23 de octubre de 2015

Yoga y silencio

Inspira...
Deja caer el peso del cuerpo alternativamente en una pierna y en otra.
Espira...
Que la pierna derecha se enraíce en el suelo y la izquierda empiece a elevarse.
Inspira...
El talón izquierdo a la ingle derecha.
Espira...
Busca un punto de equilibrio más allá del horizonte.
Inspira...
Los brazos a los lados, como una equilibrista, como tu funambulista.
Espira...
Los brazos al pecho. Namaste.
Inspira...
Siente cómo el equilibrio cambia, cómo se ajusta sobre tu pie.
Espira...
Alza los brazos poco a poco.
Inspira...
Tu pierna son rus raíces, hacia el centro de la Tierra.
Espira...
Tus manos apuntan hacia arriba, hacia el centro del cielo.
Inspira...
Siente esa doble dirección.
Espira...
Siéntete árbol.
Inspira...
Deshaz poco a poco la postura, y cambia la pierna.

Descansa un momento.

Inspira...
Trae la pierna hacia delante, dejando el talón girado.
Espira....
Baja la cadera, elévate.
Inspira...
Levanta los brazos hacia el centro del Universo.
Espira....
Déjalos caer hacia los lados, sintiendo cómo se abre el pecho.
Inspira....
Aguanta. Las piernas arden.
Espira...
Aguanta, cae una gota de sudor.
Inspira...
La mente en blanco.
Espira...
Sonríe.

Deshaz la postura con la siguiente respiración, y cambia de nuevo.

El sudor te corre por la cara, y tus músculos a veces protestan, pero tu mente está concentrada, tus pensamientos relajados.
Nada importa, nada existe. No hay recuerdos, no hay nada fuera de este momento.
Respiras y te mueves, y te concentras, y tu energía se mueve contigo.

Tienes favoritas, desde luego. Abrir las piernas al máximo, doblarte sobre ellas, el contorsionismo en general te resulta más fácil que cuando toca aguantar el peso del cuerpo en los brazos, o en las piernas flexionadas. El equilibrio te encanta, te gusta cómo te hace sentir por dentro, aunque según el día te mantengas horas o segundos.

Pero no importa, porque juzgar no es parte de la ecuación. Te mueves, te colocas, respiras, te relajas. Dejas que el cuerpo se ponga en su sitio y lo acompañas sin exigirle más de la cuenta, sin criticar.

La esterilla resbala, apoyas las manos en el suelo.

Sarvangasana a pelo no te sale, utilizas una pared, o te ayudan.
¿Serás algún día capaz de hacer Shirshasana y aguantarte en la cabeza? Seguro que sí.
Tener mucho pecho a veces estorba. Los michelines también. Te doblas sobre ti misma, y sabes que podrías acercarte más con el torso, pero hay demasiado de por medio.
Lanzas la pierna hacia delante en el saludo al sol y tienes que tener cuidado para no darte un rodillazo en una teta. Recuerdas lo aprendido y echas la pierna hacia el lado.
Lo de los michelines tiene arreglo. Lo de los pechos no. Pero no importa. Se acepta, se sonríe, y se continúa. Hoy toca así.

La voz  y la postura de la profesora te acompañan, te ayudan, te sugieren. A ratos casi llegan a irritarte, cuando ves que lo que a ti ti te tiene sudando a mares, para ella es sencillo como caminar.
No pasa nada. Caminar también fue difícil un día. Cuestión de práctica.

Así durante una hora o más. Calma, olor a incienso y sonido de cuencos tibetanos.

Aprender los significados de las cosas:
Que cuando una postura es "intensa" significa que es difícil, que cuesta y es posible que duela.
Que cuando se dice que pongas los dedos, o los pies, o las piernas "activos" es posible que te tiemblen del esfuerzo.
Que expresiones como "no te juzgues", "la garganta en calma", "los hombros lejos de las orejas", "deja caer la cabeza", "conecta con tu respiración" son tremendamente importantes, y deben resonar en tu cabeza durante la práctica.

Te tumbas en Savasana con el pelo chorreando, el cuerpo flojo y una sonrisa.

Y respiras...

Y una luz brillante en el centro de tu frente te acompaña mientras relajas pies, piernas, brazos, la piel que los cubre...
Reeeeeeeelax.

La mente, que llega relajada después de la clase, se expande y conecta con todo lo olvidado.

Y todo termina con un sonido vibrante... Y un Namaste. Mañana tendrás agujetas y te dolerá todo... Pero volverás. Porque es maravilloso.






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