28 de abril de 2015

Pensamientos aleatorios en una silla de dentista

Verano de 1997
-¡Mira, abuela, si meto y saco la cabeza muy rápido en la piscina, se escucha un sonido súper chulo!
-Buhonera, te vas a dar con el bordillo...
-Anda ya... ¡Mira!
CLONK
-Aaaaaaaaaaay
-¡Te has roto un diente! Mira que te lo dije... Voy a llamar a tu madre.

Y allá que nos fuimos al dentista mi madre y yo, a que me limasen el pico de la paleta que se me había roto. Por suerte no di con los dientes en el bordillo de piedra, sino con la barbilla en la escalerilla de aluminio. Si no, habría habido que hacer algo más complicado que limar.

-A ver, abre la boca y quédate muy quieta. Vas a escuchar mucho ruido porque te voy a limar el diente con este aparato. No muevas la lengua.
-.....
Frrrrrrrrrrrrrrrrrrrzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrñññññññññññ.
-Ea, listo. Por cierto, ¿te chupas el dedo?
-Sí...
-¿Cuántos años tienes?
-Seis y medio, casi siete
-Pues tienes la mordida mal
-Ah...
-Pero no te preocupes, eso con un aparatito se arregla
-¿¿¿¿????

Nos fuimos de la consulta, y nunca volvimos. Mi madre valoró que con seis años (casi siete) la necesidad de un aparato era absurda.
Teniendo en cuenta que al verano siguiente me diagnosticaron miopía morrocotuda y me pusieron gafas, agradecí infinitamente a mi madre que hubiera decidido pasar del dentista. Gafotas, empollona y con brackets habría sido demasiado...

Febrero de 2015
-¿Buhonera, me acompañas al dentista?
-¡Claro!

El chico del sombrero sí que llevó brackets muchos años, se nota: Tiene una sonrisa demasiado bien colocada, se lava los dientes durante horas, jamás le he visto mascar chicle... Y fue al dentista a que le mirasen una serie de historias que tiene en la boca.

Yo esperé fuera mientras escuchaba a la dentista enumerar todas las cosas carísimas que le tienen que hacer. Por dentro, pensaba que valiente mierda llevar aparato toda tu infancia si de adulto te van a seguir sacando la pasta con mil cosas...
Qué caro es tener dientes.

-Ya estás listo. ¿Tú quieres que te revisemos?
-¿Yo? Bueno...

Entré, y me tumbaron.

-¿Cuánto hace que no vas al dentista?
-Pues... dieciocho años...
-¿¿¿Cómo??? Pero, ¿cuántos años tienes?
-Veinticuatro...
-Pufffff... pues a ver qué tienes ahí.

Me recosté en la silla mientras me ponían una luz de interrogatorio en la cara, y me iba metiendo cosas absurdas en la boca. De vez en cuando me decía cosas.

-Muerde
-...
-Ábreme grande, por favor.
-.....

Me echaba chorros de aire en las muelas, me toqueteaba con una varilla metálica, me metía cosas en la boca para que mordiese...

-Anda, tienes tres molares de leche
-¿¿??
-Sí, mira la radiografía... ¡qué chiquitinas! Pero es que no tienes diente adulto detrás ni nada
-¿Mpgrf?
-Espera. Ahora.
-¿Y eso tiene consecuencias?
-Puede que pierdas los dientes en algún momento
-Ah...
-Tampoco tienes muelas del juicio abajo. ¡Eso que te ahorras!

De pronto notaba dolor y no sabía por qué.

-¿Sabes que tienes cuatro caries?
-Pues no...
-Sí. Una muy grande, que te tienes que empastar cuanto antes, y tres pequeñitas
-Ah...

En un momento dado se puso a apretarme la mandíbula.

-¿Sabes que tienes la mordida mal?
-Sí... me lo dijeron la última vez que fui al dentista
-Hace dieciocho años...
-Eso es
-Te deberías poner ortodoncia
-Ajam
-Te podríamos hacer un estudio para ver...
-Espera un segundo. Si no me pongo el aparato, ¿cuáles pueden ser las consecuencias?
-Bueno, en un futuro podría ser que llegases a tener problemas
-Son demasiados condicionales... mejor lo vamos a dejar

Me dejaron levantarme, advirtiéndome de que debía ir cuanto antes a empastarme la muela chunga. Yo me fui a casa, y averigüé que lo de los dientes de leche es genético, y que mi abuela la Lectora, a sus ochenta y cuatro años, aún tiene dientes de leche. Menos trabajo para el Ratón Pérez.




 24 de abril de 2015
-Hola Buhonera, qué tal. ¿Vienes al empaste?
-Sí...
-En seguida te atendemos, es que vamos con un poquito de retraso
-Vale... ¿cuánto se tarda en hacer el empaste?
-Una horita o así
-¿¡Una hora!?

Mientras esperaba me iba poniendo cada vez más nerviosa. ¿Qué me iban a hacer? ¿Me iba a doler? ¿Por qué leches se tarda una hora en hacer un empaste? ¿Y si la caries había crecido espectacularmente y el empaste ya no era suficiente?

-Túmbate por favor... Te voy a poner la anestesia en la encía
-.........
-¿Estás nerviosa? ¿Nunca te han hecho un empaste?
-No...
-Ah, pues entonces te vamos a poner un anestésico tópico...
-...

"Qué asco, qué mal sabe esto... Espera, ¿lo tendría que estar tocando con la lengua? ¡¡¡Mierrrrrda se me ha dormido!!!"

-Abre bien la boca, por favor
-......

"¿Qué es todo eso? Ah, ese debe ser el famoso aspirador de saliva... Esto lo esterilizarán o algo entre paciente y paciente, ¿no? ¿¡Tiene marcas de dientes!?"

-Voy a ponerte la anestesia, ¿vale?
-......hs....
-No hables, por favor
-....



"Aarrghhh... qué horror. Es como si me estuviera removiendo la aguja dentro de la encía... ¿¡Sin anestesia cómo sería!?"

-Vale, vamos a empezar. Primero voy a limpiar la caries y luego haré el empaste. Necesito que me abras muy grande la boca y que no te muevas ni hables.
-............hhhh...

"Mierda, ¿dónde pongo la lengua? ¡¡A ver si me la va a cortar con el cacharro ese!! Mmmm... la pego a los dientes de abajo..."

-No muevas la lengua, por favor

"Vale, claramente lo he hecho mal... Dios, qué cosa más incómoda... ¿Una hora así? Me voy a volver loca... Mira algo... Vamos a mirar el boli que le asoma por el bolsillo.
¿Lo llevará ahí por eso? Seguramente, porque no creo que una dentista tenga que apuntar mucho"

Chhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhfrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrsssssssssssss

"Qué ruido hace el cacharro ése... Qué desagradable...
Por dios, el cachivache este de las babas es inútil, ¡me está haciendo vacío en el carillo, y la saliva se me está acumulando en la garganta... ¡¡quiero toser!!"

-¿Estás incómoda?
-Grrmpf
-No hables. Recolócatelo
-.....

"A ver si ahí me aguanta..."

-Por favor, no cierres la boca que te voy a cortar
-¡¡¡!!!
-Así, genial
-....

"Joder, con el espejito de los cojones... me va a estirar la comisura de la boca hasta la oreja como siga así... ¡¡Me haces daño, perra!!
AHHH ¡Agua en el ojo!"

-Por favor, no te muevas. Cierra los ojos e intenta estar quieta

"Pues no me tires agua al ojo, simpática...
Yo paso de cerrar los ojos, que entonces el ruido todavía me da más mal rollo...
¿Y adónde miro? El boli ya me aburre...
Claro, pero no voy a mirarla a ella, a ver si va a pensar que me mola o algo..."

-¿Te he contado ya lo que voy a hacer este fin de semana?
-¡No! Cuéntame
-Pues me voy a hacer un curso...

"Y ahora se ponen a hablar de sus cosas... Me siento un coche en el taller. ¿Sabrán que sólo me han anestesiado la boca?
Qué aburrido es esto..."

Chhhhhhhhhrrrrrrrrrrsfffdddddñññ

"Puaaaajjjjj ¡¡Huele a diente quemado!! Qué horror..." 

Clic clic clic crrrrilc

"Ahora con el hierrito, parace que está buscando oro..."

-Vas a notar una presión 

Cliirrrrrcccc

"¡Aaargh!"

Cric, clicliclic

"¿Esta mujer será consciente de que a todos los pacientes que vienen les pone las tetas en la cara? Menos mal que no tiene muchas, si no sería súper violento...
¿O igual le mola y por eso se ha hecho dentista?
¿Te imaginas? Qué pedazo de perversión...
Si lo piensas, además, es inquietante... Hacerte dentista para que personas a las que tienes inmovilizadas bajo tus pechos te los miren, mientras se sienten impotentes por no poder moverse, ni hablar, estando a tu merced...
Pufffff... qué cosa más chunga."

Chhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhfrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrsssssssssssssj

"Ahí vamos otra vez con el cacharro ése... Qué ruido, por dios, entre el succionador del demonio y esto... ¿Los dentistas no tiene que llevar cascos protectores como los obreros?"

-Abre bien la boca, por favor
-..............
-Cierra un poco 
-......

"¿¿En qué quedamos??"

-Ahí, perfecto

"Ea. Fenomenal.
Yo no podría ser dentista en la vida... No me va eso de ver a la gente impotente a mi merced.
Además, a mí el pecho me estorbaría muchísimo... Ésta porque las tiene pequeñas, pero es que con un par de tallas más me daría en la cara... ¡qué grima!
No, definitivamente yo no podría ser dentista. Sería demasiado violento para todos. 
¡Imagínate que un paciente se empalma!
¡O que te giras a por algo y le das un tetazo!
¿¿¿Por qué estás pensando en tetas, Buhonera??? 
Joder, me las pone en la cara...
¿Habrá dentistas con tetas grandes? ¿O hacen criba? Si tiene usted más de una copa B no puede ser dentista...
¿Eso sería discriminatorio?"

-Ya he terminado de limpiarla. Era más profunda de lo que parecía. Voy a empezar el empaste 

"Muy bien. Tienes mi bendición... ¡Acaba de una puta vez!"

-Pásame el palo de naranja, el gel color A2, que lo estoy viendo blanquito, y la goma. Ah, y el papel negro 

"¿Pero esta tía qué va a hacer ahí...?
¡Argh!"

-¿Te ha molestado? Tengo que apretar para preparar el empaste. Si te duele mucho te pongo anestesia, pero la mayoría de la gente lo aguanta
-.... 

"Qué manera más absurda de llamarme flojucha... ¡No es que me duela, capulla, es que nunca me han hecho nada en la boca y todo lo que se sienta raro me va a molestar!
Vamos allá"

Crac, pchium, ññññ, ssrrrrrr
-Muerde
-...
-Pásame uno rojo

"Esto es súper claustrofóbico. Necesito toser, y esta sádica me tiene tan incrustado el espejo en miniatura ése que no puedo ni tragar. ¡¡Y el succionador no sirve para una mierda!!
Estoy totalmente a su merced, ¡ni siquiera puedo gritar!
Desde luego, la gente que dice que el ginecólogo es el médico más incómodo, no ha debido pisar un dentista en su puñetera vida... En el ginecólogo te puedes mover, te puedes quejar, le cuentas tus cosas...Y te avisa de lo que va a hacer, joder.
Además, aunque sea ginecóloga no te pone las tetas en la cara. Te toca las tuyas, eso sí. Pero con profesionalidad.
Prefiero cien citologías, de ésas en las que hay un grupo de residentes mirando mientras el médico enseña tus partes, antes que esto.
Por cierto, debería pedir cita para el ginecólogo.
Uff... voy a toser, tengo que tragar"

Glub 

-¡Has cerrado la boca! Voy a tener que colocarlo todo otra vez

"Ohhhhhh, ¡perdóname la vida! ¿Preferías que tosiera y te escupiera a la cara todo lo que me estabas metiendo ahí? ¡Además, no he cerrado la boca! Sólo he bajado un poco los labios, ¡histérica!"

-Ya está puesto el gel. Muerde aquí y rechina los dientes, que lo voy a pulir
-.....

"Estamos acabando, estamos acabando, estamos acabando"

Ñññññññññññfjjjjjjjjjjjjjjjjjjjrrrrrrrrrrrrrrrrrrrssssssssssssssss

"Qué espanto de ruido por favor..."

-Ya está, Buhonera. Hemos terminado. Era bastante profunda pero ya está bien. Las otras tres serán más fáciles, que ésta al estar arriba y tan atrás, ha sido complicada

"¡Sí, sí, sí! Quitame el espejo ese... ¡Joder, cómo me duele la mandíbula!
Sí, y el succionador...
Ohhhh qué felicidad"

-Muchas gracias, ¿qué te debo?
-Un riñoncito de nada...

"Pagar para esta mierda... Tiene cojones".

Salimos del dentista y fuimos a comer. Descubrí que ese dolor que sentía desde hacía años cada vez que comía algo dulce debía ser la caries.
Y me entretuve un buen rato bebiendo cosas frías y experimentando la sensación de tener media lengua dormida.

Ya sólo me quedan tres muelas que empastar... Y malditas las ganas que tengo. En cuanto pueda, me tiro otros dieciocho años sin pisar un dentista.



27 de abril de 2015

Agua

Se abre el pecho con un sonido como de trompetas. Y se abren los ojos.
Un suspiro, un jadeo, un gemido.
Una sonrisa.

Sientes cómo tus dedos se vuelven aletas; tus brazos, alas; tus piernas, garras.
Un escalofrío te prende en llamas y saltas, muy alto. Pero a la vez te ahogas, sientes como si un agua oscura, profunda, densa y fría, se cerrase sobre ti.
Quieres aire y no lo quieres.

Y el pecho se vuelve abrir. Y todo vuelve a empezar.

Te empapas en barro de colores, volviéndote un arcoiris líquido lleno de luces cambiantes. Te llenas por dentro de flores. Se te llena el vientre de agua. Te dispersas.
La sensación de estirarte y encogerte al mismo tiempo, sin querer.

Unas manos te agarran, te salvan. Pero, ¿quieres tú ser salvada?

Una boca se aprieta contra ti.
¿Dónde está?
Puedes sentirla, pero no la entiendes. No entiendes sus labios, ni su lengua, ni su aroma. No entiendes en qué rincón se ha ocultado. No entiendes sus movimientos.
Y, aun así, te desgarra.

Un remolino de hojas verdes se estrella contra tu cara. Como latigazos de un sauce prematuro, te laceran la piel y te abren los ojos.
Verde hierba.
Huele a menta, a romero, a lavanda y a pinares. A tierra seca de verano.
Te llevan las hojas verdes, te arrastran, te acarician, te hieren, te sanan.
Sangre y verde. Sangre verde.

Te meces, como un niño. Dejas que tu cuerpo se balancee adelante y atrás con una caricia secreta. Te mueves dentro de ti, buceando en tu sangre, buscando, explorando, jugando.

La magia fluye, de instante a instante, de punto a punto. En la penumbra. Inundándote de un agua que sabe a azúcar diluida.
Y tejes. Tejes con agujas de madera, de cristal. Con lana absurda, incomprensible, llena de imperfecciones. ¿Qué prenda va a salir de ahí?

Y te caes. Caes por un precipicio resbaladizo, hacia un río de aguas claras que te espera. Para abrazarte y asfixiarte.

Y un vértigo, un mal de altura de alpinista se te agarra a las entrañas mientras caes.
Temes no llegar al río, temes estrellarte, caer sobre un árbol, perderte. Temes, temes, temes...

Y, mientras en tu cabeza visualizas un millón de caminos que se abren, un sinfín de puertas que se cierran, una infinidad de caras que te observan...

...piensas...

...Al menos, si llegase, sería niña...

El vértigo te lleva, te trae, te arrastra con el viento, hasta estallar contra el río manso.

Te hundes, entre algas, peces y limo verdoso. Y sales a la superficie, quebrando el curso manso con la cabeza. Respirando a bocanadas, escupiendo y anhelando un poco de oxígeno. Llevas demasiado sin respirar.
Y ríes, con risa de niña, entrecortada por el frío y por los restos de vértigo.

Y te despides, sabedora de que el momento es en futuro y no en presente. Sabedora de que el hoy está vacío de hilos de plata. Sabedora de que el agua que te acoge te permitirá aún nadar por mucho tiempo.

¿Dónde vas?
Vuelas. 

23 de abril de 2015

Un refugio de tinta y papel

Libros, libros, libros, libros...

¿Cuándo empieza uno a enamorarse de los libros? ¿Cómo ocurre?
No puedo recordar cuándo me enamoré yo. Sé que leía Mortadelos, y cuentos de Disney, cuando apenas levantaba un palmo del suelo. Y me encantaba.

Hoy, todos los que amamos leer hablamos de libros: De autores que nos gustan, de libros que regalar, de enamorarse leyendo...

Yo quiero hablar del libro como refugio, como escondite, como lugar feliz.

Siempre he leído, siempre he vivido rodeada de libros y metida en ellos. Pero nunca los he amado tanto, nunca los he necesitado tanto, como cuando las cosas iban mal.

Las épocas en las que más he leído, han sido siempre cuando peor me sentía. Cuando más necesitaba huir a un mundo distinto.

En el instituto (mundo infame, miserable y detestable donde los haya) me refugiaba de mis compañeros en la fantasía: Devoré Narnia, Memorias de Idhún, El clan de la Loba... en la ESO, muchas veces durante las horas libres o los recreos, arrebujada en un rincón de la clase. En paz, feliz, tranquila, sintiendo que encajaba en algún sitio, aunque fuera una palabra en el papel.

Cuando salía de clase seguía leyendo, aunque no necesitaba tanto el refugio, para acompañar a los personajes después de que ellos me hubieran acompañado a mí.

Unos años después, aún adolescente pero a las puertas del gran cambio, cuando caí en espiral hasta el fondo, y comprobé que la mayoría de mis "amigos" eran unos perfectos hijos de puta, de nuevo me escondía entre las páginas, aunque entonces era de mí misma. Llegué a darme miedo, y volcada en el libro me sentía una persona mejor. Descubrí Canción de Hielo y Fuego, devoré mil veces seguidas la Reina del Sur, leí cualquier cosa que se me puso delante. 
Leer era una forma de imaginar una realidad distinta. De imaginar que era totalmente feliz, de imaginar que no estaba sola, de pretender que todo lo que me ocurría no era real. Y, a ratos, lo lograba.

Luego empezó mi vida en Madrid, mi primer gran cambio, el principio de mi gran felicidad. No necesitaba los libros como escondite, sino que me los llevaba al metro, a los parques, a las calles... Me dejaba caer donde podía con un libro entre las manos, no escondiéndome, sino compartiendo mi felicidad con el mundo.

Por primera vez pude pasarme noches en blanco leyendo, enfebrecida, y dormir toda la mañana soñando con lo que leía.

Pero aun así, cada vez que algo triste, decepcionante o angustioso ocurrió, siempre tuve ese lugar al que volver.

Cuando mi primera relación resultó ser un fiasco, y yo me convertí en una absurda que lloraba por lo que no merecía ni un pensamiento, me bebí El mundo incierto de Vikram Lall.

Y así, la vida iba pasando entre páginas de libros, en momentos más felices y más tristes.

En aquel momento (hoy lo sé) yo no era del todo feliz. Era demasiado tóxica, me tenía demasiada manía, estaba demasiado apegada a todo para ser feliz. Aun así, me sentía feliz, y cuando no, siempre tenía los libros.

En septiembre de 2013, cuando todo mi mundo estalló y me hizo tener que reconstruirme entera, me leí la saga de Harry Potter en dos semanas. Son libros que he releído veinte veces desde que los descubrí con diez años, y que nunca me han decepcionado.
En aquel momento, fueron tal vez la única forma de mantener a raya la agonía, hasta que pude volver a pensar con claridad.

Ahora, todo eso está muy lejos. Todos esos dolores, culpas, angustias, son cosa de otra realidad que por suerte me queda muy lejos.

Y, a pesar de todo, cada vez que necesito estar sola, que estoy harta del mundo, que el estrés del trabajo me tiene tirándome de los pelos... leo con más ganas que nunca, con la punta de la nariz escondida entre las tapas

Por eso, yo hoy no quiero homenajear a autores, ni recordar momentos felices leyendo, ni libros que me hayan marcado. Hoy quiero dar lugar al fuerte de libros en el que todo lector se ha escondido cuando quería morirse de pena, y se ha reconstruido poco a poco entre páginas. A todas las páginas con marcas de lágrimas, y a todos los libros desvencijados por llevarlos mal agarrados en un momento de angustia.

Me ha quedado una entrada de intensa depresiva, pero no es la intención.Soy tremendamente feliz y ahora mismo los libros son, como siempre han sido, un vicio maravilloso e indispensable. 
Pero a veces toca sacar cachos de dentreo, y sentirse agradecida por lo que nos hace ser quien somos.
Porque un libro es el mejor chaleco salvavidas y la mejor terapia. El mejor refugio.

¡Feliz día del libro!


21 de abril de 2015

Vooyeur: Seducción y marketing


Anoche fue al teatro Galileo al estreno de Vooyeur. Tenía muchas ganas de ver la obra, porque lo cierto es que me la habían vendido muy bien. 

“¿Qué harías si te encontrases a una pareja teniendo sexo y no pudieras irte?”

“Vooyeur, mirar es sólo el principio”

“Una apuesta por ver el sexo desde el lado de las mujeres, rompiendo tabúes”

“Escrita por una sexóloga”

"Nuestra experiencia plantea una idea de sexualidad global, que trasciende los límites del cuerpo para conquistar el terreno de la imaginación, la creatividad y el juego. Así, se pretenden superar conceptos arcaicos que reducen el encuentro sexual a la genitalidad y al coito, abriendo un margen a la experimentación a través de todos los sentidos y de la expresión artística" 

Por no hablar del cartel, y de las fotos que se difundieron en sus redes, que daban pie a muchas especulaciones.

El caso es que eran mensajes que animaban a ver la obra, y que me despertaron mucha curiosidad.

Hace tiempo que pienso que el sexo en esta sociedad está desnaturalizado: Se percibe lo sexual con una mezcla de morbo y censura, y parece que el mismo hecho de hablar de sexo debe escandalizarnos y excitarnos a partes iguales.

Por eso, esperando una obra que fuera sugerente, íntima, y tratase el sexo de una forma diferente, fui al teatro con muchas ganas.

Al entrar, nos dieron antifaces de colores y nos dijeron que en determinados momentos saldríamos de la zona del escenario para ir a otros espacios del teatro.

La obra empieza con Lilith en el escenario. Eso me gustó, porque es un personaje que me parece muy interesante. La actriz contaba una reinterpretación del mito de Lilith bastante divertida, y terminaba diciendo que para rescatar a las mujeres del aburrimiento sexual, iba a recorrer distintos escenarios y a hacerlos “picantes”.

Yo ahí me imaginaba que en el resto de las escenas veríamos a Lilith echando polvo de hadas (o de demonio) encima de los personajes para despertarles la lujuria. Pero no.

A Lilith no la volvemos a ver hasta el final.

Lo que sí vemos en todas las escenas son manzanas. Manzanas que se comen, se comparten, ruedan por el suelo… Hasta sale un Mac.
Es una referencia que me tuvo desconcertada todo el rato. Primero, porque la manzana es el símbolo asociado a Eva, no a Lilith (la pobre no pudo ni catarlas). Segundo, porque Lilith se compadece de Eva de manera obvia, diciendo que es una sumisa, con lo cual no entiendo a qué viene tener su símbolo por todas partes. Y tercero, porque nunca he entendido que se vea la manzana como un símbolo de la tentación sexual.

La manzana era el fruto del árbol de la sabiduría. Debería ser el símbolo de la curiosidad, de la inquietud, de la ambición por saber… ¿¿pero del sexo??
Igual es que nos lo contaron mal, y el árbol del conocimiento del bien y del mal en realidad te daba jugosos conocimientos sexuales, y censuraron ese párrafo en la Biblia para evitar la extinción de las manzanas…

Manzanas desconcertantes aparte, la obra continúa con cinco escenas de sexo heterosexual en diferentes circunstancias: un teatro, un montacargas, un hotel, el salón de una casa y una oficina. Las escenas son cada una de su padre y de su madre. Unas más excitantes, y otras divertidísimas.

Entre escenas, se escucha un trino de pájaros un poco desquiciante, que junto con una luz verde intenta trasladarnos al Jardín del Edén del que echaron a Lilith.
Y, el resto del tiempo, la música se basa casi exclusivamente en boleros mexicanos (uno por escena) que se escuchan antes de su comienzo, y al terminar. Los dos primeros te hacen gracia, pero hay escenas en las que un bolero pega tanto como la salve rociera, y te sacan completamente de situación.

Para cerrar la función, Lilith hace un alegato final hablando de lo sosa que era Eva, de la necesidad del sexo divertido, de que ya que nos fuimos todos del Edén, más vale disfrutar,  y todo acaba en orgía.

El chico del sombrero y yo, que habíamos cruzado dos o tres palabras a lo largo de la obra, tras ese final salimos de allí diciendo “Pues vale…”.

Y es que la obra no está mal, pero con todo lo que me habían vendido, yo me esperaba otra cosa en todos los sentidos.

Por ejemplo: Yo no suelo buscar machismo, ni soy de las que se escandalizan cuando oyen “la juez”, pero si me venden una obra profundamente feminista (es decir, igualitaria) en la que se busca ver el sexo desde el punto de vista femenino, espero ver lo que se me ha vendido.

Si lo que me encuentro son mujeres en tacones y minifaldas en todas las escenas menos una, y a tíos vistiendo cómodamente, e incluso en plan "moda pordiosera", me mosqueo. Porque el look “sexy” consistente en tacones de aguja negros, picardías, tanga,  vestido ultra ajustado, faldas de tul negro, escote… es un look hecho por y para los hombres. Aunque las mujeres lo hayamos asumido (y es un hecho que lo asumimos) no es algo feminista ni mucho menos. Y yo, en al menos una escena, pude ver claramente lo incómoda que estaba la actriz con los taconazos. Si estás incómoda, no te excitas, y no disfrutas. Así que no me lo creo.

No es una obra feminista. Tampoco es una obra particularmente machista, desde luego. Es una obra que trata los lugares comunes del sexo como ya los hemos visto veinte veces: atracción incontrolable que estalla cuando el hombre insiste, calentón en un rincón oscuro, escapar de la rutina con un sexo “diferente”, hombres que no se quieren implicar en tríos con otros hombres porque ellos “son muy machos”,  jugar con la comida… No innova en el punto de vista, pero sí en la forma.

No es rompedora, o a mí no me lo pareció. No se sale del sexo estrictamente heterosexual. Incluso cuando sale un trío, al principio los dos hombres ni se tocan y, cuando eso cambia, sólo se intuye.

Además, a pesar de defender insistentemente Lilith (y el marketing) en que el sexo no son genitales, en la única escena en la que realmente eso podría haberse mostrado (escena a oscuras, pareja hablando de cuando se comían a besos de adolescentes, y lamentando que ya no tengamos paciencia para ello), la cosa acaba en sexo oral y coito (con condón, ese detalle me gustó).

Yo esperaba que esa escena precisamente terminara con besos de esos que todos hemos tenido, que se alargaban hasta el infinito. Pero no. Él se corre tirándole a ella del pelo (tras pedirle permiso para hacerlo) y fin. Me pareció hasta triste.

Tampoco es una obra pedagógica, como la propia maestra de ceremonias intentaba vender. 
Bueno, matizo. No es pedagógica para personas con una vida sexual medianamente variada. Que luego me encuentro por ahí a cada hortaliza…
Evidentemente, al público al que Cincuenta polvos con Grey les pareció súper excitante e innovador, esta obra les escandalizará.
Al resto, les excitará en ciertas escenas, a lo mejor les da alguna idea, pero poco más. No creo que nadie que vaya a ver una obra de contenido erótico se sorprenda al saber que se puede jugar sexualmente con comida, por ejemplo.

Yo me esperaba una obra sutil, sugerente, en la que de verdad me sintiera una intrusa en las escenas, íntima. Pero no deja de ser una obra de teatro trasladada a espacios no convencionales. En ningún momento se me olvida que estoy viendo a actores trabajando, ni siento una conexión con la situación, ni me siento “sola” con la escena. Es sólo una obra itinerante con contenido sexual explícito.

Para mí, la conclusión de Vooyeur es que el marketing puede hacer mucho daño al producto cuando genera expectativas irreales. Una obra entretenida, moderadamente excitante, ocurrente y original que se vende como el colmo del erotismo, el feminismo y la pedagogía sexual, te va a dejar desencantada.

Es un poco como el porno. Si tú te pasas tu adolescencia viendo a musculosos sementales hacer gritar a hermosas mujeres con sólo tocarlas, y cuando llega tu primera vez sólo puedes pensar “¿pero de verdad está dentro?” es normal que te decepciones, aunque el chico sea un encanto y un as de las manualidades.

No quiero, con este post, desanimar a nadie que tenga ganas de ver la obra. Merece la pena ir, porque es una apuesta diferente. Es algo nuevo, es algo distinto, y es algo divertido con lo que pasar un buen rato.
Los actores son muy buenos, y están muy entregados. Te los crees.

Por todo esto, vale la pena darle una oportunidad, y echarse unas risas, que en estos tiempos de intensismo cultural profundo, es algo que se agradece.

14 de abril de 2015

Diario de una superviviente humana

El corazón se me va a salir del pecho.
Corro, no dejo de correr, desesperada.

Las zapatillas golpean el suelo rítmicamente, y yo temo por mi tobillo, como siempre.
¿Qué pasa si ahora se me tuerce? ¿Si me encuentro tirada en el suelo, con el pie inutilizado?
Jadeo.
Corro más. 
Caerme no es una opción. Hoy no.

Estoy sudando. El sudor me gotea por las mandíbulas y me empapa las palmas de las manos.
Noto los pies resbalar dentro de los calcetines.
Las converse son malos zapatos cuando toca correr.
Da lo mismo.

Escucho un crujido a mi derecha y viro bruscamente hacia el lado contrario, sin pensar.
No puedo pensar.
Me desequilibrio un instante por el giro, pero me recupero.
Siento un insistente pinchazo en el costado y trato de respirar con calma en plena carrera.
No puedo. Estoy demasiado asustada.

Aprieto los dientes y sigo corriendo, buscando algo, cualquier cosa, que me ayude a escapar de esto, a refugiarme, a huir.

Joder.

Veo delante, a doscientos metros, un coche con la puerta abierta.
Puede ser una trampa.
Me da igual.

Me meto. Las llaves están puestas, y hay sangre en la tapicería.
El cuerpo del conductor está en el asiento del copiloto, destrozado.
Intento no mirar mientras lo saco a empujones, y me detengo bruscamente.
Es un ser humano, no merece eso.
Lo miro a la cara (lo que en algún momento fue su cara), mientras me hago consciente del intenso olor a sangre y descomposición.
Siento náuseas.
Lo saco con delicadeza del coche. Está rígido. Tiemblo.
Lo dejo en el suelo y, respirando hondo, le miro y susurro:
-Buen viaje. Muchas gracias.
Debería quemarlo para que tenga algo de dignidad, para que no se convierta en otro de ellos. Pero no tengo tiempo.

Me monto en el coche con lágrimas abrasándome los ojos.

Respiro hondo, giro la llave, y salgo disparada.
Hace mucho que no conduzco, y me da cierto miedo. Pero no tanto como me lo da la otra posibilidad.

Por el retrovisor veo lo que era un cadáver agitarse, incorporarse.
Cierro un instante los ojos y las lágrimas me ruedan por las mejillas.

Otro más.

Malditos insconscientes.
Era súper divertido jugar a ser supervivientes.
Era súper divertido investigar si el no muerto era posible.
Era súper divertido maquillarse de cadáver.
Hoy no queda ni uno. Fueron los primeros en caer, aquella noche.
Quedamos los demás: los que pensábamos que era tonto, los que nos sentíamos incómodos con ello, los que creíamos que no tenía sentido. Los que no fuimos al survival.
Maldita sea.
Mejor me habría ido si hubiera decidido ir.
O, al menos, entrar en el jueguectio de "estar preparada".
Maldita sea.

Acelero, sin apartar la vista de la carretera, hasta salir de Villafranca

No tengo claro adónde ir. Esto no es una serie, no hay heroicos puestos de resistencia, ni información clandestina, ni un chico guapísimo que te busca para salvarte. Ni siquiera hay un gobierno malvado (pero humano) que intenta encubrirlo todo.

Esto es la vida real, el caos absoluto.
No sé cuántos quedamos.
No sé dónde están.

Estoy muerta de miedo.
Y la sensación que tengo es que en el momento en el que deje de correr, moriré.

Necesito calmarme, necesito parar.

Freno, sin apagar el motor.
Apoyo la cabeza en el volante y respiro.
Se me escapan los sollozos sin que pueda contenerlos.
Estoy sola.
Totalmente sola.
No sé si mi familia está bien. No sé si están vivos.
Sé que la mayoría de mis amigos no lo están.
O han muerto, o se han transformado.
Y el chico del sombrero...

No. No quiero pensar en él.

Sollozo contra el volante, mientras las lágrimas se convierten en un río.
Lloro de rabia, de pánico, de tensión.
¿Qué voy a hacer ahora?

Sobrevivir.
Ése es el objetivo.

Aprieto los dientes y los puños.

Me tiembla la pierna.
Da igual.

Me pongo en marcha de nuevo.

¿Dónde voy?
¿Dónde puedo refugiarme?
¿Qué hago?

Acelero y oigo un estruendo a la derecha. Probablemente otra explosión.
No miro.

Mientras recorro la carretera, mi respiración se vuelve acompasada por fin. Me atrevo incluso a encender la radio. Hay un pendrive enchufado, y la música empieza a sonar enseguida.
Es una música de mierda. Reggaetón del malo. El afilador.
Me río. Las carcajadas me recorren, haciéndome temblar.
Es surrealista.

Canto a gritos todas las canciones, inventándome las letras si no me las sé. Me da igual todo.

La ciudad comienza a aparecer a mi alrededor. Aunque la verdad es que esto no parece Madrid.

Comienzo a ver zombis en cuanto empiezan los edificios. En grupos, solos...
Algunos corren tras el coche, pero los dejo atrás con facilidad.
Siempre que evite las calles estrechas, el coche es un lugar seguro.

Apago la radio.
Hay ruido, chillidos, golpes.
Violencia por todas partes.
Eso es lo que hemos conseguido.
Lanzo un suspiro entrecortado.
¿Qué voy a hacer yo en este mundo, sola?

Ante mí aparecen edificios más altos y calles desiertas.
¿Dónde están?
Cazando más personas, supongo. Para ser monstruos, tienen una capacidad para la crueldad y la estrategia muy humana.
Desde el principio han preferido desplazarse adonde hubiera grupos.
Por eso, viajar sola es una ventaja.

Me tiemblan las manos. Estoy sin recursos. Sin ideas.

Todos los años de escultismo se lanzan en mi ayuda: Necesito comida, agua potable, un refugio, a ser posible en alto. Puedo hacer trampas, puedo hacer fuego, puedo...
Pero esa voz charlatana en mi cabeza se olvida de algo.

¿Para qué?
No podré huir siempre. Nadie puede huir siempre.
No tengo información, no sé si hay alguien más.
No tengo nada.

Sólo me queda buscar algún grupo de supervivientes... o acabar sucumbiendo a los monstruos.

O tal vez...

Respiro hondo.

Tal vez el objetivo es no sobrevivir.
Tal vez el objetivo es no ser una superviviente.
Los supervivientes pueden terminar siendo zombies.
El corazón me late a toda prisa. No quiero morir.
Pero no me queda más remedio.
La única duda es si muero bajo sus condiciones, o bajo las mías.

En este caso, morir matando no es una opción, porque no moriría.
Sería una de ellos.
Un ser agresivo, inhumano y a la vez terriblemente humano en su crueldad y su estupidez.
Un ser que se niega a morir, rechaza la dignidad de continuar el camino, y se obliga a una pseudovida que le parece un triunfo.
Un ser cuya absurda esencia está en destruir a otros.

El zombi sólo podía ser inventado por el ser humano y su eterno miedo a la muerte y la trascendencia.

Respiro de nuevo, y me decido. 
Salgo del coche y entro en el edificio más alto que veo.
Subo las escaleras a todo correr, sintiendo cómo me arden los pulmones.
Tengo que llegar, tengo que llegar, tengo que llegar.
Alcanzo la azotea, asfixiada.
Veo puntitos negros y jadeo ruidosamente, con el corazón acelerado.
Me arden las piernas.
Camino hacia el borde.

-¡Espera!

Me giro.

Son tres. Llevan armas: bates de béisbol, pistolas de airsoft y lo que parece un lanzallamas casero: un bote de laca atado a un soplete.
Si no estuviera a punto de asfixiarme, me reiría.
Son tan cliché que resultan absurdos.
Al menos no tienen rifles, como en las pelis, donde parece que los venden en las esquinas.

-Ven, podemos defendernos.
Niego con la cabeza. No puedo hablar, estoy demasiado ocupada jadeando.
-¡Sí! Tenemos armas, podemos combatirlos y sobrevivir.
Sonrío y sacudo la cabeza.
¿Hasta cuándo creen que podrán?

No.

Llego al borde, me subo y trepo la valla de seguridad. Los tres me miran con los ojos como platos.
No lo entienden.

Respiro profundamente.

Oigo un estruendo.
Entran en la azotea.
Oigo gritos, palabras y el rugido del fuego.
Chillidos.

-¡¡Ayúdanos!!

No puedo ayudarles. Ellos han decidido sobrevivir hasta la muerte.
Yo he decidido morir para sobrevivir.
Para que mi parte humana sobreviva.

Salto hacia delante.
Por un maravilloso instante, floto. Hasta que la gravedad se da cuenta de que debe trabajar.

Caigo.
Y la adrenalina me revienta en las venas, en los oídos, en el corazón.
No grito. No puedo.

Mientras me siento caer, pensamientos fugaces me asaltan.
Al fin y al cabo, es una caída de treinta pisos. Hay tiempo para pensar un poco.

Voy a morir.
Voy a morir como humana, y no podrán hacerme ser otra cosa, porque ya estaré muerta cuando me encuentren.
Acepto la muerte, la abrazo. Le doy la bienvenida.
Es la única forma de no ser uno de ellos: aceptar la muerte, respetarla y entenderla como compañera de viaje. Someterse a su llegada como parte de la humanidad.

El golpe llega. Es brutal.

Todo se hace negro.




Veo dos puntitos azules, y una sonrisa sobre la que he leído mil veces.
-BIENVENIDA
-¿Tú? Pensaba que eras un invento de Pratchett
-BUENO, LA TRASCENDENCIA SE PUEDE PERMITIR LICENCIAS POÉTICAS. EN REALIDAD, SE PUEDE PERMITIR CASI CUALQUIER COSA
-No lo entiendo
-NO IMPORTA. ¿NOS VAMOS?
-Vámonos
-¿NO PREGUNTAS ADÓNDE?
-¿Qué más da?









***

Para la Agente Colombo, Han Solo, el chico del sombrero... Que me han hecho pensar mucho sobre zombis últimamente, y han inspirado esta entrada. Aunque no fuera al survival, algo es algo.

Y, con mucho retraso, para el inmenso Terry Pratchett, que además de hacerme disfrutar con su universo, me ayudó mucho en mi proceso de aceptación de la Muerte, con un personaje tan carismático como adorable.