12 de septiembre de 2015

Herramientas mágicas: Aceptación

Llevo tiempo pensando en hacer una pequeña serie de entradas con emociones o actitudes que creo que son muy buenas y que muchas veces no conocemos ni utilizamos. Las que quizás podemos llamar "herramientas mágicas"...


¿Qué es lo primero? Aceptar.

Viene una emoción desagradable... La acepto.
Viene una emoción agradable... La acepto.
Viene una crítica... La acepto.
Viene un elogio... Lo acepto.
Viene la peor vivencia de mi vida... La acepto.
Viene el momento más feliz de mi existencia... Lo acepto.

Nos enseñan a luchar contra todo, a reprimir emociones, a no tomar los elogios para no ser tachados de soberbios. Pero, en general, somos más felices (o tenemos más capacidad para serlo) si aceptamos lo que viene.

¡Cuidado! Aceptar no es rendirse. Aceptar no es decir "No puedo hacer nada, machácame". ¡No!

Aceptar es dejar que lo que llega a nuestra vida tome su lugar en ella. Es entender que si está aquí es por una razón. Es dejarle espacio, ya que ha llegado, para descansar en su largo viaje.

Pero es no significa que todo lo que llegue tenga que afectarnos, que dejemos que nos haga daño, o nos inunde de una felicidad ajena. Eso sería necio, y autodestructivo.

Imagina tu mente, tu ser, como una gran casa con jardín. Cuando aceptas algo, le dejas entrar en el jardín, y puede que en el vestíbulo. Reconoces su presencia, le saludas, reconoces su existencia y observas cómo es. Pero después puedes pedirle que se marche o dejarle entrar. Eso es tu elección.

Cuando, por ejemplo, alguien nos insulta, aceptar no es dar por buena su opinión sobre nosotros. Eso sería dejar al insulto entrar en el salón y poner los pies llenos de barro en el sofá. ¡No!
Aceptarlo es reconocer que otras personas pueden tener una opinión injuriosa sobre nosotros, dar por bueno el derecho de esa persona a tener dicha opinión, y después echar a esa opinión de la casa, porque no nos aporta nada bueno. Y, tal vez, también a la persona.
Lo que normalmente hacemos es dejar que el insulto llegue a nuestra casa en forma de bala de cañón, nos deje un agujero en la pared por negarnos a abrirle la puerta, y hacer que esa falta aceptación nos cause muchísimo más daño, ya que en el fondo le estamos dejando entrar sin permiso.

La aceptación requiere una buena dosis de templanza y de amor a uno mismo, algo que en general no nos enseñan a tener. Estamos demasiado acostumbrados a blindar nuestra casa, rechazando absolutamente todo lo que nos llega y dejando que nos bombardeen sin piedad. O bien a dejar la puerta abierta para que cualquiera pueda entrar y manipularnos, destrozando nuestra bella casa.

¿Por qué no empezar a aceptar?

¿Opinas que soy una pésima persona? Es tu opinión, la acepto, la dejo marchar, y reflexiono si realmente se corresponde con mi realidad.
¿He suspendido un examen? Los exámenes, los resultados, no son parte de mí. Lo acepto, lo dejo marchar, y sigo creyendo en mi valía.
¿Me han echado del trabajo? No soy mi trabajo, soy mucho más. Lo acepto, lo dejo marchar y pienso cómo resolver la situación en la que esto me deja, procurando hacerlo de manera constructiva y positiva para mi casa interior.
¿Alguien me dice que soy una persona maravillosa? Lo acepto, lo dejo marchar, y lo agradezco, pero mi alegría no es desbordante, ya que sé cómo soy, no necesito que se me diga. Pese a todo, agradezco el elogio, que me hace sentir conectado a otra persona, y tal vez le deje entrar ya que es algo positivo.

La aceptación es sencilla, aunque difícil. Es demasiado fácil que la desesperación, el odio o el enfado tomen la delantera y nos arrastren a una vorágine muy desagradable. Es fácil que pensemos "eso es imposible, es humano sentir odio ante un enemigo, pena ante una pérdida y desesperación ante un fracaso".
Eso son trampas que nos tendemos a nosotros mismos. Podemos aceptar, y dejar que los sentimientos surjan tras la aceptación y sujetos a ella, y no al revés.

Y así, estaremos un paso más cerca de ser dueños de nuestra vida, y de ser más felices.


Había una vez un rey que citó a todos los sabios de la corte, y les dijo:
-He mandado hacer un precioso anillo con un diamante. Quiero guardar, oculto dentro del anillo, palabras que puedan ayudarme en los momentos difíciles. Un mensaje al que yo pueda acudir en momentos de desesperación total. Me gustaría que ese mensaje ayude en el futuro a mis herederos y a los hijos de mis herederos. Tiene que ser pequeño, de tal forma que quepa debajo del diamante de mi anillo.
Todos aquellos que escucharon los deseos del rey, eran grandes sabios, eruditos que podían haber escrito grandes tratados… pero ¿pensar un mensaje que contuviera dos o tres palabras y que cupiera debajo de un diamante de un anillo? Muy difícil. Aun así, pensaron, y buscaron en sus libros de filosofía por muchas horas, sin encontrar nada en que ajustara a los deseos del poderoso rey.
El rey era muy próximo a uno de sus sirvientes, al que quería mucho. Este hombre, que había sido también sirviente de su padre, y había cuidado de él cuando su madre había muerto, era tratado como parte de la familia y gozaba del respeto de todos.
Por lo tanto, el rey también comentó con él su idea del mensaje escondido en el anillo.
-No soy un sabio-respondió el sirviente-. Tampoco soy un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje para vuestro anillo.
- ¿Cómo es posible?-se extrañó el rey.
-Durante mi larga vida en palacio me he encontrado con todo tipo de gente, y en una oportunidad me encontré con un maestro. Era un invitado de tu padre, y yo estuve a su servicio. Cuando nos dejó, yo lo acompañe hasta la puerta para despedirlo y como gesto de agradecimiento me dio este mensaje.
En ese momento el anciano escribió en un diminuto papel el mencionado mensaje. Lo dobló y se lo entregó al rey.
- Pero no lo leas-dijo-. Mantenlo guardado en el anillo. Ábrelo sólo cuando te sientas inmensamente poderoso y feliz, o inmensamente desgraciado y desesperado.
Desgraciadamente, poco después de aquella conversación el reino fue invadido y el rey tuvo que luchar. Estaba huyendo a caballo para salvar su vida, mientras sus enemigos lo perseguían. Estaba solo, y los perseguidores eran numerosos. En un momento, llegó a un lugar donde el camino se acababa, y frente a él había un precipicio y un profundo valle. Caer por el, sería fatal. No podía volver atrás, porque el enemigo le cerraba el camino. Podía escuchar el trote de los caballos, las voces, la proximidad del enemigo...
Fue entonces cuando recordó el anillo. Sacó el papel, lo abrió y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso para el momento...
Sólo había escritas tres palabras:
esto también pasará

Respiró hondo, intentando relajarse y comprendiendo el sentido de la frase que acababa de leer... Este momento se iría, pasaría, aunque fuera con su propia muerte... ¿Tenía sentido angustiarse?
En ese momento fue consciente que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que lo perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino. Pero lo cierto es que lo rodeó un inmenso silencio. Ya no se sentía el trotar de los caballos.
El rey se sintió profundamente agradecido al sirviente y al maestro desconocido. Esas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a guardarlo en el anillo, reunió nuevamente su ejército y reconquistó su reino.
Para celebrar su victoria, organizó una gran celebración con música y baile…y el rey se sentía muy orgulloso de sí mismo.
En ese momento, nuevamente el anciano estaba a su lado y le dijo:
-Apreciado rey, ha llegado el momento de que leas nuevamente el mensaje del anillo.
- ¿Ahora?- preguntó el rey.- ¡Pero no es un momento desesperado! Me siento feliz, pletórico y vistorioso.
-¿No recuerdas lo que te dije?- dijo el anciano-. Este mensaje es para leerlo en tus momentos de poder y felicidad tanto como en los de angustia. No es sólo para cuando eres el último, sino también para cuando eres el primero.
El rey abrió el anillo y leyó el mensaje.
esto también pasará

Y, nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, la misma tranquilidad del momento pasajero que había sentido en el bosque, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba. Pero el orgullo, el ego había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Lo malo era tan transitorio como lo bueno.
Entonces el anciano le dijo:
-Recuerda que todo pasa. Ningún acontecimiento ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.



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