3 de septiembre de 2015

Siria y Aylan: El dolor que merecemos, y que ellos padecen

Entre 2012 y 2013, estuve casi un año trabajando como "periodista" (becaria) en un gran medio.

Redactaba principalmente crónicas, y revisaba noticias. Y poco a poco me fui "especializando" en información internacional. Era un ámbito que me encantaba.

En aquel momento, la guerra en Siria todavía salía en el periódico todos los días. El Ejército Islámico aún no estaba de moda, y casi siempre se hablaba de Al Assad y de los intentos de la ONU porque todos fueran amigos.

Yo escribía al menos una crónica sobre Siria cada día. Y fue algo que me afectó profundamente.
Cada tarde leía las cifras de los muertos. Rara vez bajaban de los 100. La mayoría de las veces, la mitad de los muertos eran niños. Se hablaba de torturas, de muertes espantosas, de descubrimientos de fosas comunes.

Lunes: 100 muertos.
Martes: 60 muertos.
Miércoles: 300 muertos. 
Jueves: 80 muertos.
Viernes: 150 muertos.

Me horrorizaba. Cuando yo tecleaba "100 muertos" en la pantalla, había cien personas, una al lado de otra, que nunca volverían a ponerse de pie. A respirar. A rezar. A comer. A cantar. A enfadarse. Cien cuerpos mudos. Doscientos padres sin hijos. Cuatrocientos abuelos sin nietos. Decenas de hijos sin padres.

Empecé a tener auténtico terror a esas crónicas. Me preguntaba cuántos más iban a morir ese día. Me horrorizaba ante las declaraciones indolentes de la ONU, que iban siempre debajo de la masacre del día. Me acojonaba pensar que Siria, un país razonablemente avanzado, estaba desgarrándose.

Y entonces... me acostumbré.

Mi mente me rescató y empezó a tratar a los 100 muertos como un número. Como si hablase de 100 tomates, o de 100 trozos de papel. 100 hormigas exterminadas por un fumigador.
Me seguía doliendo si pensaba en ello, y pensaba muchísimo en ello. Pero durante el trabajo, eran sólo números.

Durante mucho tiempo, en mi adolescencia, quise ser reportera de guerra. Hasta que me di cuenta de que es, hoy en día, una profesión totalmente inútil y con un punto de sensacionalismo. A nadie le importa cuánta gente muere en Siria, a cuántas niñas han violado en Nigeria. Es incómodo.
Como yo hice, es mejor pensar en esas cifras como números al azar.

Reuters
Y entonces, llegó el pequeño Aylan. Un niño de tres años que, huyendo de la muerte en Siria, la encontró en el Mediterráneo.

Y todos lloramos. De pronto Siria nos duele en el corazón. Al margen de las obras de arte destrozadas, de la falta de democracia (que siempre parece movernos más que el sufrimiento) y por supuesto, al margen de las mujeres privadas de derechos, de los muertos, mutilados, heridos y refugiados, un pequeño niño ahogado nos hace sentir sucios. Nos hace querer apartar la vista, pensar que eso no ha podido ocurrir.

Somos unos cínicos.

Cualquier que haya seguido el conflicto sirio sabe que la crisis de los refugiados tiene muchos años detrás. Jordania, Líbano, Turquía... llevan más de tres años acogiendo a sirios en sus tierras, haciendo lo que pueden (que es poco) y pidiendo ayuda a los organismos internacionales (que no hacen nada)


Llorar hoy por Aylan, porque nos lo han puesto delante, es un insulto para todos los niños, niñas, adolescentes, hombres y mujeres que han sufrido dolor, agonía, humillación, miedo, frío, miedo y angustia durante estos años.

A Aylan le da igual que hoy lloremos por él. Está muerto, se ha ido, tal vez a un lugar donde pueda disfrutar de la bondad y la justicia que aquí no encontró, ya que durante toda su vida su país estaba en guerra. Tal vez no, tal vez simplemente haya dejado de existir. Pero en cualquier caso, nuestra tristeza, nuestro horror, no le ayudan. Ni a él ni a los miles que han muerto antes que él, pero que no tuvieron la "suerte" de ser fotografiados por occidentales en su agonía, o en la tristeza de su muerte.

Por supuesto, si esta foto sirve para despertarnos, para que demos a Siria la ayuda que necesita, para que abramos nuestras puertas y ofrezcamos aunque sea algo a los que se han quedado sin NADA porque se lo han quitado todo, estupendo.
No diré que eso hará que la muerte de Aylan tenga sentido, porque no lo tiene. Nada puede dar sentido a una muerte tan injusta y tan cruel.

Lo triste es que necesitemos ver la tragedia, regodearnos en ella, ver la sencilla imagen de un niño tumbado bocabajo en la orilla, para que se nos muevan las tripas y nos sintamos avergonzados de ser unos privilegiados egoístas.
Lo triste es que las muertes nos parezcan números.
Lo triste es que hoy sólo nos importen los refugiados sirios, mientras en muchas otras partes del mundo muchas otras personas también sufren, sangran y mueren por guerras y situaciones injustas que (para colmo de males) en muchos casos son auspiciadas y provocadas por nuestro seguro y confortable occidente.

Podemos culpar a los medios por insensibilizarnos.
Podemos culpar a los gobiernos por jugar a la patata caliente con estos seres humanos.
Podemos culpar a los organismos internacionales por no ayudar a quienes lo necesitan.
Podemos culpar al sistema, que siempre queda muy bien.

Pero, en el fondo del corazón, debemos saber (si no somos monstruos) que la culpa es de cada uno de nosotros, cada vez más inhumanos, cada vez más falsamente distanciados de nuestros semejantes por fronteras invisibles y por mentes pequeñas.

Descansa, Aylan, dondequiera que estés. No merecías esto. Pero nosotros sí merecemos todo el dolor que tu foto nos ha hecho, y bastante más. Por haber cerrado ante ti los ojos, el corazón y la puerta.

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