14 de julio de 2015

Plutón

El vacío, negro oscuro.
La nada.
Estrellas resplandeciendo en su verdadero color, como brillantes cabezas de alfileres.

El frío.
Un frío tan frío como sólo hay en el gas congelado.

Una vuelta. Y otra. Y otra.
En silencio.
El silencio total.

El planeta gira sobre sí mismo, y alrededor de aquella estrella lejana que tira de él sin remedio.  
Una vuelta, y otra.

En silencio.

No pasa el tiempo, porque un planeta no sabe qué es eso.

Pasan los cometas, algún asteroide. 
Se mueven los satélites, los planetas vecinos. Algunos tan lejanos como la estrella, aunque mucho más pequeños.
Otros, más cercanos, inmensos. Serían intimidantes si un planeta se pudiera intimidar.

La mente de un planeta es inmensa, inabarcable, hecha de hierro, hielo, carbono, fuego.
Hecha de una eternidad que no pasa para él.

Los planetas no sienten frío, miedo ni angustia.
Porque, ¿qué podría angustiar a algo tan enorme?

Una vuelta, y otra. Y otra más.

De pronto, un cambio. Un cambio extraño.

Clic clic clic clic clic clic

Un objeto con una forma extrañamente no esférica, se acerca. No es un asteroide. No es nada conocido.

Un circulo acuoso vuelve su cara a la cara del planeta. Si alguna vez hubiera visto un ojo, le habría recordado a uno particularmente acusador.

El planeta, sin saber por qué, piensa en pequeños seres vivos que viven bajo el agua, crudos junto a cereales blancos.
Qué pensamiento tan absurdo.

Un planeta no puede saber lo que son los japoneses. Ni las cámaras de fotos. Ni el turismo.


El objeto gira a su alrededor, como un satélite deforme e indisciplinado. El planeta se siente, por primera vez, molesto.
Es una sensación interesante.

A la luz de la estrella lejana, la superficie del satélite díscolo resplandece. ¿Por qué?

El círculo acuoso vuelve a girarse hacia la superficie helada y rocosa.

Por un momento, el planeta se siente obligado a tener un aire alegre y mostrar al aparato su cara menos mellada por los asteroides.


Malditos turistas...





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