en tu cabeza. Pero aquí es "el de las pelis del señor de los anillos".

Terry Pratchett es best seller internacional. Es un genio de las historias, tiene un humor increíble. La saga Mundodisco es de las mejores cosas que he leído en mi vida. Lo mismo te escribe novelas policíacas (las únicas que me han gustado) que te hace una crítica política o te habla del ejército. Todo en un mundo de fantasía. Aquí el gran público no lo ha oído nombrar jamás.

Podría seguir, pero no es necesario. Los prejuicios contra la literatura fantástica son sólo eso, prejuicios.

El problema es que esos prejuicios tienen como consecuencia que en según qué sitios de España sea jodido conseguir buenos libros de fantasía, si no hay superficies especializadas en libros cerca. Porque Internet sólo te sirve si sabes lo que buscas.

Además, ¿cuántos escritores de literatura fantástica españoles llegan a prosperar? ¿Y, de ellos, cuántos lo hacen fuera de la etiqueta de "novela juvenil"? Que es una etiqueta dignísima, pero es que en España también se considera que la literatura infantil y juvenil es algo de segunda clase (a muchos les mandaba yo a leer Roal Dahl).

Aquí, si tienes interés en escribir y publicar fantasía, más vale que te plantees tener un buen traductor y probar a la vez fuera, porque lo vas a tener jodido. "Los elfos, los dragones y esas cosas no interesan a los adultos".

Es triste, porque es ignorante. Y porque muchos lectores "serios" probablemente se pierdan joyas increíbles sólo porque "la fantasía no es literatura de verdad". Y muchos grandes escritores no podrán publicar en una editorial por la misma razón.

Al final me compré el libro. Tras quince minutos de paseo arriba y abajo por las estanterías de otro sitio, sacando títulos y hojeando, me llevé el primero de las Crónicas del Mago Negro, que no lo conocía de nada pero me ha enganchado muchísimo, y comí tranquilamente.

Pero no podía dejar de darle vueltas a esa falta de cuidado hacia algo que es consumido y amado por millones de personas.
¿Podrá ser distinto en algún momento?

9 de octubre de 2015

Herramientas mágicas: Desapego

Llevo tiempo pensando en hacer una pequeña serie de entradas con emociones o actitudes que creo que son muy buenas y que muchas veces no conocemos ni utilizamos. Las que quizás podemos llamar "herramientas mágicas"...

El desapego es una herramienta especialmente mágica y poderosa, pero es complicada de entender, y a veces también de poner en práctica.

El desapego es duro porque, para que funcione, se debe aplicar por igual a quienes nos sacan de quicio y a quienes queremos. Y eso es más complejo de lo que parece.

Pero, ¿qué es el desapego?
El desapego es dejar de sentirnos atados a lo que nos rodea. Que no nos importe cómo nos hablan los demás, qué desgracias nos llegan ni quiénes estén de nuestro lado.

Pero, ¡atención! Desapego no es pasotismo, indiferencia ni desidia. Yo puedo amar intensamente a una persona y estar desapegada de ella. ¿Qué significa eso? Que sé que no necesito a esa persona, que mi amor es un amor sin dependencia, que sus opiniones sobre mí no me afectan y que si un día se marcha, yo podré seguir siendo feliz.

El desapego nos permite saber que lo que ocurre en nuestra vida sólo nos hace daño, o nos condiciona emocionalmente, si lo permitimos.

Por ejemplo, si yo soy una persona insegura, con la autoestima baja, estaré tremendamente apegada a la opinión que otros tengan de mí. Y una crítica me hará sentirme profundamente infeliz, mientras que un elogio me hará brillar.
Si estoy desapegada de las opiniones ajenas, lo que me digan no me afectará emocionalmente. Podré ver si son ciertas o falsas sus apreciaciones, pero nunca dejar que condicionen cómo me veo yo. Porque no hay apego.

El desapego sirve para ahorrarnos angustias, miedos y enfados malos para nosotros.
Si, por ejemplo, un amigo nos ataca verbalmente, el desapego nos permite responderle con serenidad y sin dar ningún valor extra a sus palabras. Es lo que él piensa (o lo que el enfado le hace decir), así que simplemente lo aceptamos, y seguimos nuestro camino. No tiene nada que ver con nosotros. No estamos apegados a esa persona, ni a las opiniones ajenas. 

El desapego también es útil para que nos dé igual tener razón. En una discusión o un debate, normalmente nuestro impulso es continuar discutiendo para llevar razón, o bien retirarnos porque odiamos el conflicto. Si vivimos en el desapego, podemos debatir por el simple placer de debatir, pero no nos enfadará que los argumentos de nuestro contrario sean estúpidos, o que nos insulten. Como estamos desapegados, podremos abandonar el debate sin que nos importa tener razón o dejar la conversación a medias.

Cuando nos encontramos en una mala situación, por ejemplo si nos echan del trabajo o si estamos mal de dinero, el desapego es una herramienta maravillosa.
¿Por qué? Porque en esas situaciones tendemos a obsesionarnos, a pensar continuamente en lo que nos agobia, a contar nuestro dinero cada cinco minutos...
Si estamos desapegados, no nos afectará el no tener dinero o el no tener trabajo. Por supuesto, seremos muy conscientes de las consecuencias que eso tiene en nuestra vida, y trabajaremos para resolver la situación, pero no tendremos el come-come mental absurdo y agotador de "no tengo dinero, dios mío qué voy a hacer, y si nadie me contrata, cómo voy a llegar a fin de mes..."
Y sin esa cháchara mental tan tóxica nos será mucho más fácil encontrar soluciones y pasar por cualquier situación conservando la calma.

Aunque no lo parezca, el desapego también nos ayuda a relacionarnos con las personas a las que queremos. Si estamos desapegados no convertiremos sus problemas en los nuestros, y será más sencillo dar con soluciones, aconsejar o, si es lo mejor, simplemente consolar y apoyar a quien sufre.
Una persona desapegada puede ver a alguien de su entorno tomar malas decisiones y no machacarle con un continuo "te estás equivocando". Porque acepta que todo el mundo tiene derecho a sufrir y hacer su vida infeliz si es lo que quiere, y que nuestro papel es estar ahí, no cambiar la vida de nadie que no quiera cambiar.

Así descrito parece pan comido, pero lo cierto es que no lo es. Es muy difícil desapegarse de absolutamente todo. Incluso quienes lo trabajamos todos los días muchas veces caemos, nos cabreamos, nos sentimos dolidos o tenemos miedo. Es normal, nuestra mente está hecha para los caminos del apego, y nuestras emociones son, en general, volubles.
Pero el simple hecho de tener siempre la intención de desapegarnos, de vivir lejos de esa cadena, nos ayuda a ir consiguiendo pequeños triunfos que se hacen cada vez mayores.

Muchas veces el forzarnos a actuar con desapego aunque nuestra mente está apegada es una ayuda.

Por ejemplo: Una persona nos hace un comentario hiriente que claramente busca comenzar una discusión. Nos enfadamos, mucho, y nos viene a la boca un comentario sarcástico o una respuesta agresiva. Estamos sintiendo apego. Pero, como somos conscientes de ello, decidimos dar una respuesta tranquila, que deje el conflicto de lado.
Estamos actuando con desapego, y eso nos ayudará a aquietar la mente y a que el desapego llegue a ella.

El desapego nos hace personas más felices. Hace que no necesitemos emocionalmente nada de lo que nos rodea, y que podamos disfrutar intensamente de ello. Hace que el conflicto no nos toque, y que los problemas (propios y ajenos) pasen por nuestra vida sin destrozarnos.

El desapego, como muchas otras cosas que valen la pena, es a veces difícil de alcanzar. Pero es tan maravilloso, que cualquier esfuerzo por tenerlo es recompensado mil veces.


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