22 de octubre de 2015

¿Sabes por qué las noticias que lees son una mierda?

Llevo ya tiempo escuchando a mucha gente en el metro, en la oficina y en general a mi alrededor quejándose de que las noticias de los periódicos y medios online cada vez están peor escritas. De que tienen faltas de ortografía, o directamente no se entienden.

Siempre que alguien lo comenta directamente conmigo ("que para algo has estudiado periodismo"), y le explico la razón, se queda a cuadros. Y, aunque hace ya mucho que decidí que no quería ejercer de periodista, creo que es de justicia que se sepa, para no devaluar aún más esa profesión.

Las noticias que lees, en el 70% de las ocasiones (y me quedo corta) no las escriben periodistas.

No, no hablo de intrusismo. O mejor, no hablo sólo de intrusismo. El intrusismo es un problema. Los medios digitales han conseguido que "cualquiera pueda ser periodista", y te encuentras ofertas de trabajo para redactores que no necesitan haber estudiado periodismo, haber trabajado en un medio o saber escribir una noticia. Sólo necesitas "entusiasmo" o "conocer internet" o "tener un blog".

Eso lleva a que gente sin formación periodística se pone a hacer lo que ellos entienden que es periodismo, llenando la red de cosas que parecen noticias pero no lo son, y devaluando aún más la profesión.

Pero el intrusismo es sólo una parte del problema, y una pequeña.

El gran problema es que el 70% del personal de las redacciones (si no más) son estudiantes que no han acabado la carrera. 

Las noticias que lees las escriben, casi en su totalidad, becarios.

Hace un tiempo ya expliqué aquí en qué consistía ser becario en periodismo, y no voy a repetirme. Hoy se trata de entender por qué las noticias no se entienden, por qué hay tantas faltas de ortografía y por qué no conoces a nadie que trabaje de periodista con contrato de verdad.

Hace unos años, casi todos los medios grandes de este país despidieron a buena parte de su plantilla. Le echaron la culpa a la crisis, a Internet y a muchas otras cosas, y las redacciones se quedaron medio vacías.

Para paliar estos despidos, se comenzó a contratar becarios. Es decir, estudiantes de periodismo que no han terminado la carrera y trabajan gratis, o por un salario que oscila entre 100 y 400 euros según el medio en el que trabajes.

Los medios vieron que era una medida barata y efectiva... y las redacciones se volvieron a llenar, pero no de periodistas. Se llenaron de becarios.

Comenzaron a escribir las noticias estudiantes que no habían terminado sus estudios, que nunca habían trabajado en un medio, y que en muchos casos no eran especialistas en las secciones en las que se les contrataba.

Pero servía. Podían copiar y pegar la información de las notas de prensa, podían poner titulares medio decentes, y podían hacer que los textos fueran legibles. ¡Eureka!



Así que los medios empezaron a contratar más becarios. Las secciones se llenaron de estudiantes, y los periodistas veteranos empezaron a ser franca minoría.

Con esta situación, era casi imposible formar a los becarios. Enseñarles cómo redactar una noticia en un medio, explicarles cómo se hace una escaleta, que entendieran la importancia de un titular. Eran demasiados y había demasiado que hacer.

Así que se prescindió de enseñarles. En algunos medios se apostó por corregir su trabajo (muchas veces sin explicar los errores) y en otros directamente por confiar en que lo hicieran bien. Unos cuantos exigieron a sus becarios que se limitasen a copiar y pegar de los teletipos, sin cambiar ni una coma.

De esta manera comenzaron a llegar a las noticias las faltas de ortografía, las frases con gramática absurda y los párrafos incomprensibles con declaraciones a cachos.

Además, se añadió un componente de presión, sobre todo en las ediciones online: Había que hacer las cosas rápido, había que ser competitivos, había que ser los primeros... Con lo que las revisiones se quedaban cortas, o no existían. Total, a unas malas lo podemos corregir una vez publicado, cuando la gente proteste en los comentarios.
Eso llevó a un ritmo de trabajo muy rápido para personas sin experiencia, que además dedicaban parte de su jornada a asistir a clase. Algo que, con el plan Bolonia, es obligatorio.

Tras un tiempo en esta dinámica, los medios se dieron cuenta de que sus becarios terminaban la carrera y ya no se les podía tener en las redacciones trabajando casi gratis. ¿¿Qué iban a hacer ahora??

Podrían haber contratado a sus becarios. Al ser contratos nuevos, y tras la reforma laboral, podían pagarles el sueldo mínimo. Así se aseguraban de formar a nuevos periodistas.
Pero no lo hicieron.

Cada medio tomó una opción: Algunos animaron a sus becarios a hacer un máster que les permitiera seguir ligados a la Universidad, y por tanto a los programas de prácticas.

Otros aprovecharon sus propios másters para que los becarios llegaran después de formarse específicamente en su línea editorial y su forma de hacer periodismo. Ojo, no que se incorporaran como periodistas tras el máster, sino que el máster incluyera un periodo de prácticas en el medio.

Unos cuantos pidieron a sus becarios que se dejaran asignaturas sin terminar para poder seguir haciendo prácticas, o les sugirieron que se apuntaran a cursos online que permitían mantener el convenio.

Los más ambiciosos llegaron a acuerdos con universidades, asociaciones o empresas privadas para lanzar becas que dieran a recién licenciados plaza de uno o dos años en sus medios.

Por supuesto, en todos los casos el maravilloso premio a conseguir era la plaza fija, la plaza de periodista.

Nunca llegaba. En todos los casos el final era el mismo: Cuando el estudiante terminaba la formación que fuera, iba a la calle. Sólo uno de cada treinta, con suerte, lograba el ansiado contrato.

Y llegamos al día de hoy.

Hoy, todos los estudiantes de periodismo de las facultades españolas conocen la situación. Se pelean por conseguir prácticas en un medio, cuanto más reputado mejor, sabiendo que posiblemente sea su único trabajo como periodista.
Trabajan miles de horas, echando horas extra como locos, para conseguir que el medio se fije en ellos, y decida que su dedicación, su alegría ante la esclavitud, les hace merecedores de un contrato temporal.

Esto tiene dos consecuencias. La primera es que nadie que haya terminado su formación universitaria puede ser periodista.

La segunda es que la calidad informativa decae, decae y decae todos los días. Porque quienes se encargan de ello son estudiantes acelerados que tienen mucho que currar en su media jornada, mientras a la vez estudian. Estudiantes sin nadie que les revise los textos, sin nadie que les forme. Estudiantes que saben que son carne de cañón, y que sólo estarán en ese medio hasta la siguiente cosecha de becarios.

¿Dejarías que estudiantes de derecho sin tutorización te defendieran en un tribunal? ¿O que arquitectos que no han terminado su formación diseñaran tu casa? ¿O que estudiantes de medicina te operasen sin ningún médico titulado en el quirófano?

Pues estás dejando que estudiantes de periodismo estresados, desesperanzados y explotados te den las noticias que sus jefes les exigen que te escriban, como sus jefes les exigen que te las escriban.

Claro que están mal escritas. Claro que son una mierda. Claro que son partidistas. Las están escribiendo de forma profesional personas que deberían estar aprendiendo. Y a nadie le importa.

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