30 de octubre de 2015

El chico del sombrero

Le conocí un viernes 12 de febrero, en una fiesta organizada por los scouts en el Chamán, al lado de la plaza de Bilbao.
Él era el amigo del chico por el que yo andaba entonces pillada. Un chico al que mi madre apodaba "el GinTonic"

Para aquella fiesta yo me arreglé todo lo que pude, en parte porque iba con amigas que no hacían más que animarme a sacarme partido, y en parte a ver si conseguía algo.

Él llevaba un sombrero torcido en la cabeza que le quedaba fatal con el pelo largo, que llevaba recogido en una coleta.

Yo no me fijé en él. Él sí se fijó en mí.

Volvimos a casa en el mismo autobús él, el GinTonic y yo. Ellos dos hablando de One Piece y yo un poco frustrada por no haber conseguido nada.

No le volví a ver hasta un mes y pico después, cuando vino de cocinero al campamento de semana santa. Tiempo después me contó que había ido de cocinero porque Bagheera, un ex responsable, se lo había pedido en la fiesta.

En el campamento yo estuve a treinta cosas. Era mi segundo campamento como responsable scout, y el primero con aquel grupo. Había muchos frentes abiertos. Además, andaba aún pendiente del GinTonic, al que ya le sospechaba novia.

De vez en cuando me daba cuenta de que el chico del sombrero me miraba desde la cocina. Creo que es la primera y única vez en mi vida que he notado que un chico se fijaba en mí.

La última noche estuvimos hablando en grupo. Estábamos sentados en las mesas de camping en las que comíamos y, de pronto, le empecé a acariciar el pelo y nos pusimos a hacer manitas.
Aun hoy, más de cinco años después, no tengo ni la más remota idea de qué me llevó a tener aquel gesto. No fue algo decidido, no fue algo racional, ni siquiera fue algo voluntario. Salió así.

Me fui al saco hecha un lío, y al día siguiente me confundí todavía más al ver que tonteaba conmigo de forma evidente, para el cachondeo de todos los demás responsables, y que yo estaba cómoda con ello.

Esta noche, ya de vuelta a Madrid, teníamos la cena de responsables y cocineros, de fin de campamento. Yo no sabía qué hacer con aquel chico, si seguirte el juego o pasar de todo. Una compañera de la residencia me dijo que dejase de darle vueltas e hiciera lo que me saliera.

Fuimos a cenar a un chino y me descubrió el pato Pekín.

Al salir del restaurante nos besamos sin querer (mis primeros besos con todas mis parejas han sido sin querer, no sé si es bonito o lamentable) entre silbidos del resto del grupo.

Estuvimos un rato de fiesta con los otros, pero nos fuimos pronto. Nos pasamos la noche en su coche, hablando e interrumpiéndonos de vez en cuando.

Volví a la residencia a las siete de la mañana, muerta de sueño y con una sonrisa idiota.

Y así empezó todo.

Después de eso vinieron tres años increíbles. Conoció a mis amigos y a mi familia, y yo a los suyos, con muchas coñas por todas las partes.

Tuvimos discusiones tremebundas y momentazos pastelosos para dar y tomar. 

Pasamos por una Erasmus, por una muerte, por mil problemas personales de cada uno. Siempre con el apoyo del otro.

De pronto, un dos de septiembre, conmigo a las puertas de Niort, me dijo que se había terminado. Nunca olvidaré la sensación de surrealismo, de estar soñando, que sentí ese día.

Pasé dos semanas de infierno que mi familia y mis amigos vivieron con preocupación... Y empecé a remontar.

Entonces yo no podía entenderlo, pero dejarlo era lo mejor que me podía pasar como individuo y que nos podía pasar como pareja.

Me fui a Niort hecha pedacitos, y empecé mi reconstrucción. O más bien, tiré los cachitos y empecé a construir una Buhonera diferente y mejor.

No supimos prácticamente nada del otro en siete meses, aunque él espiaba este baúl a escondidas.

Y un dos de abril de sol, lluvia y granizo nos reencontramos. Él se quedó verde al ver la persona que tenía delante, que era igual a la que había dejado, y a la vez tan diferente...

Como en un extraño déjà vu, nos volvimos a besar sin querer. Nos reencontramos y decidimos empezar de nuevo.

Entonces él no podía entenderlo, pero volver era lo mejor nos podía pasar.

Y empezó una etapa totalmente diferente, una relación completamente distinta, porque eran dos personas distintas las que llegaban a ella.

Él empezó su propia reconstrucción, alucinado al principio y poco a poco con un entusiasmo voraz.

Llegó nueva gente a nuestras vidas, y muchos se marcharon.

Y llegamos a hoy.

Esta tarde empezamos nueva etapa. Se acabaron las mochilas y el "hoy me quedo en tu piso". Sólo va a haber unas llaves, sólo va a haber una cama.

Ha sido un camino largo y emocionante, que ahora toma un giro que llevamos meses deseando, y por el que hemos trabajado mucho, muchísimo.

Han pasado cinco años y ocho meses, exactamente, desde aquella cena en el chino.

Él sigue siendo alto, sigue teniendo la nariz grande y los ojos dulces.
Ya no tiene el pelo largo ni se pone sombrero.
Ya no duda de sí mismo sin razón.
Sigue siendo despistado y cariñoso.
Ahora, además, es decidido y valiente.
Es la leche.
Y hoy nos vamos a vivir juntos.

Ha pasado un porrón de tiempo desde aquella fiesta, que es quizás una de las mejores cosas que el escultismo trajo a mi vida. Y seguimos creciendo juntos.

Vámonos a casa, chico del sombrero. 


4 comentarios:

  1. Una historia muy bonita y con final feliz. ¡Me alegro mucho! A disfrutar de esta nueva etapa.

    PD: Mucho os besábais sin querer. ¿Eso cómo se hace? :)

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    1. Jajajajaja. Bueno, no fueron tantas veces en realidad, sólo dos, pero dos muy importantes ;)

      Pues pasa más de lo que puedas pensar! Porque los dos pensáis en dar un beso en la mejilla y os encontráis sin querer, porque te roban el beso... es relativamente fácil =)

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  2. qué bonito =)
    muy, muy bonito... las grandes historias de amor son así, las que se construyen todos los días, y siguen
    besitos

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  3. Enhorauena por este paso tan importante y bonito :) :) :)

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