28 de junio de 2015

"¡No vacunes a tus hijos!"... ¿Y después qué?

Ayer falleció el niño enfermo de difteria que llevaba varias semanas ingresado. El primer caso de difteria en España en casi treinta años, detonado por la moda antivacunas.
Un niño de seis años que de haber sido vacunado tal vez habría vivido hasta los noventa. O tal vez no, tal vez lo habría atropellado un coche la semana que viene. Pero no habría muerto de difteria, con total seguridad.

Sin embargo, no fue vacunado. Sus padres hicieron caso al movimiento antivacunas, y consideraron que lo mejor para su hijo era ahorrarse el pinchazo.

Este post no busca culpabilizar a los padres, ni muchísimo menos. Ellos son ahora mismo los principales afectados por esta desgracia. Son quienes peor se sentirán, y a quienes menos hay que acosar ahora. Porque, incluso en el caso de que pudiéramos afirmar que los únicos responsables de esta desgracia son ellos, ¿qué castigo, qué reproche, puede ser para ellos más doloroso y horrible que la muerte de su hijo?

El caso es que yo no creo que toda la responsabilidad sea de los padres. Al fin y al cabo, un padre quiere siempre lo mejor para sus hijos. Quiere que sean felices, que estén sanos, que crezcan con todas las comodidades posibles. Por lo tanto, ¿qué padre arriesgaría la vida de sus hijos conscientemente?

Si un padre no vacuna a sus hijos, es porque alguien le ha dicho que eso es malo. Que puede poner en peligro al niño, que el beneficio es mucho menor que el riesgo, que su hijo puede morir o sufrir efectos secundarios espantosos, que le están engañando para dar a su pequeño algo que no es bueno para él.

Un padre (o una madre) no tiene obligación de saberlo todo sobre medicina, inmunización, vacunación, industria farmacéutica o salud. Es normal que investigue, se pregunte y pregunte a expertos y a otros padres. Y la posibilidad de que se le engañe, o se le convenza con datos vistosos y falsos, es alta.

De hecho, los padres de este niño afirmaron haberse sentido engañados por los antivacunas y sus consignas. Y no es para menos.
El movimiento antivacunas existe desde que se empezó a inocular a la gente contra la viruela en Europa, hace un porrón de años. En su momento, lo encabezaban sacerdotes que pensaban que evitar la enfermedad era ir contra Dios. Poco a poco, los protagonistas cambiaron, pero el movimiento se mantuvo a través de la Historia, utilizando siempre argumentos absurdos o falsos... hasta nuestros días.

Para mí es inconcebible que alguien en el siglo XXI de verdad rechace las vacunas como algo negativo. Me parece una forma de pensar totalmente desquiciada, de una estrechez de miras acojonante, y brutalmente etnocentrista.

Porque alguien que se puede permitir cuestionar las vacunas, y afirmar que no valen de nada, tiene que vivir forzosamente en una sociedad del primer mundo, en la que toooooodos los vacunados le protegen a él y a sus hijos de las enfermedades.

Nadie que sea consciente del dolor y la enfermedad del Tercer Mundo puede decir, con el corazón en la mano, que las vacunas son un timo.
Nadie que conozca un poco de la historia de la viruela puede pensar, de verdad, que las vacunas no sirven para nada.

A no ser, claro, que tenga cómo justificarse, dando la espalda a cualquier explicación centífica o racional.


Y es que ese puede ser el gran problema: Que el movimiento antivacunas no parece tan inaceptable cuando se pone al lado de tooooodoos esos movimientos actuales que abogan por lo "natural" y afirman que todo lo que nos aleje del simio que una vez fuimos es malo para nosotros.
La moda antitransgénicos, la lucha por parir en casa, solitas; la quimofobia, el rechazo incluso a la alimentación que incluya productos incorporados a nuestra dieta del Neolítico en adelante... Son ejemplos de muchísimas cosas que nos encontramos todos los días, que nos venden como estupendas, que están basadas en una profunda ignorancia, y que cada vez menos gente rechaza por no parecer "antinatural".




Yo soy la primera que desconfía muchísimo de los avances indiscriminados, y de la tecnología por la tecnología. Pero he estudiado lo suficiente como para saber que, como bien dice este post de la Pizarra de Yuri, el pasado era una mierda. Que la agricultura anterior a la intervención humana era paupérrima, que los "transgénicos" se hacen incluso hibridando especies, sin laboratorios, que lo natural de parir en casa era que el 50% de tus hijos se murieran (y de las madres, ni hablamos), y que pretender volver a las cavernas con todas las comodidades del siglo XXI es una gilipollez.

Y me podrán decir, con toda la razón, que no es lo mismo negarse a comer nada transgénico que negarse a vacunar a los niños. Es cierto, no lo es. Pero todo está bajo el mismo paraguas y, en general, tiene la misma base científica inexistente.

Por eso, me parece que lo que se debe hacer no es culpar ni perseguir a los padres de nadie, sino informar, informar, informar e informar. Asegurarnos de que todos los niños entienden desde el colegio qué es una vacuna, de qué está hecha y para qué sirve, explicando muy despacito qué pasaba en el mundo antes de que existieran.

Educar a los padres de manera muy activa en la importancia de inmunizar a sus hijos. No dar por hecho que las vacunas son buenas y todo el mundo lo sabe. Porque los otros, los que defienden "pasar las enfermedades naturalmente", van a hacer propaganda, van a ir a buscarlos, van a darles todos sus argumentos mentirosos y seductores... mientras los demás damos por hecho que con el sentido común es suficiente. No lo es. Nunca lo es.

Y es que, joder, en este debate los argumentos reales, fiables, científicos y ciertos están
de nuestra parte. Hay incluso recopilaciones de recursos con los que demostrar de mil maneras (con humor, con estadísticas, con experiencias personales...) que las vacunas son la mejor opción.

Y, desde luego, no nos debe temblar la voz en decir "lo que estás diciendo es una gilipollez, y es mentira". Que parece que, con lo políticamente correcto, tenemos que aceptar que todas las ideas son igualmente respetables, dignas de ser escuchadas, y merecedoras de un mínimo de crédito. Y no, cojones.

Las ideas no son respetables, son respetables las personas. Las ideas existen para ser cuestionadas, juzgadas, alabadas, vilipendiadas, abrazadas o descartadas. Y en el caso de las ideas ignorantes, peligrosas y asesinas, para ser rechazadas con toda nuestra fuerza como mentiras manipuladoras, que es lo que son. 

A ver si, entre todos, conseguimos que este caso de difteria se quede en un triste aviso de lo que puede pasar, y no en el pistoletazo de salida para una vuelta atrás.






26 de junio de 2015

El final de una larga maratón

Vamos a empezar esto como hay que empezarlo:


¡¡¡¡¡¡ENHORABUENA CHICO DEL SOMBREROOOOOOOOOOOOOO!!!!!!

Y es que, amigos, seguidores del Baúl, pervertidos que llegan aquí buscando cómo se folla en Blablacar, este blog está celebrando que el chico del sombrero ha terminado su viacrucis particular, y está a un paso de ser todo un ingeniero.

Así que esta entrada es para él =)


En 2006 empezaste la carrera.
Eras un pipiolo de 18 años, decidido a ser ingeniero. Llevabas mucho con la vocación clara. No sé si empezó cuando metiste los dedos en el enchufe la primera vez y saliste disparado, cuando tus padres te pillaron intentando meter las tijeras poco después, o si la inspiración llegó al margen de tu electrofilia, pero el caso es que sabías que lo tuyo era destripar y crear cosas, ya fuera a mano o programando.

Llegaste a esa facultad absurda que está donde cristo perdió el mechero. A ti te venía bien, porque como vives en Mordor tener la universidad en Osgiliath está a mano...
Era, además, un sitio muy pintoresco, porque mezclaba edificios diseñados para ser oficinas, con un parque bucólico en el que había un lago, pájaros y conejitos.

Yo siempre he pensado que la universidad os puso allí porque sois los frikis entre los frikis, y preferían teneros en un entorno controlado y calmado que en un momento de crisis nerd pudiera cerrarse, y dejaros alimento suficiente.

El caso es que comenzaste a estudiar, a conocer el mundillo universitario, probar asociaciones, conocer a todos esos amigos que dejarían la facultad en menos de un año, y acercarte a tu objetivo.

Estabas calentando, claro. Estirando los músculos antes de correr, trotando un poco, y haciendo el primer sprint de postureo que siempre se da cuando comienza la carrera.


Primero fue fácil, aunque hubo algún tropiezo que te complicó las cosas más de lo que esperabas.

Por desgracia, poco después vino la vorágine. Los años del caos, del dolor, de no entender qué pasaba, de sentir que tu mundo se deshacía en pedazos y no podías hacer absolutamente nada para controlarlo.
¿A quién podían importarle los estudios cuando se te estaba poniendo delante un muro que parecía insalvable? ¿Cómo ibas a concentrarte en la práctica de Redes, si te tocaba ir al hospital cada dos por tres, sin saber si esa vez sería la última, la vez en que saldrías solo?
Parecía que el mundo conspiraba en tu contra para convertir en enemigos y obstáculos todo y a todos los que en teoría debían velar por ti.

Yo llegué más o menos en ese momento, a quedarme pasmada con la fuerza de aquel chico larguirucho con coleta que siempre hablaba bajito y tenía la sonrisa más bonita del mundo.

En ese punto de la maratón te quedaste casi solo. Había corredores muy por delante de ti, y otros bastante atrás. Tú sentías que eras el único que seguía corriendo.
Te habían colocado una mochila tremendamente pesada, con la que a duras penas podías moverte.
Éramos muchos los que te gritábamos desde fuera de la pista, animándote, intentando hacer más ligero el peso. Pero era demasiado poco.

Se te acalambraron las piernas y tuviste que sentarte primero, y continuar caminando después. Despacito, metro a metro.

En un momento dado, la mochila se desplomó y te dejó libre, por fin, para continuar corriendo. Y, con la fuerza que sólo da la rabia, te lanzaste hacia delante decidido a reventar todas las marcas.

A partir de ahí hiciste buenas etapas, aunque eras inconstante. Lo tuyo era pasear un rato, y liarte a correr a toda velocidad al final de cada tramo. Así te lesionaste más de una vez.

Te viniste a París a hacer una estancia fuera, fuiste currando en diferentes cosas de lo tuyo, decantándote cada vez más por un área de trabajo, y descubriendo aquello que se te daba mejor.

Yo corría a mi vez mi propia maratón, y hubo muchas etapas que pasamos juntos: En mi salón, o en el comedor de tu casa, estudiando de diez de la noche a seis de la mañana, entre folios, fluorescentes, palomitas, coca-cola, té, café y chocolate. Yo con mi música suavita para estudiar, y tú con los cascos.
Hacíamos descansos juntos, y otros cada uno por su lado. Desayunábamos cuando se hacía

de día y nos íbamos a dormir.

Lo peor era cuando tocaba ir al examen habiendo dormido una hora, o cuando terminaban los exámenes y nos era totalmente imposible recuperar el horario diurno. Los dos somos búhos.

Lo mejor era la tradición que establecimos de, cada fin de exámenes, irnos un finde a un hotel los dos solos, a no hacer NADA.

Yo terminé mi maratón, mientras tu dabas los últimos retoques. Ahí nos perdimos de vista. Tú decidiste correr solo, sin mi ayuda ni mi acompañamiento, y yo me fui a Francia totalmente perdida, ausente y sin saber si debía seguir corriendo. Empecé a escribirte cartas en esos cuadernos, y comencé una maratón diferente.

Siete meses después nos reencontramos. A ti el trabajo te había hecho coger el desvío más largo de la maratón (como casi siempre pasa) y los últimos kilómetros se te estaban haciendo eternos.

Decidimos volver a la pista juntos, y yo te enseñé a hacerte unas zapatillas de correr especiales, mágicas, luminosas y con unos gadgets cojonudos, como las que había aprendido a hacer yo en Niort...

Y saliste disparado.

Has pasado el último año corriendo al mejor ritmo que has tenido nunca: Con constancia, reservando tus fuerzas, con buen ánimo, con tranquilidad y seguridad, incorporando nuevos gadgets a las zapatillas prodigiosas.

Y has llegado al final.

Ves la meta, la rozas con los dedos. En la práctica, ya la has cruzado, aunque oficialmente te queda un mesecillo.

Has triunfado, y te espera una medalla de oro más allá de la cinta de la victoria.

Han pasado unos cuantos años. Tú ya no eres larguirucho, hace tiempo que te cortaste el pelo, aunque sigues teniendo la sonrisa más bonita del mundo.

Y lo has conseguido.

Sabes que estamos todos eufóricos. Porque hemos pasado por ello contigo, porque lo hemos vivido casi como si fuera nuestro, y estábamos deseando que llegase este momento.

Ahora toca celebrar, toca disfrutar de lo logrado y prepararse para todo lo bueno que está por llegar.

Enhorabuena, chico del sombrero, ¡lo has conseguido!

Ahora se despliegan ante ti nuevas maratones, carreras de 10K, y oportunidades de todos los colores para seguir creciendo y mejorando. La siguiente meta volante la tienes muy cerquita, y en noviembre nos viene una a los dos.

Porque, como has aprendido este año, al final nunca se termina la maratón, simplemente se cambia de color y compañía.

Disfruta mucho de las celebraciones, que te las has ganado.

¡¡¡¡¡¡¡ENHORABUENAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!


24 de junio de 2015

Querido tobillo izquierdo

Querido tobillo izquierdo,

Una vez más me veo en la misma situación: tú vendado y yo con movilidad reducida por una torcedura mal hecha.

Tío, me tienes hasta el moño.

Esto no puede seguir así. No es sano. No es bueno para ninguno de los dos. No tiene ningún sentido.

Llevamos casi un cuarto de siglo juntos, y más de la mitad de ese tiempo te lo has pasado llamando la atención. Y no puede ser.

Empezaste a dar por culo con una torcedura tremenda a los siete años. Sí, tuvimos un precioso momento drama queen en el que yo caí junto al magnolio de casa de mis abuelos, como la princesa Disney que quería ser, a medianoche, mientras llamaba a voces a mis padres.
Me sentí diva, y tú también.

El problema es que a mí se me pasó el complejo de Blancanieves abandonada en el bosque, mientras que tú le cogiste gustillo.

Que sí, que el que yo en aquel primer esguince me tirase toda la "recuperación" triscando como un cabra montesa tuvo mucho que ver, pero sin tu puñetero afán de protagonismo nos habría ido mucho mejor.

En mi primer campamento de verano scout, tuviste tu primer momento de gloria, mandándome al carajo la noche de mi Corte de Honor. Visita a urgencias, escayola y receta de antiinflamatorios. Llegué a la Corte tarde, dolorida y humillada.

Y encima, como no me dieron muletas, dependía de un compañero de los mayores, de dos metros de altura y dos quintales de peso, que me llevaba de acá para allá y que en plena madrugada se cayó encima de ti, añadiendo más leña al fuego.

Hice la Promesa de tropa con unas muletas prestadas, y contigo flipando en colores de la atención que estabas recibiendo del resto de scouts, responsables, padres y demás audiencia.

Encima, en aquellos últimos días de campamento descubrí que el Espidifen es un invento del demonio que da diarrea. Y lo descubrí corriendo a la pata coja al baño del campamento, cagándome literalmente en todo mientras tú te descojonabas.

Maldito.

Y a partir de ahí, le cogiste el gusto, cabrón. No había verano que no terminase escayolada, ni curso escolar que pasara tranquila: Caída espectacular por pisar mal con chanclas en la escalera de mi abuela la lectora, torcedura y morrazo con doble tirabuzón en marchas de campamento, patinazo con esguince morrocotudo en medio de la calle... Y así.

Llegué a tener muletas propias, y verme con férulas y muletas era verme en mi estado natural. Enseñé a todos mis amigos a andar con el pie jodido, y gané todos los concursos de aguantar a la pata coja que se me pusieron por delante.

Llegué incluso a usar unas de esas muletas del infierno, antiguas, que se sujetan bajo el sobaco. Qué dolor, qué incomodidad y qué espanto.

En un momento dado decidiste dar un golpe maestro. Los esguinces eran poco, la gente se los esperaba, así que ¿por qué no buscar algo diferente, impactante, inesperado y novedoso?

Quedaba una semana para irme de viaje de esquí a Sierra Nevada. Viaje por el que había tenido que suplicar a mis padres durante meses ya que, conociéndote, temían que montases el cirio en plena cumbre nevada y tu histrionismo me costase la cabeza.

Pero no. 

Eso habría sido esperable, y tú querías algo nuevo.

Estábamos en clase, nos pusieron Billy Elliot, y yo fui a la mesa del profesor a preguntar algo. Y me caí.

No, no te torciste y me caí, no me di un golpe y me caí. Me caí. Y punto.

Me llevaron al hospital, porque tú te hinchaste hasta alcanzar proporciones inigualables y... ¡¡tachán!! ¡Maléolo externo fracturado por arrancamiento!

Fuiste capaz de arrancarme un cacho de hueso de un tirón para que siguiéramos hablando de ti.

Puto enfermo.

Encima, mis tripas, que se ve que querían luchar contra tu afán de protagonismo, decidieron también llamar un poco la atención.
¿Cómo?
Negándose a digerir el Ibuprofeno.
Vomité cuatro pastillas enteras, que me había tomado con el reglamentario espacio de 8 horas entre una y otra.
Dejé los genéricos esa misma noche, y me di a una marca de antinflamatorio que no me provocaba cosas extrañas.

Por supuesto, me quedé sin viaje a Sierra Nevada, no aprendí a esquiar, y cuando siete años después el chico del sombrero me intentó enseñar, hice el ridículo.
Por tu culpa.

Me pusieron, encima, una escayola mierdosa de fibra de vidrio, que aunque era muy ligera no admitía que mis amigos me la firmasen. Y eso, con 14 años, es una putada.

Así que nada, así pasamos la adolescencia. Tú buscando el más difícil todavía, y yo aprendiendo a sobrevivir a tus excentricidades.

Y me fui a hacer la carrera.
Y te pareció estupendo, porque así podías probar tus habilidades en nuevos escenarios, y convertirte en tema de conversación entre mis nuevos amigos, que no sabían de ti.

Pero claro, después de tantos años, yo ya había adquirido mucha habilidad en caerme, vendarme y curarme. De hecho, ni siquiera iba ya a urgencias por tu culpa, lo que debió frustrarte una barbaridad.


Por suerte para ti, encontraste un aliado maravilloso: los suelos madrileños, hechos mierda y llenos de agujeros, grietas e irregularidades que te ayudaron a hacerme rodar por los suelos, acompañada por los gritos de los siempre solidarios transeúntes, cuya primera frase siempre era "¡¡¡¡¡¡HAZLE UNA FOTO AL SUELO Y DENUNCIA AL AYUNTAMIENTO!!!!!!!"

Nunca lo hice. Aunque si lo hubiese hecho tal vez ahora sería multimillonaria.

En el verano de primero de carrera, mi imprudencia y una ola consiguieron que una fractura de cojones en la pierna derecha (por variar) me tuviera jodida casi cinco meses. Sin embargo, creo que te vino bien para aprender madurez, y entender lo duro que había sido durante todos esos años para la pierna derecha aguantar cada uno de tus berrinches con estoicismo y responsabilidad.

Algo aprendiste, sí, pero no lo suficiente.
Desde una caída en medio de París, hasta una torcedura el día antes de mi graduación de la carrera, para lucir tú más que nadie con la tobillera en las fotos, capullo.

Me has impedido hacer marchas en condiciones en los scouts.
Estás permanentemente hinchado.
Te doblas sin ton ni son.
¡Yo, que hasta te regalé un tatuaje! (Por dentro, claro, en previsión de futuras inflamaciones)
¡Y así me lo pagas!

Además de drama queen, ingrato.

Hace un par de semanas comentaba con mi madre que hacía tiempo que no dabas por culo, y nos congratulamos de que hubieras decidido dejarme vivir en paz.

Supongo que pusiste la oreja, hideputa, porque esta mañana, mientras andaba tranquilamente hacia el trabajo, pisé un adoquín levantado, me fui al suelo con una caída espectacular en la que la bolsa de los tuppers, el libro, mi bolso y yo nos fuimos al carajo en un movimiento totalmente indigno, y tú por supuesto te retorciste todo lo posible para llamar la atención en condiciones.

Mamón.

Así que nada. Vendita, una muleta un par de días, Ibuprofeno de marca de la que no me hace cosas raras, y a esperar que te cures.

Te juro que me operaría para cambiarte por otro más humilde, y con menos aires de grandeza.

Por favor, para. Se acabó. Fueron buenos tiempos pero esto no puede seguir así. Es cierto que ha pasado un año y medio desde la última vez, pero eso no es suficiente. Necesito que dejes de llamar la atención cada vez que te aburras. Prometo quererte, cuidarte, mimarte, adorarte. Prometo estar en las mejores condiciones para ti. Prometo comprar sólo zapatos que te gusten.

Pero POR DIOS para ya, y tengamos la fiesta en paz.

Querido tobillo izquierdo. Dado que la operación de reemplazo de tobillo no existe, y la medicación que podría convertirte en un ente menos histriónico no te la puedes tomar, va siendo hora de que te moderes, porque nos quedan muchos años juntos, y una no puede estar esperando a ver cuándo llega tu siguiente ataque de estrellita, haciéndome rodar por los suelos sin dignidad ni decencia.

Atentamente:


Tu sufridora

PD: Tengo más fotos tuyas vendado y escayolado que de muchos de mis amigos. No lo mereces, quelosepas.

8 de junio de 2015

Un fin de semana perfecto

Viernes:
Llegar a casa de la oficina, muerta de calor.
La comida está hecha. Calentarla, comer, y tirarme en el sofá.
Odio dormir la siesta, pero me quedo frita con Aquí no hay quien viva de fondo.
Me despierta el perro de los vecinos de abajo ladrando, media hora después.
Toda la tarde se extiende ante mí.

¿Hago yoga, medito un rato, cocino, doy un paseo...?

Las agujas me llaman. De momento no me atrevo con el ganchillo, y tengo un proyecto de pañuelo veraniego listo para empezar.
Venga vale, montar los puntos y dar un par de vueltas.

Monto los puntos. Los cuento, los recuento. Empiezo con la insoportable primera vuelta.

Encadeno capítulos de Aquí no hay quien viva mientras tejo.

Cuando levanto la vista de la labor han pasado cuatro horas. Es de noche. Joder.

Me siento improductiva y culpable. Se lo digo al chico del sombrero y me contesta "Es viernes, puedes hacer lo que te dé la gana. ¿Por qué tiene que ser algo productivo?"

Pues también es verdad.

Ceno gazpacho, sigo tejiendo, y me acuesto a las tantas.

Duermo espatarrada, aprovechando que tengo la cama para mí sola.


Sábado:
Abro los ojos a las nueve. Me niego a levantarme.
Abro los ojos a las once. Ahora sí.
Hago yoga, recojo la casa, me visto y salgo por la puerta.
Paseo hasta la feria del libro y me paso la mañana allí, disfrutando como una enana.

A la vuelta, me paro cada cien metros, dejo las bolsas en el suelo y hago fotos. Hay que ver lo fotogénica que es Madrid.

Llego a casa asfixiada de calor.

Coloco los libros nuevos, y reorganizo las estanterías.

Me pongo a hacer una ensalada de arroz XXL: Manzana, zanahoria, tomate, nueces, queso, jamón york, huevo duro... Sin prisa, puedo comer a la hora que me dé la gana.

Después de comer empiezo uno de los libros nuevos.

Por la tarde llegan el chico del sombrero, la agente Colombo y Han Solo. Charlamos, y nos vamos con el resto del grupo al festival de Bollywood en Madrid. Cómo me flipa que en esta ciudad siempre haya algo guay que hacer.

Paseamos, vemos un espectáculo de baile súper divertido que me da ganas de apuntarme a aprender baile de Bollywood.

Me tiro toda la tarde con sensación de domingo. Es el primer sábado en siglos que salgo por la tarde, y mi cuerpo no lo entiende.

Terminamos cenando en un indio, y luego jugando al Time's up con descojone general esperable, ya que éstos se habían apretado dos jarras de sangría.


Domingo:
Me levanto a las once y media. Hablo con C. por wasap durante una hora. Para que luego digan que no se pueden tener amigos a distancia...

Retomo el punto mientras el chico del sombrero hace pesto para comer.

Por la tarde me dedico al blog: Encadeno tres entradas que tenía pendientes, que está feo tener el baúl tal abandonadísimo.

Limpio un poco la casa, ya que las pelusas y yo no cabemos a la vez en ella.

Tras muchísimo tiempo, cojo la guitarra y me pierdo tocándola. Había previsto irme a una clase de yoga por Nepal, pero al final me olvido de ir. Necesitaba la música.

Me voy a dormir contenta, relajada, descansada y a gusto.

Ha sido un fin de semana perfecto. De hacer lo que me apetecía, disfrutar de mí y los míos, y cuidar cosas que hacía mucho que tenía olvidadas.

Y, el que viene, a reecontrarme con la familia, los amigos, y el mar que me esperan en Cádiz.

Así, ¿a quién le importa que mañana sea lunes?

7 de junio de 2015

Feria del libro 2015: El mejor sitio de Madrid

Que me encanta Madrid no es ningún secreto. Es algo que repito en cuanto se me da la oportunidad. Pero dentro de esta ciudad, hay algo que me enamora especialmente. Un momento que espero durante todo el año con muchísimas ganas (y ahorrando): La feria del libro.

Durante dos semanas, el Retiro para mí se convierte en el centro de la ciudad. No puedo hacer otra cosa que pensar cuándo voy a ir, si voy a ir sola, cuántos libros podré comprarme con lo que he ahorrado... 

Este año me estrené el jueves pasado, con DM y Caballera. Quería haber ido el domingo, para que Pérez-Reverte me firmase el famoso artículo, pero su sesión de firmas era (como casi siempre) maratoniana, del día entero, y suponía hacer una cola de horas. Y, sinceramente, prefiero encontrármelo algún jueves al salir de la Academia, y tener algo más que dos minutos "en la jaima central".

Como digo, el jueves me di el primer paseo, pero apenas compré. A mí, la verdad, en la feria del libro me gusta comprar en soledad. ¿Por qué? Porque soy una obsesa. 
Puedo pasar horas mirando en cada caseta, dando la vuelta a libros, revisando títulos, hablando con los dependientes y pidiéndoles que me bajen tomos del techo. Y luego acabo comprando más de lo previsto, cargada de bolsas, para terminar de ver el resto de casetas haciendo fotos a tooodas las portadas que voy a dosificarme el resto del año.
Y, por alguna razón, ese comportamiento se entiende con la ropa, pero con los libros raya un poco.

La única persona con la que de verdad me gusta compartir este tipo de compra compulsiva es con mi madre, que me iguala e incluso me supera. Pero este año no ha podido venir, así que allá que me fui sola ayer a frikear todo lo posible.

Me fui andando, para disfrutar un poco del Sol (que en mi bajo-zulo se ve poco) y estirar las piernas. Iba pensando en cómo, cuando se vive en Madrid, "pasear" cuatro kilómetros de Lavapiés al Retiro es dar una vuelta, pero si estoy en El Puerto cojo el autobús para distancias bastante más cortas. Absurdo.

Llegué muerta de calor y con el pelo ardiendo, pero entusiasmada.

Como siempre, paseé por las primeras casetas mirando por encima, para hacer la primera parada seria en la caseta de la casa Árabe. Yo soy de costumbres fijas, y que me pongan las casetas repitiendo sitio, ayuda. 
Allí me tiro siempre la misma vida, porque las chicas que la llevan son encantadoras, y te recomiendan libros maravillosos.

Después salí corriendo, porque quería acercarme a la caseta en la que Muñoz Molina firmaba, y antes quería comprarle a mi madre su último libro, para llevárselo dedicado por el autor.

Por el camino casi me mato, porque vi a Elvira Lindo firmando diez casetas antes, y frené en seco, en medio de la marabunta que hay un sábado allí.
Estuve tentada de pedir que me firmase algo, pero todos mis Manolito están en El Puerto, y comprarme uno sólo para que me lo dedicase era un dispendio de presupuesto. Ya vendrá otra vez.

Esa frustración se repitió varias veces, porque resulta que ayer firmaba todo quisqui, y yo tengo la mayor parte de mis libros en casa de mi madre (aquí no me caben). Lo comenté por whatsapp, y la respuesta de mi madre fue contundente: "Si me lo hubieras dicho, te habría mandado un baúl".

Total, llegué a la cola de Muñoz Molina, y en la larga espera me hice amiga de una chica de Baeza que también llevaba un libro para que le firmaran a su padre.

Por suerte la fila estaba a la sombra, o nos habría dado una lipotimia como a las fans de los Back Street Boys.

Llegué hasta Antonio nerviosa perdida. Le di los libros, le expliqué que mi madre era fan pero que muy fan, y le conté una anécdota estúpida sobre el primer libro suyo que leí. No sé si pensó que era medio idiota, pero fue encantador, me firmó los libros, y se hizo una foto conmigo.

Después ya pasé a la caza. Me recorrí casi todas las casetas, emocionada perdida. Mirando, charlando, comparando precios y portadas, y comprando.

A las tres de la tarde, agotada, me compré un Solero (tradición personal e intransferible, tomarme el primer Solero del año en la feria del libro)y una botella de agua, y me tiré en el césped, detrás de las casetas, a mirar mis libros y descansar a la sombra, viendo el backstage de la feria, que también tiene su encanto.

Me volví a casa al rato, cargada de bolsas, perfectamente feliz.

Igual es difícil de entender, para un no lector, por qué es la feria del libro tan emocionante. Qué tiene de especial, o qué la diferencia de un centro comercial con una planta sólo de libros.

Por un lado, es el ambiente. Estás rodeado de gente como tú, gente a la que le gustan los libros, que disfruta de ellos, que quiere comprarlos, regalarlos, acumularlos, subrayarlos, manosearlos, prestarlos, mimarlos... Que flipa con los escritores que a ti te flipan, que se emociona con los libros raros... 
Por supuesto, no todos los que van a la feria son tan frikis, pero somos muchos. De hecho, estando en una caseta que vendía libros de fantasía, un visitante preguntó cuándo salía "Vientos de Invierno", el próximo libro de la saga de Canción de Hielo y Fuego. Y, a coro, el dependiente, dos clientes y yo soltamos una carcajada triste. Porque entre enfermos nos entendemos, y es muy mono ver a los novatos.

Además del ambiente, es maravillosa la posibilidad de encontrar tantos libros de temáticas tan diferentes en un espacio tan reducido. Del libro más friki de fantasía, hasta un manual de yoga, pasando por novela histórica, libros de texto, libros para niños o en cualquier idioma que quieras. Ningún otro sitio te da esa oportunidad, y menos con tarjetas de todas las librerías, por si quieres profundizar en cualquier tema. 

Mencionaría el descuento que hacen casi todas las casetas en los libros, pero la verdad es que eso más que un punto a favor es la justificación que nos hacemos los compradores cuando nos gastamos un dineral en libros "estaban rebajados, en cualquier librería habrían sido más caros". Claro que en cualquier librería no te habrías comprado tantos.

Pero lo mejor es esa magia especial que tiene la feria. Ese encanto que dura dos semanas y se repite todos los años, y que hace que vayas religiosamente a pasear por ella, a ver a los escritores a los que admiras en carne y hueso, a llevarte libros inencontrables de otra manera. Es algo incomparable.

Y es, para mí, el lugar y el momento más perfecto de Madrid, que volveré a visitar el año que viene.