8 de septiembre de 2015

Amigos que se marcharon


Todos perdemos amigos.
A algunos los perdemos con estruendo, entre gritos, lágrimas y reproches.
Otros se nos van como la lluvia, entre las manos, sin que podamos hacer nada por evitarlo.
Lo hay que se despiden con un correo hiriente y herido.
Unos pocos simplemente se deslizan de la amistad a lo desconocido sin apenas llamar la atención.
Y algunos nos giran la cara y cierran la puerta.

Todos duelen. Todos.

No siempre en el momento de perderlos, claro. En ese momento podemos estar demasiado furiosos y dolidos, o simplemente estar demasiado distraídos como para darnos cuenta de que una persona (hasta entonces) crucial en nuestra vida se marcha para siempre.

Pero tarde o temprano, el dolor llega. En forma de nostalgia sorda y extraña, que agarra el corazón. O como una sonrisa suave al recordar una noche jugando al trivial.

¿Por qué sucede? ¿Por qué se marchan?

En la infancia, en la adolescencia, la amistad es lo más precioso. Un valor sagrado, algo crucial, brillante, por lo que todos matamos.
Por supuesto, la amistad de ese momento es frívola en realidad, y muy pocos de esos "amigos para siempre" lo serán de verdad, a no ser que nos neguemos a cambiar, y permanezcamos igual desde los 8 a los 80 años.... Lo cual es muy triste.

Con los años, los amigos aparecen y desaparecen, y pasamos sobre esa realidad con botas de clavos. ¿Por qué?

Llevo ya muchos años conservando a los mismos amigos, como tesoros vivientes que me hace inmensamente feliz tener cerca. A ellos se unen otros, que he conocido antes y después, como Minette y la niña arrecha. Pero son, en general, muy pocos.

Sin embargo, muchos otros que no aparecen en esos retratos han entrado y salido de mi vida, dejando una huella candente o ningún rastro en absoluto. Y hoy, de pronto, en medio de la noche, me han venido a buscar.

Porque es muy triste que todos los momentos compartidos parezcan desvanecerse. Que lo que en su momento fue una relación valiosa, importante y merecedora de todo cuidado se deshilache hasta convertirse en un saludo escueto por alguna red social.
¿Eso somos?

Hablo de quienes fueron amigos de verdad, claro, no de un compañero, o un conocido, al que tienes más o menos cariño según la circunstancia (aunque a algunos puedas quererlos muchísimo). Hablo de las personas a las que consideras amigas íntimas sin pensarlo, a las que llamarías en un momento de máxima alegría o de absoluta necesidad. De quienes, aunque los veas una vez al año (o cada dos años, como a Leygaz, o una vez por década, como a Piper) están siempre en un lugar importante en tu interior.

Cuando alguien así se marcha, deja un hueco. Y, sorprendentemente, ese hueco se llena con relativa facilidad. Uno sale, otro entra, o no entra nadie y la herida sencillamente se cierra. Y la vida sigue...

Me sorprende la indiferencia que en el día a día me provocan. Porque aunque algunos me siguen transmitiendo ternura, y me hace muy feliz saber de ellos, hay otros de los que no soporto tener noticias, que me resultan odiosos, insulsos o insoportables. Otros a los que compadezco. Y casi todos, en general, provocan una sutil indiferencia en el mismo lugar donde antes despertaban cariño, preocupación, alegría, confianza, consuelo...
¿Dónde han ido esas emociones?

Somos seres resilientes. Nos curamos deprisa, nos levantamos y avanzamos, y a la larga tanto da qué camino tomaron los demás, si en el nuestro nos sentimos bien.

Pero tenemos memoria. Tenemos corazón.
Y en lo oscuro de la noche, en la soledad de la cama, llegan retazos de antiguas conversaciones, de notas musicales, de chats interminables, de susurros en una tienda de campaña. Y una se pregunta adónde van las amistades perdidas, las relaciones muertas, los amores extintos hace mucho tiempo.
¿Se quedaron en algún lugar aquellos sentimientos, o son sólo colillas en la acera?

Miro las fotos, me miro las manos. Y pienso.
¿Echo de menos aquellos momentos? No. El pasado no sirve para vivir en él.
¿Echo de menos a aquellas personas? Sólo a algunas. De otras me alegro infinitamente de haberme desprendido. Y, en general, he sabido ajustar cuentas y quedar en paz con casi todo el mundo, dejando que fluyeran de amigos a queridos conocidos.
Pero algunos escuecen, como pequeñas espinas entre las costuras de las emociones, y me hacen cerrar los puños con fuerza, haciéndome muchas preguntas.
Y teniendo muy pocas respuestas.

A veces te sientes injustamente tratada. Sientes que no merecías el desprecio, o el rechazo, de quien te cerró la puerta en la cara sin la menor explicación.
Y las palabras de tu padre vienen a la mente: "A enemigo que huye... puente de plata".
Así pues, ¿eran enemigos? ¿De amigos pasaron a eso?
¿Por qué?

Y un ocho de septiembre empieza, en esta madrugada solitaria y silenciosa, con la pregunta que ocupa el lugar que, en otro tiempo, en otra vida, habría ocupado algo muy diferente.

Respiro hondo, y me viene una sonrisas a los labios.
¿Qué más da?

Soy feliz con lo que tengo, con quienes tengo. Sé dónde están y dónde estoy. No quiero a quien no quiso estar. Es mejor así.
No hay rencor, dolor ni resentimiento. Sólo aceptación y tranquilidad.

Los amigos están, única y exclusivamente, donde sabes que los puedes encontrar. Si no están ahí, ya no son amigos, han seguido un camino distinto al tuyo, y sólo queda desearles la mejor de las suertes.

Buena suerte, y buen viaje. Gracias por todo. Adiós.



2 comentarios:

  1. Esa reflexión me la hago cada septiembre, una amiga se fue (por la face) y otra murió (cosas que pasan), como sería mi vida si las dos siguieran aquí.
    De la que se fue, duele la carta a lo Corín Tellado (no puedo ser más tu amiga), por las lindezas que contenía, sin derecho a réplica.
    vamos, que te entiendo perfectamente =9

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, bueno, los hay que encima se ponen literarios y te dejan a cuadritos... Las series de adolescentes estadounidenses han hecho mucho daño xD

      Eliminar