27 de agosto de 2015

¿Qué quiero ser de mayor?

¿Qué quieres ser de mayor?

La gran pregunta. Te la hacen treinta veces, o tres mil, mientras eres niño. Como presionándote para que dejes de pensar en tus juguetes y te centres en el futuro. A saber para qué...

Al principio quieres ser bailarina, astronauta, princesa, domadora de pulgas...
Yo quería ser pediatra, como mi padre.

Creces, y te lo siguen preguntando, aunque con algún cambio.

 ¿Qué quieres estudiar? ¿De qué te gustaría trabajar?

Peluquera, conductora de autobus, piloto, abogada, médico, arquitecto, secretaria, encofradora, directora de cine, profesora, actriz...
Yo quería ser escritora.

Pero ahí empiezan a hablarte de la cruda realidad. Y te dicen que siendo escritora no se come, que tienes que buscar otra cosa.
Yo pregunté si había alguna profesión parecida a escritora que me diera de comer, y me respondieron que periodista.
Así que quise ser periodista.

Y pasa el tiempo, y sigues avanzando. Estudias, aprendes, se ponen a tu alcance maneras de acercarte a esa profesión. Descubres que el periodismo mola, más allá de la escritura.
Algunos siguen cambiando de proyecto cada quince minutos. Otros no.
Muchos terminan el instituto sin saber qué quieren hacer con su vida. Eligen su carrera en función de las salidas que tienen, de la nota que pidan, de lo cerca (o lejos) que esté de su casa...
Yo me fui a Madrid a estudiar Periodismo. 
Sabía que tenía pocas salidas, pero me daba igual, era lo que quería hacer. Quería ser periodista.

En la carrera, ya nadie te pregunta qué quieres ser de mayor, se da por hecho. Para algo estás allí pagando una matrícula abusiva y examinándote, ¿no? Porque de mayor quieres ser periodista.
Muchos compañeros están en la carrera por las mismas motivaciones que a ti te inspiraron: Les gustaba escribir, aspiran a ser escritores (¿quién fue el cretino que se inventó que el periodismo era la mejor profesión para escribir?). Otros, porque es una carrera que puede sacarse sin mucha dificultad. Otros, por verdadera vocación comunicativa.
Año tras año te vas dando cuenta de que tu carrera no te forma para ser periodista. Ni de coña. Le falta práctica, le falta realismo, le falta actualización.
Te enseña, eso sí, millones de cosas. Aprendes sobre economía, sobre política, sobre relaciones internacionales, sobre sociología, sobre comunicación... Mil cosas tremendamente interesantes relacionadas poco o nada con el periodismo, y que tienen muy poca aplicación práctica, pero que te apasionan.
Sabes que aunque la carrera no te lleve a un trabajo, te ha dado suficientes conocimientos y herramientas para hacer innumerables cosas. Habrá valido la pena.

Y sales de la universidad. Y descubres lo que es ser periodista en España en esta década.
Y te sientas a llorar con el papelito que acredita que has pagado el título (el título tardará dos años) en la mano.


Ser periodista en España es condenarte a ser becario, sin terminar los estudios, indefinidamente. Condenarte a ser explotada por medios a los que la calidad informativa les importa un pito, y que no invierten ni un minuto (ya no digamos un euro) en enseñarte.
Y si un día, por milagro, tienes un contrato de verdad, te condenas a contar a tu público medias verdades para la línea editorial de tu medio. Redactando noticias en las que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia... 
A no ser, claro, que te metas en secciones con poca influencia política... si tienes suerte.
Reniegas. Yo renegué. Decidí que ya no quería ser periodista.

Y descubres otros mundos, y avanzas, y aprendes.
Yo llegué a la Fábrica de Ideas y flipé en colores. Por lo que suponía, por lo que aprendía y aprendo. Y encuentras un sitio en el que ser lo que quieres ser de mayor.

Y ya está, ¿no? Se supone que de mayor eres una sola cosa. Así nos lo enseñan y así, en general, lo vemos en nuestros padres. Eliges una profesión y ya está.

Pues no.

Un día te sientas, y piensas. Y miras al futuro. Y te preguntas: ¿Quiero estar dentro de veinte años, cuando sea mayor, en una oficina toda esta pila de horas? ¿O quiero ser emprendedora? ¿O quiero...?

Y de pronto, con veintitantos años, a la edad en la que en teoría deberías tener ya claro a qué dedicar tu vida, en la que deberías tener un trabajo que te permitiese encauzarte, dirigirte hacia una carrera profesional con ambición de éxito... Te encuentras preguntándote, de nuevo, qué quieres ser de mayor...

Y te respondes lo que te respondías con diez años.
"Yo quiero ser escritora".

Y, a estas alturas, te parece tan absurdo como querer ser astronauta, o domadora de pulgas.

Pero... ¿por qué? Hay gente que se dedica a ello, ¿por qué tú no? ¿Por qué resulta tan absurdo, tan ridículo, pensar en hacer lo que te apasiona? ¿Por qué parece no tener sentido dedicarte a la única cosa a la que te has dedicado de manera ininterrumpida y entusiasta desde que tenías cinco años?

Y te vienen a la cabeza tu madre, la madrina de los Amegadame y el chico del sombrero, diciéndote que no dejes de hacerlo, que vales para ello, que es lo que eres...

Y de nuevo te preguntas, ¿qué quiero ser de mayor?

Y tienes la respuesta clara, aunque parezca lejana e imprecisa. Aunque no sea algo en lo que comenzar a trabajar hoy, porque haya otros pasos importantes que dar antes.

Ya tienes un camino, ya tienes una meta, ya sabes lo que eres.

¿Qué te impide seguir?

¿Qué quieres ser de mayor?

14 de agosto de 2015

"Del revés", perdida entre emociones...


Hace ya un mes y pico que Inside Out (Del Revés) se estrenó. Desde entonces la he visto tres veces: dos en español y una en inglés. Y lo he flipado las tres veces. Los de Pixar son unos genios.

Todos sabemos ya de qué va la peli: La mente. Las emociones de una niña de once años en su vida cotidiana. El funcionamiento del cerebro. 

El esquema es sencillo: Todos tenemos en la mente cinco emociones: Alegría, Ira, Tristeza, Asco y Miedo. Cinco de las seis emociones primarias de la psicología (a la sorpresa la fusionaron con miedo, pobrecita).
Según Pixar, nuestra mente funciona acumulando recuerdos asociados a estas emociones. Y, de vez en cuando, surgen recuerdos super poderosos que crean y sostienen áreas enteras de nuestra personalidad.
Las emociones controlan nuestras reacciones, y del resto de la mente se encargan un montón de curritos con forma de gominola que valen pá tó, y lo mismo te manejan el tren del pensamiento que te hacen de guardianes del subconsciente.
Todo esto lo metemos en una preadolescente cuya familia se muda... y se lía.

Eso es lo básico.

Pero hay mucho más.

Del Revés contiene un montón de pequeñas perlas sobre la mente, la identidad y la emoción que se van encadenando, en un lenguaje falsamente infantil.

Y es que Inside Out, como la primera parte de Wall-e, no es una peli para niños. Es una peli para adultos, que trata situaciones adultas, contada de una manera que atrae a los niños.

Pero un niño dificilmente podrá entender que, cuando uno se encuentra sumergido en una depresión, no puede sentir absolutamente nada. Que parece que el corazón se congela. Y que, en esas situaciones, sólo el llanto y la tristeza pueden lograr una catarsis que nos saque del bloqueo más oscuro.

Un niño no captará el brevísimo guiño al prejuicio que se hace cuando, al mezclarse accidentalmente una caja de hechos con una de opiniones, uno de los personajes le quita importancia diciendo "¡No te preocupes! Pasa continuamente". Ni que, cuando perdemos nuestros valores esenciales (como la sinceridad) nuestro tren del pensamiento puede descarrilar (esto me ha costado a mí tres visionados captarlo, y no descarto que sea una interpretación mía ajena a la historia).

Tampoco es muy infantil la forma de expresar el pensamiento abstracto, dando un repaso indirecto a parte de la historia del arte del siglo XX, ni la forma de mostrar el subconsciente como una oscura y aterradora selva escondida en el fondo de la mente.

Y, probablemente, la emoción favorita de los niños será Alegría. Un personajillo que a mí personalmente me cae mal durante media película por su entusiasmo desmedido, su desprecio a otras opiniones, y su ceguera emocional.
Por supuesto, evoluciona, y ésa es la gracia. Pero hasta entonces, pone de los nervios a todo el personal.

Por todo esto, y por muchos detallitos más, no es una peli que un niño vaya a exprimir al 100%, pero desde luego la disfrutará. Por su estética de colores, por la imaginación que desborda, por todas las pequeñas bromas absurdas, como la de las canciones pegadizas (vais a estar cantando "Triple Dental" hasta el fin de los tiempos)...

La película, además, retoma la nostalgia que ya nos tuvo a mí y a media sala llorando a moco tendido en Toy Story 3, y hace que uno desee volver a su habitación de la infancia para abrazar a todos sus juguetes, y volver a hablar con su amigo imaginario. Incluso a mí, que no tuve nunca uno. Todo esto en un momentazo que me hizo saltar las lágrimas las tres veces que he visto la peli. Porque es triste despedirse de una infancia que siempre idealizamos, aunque lo que venga detrás mole mucho.

Y toda esta maravilla emocional, metida en un mundo a medio camino entre lo industrial, con operarios que desechan los recuerdos y controlan los sueños, y lo biológico. Todos los que crecimos entendiendo el organismo con Érase una vez el cuerpo humano encontraremos paralelismos con la serie (y quizás, precisamente por eso, nos enganchará más la peli) pero el objetivo de Inside Out no es enseñarnos técnicamente cómo funciona el cerebro. La cosa va por otro lado.

Una de las grandes lagunas en la educación de los niños, tanto en casa como en el colegio, es la comprensión y gestión de las emociones. Rara vez se invierte tiempo en enseñar a los más pequeños a entender y manejar lo que les pasa por dentro, probablemente porque muchos adultos no son capaces de hacerlo consigo mismos.
Para eso, Del Revés es perfecta. Pese a su profundidad, deja mucho a mano para empezar a hablar de emociones y tratar de entender por qué estar triste puede ser bueno, y por qué el miedo es tan necesario como la alegría.

Y ese mensaje, la importancia de la tristeza para cualquier mente sana, es el gran cambio de esta peli respecto a la mayoría de Disney, en las que el sufrimiento o la pena eran sólo una parada intermedia antes del definitivo final feliz. En Inside Out, la tristeza es protagonista, y se ve claramente que eso no tiene por qué ser algo malo. De hecho, yo soy fan entregada de ella, y quien me regale un peluche suyo recibirá mi eterna gratitud.




La he visto tres veces, y probablemente la veré muchas más, porque en cada repetición te vuelves a reír de las bromas absurdas, y te sube un nudo a la garganta en los momentos emotivos.

Y, sobre todo, te planteas una y otra vez cómo será tu propia mente si la encajamos en el esquema de la historia...
¿Cuáles serán mis islas de la personalidad? ¿Familia, Amistad, Amor, Scouts, Literatura, Optimismo, Paz mental...? ¿Ninguna de ellas?
¿Mis recuerdos esenciales serán mayoritariamente alegres? ¿Asustados? ¿Mezcla de todo un poco? ¿Vienen todos ellos de mi infancia, de mi adolescencia?
Cuando he hecho cambios importantes en mi vida, ¿unas islas de la personalidad han reemplazado a otras? ¿Ha habido un cambio de mando?
Un montón de preguntas que dan para que cada espectador se haga una serie de fanfictions inspirados en el mundillo que ha creado Pixar.

Muy pocas películas de Disney, por no decir ninguna, dan pie a tanta reflexión y a tanta introspección después de sólo una hora y media.

Si no has visto la peli, corre. Si la has visto, ve a verla otra vez.
Y si ya la has visto chorrocientas veces, empieza tu propia historia... ¿Cómo son tus emociones? ¿Cómo funciona tu mente?


***

Ah, antes de la peli hay un corto, Lava, que manda a la mierda la histórica serie de cortos maravillosos de Pixar. Visualmente es precioso, pero la historia es espantosamente obvia, con un mensaje feo (si nadie te quiere te extinguirás solo, triste y amargado) y la música es de las que sacan de quicio. 
Así que si llegáis tarde al cine, eso que os lleváis ;)

12 de agosto de 2015

No me llames "guapa"

No me conoces. Es la primera vez que me ves en tu vida, y muy probablemente será la última.
No somos amigos, ni siquiera conocidos. Desde luego no somos familia, ni somos amantes.
Así que no me llames "guapa".

No me llames "reina".
No me llames "chati".
No me llames "cariño".
No me llames "princesa".
No me llames "linda".
No me llames "preciosa".
No me llames "chiqui".
Desde luego, ni se te ocurra llamarme "chochi".

No me conoces de nada, y sin embargo usas conmigo epítetos cariñosos que ni siquiera dejaría utilizar a mi familia.

Eres cajero, camarero, repartidor, peluquero, esteticién, portera, cartera...
Yo soy tu cliente, o la que te ha abierto la puerta, o la que se cruza contigo por la calle.
No tienes derecho a llamarme por nombres cariñosos sin mi permiso.

Nunca lo haces con él, con ellos.
Nunca hay un "rey", ni un "chato", ni un "churrita", ni un "guapo". 
Como mucho, le llamas "majo", si eres una señora mayor. O "campeón", si eres un tío.
No se te pasa por la cabeza decirle "¡Hola guapo! ¿Me echas una firmita?" cuando le entregas un paquete. Porque te tragas el paquete.
Pero a mí me dices "¡Hola guapa! ¿Me echas una firmita?" y hasta me guiñas un ojo. Qué gracioso.

No es algo que hagas de manera ofensiva, ni siquiera estás intentando ligar conmigo. Lo haces porque es lo normal, porque incluso lo consideras de buena educación. Lo mismo, incluso pretendes halagarme o sacarme una sonrisa.

Me da igual. No me gusta. No tienes derecho.

Los nombres son importantes. Todos tenemos muchos nombres diferentes, aunque no nos demos cuenta. Los nombres por los que nos llama la familia, los amigos, la pareja, la gente del trabajo...
En general, a tu familia le permites motes que normalmente no dejas que salgan de casa, y lo mismo ocurre con tu pareja. Si mi pareja me llama "amor", "tesoro" o "azucarillito mío" en la más estricta intimidad, es algo entre nosotros, consentido y privado.

Contigo no tengo ningún consenso. No tienes derecho a llamarme nada porque es la primera vez que te veo en mi vida. Y me molesta.

Me molesta porque soy un poco arisca con la gente que no me es cercana, y me siento violenta si alguien pretende tener una confianza tremenda conmigo sin apenas conocerme.
Me molesta porque no me llamas "guapa" porque lo sea, sino porque todas las chicas somos "guapa". Nunca "campeona", ni "jefa", ni otros adjetivos que sí usas con los tíos, y que si se dicen a una mujer suenan irónicos. 
Me molesta porque con tu "guapa" me estás cosificando sin darte cuenta, y eso me cabrea.
Me molesta porque sé que si te digo "por favor, no me llames guapa", se te va a helar la sonrisa, y te irás pensando que soy una borde y una desagradable. Y eso no es justo.
Me molesta porque es condescendiente. Mucho. Muchísimo.
Me molesta porque es sexismo. Un sexismo sutil, pequeño y bastante inofensivo, pero es machismo desde el momento en que a los hombres no se les cuelgan epítetos gratuitos.

Así que, por favor, no me llames "reina", ni "cielo", ni "cari", ni "niña", ni "chocho", ni "princesa" ni "preciosa".
No me llames "guapa".
Porque no tienes derecho.
Porque no me da la gana.
Y porque tengo todo el derecho de elegir cómo se dirigen a mí las personas que me hablan.

11 de agosto de 2015

"Los niños de hoy en día no tienen infancia"

Últimamente aparece continuamente en mi Facebook un vídeo, de esos emotivos y ñoños que están de moda, con títulos muy agresivos. En este caso "Le hicieron la misma pregunta a tres generaciones. Las respuestas son dolorosamente diferentes".
Oh, dios mío.

Cabe destacar que se trata un ANUNCIO DE BARRITAS DE CEREALES. Cómo se nota que no se dirigen a la generación infantil, que de momento pasa de complementos alimenticios.

Al ver el vídeo, no hay sorpresas: Abuelos hablando de que cogían fruta en el bosque y pescaban en el río, padres hablando de que jugaban en la calle, y niños enganchados a los aparatitos. ¡Qué fatalidad! ¡Qué malignas son las nuevas generaciones, que están dejándose llevar por la terrible tecnología!

El vídeo es cansino, entre otras cosas porque repite un mensaje muy manido: "Los niños de ahora hacen ________ peor que los de antes".
 SIEMPRE que se habla de los niños o adolescentes de las nuevas generaciones, la generación anterior se lleva las manos a la cabeza. Incluso si esa "generación anterior" tiene apenas 20 años y es ridículo que cuestione nada.

Yo pertenezco a la generación Pokémon. Esa generación que iba a vivir idiotizada por las videoconsolas, aletargada por la televisión, alejada de los libros por Internet, antisocial por culpa del Messenger.
Esa generación hipersexualizada que iba a quedar embarazada con 15 años por culpa de los mensajes sexuales de la tele, y de las clases sobre condones en el instituto.
La generación maleducada por excelencia, que no llamaba a nadie de usted, gritaba en la calle y no respetaba a los mayores.

Todas esas cosas las fui escuchando decir a los mayores sobre mi generación desde bien pequeña. ¿Y sabéis qué?

Me encantaba ver pelis de Disney en el VHS de mi casa, me quedaba hipnotizada mirando la pantalla (mientras mi hermano daba volteretas y saltos con triple tirabuzón encima del sofá). Estaba totalmente enganchada a Pokémon, Digimon, La Banda del Patio y otro montón de series.
Tuve una Game Boy Color a los 8 años, y me enganché a todos los juegos de Pokémon que salieron, hasta tal punto que un día me dejé la mochila del cole en casa por salir pegada a la consola.

Y a la vez, empecé a leer con cinco años, y devoraba libros desde los siete. Salía a la montaña con mi padre, y más tarde con los scouts. Iba a la playa, jugaba en la plazoleta con los niños del barrio. Me iba a casa de una amiga a jugar a los Sims en su ordenador, y cuando nos aburríamos jugábamos a ser astronautas, o periodistas, o madres de telenovela.

Nunca bebí una gota de alcohol, siempre me ha dado asco. Y entre mis amigos ha habido borracheras muy gordas, pero también gente que sólo se tomaba una copa de vez en cuando.
Entre mis amigos, los más precoces se iniciaron en el sexo con 14, pero la mayoría rondaba más bien los 17.

Pasaba muchas horas en el Messenger, hablando con amigos, con amores platónicos, y con enormes grupos de gente de todos los colores. Cuando estaba en casa de mis abuelos, mi abuela de vez en cuando se asomaba a la puerta del despacho a decirme que a ese paso iba a terminar autista.
Pero también hacíamos corrillo en el recreo, o quedábamos los sábados para andar por la calle, o por un parque, quejándonos de nuestras terribles vidas adolescentes.
Y estuve en el coro de la iglesia, cuando era católica y al poco de dejar de serlo, y quedábamos para ensayar, y para tomar algo después.

Éramos tan educados como puede ser un niño, o adolescente, al que se ha educado en el respeto. Llamabas de usted a los viejos, al cura, y a los profesores que te lo pedían. Al resto no, entre otras cosas porque si lo intentabas te decían "¡Por dios, no me llames de usted, con lo joven que soy!".

Y, en general, hemos salido bien.

De los niños y adolescentes de ahora, se dicen cosas iguales o peores. Que están enganchados a las tablets, que usan móvil, que van a acabar idiotizados... Una de las madres del vídeo dice, con la voz tomada por las lágrimas, "temo que mi hijo nunca llegue a hacer nada fuera".
Pobrecita...

¿Sabes qué pasa? Que yo de pequeña tenía un horario de televisión muy estricto, incluso estricto de más, que me prohibía ver películas de vídeo entre semana, y sólo me permitía ver la tele sola los fines de semana de 9 a 11, y entre semana por las tardes, casi siempre con mi madre.

Un niño no coge una tablet, la usa, la maneja y se engancha a ella por sí solo, igual que no decide repentinamente irse al campo a coger moras por un instintuo cazador-recolector que le surja de pronto. A un niño hay que darle una tablet, o llevarle al monte. Y eso es cosa de los padres.

De los padres de mi generación se decía que en vez de educarnos nos enchufaban a la tele, y de los de ahora, que le dan al niño una tablet para que se calle. Y en parte, era y es cierto. Los niños son bichos ruidosos, sucios, alborotadores y caóticos. Y muchas veces, la mejor forma de contener toda su energía es poner delante algo que les distraiga.

¡Y no es malo! Está bien que los niños vean pelis, que jueguen con los aparatos que haya en casa y los conozcan. El problema es eso, usar los aparatos como forma de contener una energía que en el niño está para aprovecharla al máximo.

No conozco a ningún niño con padres sensatos (y como exmonitora he tenido y tengo a bastantes alrededor) que únicamente se distraiga con la tecnología. A veces juega con sus amigos en un parque, o quedan todos a jugar en casa de uno de ellos, o van a la playa, o al campo, o al parque de atracciones...
Y a veces, cuando dan mucho por saco en un restaurante, les dan el móvil para que jueguen a Angry Birds y se distraigan. Pues bueno. A mi hermano le daban un boli para que dibujase en los salvamanteles de papel del restaurante. Tampoco me parece tan grave que en lugar de eso tire pájaros en la pantalla.

Es cierto que esos niños no siembran patatas ni domestican osos, ni esas cosas tan extrañas y rurales que se cuentan en el vídeo, pero desde luego no son monstruitos enganchados a una pantalla.

Normalmente, los monstruitos son aquellos cuyos padres prohíben terminantemente todo tipo de aparato, haciéndolos diez veces más atractivos y provocando que en cuanto haya uno a mano, el niño desaparezca.
O bien, aquellos niños a los que se deja "al cuidado de la tablet" para que no dé la lata, y se le deja usar el cacharro indefinidamente, sin control ni conocimiento ninguno.

Porque ésa es otra, padres totalmente analfabetos digitales, que no saben usar ni un aparato, y se quejan de que el niño sólo vive para eso. ¿Alguien ha enseñado a ese niño para qué sirve ese aparato, y sus riesgos? ¿O ha sido autodidacta por pasotismo paterno?
Pues eso.

No es cierto que esta generación sea peor que la mía, o las anteriores. No es cierto que estén más sexualizados, más enganchados a los aparatos, o más maleducados. 
Lo que ocurre es que, por lo general, el ser humano tiende a pensar que "todo tiempo pasado fue mejor", cuando está más que demostrado que, en general, el pasado era una mierda.

Y lo mismo pasa con las generaciones. ¿Esos niños iban a pescar sólo porque les gustaba, o porque no había comida en casa? ¿Recoger sandías era de verdad tan guay, o simplemente el tiempo ha hecho olvidar el calor, el aburrimiento, el sudor, el cansancio...?
En el caso de nuestros abuelos, la mayoría muy cercanos a la posguerra, hablar de infancias idílicas es bastante atrevido. Ellos eran felices y lo pasaban bien, porque eran niños y los niños lo pasan bien siempre que pueden. Pero es estúpido pensar que sólo porque hubiera menos tecnología las cosas eran mejores.

Y esto, sin entrar en el debate de los múltiples beneficios de los videojuegos, y de todas las ventajas que tiene aprender a usar (bien) la tecnología, incluidas las redes sociales. Yo, gracias a internet, hice en mi adolescencia amigos en otros lugares de España, e incluso en otros países, que aún conservo. Algo que en el pasado habría sido muy difícil.

En la tecnología, como en casi todo, se trata de encontrar un equilibrio que haga que las cosas sean provechosas sin ser excesivas. Y, ante todo, de saber EDUCAR.

Así que menos vídeos ñoños y estúpidos, y más sentido común: Que levanten la mano los hijos de la generación Pokémon y viciados al Messenger que hoy son adultos funcionales, sanos, emocionalmente estables y socialmente adaptados (aunque sea en un nicho friki).

Aprendamos de las nuevas generaciones, y compartamos con ellas, en vez de intentar meterles por el gaznate nuestra nostalgia.