25 de marzo de 2015

Gordofobia


¿Alguna vez os habéis planteado que vivimos en una sociedad gordofóbica?

Yo sí. De hecho, creo firmemente que es así.

Ser gordo está mal visto. MUY mal visto. De hecho para algunos, es algo tan reprobable que los obesos les huelen mal.

Otros, sin llegar a esos extremos, tienen terror a estar gordos. Lo consideran un insulto, y les angustia terriblemente que llegue a ser cierto.

Dado que las fobias son miedos irracionales y desmedidos a algo, que a veces rayan el odio, creo que hablar de gordofobia tiene sentido, ¿no?

Ser gordo en una sociedad gordofóbica  es una lacra.

Ser gordo supone comprar tu ropa en tiendas especiales, porque si a alguna marca se le ocurre lanzar ropa que una tu talla con las tallas de las personas con un peso normal, se lía la de dios. Tu ropa debe estar perfectamente señalada en tiendas o en secciones especiales, y debe ser lo más parecida posible a lo que una abuela se pondría.
Y, si está en tiendas especiales, además debe ser especialmente cara. Es una especie de impuesto por ser gordos, probablemente porque se necesita más tela para hacer tu ropa.

Ser gordo es un tabú. Si se te ocurre hablar de tu sobrepeso con naturalidad, en cualquier conversación que no incluya la intención de adelgazar (por ejemplo “¿las estrías? Un coñazo, desde que empecé a engordar tengo un montón”) incomoda tremendamente a tu entorno. Estás hablando de tu “deformidad” sin intención de cambiarla, sin sentirte mal por ello. Es de mal gusto.

Ser gordo supone ser constantemente juzgado. Si una persona delgada se come un bocadillo de chocolate en un tren, nadie le mira. Si un gordo hace lo mismo, recibirá al menos una mirada reprobatoria.

Ser gordo supone que constantemente te ofrezcan cosas para adelgazar. Si os fijáis, en los bares, cuando un gordo pide un refresco, casi siempre le preguntan “¿light?”, asumiendo que quiere el bajo en calorías aunque se acabe de pedir un potaje de garbanzos con tocino.

Ser gordo supone que se te desprecie y culpabilice porque “no tienes fuerza de voluntad”, “estás obsesionado con la comida”, “eres un vago” y mil lindezas más que, en ocasiones, incluso te dicen personas que no te conocen, o profesionales de la salud.
Incluso si no eres gordo, sufres las consecuencias de la gordofobia del ambiente:

En cuanto ganas un par de kilos, te dicen “uyyyyy te estás descuidando, ¿eh? ¡Vas a tener que ponerte a dieta!”. Ganar peso implica automáticamente descuidarse, no preocuparse por uno mismo, no quererse. Es algo reprobable.

Si adelgazas porque estás pasando por la depresión de tu vida, oirás “¡¡estás más delgada!!” dicho con entusiasmo, con alegría, aunque tú estés terriblemente angustiada por no poder comer.

Si eres delgado por constitución, y te gustaría ganar peso, oirás constantemente “¡¡qué dices!! Anda ya, aprovecha, que estás delgado.”
La gordofobia ha conseguido crear yonkis de gimnasio. Personas que se encierran horas a dar saltos al ritmo de una música que odian, o a correr en una cinta como ratas en una rueda “porque hay que mantener la línea”.

Esto implica que esas personas soportan el deporte, no lo disfrutan. De hecho, ni siquiera intentan buscar un deporte que les guste, que les sea agradable o les motive. Ellos van al gimnasio a mantener la línea. No se plantean que el deporte te haga sentir bien. No es ése su objetivo.

La gordofobia ha vuelto obsceno el gusto por la comida abundante. Es de mal gusto. Y, si eres mujer, está mal visto que te dé igual comer cosas calóricas, A no ser que estés gorda, claro. En ese caso, se te da por perdida.

La gordofobia hace que, si tienes sobrepeso u obesidad, sea muy habitual escuchar incitaciones a adelgazar, a comer menos, a hacer deporte, defendidas con el "No, pero si es por tu salud". Y, en cuanto alguien intenta salirse del marco gordofóbico, se le dice “no pretenderás defender la obesidad… ¡es una enfermedad, y es una pandemia!”

Es cierto: El sobrepeso es malo para la salud, y la obesidad es una enfermedad que trae consigo multitud de problemas en muchos sistemas del organismo.

Sin embargo, esos abogados de la salud, cuando se encuentran a persona que, coma lo que coma, engulla lo que engulla, jamás engordan un gramo, aunque no se levante del sofá ni para ir al baño, dicen siempre "¡¡Qué suerte!! ¡Ya me gustaría a mí!".

Pero... ¿esto no iba de salud? ¿De que alimentarse mal es malo y todo eso? ¿Por qué la salud de una persona que se alimenta fatal, pero no engorda, no nos importa?
Vale, no es una persona obesa, pero puede desarrollar cualquier otro problema asociado a la mala alimentación, desde el estreñimiento hasta la diabetes, pasando por la gota o el escorbuto, e incluyendo un colesterol tremendamente alto.


La gran mentira a la que la gordofobia nos empuja es que una persona que hace deporte y/o es delgada, está sana. Y no es así. Una alimentación con exceso de grasas, con exceso de azúcares, con cualquier patrón que se desvíe de lo equilibrado, trae consigo problemas de salud a corto, medio y largo plazo.

 Entonces… ¿la salud de alguien no importa sólo porque no está gordo?
Oh, vaya. A lo mejor es que la salud no es en realidad lo importante.

De hecho, lo normal cuando una persona de nuestro entorno que solía ser obesa pierde todos sus kilos de más, es decirle “¡¡Estás muchísimo más guapa!!”. Nunca “¡¡estás muchísimo más sana!!” ni “¡¡te has quedado con una pinta de persona con actividad física saludable y buena alimentación que tira para atrás!!”. Siempre “guapa”, siempre la belleza que se adquiere tras perder la grasa.


Conozco a personas obesas con una belleza increíble. Con caras preciosas, con cuerpos proporcionados, con un estilazo vistiendo. Personas que son GUAPÍSIMAS y son obesas.
Pero rara vez les llaman guapas hasta que pierden peso.



Lo más a lo que un obeso puede aspirar, es a que le digan que es guapo “de cara”. Y, por supuesto, todo el mundo da por sentado que lo entiende. ¡No esperará ser considerado guapo de cuerpo, teniendo sobrepeso!


¿Os habéis planteado alguna vez qué es un cuerpo bonito, al margen de modas, cánones y opiniones?
Se suele decir que el ser humano evalúa la belleza de los demás en función de la simetría y la buena proporción.
Hay cuerpos con sobrepeso bellísimamente proporcionados y perfectamente simétricos.
¿Son bellos?
¿Os lo habíais planteado alguna vez?


Ni siquiera la persona gorda se lo plantea nunca. Los complejos parecen ser algo que se tiene de serie cuando se tiene sobrepeso. Es como si cada kilo que engordaras llevara consigo una dosis de baja autoestima.
Y, por supuesto, es una baja autoestima consentida e incluso aprobada por la sociedad. Se da por hecho que el gordo está acomplejado con su cuerpo, que se odia, que no se pone bikinis.
 

Cuando un gordo dice que se ve estupendo, que le encanta su cuerpo, que le parecen preciosas las arrugas que se forman en su costado, que le parecen bonitos sus michelines, que le encanta su cuerpo y se ve súper sexy, todo aquel que le rodea le mira como si fuera un loco que niega la realidad.

Sin embargo, es obvio que un cuerpo obeso puede ser bello. Ya no sólo porque en otras épocas y culturas se hayan admirado, sino porque las personas cuyas parejas son gordas les desean, disfrutan de sus cuerpos, les parecen bonitos.
Lo de la belleza interior es una patraña, ya lo dije una vez. Nadie se acostaría nunca con una persona que no le atrae, por maravillosa que sea su personalidad.

Pero con nuestra mentalidad gordofóbica aprendida, asumimos que el cuerpo gordo es inequívocamente espantoso.  

¡Atención! en ningún momento defiendo los estilos de vida que conllevan obesidad, ni apoyo el sobrepeso como un estado físico saludable. No lo es.
Trae consigo problemas que trascienden la alimentación y que van desde el sufrimiento de las articulaciones hasta la disminución de la fertilidad, pasando por problemas cardiacos.
Todos deberíamos tratar de cuidar nuestro organismo y llevar el estilo de vida más saludable que podamos.
 

Lo que defiendo es dejar de hacer dieta para “vernos mejor”. Es un error, es una trampa y es un engaño. Es gordofobia.

Cualquier gordo ha escuchado mil veces, como respuesta a sus complejos, el “haz dieta y un poco de deporte, ¡te sentirás mejor contigo mismo!”.
Es mentira.
 

Pensad por un segundo si en vuestro entorno hay alguna persona que perdiese mucho peso en algún momento de su vida.
Pensad en si le decían “qué guapo/a estás ahora”.

Ahora pensad: ¿tras quedarse en un peso saludable se quedó a gusto, o de vez en cuando comentaba que “me falta perder cinco kilos, y ya está, ya paro”? ¿Es posible que al poco tiempo de perder ese peso, lo recuperase?

Podéis estar casi seguros de que esa persona adelgazó para verse mejor, y no para estar más sana.

 ¿Por qué? En primer lugar, porque cuando te odias a ti mismo y has aprendido a odiar tu
cuerpo, da igual cuánto lo cambies, nunca te va a gustar. Siempre vas a ver los defectos exagerados, y vas a crear defectos inexistentes.


Si has aprendido a odiar tu cuerpo por ser gordo, nunca vas a dejar de verlo así. Aunque pierdas 20 kilos, cuando te mires en el espejo seguirás viendo un cuerpo gordo, un cuerpo despreciable. Y terminarás por abandonar (“total, me veo igual… para qué sufrir por la dieta”) o por obsesionarte con el número de la báscula, que es el único dato objetivo de que dispones, ya que al verte siempre te vas gordo.


Una persona que se quiere, no cambiará por estética, y por tanto le dará exactamente igual el número de la báscula o los centímetros de su cintura. Su objetivo será la salud, y eso se mide de otra manera.

En segundo lugar, y enlazando con lo anterior, cuando tu objetivo es mejorar tu salud, cuando realmente estás concienciado para ello, lo que haces es cambiar de hábitos. A lo mejor haces una dieta muy agresiva al principio, para bajar peso, pero después lo que buscas es una alimentación equilibrada, una rutina de deporte que disfrutes haciendo, un estilo de vida que sea bueno para tu cuerpo.


Cuando tu objetivo es estar delgado, lo que buscas es perder peso. Una vez “acabas la dieta” vuelves a tu vida normal, o te vuelves un esclavo de las dietas de poca duración. Porque tu intención nunca fue la salud, sino una talla, un peso, un número al fin y al cabo.
Por eso, yo jamás aconsejaría a alguien que me dijera “me veo gordo, me siento mal conmigo mismo” que adelgazase. Le animaría a quererse, le ayudaría a encontrar la belleza en cada rincón de sí mismo. Y, cuando consiguiera quererse mucho, si está preocupado por su salud, le animaría a perder peso de manera sana, aconsejado por un médico, poquito a poco, viviendo de manera más saludable.


Y jamás, cuando perdiera peso, le diría “qué guapo estás”. Siempre lo fue, o nunca lo será. Pero no será guapo por perder peso.  

Es posible que no hayáis llegado al final de esta entrada, que os haya parecido una sarta de gilipolleces. Pero si habéis llegado hasta aquí, si os parece que lo que aquí se cuenta tiene sentido y es cierto, quiero haceros una pregunta:  

 ¿Si os digo que esta entrada la ha escrito una persona gorda, pensaríais que es una enorme justificación para no salir de su estilo de vida, o seguiríais pensando que lo que aquí se cuenta es cierto?  
 Si la respuesta es que es una justificación, lamento deciros que estáis aquejados de gordofobia.  

Y, ¿cómo se cura eso?
Como muchos otros males actuales: Con sentido común.



Mirando de verdad con nuestros ojos, y no con los de la sociedad que nos rodea.
Aprendiendo a apreciar la comida, el deporte y la salud como valores buenos para nosotros como personas, no como estatus.


Dejando de juzgar al de delante, y empezando a conocerle.
Como casi todos los prejuicios, la gordofobia se cura con sensatez y una mente abierta y empática.
 

 ¿Y si empezamos a curárnosla entre todos?

18 de marzo de 2015

Meditando

Dibujar.
Un mandala.
Fijar la vista.
Música.
Quitarme las gafas.
Cerrar los ojos.




Abrir el pecho.
Respirar.
Inspiro.
Espiro.
Inspiro.
Espiro.
Mi vientre se hincha.
Se deshincha.

El aire entra. Fluido, calmado, limpio.

Y sale manchado de estrés, de agobio, de pensamientos.

La mente se vacía al son de la respiración.
Los pulmones expulsan los pensamientos con gentileza.
Sólo queda paz.

Y un punto brillante tras la frente, en la mente, que se mueve, que luce.

¿Qué es meditar?
Meditar es silenciar la voz tras los ojos.
Meditar es alcanzar la calma entre el mundanal ruido.
Meditar es crear, visualizar, entrar en una parte de uno mismo que permanece dormida.
Meditar es la persona que lo hace.

Respiro con más profundidad.
Apenas siento el cuerpo.
La música me lleva.
Silencio.
Olor a incienso.
La sensación suave de mi pelo sobre la nuca.

Inspiro.
El diafragma se tensa.
Se hincha el vientre.
El oxígeno entra a raudales.
La sangre cambia de color.
Me estremezco.
Espiro.
El diafragma se relaja.
El vientre se alisa.
El dióxido de carbono sale a borbotones.
Me quedo vacía.




Y la mente flota.
Fluya hacia una playa donde todo es posible, hacia la calma tranquila, hacia los cambios profundos.

Sonido de olas.
Arena, sal, agua y sol.
O una luna tibia.
Rodeada de estrellas afiladas.

Voces tenues, colores suaves.

Y yo, en el centro de mí misma.

¿Qué soy, qué quiero, qué siento, qué hago, qué pienso?

¿Quién me guía?

Preguntas respondidas en ese lugar inventado
que a ratos parece más real que la vida.

¿Dónde ir?

Huellas sobre la arena, camino, sustento.

¿Dónde vas?

Cambiar.
Echar aquello que daña, dejar entrar lo que sana.
Entre asanas y pranayama.
Y mil palabras inventadas que conocí después de conocer
la playa.
La única playa.




Y, de pronto, me crecen raíces

Llega otra música
Soy árbol
Soy tierra
Soy ramas frondosas con nidos de aves
Soy raíces profundas, silenciosas, llenas de hilos
Soy una savia caliente que me recorre y me nutre
Soy un tronco duro.

Y lluvia que se derrama sobre mí, y encharca la tierra.
Y nieve que parece helar mis brazos.
Y sol que vuelve todo luz.

Y mil seres de fantasía que se mueven entre las hojas cambiándolo todo.

Sonrío.


Y vuelvo a ser yo
A estar aquí

De nuevo respiro siendo consciente
Y disfruto de esa paz recién lavada.

Y vuelvo al ruido, a la gente, a la música, a los sentimientos ajenos.
Pero sé que guardo ese lugar para refugiarme cuando lo de fuera no sea suficiente
Para calmar
Para sentir
Para crecer
Para vivir.




 

Abro los ojos.
Me pongo las gafas.
Cambio la música.
Muevo las piernas.

Hola de nuevo.
Vamos allá.






11 de marzo de 2015

Un miércoles cualquiera

Miraba por la ventana, absorta.  Los ojos grandes vagando entre las personas que pasaban y los perros que se empeñaban en ladrar.
Suspiró.
Se apartó de la ventana, dejando que su mano derecha rozara por un instante el cristal de aquella ventana incongruente.

Anduvo hasta la pared opuesta mirando al suelo, contando de nuevo.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve.

Nueve pasos.

Una vez junto a esa pared, se sentó en el banco corrido de madera clara, y acarició la manta verde que descansaba sobre el asiento. La lana era suave, cálida, gruesa. Dejó que sus dedos se entretuvieran en ella unos instantes, mientras sus ojos vagaban por el espacio.

Se puso en pie de nuevo y apoyó la punta del pie derecho en la caña del botín, empujando. El zapato se deslizó, lejos. Hizo lo mismo con el otro.
Los calcetines morados se apoyaron en el suelo de falsa madera. No hacía frío. Tampoco calor.
¿Qué hacer?

En su cabeza sonaba a intervalos una canción.
Con la certeza de que nadie la miraba, bailoteó. Sus pies se deslizaban por el suelo mientras sus brazos no tenían muy claro dónde colocarse.
Tarareaba en voz baja, con los ojos entrecerrados y el rostro relajado.

Se dejó caer con las piernas abiertas y el tronco encorvado, como una marioneta a la que inesperadamente hubieran cortado los hilos.

Se soltó el pelo. La cascada de rizos se dejó caer sobre su espalda.

¿Qué hacer?

Anduvo hacia otra de las paredes transparentes. Golpeó con fuerza, sintiendo retumbar el vidrio bajo sus manos.
Gritó. Muy fuerte. Nadie la escuchaba, pero daba igual.

Se giró, deslizándose hasta el suelo con la espalda pegada al cristal.

Ante sus ojos el espacio diáfano parecía hacerse más pequeño por momentos.

La mesa con el ordenador.
La pizarra.
Los bolígrafos.
Los post-its.
El suelo de madera falsa.
La botella de agua.
El banco con la manta de madera.
Las paredes de cristal, el techo de cristal.
Aquella absurda ventana. Un marco metálico alrededor de… más cristal.

Se sentó en la silla, frente al ordenador.
Su hora de descanso había terminado.

La pecera la retenía, inmutable.
Su vida pasaba. Despacio.
Entre aquellas cuatro paredes.

Sólo esperaba que nunca se le ocurriera a nadie llenar aquella pecera de agua.
O, encima, se quedaría sin poder jugar al buscaminas.