25 de septiembre de 2015

Juego de Tronos y el spoiler de Schrödinger

Hasta hoy, era una persona totalmente inmune a los spoilers. Siempre me ha dado igual que me cuenten lo que pasa en un libro, o en una peli, o que me destripen el final.

Nunca me ha importado, porque creo que aunque me cuenten lo que pasa en una historia, eso no me van a hacer vivir la emoción que el libro, la peli o la serie me despierte, por lo que saber el dato concreto me da lo mismo.
No necesito la intriga, no me aporta nada extra. 

Vi Los Otros sabiendo el final, y la disfruté como una enana. Leí La Orden del Fénix sabiendo que mi amado Sirius moría y esperando ese momento con odio. Dejé Cómo conocí vuestra madre en la quinta temporada, pero me vi el último capítulo cuando salió.
Me da igual.

Eso conlleva que muchas veces no tengo cuidado a la hora de hablar de las historias, y gente que sí es (extremadamente) sensible a los spoilers quiere comerme viva. Pero bueno, son gajes del oficio.

Y entonces, llegó Juego de tronos.

Ya he hablado antes de lo mucho que detesto esta serie, y de las razones por las que me parece una serie mediocre, una adaptación pésima, y una ficción en la que no merece la pena invertir tiempo. Dejé de verla hace dos años y soy mucho más feliz desde entonces.

El problema está en que ahora la serie ha alcanzado a los libros, y pronto los va a adelantar. A partir de la próxima temporada, todo lo que aparezca en la serie proviene de la imaginación de los guionistas y (en teoría) de la historia no escrita y no publicada (aún) por George R.R. Martin.

Si desde el principio hubierna sido fieles a la historia, no me importaría. Sería algo así como ver un resumen de los libros, que luego podría disfrutar ampliamente en las novelas. Sería una buena forma de abrir boca y que la espera lectora se hiciera más corta.

Si estuvieran haciendo una historia totalmente paralela, no me importaría. Sería como ver un fanfiction sobre qué podría pasar a los personajes en un universo paralelo. De hecho, sería un ejercicio de creatividad muy interesante.

Pero los responsables de la serie escogieron la opción C: Respetar lo que les salga de los huevos, cambiar lo que les parezca oportuno e inventarse lo que les apetezca.

Hasta para eso me van a tocar los cojones.

Los creadores de Juego de Tronos han inventado una nueva clase de spoiler, el spoiler de Schrödinger, que sí es capaz de destrozarme los nervios.

El spoiler de Schrödinger es ese spoiler que no sabes si lo es. Puede ser un spoiler, y estar adelantándote parte de lo que va a ocurrir en los libros, o puede no serlo, y ser una nueva invención absurda.

Y, como pasaba con el desgraciado gato, hasta que no abramos "la caja" de los libros (que a saber pa cuándo es eso) no podemos saber si realmente se trataba de spoilers. Así que, hasta ese momento, todo lo que aparezca en la serie es, a la vez, spoiler de los libros e invención de los guionistas.

Encima, la serie tiene bastantes cosas encima que hacen que este fenómeno sea todavía más temible.

Para empezar está el hecho de que Martin no abre la boca sobre la serie. Ha manifestado que hay cosas con las que no está de acuerdo, pero en general es bastante reservado con este tema. Por lo tanto, no es probable que diga "chicos, tranquilos, todo lo que habéis visto hoy es mentira, no ocurre en los libros".

Luego tenemos el llamado "efecto mariposa". Los "pequeños cambios" de la primera temporada han alcanzado ya un tamaño catastrófico, creando historias paralelas a las reales, que tienen lo suficiente en común con ellas para hacer dudar de si Martin podría ponerlas en los libros, y son lo bastante abominables para hacerte pensar que perfectamente podría ser un invento de los depravados creadores de la serie.

Esto se ve alimentado por el hecho de que, si bien la serie ha desvirtuado muchos personajes, situaciones e historias, ha mantenido bien fresca la violencia de los libros y algunos de sus giros más crueles. Por lo tanto, no puedes estar seguro NUNCA de si esta nueva decisión es otra crueldad de Martin, o un intento de los guionistas de ganar audiencia.

Enlazando con lo anterior, es difícil que un lector que conozca bien la historia se guíe por "este personaje jamás haría esto", ya que la serie ha desvirtuado, minimizado y retorcido a los personajes lo suficiente para que hagan cosas que en el libro jamás harían, pero que en la serie tienen todo el sentido. Sin embargo, siguen haciendo cosas que no tienen sentido con su actual carácter en la tele, pero que harán en el libro.




Y, por último, se trata de una serie archi conocida, archi seguida, archi mediática, y a la que encima le dan premios. Por lo tanto, conseguir no enterarte de NADA de lo que ocurre es prácticamente imposible si eres usuario de Internet. Siempre hay amigos que comparten una viñeta, medios de comunicación que deciden hablar sobre las escenas más polémicas, o un capullo de la oficina que se dedica a comentar el capítulo de la semana pasada.

Eso significa que AHORA, seis putos meses antes de que empiece la temporada, hay una avalancha de información sobre la serie, los rodajes, dónde han ido, qué actores están... Y es IMPOSIBLE estar al margen.

Además, los no-lectores no tienen la menor consideración. No les importa que durante los cuatro años que dura ya la serie tú te hayas callado y no les hayas reventado las muertes, amoríos y giros de la historia, que te hayas portado bien y hayas respetado su derecho a conocer la historia por ellos mismos, aunque hubieran podido conocerla (y mejor) leyendo unos libros que llevan escritos ya unos cuantos años.
Ellos no. Ellos lo sueltan, porque "la serie la ve todo el mundo" y se la pela tu anterior discreción.

Por lo tanto, es imposible estar a salvo. Tiemblo pensando en el estreno de la nueva temporada y en la que me puede caer encima-

Por el momento, seguiré poniendo velas a R'hllor, a los Siete, a los arcianos de mi jardín e incluso al Dios de muchos rostros, para que termine con esa serie cuanto antes mejor, y esperaré poder abrir pronto los nuevos libros, para poder seguir disfrutando con la verdadera historia de Poniente, y estar a salvo de los estafadores de Juego de Tronos.

15 de septiembre de 2015

Apios verdes felices, C.

¡¡¡¡¡FELICIDAAAAAAAAADEEEEEEES C!!!!!!

Este año todos nos estamos pasando por el soberano forro tu tradición de no celebrar tu cumpleaños. Y, lo que es mejor, te la estás pasando tú también, y eso mola un montonazo.

Ya has pasado el cuarto de siglo, te acercas a la decrepitud. Pero no tienes que preocuparte, porque como vives en el Círculo Polar, te conservas guay. Lo único es que igual con tanta agua te apurgaras un poco, pero bueno, es un mal menor.

Tengo serias tentaciones de ponerme terriblemente moñas, porque aunque vas de tío duro y en cuanto alguien hace algo bonito te sale el inconcebible tímido que en el fondo eres por los poros, sé que te mola porque eres más blandito de lo que pareces.

Han pasado dos años desde aquel primer domingo, totalmente absurdo, en Niort, cuando yo llegué sin comida y con todo cerrado, y te vi con las gafas esas enormes, sentado en el somier con la mata escocesa.
Era tu cumpleaños, pero no lo sabíamos. También es cierto que en aquel momento no era algo que me preocupara demasiado. Eras "el otro del Puerto", que no me había saludado en el Ayuntamiento, y al que su madre llamaba por diminutivo. 

No voy a hacer un resumen de toooooooodo lo que te ha pasado, me ha pasado y nos ha pasado desde entonces, porque paso. No es necesario.

Pero lo cierto es que en este tiempo has pasado de ser un desconocido peculiar a ser uno de mis mejores amigos, con diferencia. No sé exactamente cómo lo has hecho, pero así ha sido.
Y encima, te has unido a la caterva de amigos que tengo desperdigados por el mundo.

Y, lo mejor de todo, desde hace poco has empezado a dar pasitos en una dirección chulísima que te va a aportar miles de cosas. Estás confiando en mí para ello, cosa que te agradezco muchísimo, y es un orgullo y un placer ir viendo tus avances, de los cuales este cumple ya es una estupenda prueba.

Que te quiero un montón, que eres una persona tremendamente importante en mi vida y que me flipa compartir cosas contigo ya lo sabes, ¿o acaso te crees que me dedico a mandarles audios pre-cumpleaños a todo el mundo?

Tal vez sea repetitivo volver a decir que hace dos años te parecía imposible quedar con una tía para tomar un café, sin motivos secundarios, y no estabas seguro de tener ninguna amiga 100%... Pero me da igual, yo lo repito. No sólo porque me parece divertido, sino porque aceptar que eso podía no ser así, y dar pasos hacia otra dirección fueron ya una muestra de lo que estás haciendo hoy, trabajando como un campeón.

Y poco más, señor. Que muchas felicidades, que lo disfrutes, que te creas que lo mereces, que lo pases genial, y que a ver cuándo volvemos a tener oportunidad de celebrar un cumpleaños juntos, en tu iglú o en Madrid.
 
Por último, dejarte la única canción que no me ha dado tiempo a prepararme antes de T (y mira que lo he intentado) para cantártela yo. Disfruta.


 

12 de septiembre de 2015

Herramientas mágicas: Aceptación

Llevo tiempo pensando en hacer una pequeña serie de entradas con emociones o actitudes que creo que son muy buenas y que muchas veces no conocemos ni utilizamos. Las que quizás podemos llamar "herramientas mágicas"...


¿Qué es lo primero? Aceptar.

Viene una emoción desagradable... La acepto.
Viene una emoción agradable... La acepto.
Viene una crítica... La acepto.
Viene un elogio... Lo acepto.
Viene la peor vivencia de mi vida... La acepto.
Viene el momento más feliz de mi existencia... Lo acepto.

Nos enseñan a luchar contra todo, a reprimir emociones, a no tomar los elogios para no ser tachados de soberbios. Pero, en general, somos más felices (o tenemos más capacidad para serlo) si aceptamos lo que viene.

¡Cuidado! Aceptar no es rendirse. Aceptar no es decir "No puedo hacer nada, machácame". ¡No!

Aceptar es dejar que lo que llega a nuestra vida tome su lugar en ella. Es entender que si está aquí es por una razón. Es dejarle espacio, ya que ha llegado, para descansar en su largo viaje.

Pero es no significa que todo lo que llegue tenga que afectarnos, que dejemos que nos haga daño, o nos inunde de una felicidad ajena. Eso sería necio, y autodestructivo.

Imagina tu mente, tu ser, como una gran casa con jardín. Cuando aceptas algo, le dejas entrar en el jardín, y puede que en el vestíbulo. Reconoces su presencia, le saludas, reconoces su existencia y observas cómo es. Pero después puedes pedirle que se marche o dejarle entrar. Eso es tu elección.

Cuando, por ejemplo, alguien nos insulta, aceptar no es dar por buena su opinión sobre nosotros. Eso sería dejar al insulto entrar en el salón y poner los pies llenos de barro en el sofá. ¡No!
Aceptarlo es reconocer que otras personas pueden tener una opinión injuriosa sobre nosotros, dar por bueno el derecho de esa persona a tener dicha opinión, y después echar a esa opinión de la casa, porque no nos aporta nada bueno. Y, tal vez, también a la persona.
Lo que normalmente hacemos es dejar que el insulto llegue a nuestra casa en forma de bala de cañón, nos deje un agujero en la pared por negarnos a abrirle la puerta, y hacer que esa falta aceptación nos cause muchísimo más daño, ya que en el fondo le estamos dejando entrar sin permiso.

La aceptación requiere una buena dosis de templanza y de amor a uno mismo, algo que en general no nos enseñan a tener. Estamos demasiado acostumbrados a blindar nuestra casa, rechazando absolutamente todo lo que nos llega y dejando que nos bombardeen sin piedad. O bien a dejar la puerta abierta para que cualquiera pueda entrar y manipularnos, destrozando nuestra bella casa.

¿Por qué no empezar a aceptar?

¿Opinas que soy una pésima persona? Es tu opinión, la acepto, la dejo marchar, y reflexiono si realmente se corresponde con mi realidad.
¿He suspendido un examen? Los exámenes, los resultados, no son parte de mí. Lo acepto, lo dejo marchar, y sigo creyendo en mi valía.
¿Me han echado del trabajo? No soy mi trabajo, soy mucho más. Lo acepto, lo dejo marchar y pienso cómo resolver la situación en la que esto me deja, procurando hacerlo de manera constructiva y positiva para mi casa interior.
¿Alguien me dice que soy una persona maravillosa? Lo acepto, lo dejo marchar, y lo agradezco, pero mi alegría no es desbordante, ya que sé cómo soy, no necesito que se me diga. Pese a todo, agradezco el elogio, que me hace sentir conectado a otra persona, y tal vez le deje entrar ya que es algo positivo.

La aceptación es sencilla, aunque difícil. Es demasiado fácil que la desesperación, el odio o el enfado tomen la delantera y nos arrastren a una vorágine muy desagradable. Es fácil que pensemos "eso es imposible, es humano sentir odio ante un enemigo, pena ante una pérdida y desesperación ante un fracaso".
Eso son trampas que nos tendemos a nosotros mismos. Podemos aceptar, y dejar que los sentimientos surjan tras la aceptación y sujetos a ella, y no al revés.

Y así, estaremos un paso más cerca de ser dueños de nuestra vida, y de ser más felices.


Había una vez un rey que citó a todos los sabios de la corte, y les dijo:
-He mandado hacer un precioso anillo con un diamante. Quiero guardar, oculto dentro del anillo, palabras que puedan ayudarme en los momentos difíciles. Un mensaje al que yo pueda acudir en momentos de desesperación total. Me gustaría que ese mensaje ayude en el futuro a mis herederos y a los hijos de mis herederos. Tiene que ser pequeño, de tal forma que quepa debajo del diamante de mi anillo.
Todos aquellos que escucharon los deseos del rey, eran grandes sabios, eruditos que podían haber escrito grandes tratados… pero ¿pensar un mensaje que contuviera dos o tres palabras y que cupiera debajo de un diamante de un anillo? Muy difícil. Aun así, pensaron, y buscaron en sus libros de filosofía por muchas horas, sin encontrar nada en que ajustara a los deseos del poderoso rey.
El rey era muy próximo a uno de sus sirvientes, al que quería mucho. Este hombre, que había sido también sirviente de su padre, y había cuidado de él cuando su madre había muerto, era tratado como parte de la familia y gozaba del respeto de todos.
Por lo tanto, el rey también comentó con él su idea del mensaje escondido en el anillo.
-No soy un sabio-respondió el sirviente-. Tampoco soy un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje para vuestro anillo.
- ¿Cómo es posible?-se extrañó el rey.
-Durante mi larga vida en palacio me he encontrado con todo tipo de gente, y en una oportunidad me encontré con un maestro. Era un invitado de tu padre, y yo estuve a su servicio. Cuando nos dejó, yo lo acompañe hasta la puerta para despedirlo y como gesto de agradecimiento me dio este mensaje.
En ese momento el anciano escribió en un diminuto papel el mencionado mensaje. Lo dobló y se lo entregó al rey.
- Pero no lo leas-dijo-. Mantenlo guardado en el anillo. Ábrelo sólo cuando te sientas inmensamente poderoso y feliz, o inmensamente desgraciado y desesperado.
Desgraciadamente, poco después de aquella conversación el reino fue invadido y el rey tuvo que luchar. Estaba huyendo a caballo para salvar su vida, mientras sus enemigos lo perseguían. Estaba solo, y los perseguidores eran numerosos. En un momento, llegó a un lugar donde el camino se acababa, y frente a él había un precipicio y un profundo valle. Caer por el, sería fatal. No podía volver atrás, porque el enemigo le cerraba el camino. Podía escuchar el trote de los caballos, las voces, la proximidad del enemigo...
Fue entonces cuando recordó el anillo. Sacó el papel, lo abrió y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso para el momento...
Sólo había escritas tres palabras:
esto también pasará

Respiró hondo, intentando relajarse y comprendiendo el sentido de la frase que acababa de leer... Este momento se iría, pasaría, aunque fuera con su propia muerte... ¿Tenía sentido angustiarse?
En ese momento fue consciente que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que lo perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino. Pero lo cierto es que lo rodeó un inmenso silencio. Ya no se sentía el trotar de los caballos.
El rey se sintió profundamente agradecido al sirviente y al maestro desconocido. Esas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a guardarlo en el anillo, reunió nuevamente su ejército y reconquistó su reino.
Para celebrar su victoria, organizó una gran celebración con música y baile…y el rey se sentía muy orgulloso de sí mismo.
En ese momento, nuevamente el anciano estaba a su lado y le dijo:
-Apreciado rey, ha llegado el momento de que leas nuevamente el mensaje del anillo.
- ¿Ahora?- preguntó el rey.- ¡Pero no es un momento desesperado! Me siento feliz, pletórico y vistorioso.
-¿No recuerdas lo que te dije?- dijo el anciano-. Este mensaje es para leerlo en tus momentos de poder y felicidad tanto como en los de angustia. No es sólo para cuando eres el último, sino también para cuando eres el primero.
El rey abrió el anillo y leyó el mensaje.
esto también pasará

Y, nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, la misma tranquilidad del momento pasajero que había sentido en el bosque, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba. Pero el orgullo, el ego había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Lo malo era tan transitorio como lo bueno.
Entonces el anciano le dijo:
-Recuerda que todo pasa. Ningún acontecimiento ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.



También en esta saga:


11 de septiembre de 2015

Querida Coca-Cola...

Querida Cocacola...

Vaya, no sé cómo empezar.... Supongo que mejor algo rápido y fácil.

Ahí va: Esto es un adiós.

Lo siento, se ha acabado. Definitivamente.

Podría decirte que no eres tú, que soy yo, y todo eso pero... el caso es que eres tú. Lo siento.

Llevo demasiado tiempo disculpando tus errores: Las cantidades de azúcar terroríficas que llevas, el gas, la ausencia de nada bueno que aportarme más allá del sabor.

Hemos tenido una relación larga y, en general, bastante feliz. A ti nunca te importó que en cada comida me compartieses equitativamente con un vaso de agua, nunca me quitaste el sueño pese a las advertencias de mi abuela; y a mí no me importaron todos los rumores estúpidos de que limpiabas el óxido y deshacías la carne.

De hecho, hemos tenido una relación bastante "pura". Nunca te he mezclado con nada, y mi condición de abstemia te ha mantenido siempre sobria. Además, rara vez me he acercado a tus primas light y zero, que en el fondo saben a poloflash con aspartamo, porque toda tu gracia está en el azúcar...

Pero se ha terminado.

Hace ya tiempo que me había enganchado a ti más de lo que pretendía, consumiéndote en casa los fines de semana. De vez en cuando me planteaba que eso no era bueno para mí, pero se me terminaba olvidando.

Pero tras el viaje de este verano acabé tan saturada de tu gas y tu azúcar, que decidí que nos diéramos un tiempo, y buscarte un sustituto.

Empecé tonteando con los tes. Nunca me han gustado, me daban la sensación de ser agua sucia y caliente, pero a mi alrededor hay mucho enganchado a las infusiones (más de los que yo pensaba, de hecho) y me animé a probarlo. Me parecía buena opción para tomar por las tardes, o con los amigos.

Y, sorpresa sorpresa, esta vez me gustó. De momento, con miel para mitigar un poco el amargor, pero creo que en su momento también tomarlo a palo seco, como los verdaderos puristas. Además, la verdad es que el té me da más juego del que me dabas tú: Lo hay verde, negro, rojo, blanco, con frutas, con flores, con manzanilla... tú eras más monótona, y encima tus variaciones eran un poco estrambóticas... ¿A quién demonios se le ocurrió añadirte vainilla?

Y, para las comidas (que el té con un gazpacho, o una pizza, no encaja mucho) tiré de lo que he visto toda la vida, plagié a mi padre y me he dado al agua con gas.
Sí, lo sé. No es un refresco. Pero ésa es la idea, cariño, quitarme de tus chutes de azúcar innecesarios.
Sigue teniendo gas, para darle un gustillo al paladar, y (cosa que jamás hubiera imaginado) cada marca tiene su sabor.
Me mola.

Cuando vi que esas dos bebidas no sólo eran sustitutos aceptables, sino que realmente les estaba cogiendo el gusto, decidí que lo nuestro estaba muerto.

Llevo más de dos semanas sin probarte, experimentando con el té y bebiendo agua con gas cada vez que quedo con amigos, o que veo una peli en casa. Y, curiosamente, me siento mejor sin saber que antes me estuviese sintiendo mal.

¿Y sabes lo mejor? Que hoy, un poco por curiosidad, he abierto una lata para probarte después de es tiempo, le he dado dos tragos... y me has dado toda la grima del mundo. ¿Siempre fuiste tan empalagosa, con regusto a jarabe? ¿Siempre tuviste semejante cantidad de gas, hasta sentirme hinchada al segundo sorbo? Dios, qué asco...

El chico del sombrero me miraba, alucinando. Creo que si hubiéramos apostado algo a que la Cocacola me dejaría de gustar, me habría forrado. Una pena no haberlo previsto.

Lo único que me da rabia es que ya van un par de personas que me han preguntado si estoy haciendo dieta, ya que te he abandonado. ¿Qué pasa, que una no puede cambiar sus hábitos sin que la intención principal y soberana sea perder kilos? ¡Qué pesaos!

La única duda que me queda es si en el cine me venderán agua con gas, porque si no, estoy jodida (las palomitas con agua del grifo pierden bastante). Pero aún así... te digo adiós.

Despídeme de la Fanta de Limón, aunque dile que a ella la visitaré de vez en cuando. Siempre hemos tenido un vínculo especial.

Que te vaya bonito, no te guardo rencor. ¡Suerte!



8 de septiembre de 2015

Amigos que se marcharon


Todos perdemos amigos.
A algunos los perdemos con estruendo, entre gritos, lágrimas y reproches.
Otros se nos van como la lluvia, entre las manos, sin que podamos hacer nada por evitarlo.
Lo hay que se despiden con un correo hiriente y herido.
Unos pocos simplemente se deslizan de la amistad a lo desconocido sin apenas llamar la atención.
Y algunos nos giran la cara y cierran la puerta.

Todos duelen. Todos.

No siempre en el momento de perderlos, claro. En ese momento podemos estar demasiado furiosos y dolidos, o simplemente estar demasiado distraídos como para darnos cuenta de que una persona (hasta entonces) crucial en nuestra vida se marcha para siempre.

Pero tarde o temprano, el dolor llega. En forma de nostalgia sorda y extraña, que agarra el corazón. O como una sonrisa suave al recordar una noche jugando al trivial.

¿Por qué sucede? ¿Por qué se marchan?

En la infancia, en la adolescencia, la amistad es lo más precioso. Un valor sagrado, algo crucial, brillante, por lo que todos matamos.
Por supuesto, la amistad de ese momento es frívola en realidad, y muy pocos de esos "amigos para siempre" lo serán de verdad, a no ser que nos neguemos a cambiar, y permanezcamos igual desde los 8 a los 80 años.... Lo cual es muy triste.

Con los años, los amigos aparecen y desaparecen, y pasamos sobre esa realidad con botas de clavos. ¿Por qué?

Llevo ya muchos años conservando a los mismos amigos, como tesoros vivientes que me hace inmensamente feliz tener cerca. A ellos se unen otros, que he conocido antes y después, como Minette y la niña arrecha. Pero son, en general, muy pocos.

Sin embargo, muchos otros que no aparecen en esos retratos han entrado y salido de mi vida, dejando una huella candente o ningún rastro en absoluto. Y hoy, de pronto, en medio de la noche, me han venido a buscar.

Porque es muy triste que todos los momentos compartidos parezcan desvanecerse. Que lo que en su momento fue una relación valiosa, importante y merecedora de todo cuidado se deshilache hasta convertirse en un saludo escueto por alguna red social.
¿Eso somos?

Hablo de quienes fueron amigos de verdad, claro, no de un compañero, o un conocido, al que tienes más o menos cariño según la circunstancia (aunque a algunos puedas quererlos muchísimo). Hablo de las personas a las que consideras amigas íntimas sin pensarlo, a las que llamarías en un momento de máxima alegría o de absoluta necesidad. De quienes, aunque los veas una vez al año (o cada dos años, como a Leygaz, o una vez por década, como a Piper) están siempre en un lugar importante en tu interior.

Cuando alguien así se marcha, deja un hueco. Y, sorprendentemente, ese hueco se llena con relativa facilidad. Uno sale, otro entra, o no entra nadie y la herida sencillamente se cierra. Y la vida sigue...

Me sorprende la indiferencia que en el día a día me provocan. Porque aunque algunos me siguen transmitiendo ternura, y me hace muy feliz saber de ellos, hay otros de los que no soporto tener noticias, que me resultan odiosos, insulsos o insoportables. Otros a los que compadezco. Y casi todos, en general, provocan una sutil indiferencia en el mismo lugar donde antes despertaban cariño, preocupación, alegría, confianza, consuelo...
¿Dónde han ido esas emociones?

Somos seres resilientes. Nos curamos deprisa, nos levantamos y avanzamos, y a la larga tanto da qué camino tomaron los demás, si en el nuestro nos sentimos bien.

Pero tenemos memoria. Tenemos corazón.
Y en lo oscuro de la noche, en la soledad de la cama, llegan retazos de antiguas conversaciones, de notas musicales, de chats interminables, de susurros en una tienda de campaña. Y una se pregunta adónde van las amistades perdidas, las relaciones muertas, los amores extintos hace mucho tiempo.
¿Se quedaron en algún lugar aquellos sentimientos, o son sólo colillas en la acera?

Miro las fotos, me miro las manos. Y pienso.
¿Echo de menos aquellos momentos? No. El pasado no sirve para vivir en él.
¿Echo de menos a aquellas personas? Sólo a algunas. De otras me alegro infinitamente de haberme desprendido. Y, en general, he sabido ajustar cuentas y quedar en paz con casi todo el mundo, dejando que fluyeran de amigos a queridos conocidos.
Pero algunos escuecen, como pequeñas espinas entre las costuras de las emociones, y me hacen cerrar los puños con fuerza, haciéndome muchas preguntas.
Y teniendo muy pocas respuestas.

A veces te sientes injustamente tratada. Sientes que no merecías el desprecio, o el rechazo, de quien te cerró la puerta en la cara sin la menor explicación.
Y las palabras de tu padre vienen a la mente: "A enemigo que huye... puente de plata".
Así pues, ¿eran enemigos? ¿De amigos pasaron a eso?
¿Por qué?

Y un ocho de septiembre empieza, en esta madrugada solitaria y silenciosa, con la pregunta que ocupa el lugar que, en otro tiempo, en otra vida, habría ocupado algo muy diferente.

Respiro hondo, y me viene una sonrisas a los labios.
¿Qué más da?

Soy feliz con lo que tengo, con quienes tengo. Sé dónde están y dónde estoy. No quiero a quien no quiso estar. Es mejor así.
No hay rencor, dolor ni resentimiento. Sólo aceptación y tranquilidad.

Los amigos están, única y exclusivamente, donde sabes que los puedes encontrar. Si no están ahí, ya no son amigos, han seguido un camino distinto al tuyo, y sólo queda desearles la mejor de las suertes.

Buena suerte, y buen viaje. Gracias por todo. Adiós.



3 de septiembre de 2015

Siria y Aylan: El dolor que merecemos, y que ellos padecen

Entre 2012 y 2013, estuve casi un año trabajando como "periodista" (becaria) en un gran medio.

Redactaba principalmente crónicas, y revisaba noticias. Y poco a poco me fui "especializando" en información internacional. Era un ámbito que me encantaba.

En aquel momento, la guerra en Siria todavía salía en el periódico todos los días. El Ejército Islámico aún no estaba de moda, y casi siempre se hablaba de Al Assad y de los intentos de la ONU porque todos fueran amigos.

Yo escribía al menos una crónica sobre Siria cada día. Y fue algo que me afectó profundamente.
Cada tarde leía las cifras de los muertos. Rara vez bajaban de los 100. La mayoría de las veces, la mitad de los muertos eran niños. Se hablaba de torturas, de muertes espantosas, de descubrimientos de fosas comunes.

Lunes: 100 muertos.
Martes: 60 muertos.
Miércoles: 300 muertos. 
Jueves: 80 muertos.
Viernes: 150 muertos.

Me horrorizaba. Cuando yo tecleaba "100 muertos" en la pantalla, había cien personas, una al lado de otra, que nunca volverían a ponerse de pie. A respirar. A rezar. A comer. A cantar. A enfadarse. Cien cuerpos mudos. Doscientos padres sin hijos. Cuatrocientos abuelos sin nietos. Decenas de hijos sin padres.

Empecé a tener auténtico terror a esas crónicas. Me preguntaba cuántos más iban a morir ese día. Me horrorizaba ante las declaraciones indolentes de la ONU, que iban siempre debajo de la masacre del día. Me acojonaba pensar que Siria, un país razonablemente avanzado, estaba desgarrándose.

Y entonces... me acostumbré.

Mi mente me rescató y empezó a tratar a los 100 muertos como un número. Como si hablase de 100 tomates, o de 100 trozos de papel. 100 hormigas exterminadas por un fumigador.
Me seguía doliendo si pensaba en ello, y pensaba muchísimo en ello. Pero durante el trabajo, eran sólo números.

Durante mucho tiempo, en mi adolescencia, quise ser reportera de guerra. Hasta que me di cuenta de que es, hoy en día, una profesión totalmente inútil y con un punto de sensacionalismo. A nadie le importa cuánta gente muere en Siria, a cuántas niñas han violado en Nigeria. Es incómodo.
Como yo hice, es mejor pensar en esas cifras como números al azar.

Reuters
Y entonces, llegó el pequeño Aylan. Un niño de tres años que, huyendo de la muerte en Siria, la encontró en el Mediterráneo.

Y todos lloramos. De pronto Siria nos duele en el corazón. Al margen de las obras de arte destrozadas, de la falta de democracia (que siempre parece movernos más que el sufrimiento) y por supuesto, al margen de las mujeres privadas de derechos, de los muertos, mutilados, heridos y refugiados, un pequeño niño ahogado nos hace sentir sucios. Nos hace querer apartar la vista, pensar que eso no ha podido ocurrir.

Somos unos cínicos.

Cualquier que haya seguido el conflicto sirio sabe que la crisis de los refugiados tiene muchos años detrás. Jordania, Líbano, Turquía... llevan más de tres años acogiendo a sirios en sus tierras, haciendo lo que pueden (que es poco) y pidiendo ayuda a los organismos internacionales (que no hacen nada)


Llorar hoy por Aylan, porque nos lo han puesto delante, es un insulto para todos los niños, niñas, adolescentes, hombres y mujeres que han sufrido dolor, agonía, humillación, miedo, frío, miedo y angustia durante estos años.

A Aylan le da igual que hoy lloremos por él. Está muerto, se ha ido, tal vez a un lugar donde pueda disfrutar de la bondad y la justicia que aquí no encontró, ya que durante toda su vida su país estaba en guerra. Tal vez no, tal vez simplemente haya dejado de existir. Pero en cualquier caso, nuestra tristeza, nuestro horror, no le ayudan. Ni a él ni a los miles que han muerto antes que él, pero que no tuvieron la "suerte" de ser fotografiados por occidentales en su agonía, o en la tristeza de su muerte.

Por supuesto, si esta foto sirve para despertarnos, para que demos a Siria la ayuda que necesita, para que abramos nuestras puertas y ofrezcamos aunque sea algo a los que se han quedado sin NADA porque se lo han quitado todo, estupendo.
No diré que eso hará que la muerte de Aylan tenga sentido, porque no lo tiene. Nada puede dar sentido a una muerte tan injusta y tan cruel.

Lo triste es que necesitemos ver la tragedia, regodearnos en ella, ver la sencilla imagen de un niño tumbado bocabajo en la orilla, para que se nos muevan las tripas y nos sintamos avergonzados de ser unos privilegiados egoístas.
Lo triste es que las muertes nos parezcan números.
Lo triste es que hoy sólo nos importen los refugiados sirios, mientras en muchas otras partes del mundo muchas otras personas también sufren, sangran y mueren por guerras y situaciones injustas que (para colmo de males) en muchos casos son auspiciadas y provocadas por nuestro seguro y confortable occidente.

Podemos culpar a los medios por insensibilizarnos.
Podemos culpar a los gobiernos por jugar a la patata caliente con estos seres humanos.
Podemos culpar a los organismos internacionales por no ayudar a quienes lo necesitan.
Podemos culpar al sistema, que siempre queda muy bien.

Pero, en el fondo del corazón, debemos saber (si no somos monstruos) que la culpa es de cada uno de nosotros, cada vez más inhumanos, cada vez más falsamente distanciados de nuestros semejantes por fronteras invisibles y por mentes pequeñas.

Descansa, Aylan, dondequiera que estés. No merecías esto. Pero nosotros sí merecemos todo el dolor que tu foto nos ha hecho, y bastante más. Por haber cerrado ante ti los ojos, el corazón y la puerta.