24 de junio de 2015

Querido tobillo izquierdo

Querido tobillo izquierdo,

Una vez más me veo en la misma situación: tú vendado y yo con movilidad reducida por una torcedura mal hecha.

Tío, me tienes hasta el moño.

Esto no puede seguir así. No es sano. No es bueno para ninguno de los dos. No tiene ningún sentido.

Llevamos casi un cuarto de siglo juntos, y más de la mitad de ese tiempo te lo has pasado llamando la atención. Y no puede ser.

Empezaste a dar por culo con una torcedura tremenda a los siete años. Sí, tuvimos un precioso momento drama queen en el que yo caí junto al magnolio de casa de mis abuelos, como la princesa Disney que quería ser, a medianoche, mientras llamaba a voces a mis padres.
Me sentí diva, y tú también.

El problema es que a mí se me pasó el complejo de Blancanieves abandonada en el bosque, mientras que tú le cogiste gustillo.

Que sí, que el que yo en aquel primer esguince me tirase toda la "recuperación" triscando como un cabra montesa tuvo mucho que ver, pero sin tu puñetero afán de protagonismo nos habría ido mucho mejor.

En mi primer campamento de verano scout, tuviste tu primer momento de gloria, mandándome al carajo la noche de mi Corte de Honor. Visita a urgencias, escayola y receta de antiinflamatorios. Llegué a la Corte tarde, dolorida y humillada.

Y encima, como no me dieron muletas, dependía de un compañero de los mayores, de dos metros de altura y dos quintales de peso, que me llevaba de acá para allá y que en plena madrugada se cayó encima de ti, añadiendo más leña al fuego.

Hice la Promesa de tropa con unas muletas prestadas, y contigo flipando en colores de la atención que estabas recibiendo del resto de scouts, responsables, padres y demás audiencia.

Encima, en aquellos últimos días de campamento descubrí que el Espidifen es un invento del demonio que da diarrea. Y lo descubrí corriendo a la pata coja al baño del campamento, cagándome literalmente en todo mientras tú te descojonabas.

Maldito.

Y a partir de ahí, le cogiste el gusto, cabrón. No había verano que no terminase escayolada, ni curso escolar que pasara tranquila: Caída espectacular por pisar mal con chanclas en la escalera de mi abuela la lectora, torcedura y morrazo con doble tirabuzón en marchas de campamento, patinazo con esguince morrocotudo en medio de la calle... Y así.

Llegué a tener muletas propias, y verme con férulas y muletas era verme en mi estado natural. Enseñé a todos mis amigos a andar con el pie jodido, y gané todos los concursos de aguantar a la pata coja que se me pusieron por delante.

Llegué incluso a usar unas de esas muletas del infierno, antiguas, que se sujetan bajo el sobaco. Qué dolor, qué incomodidad y qué espanto.

En un momento dado decidiste dar un golpe maestro. Los esguinces eran poco, la gente se los esperaba, así que ¿por qué no buscar algo diferente, impactante, inesperado y novedoso?

Quedaba una semana para irme de viaje de esquí a Sierra Nevada. Viaje por el que había tenido que suplicar a mis padres durante meses ya que, conociéndote, temían que montases el cirio en plena cumbre nevada y tu histrionismo me costase la cabeza.

Pero no. 

Eso habría sido esperable, y tú querías algo nuevo.

Estábamos en clase, nos pusieron Billy Elliot, y yo fui a la mesa del profesor a preguntar algo. Y me caí.

No, no te torciste y me caí, no me di un golpe y me caí. Me caí. Y punto.

Me llevaron al hospital, porque tú te hinchaste hasta alcanzar proporciones inigualables y... ¡¡tachán!! ¡Maléolo externo fracturado por arrancamiento!

Fuiste capaz de arrancarme un cacho de hueso de un tirón para que siguiéramos hablando de ti.

Puto enfermo.

Encima, mis tripas, que se ve que querían luchar contra tu afán de protagonismo, decidieron también llamar un poco la atención.
¿Cómo?
Negándose a digerir el Ibuprofeno.
Vomité cuatro pastillas enteras, que me había tomado con el reglamentario espacio de 8 horas entre una y otra.
Dejé los genéricos esa misma noche, y me di a una marca de antinflamatorio que no me provocaba cosas extrañas.

Por supuesto, me quedé sin viaje a Sierra Nevada, no aprendí a esquiar, y cuando siete años después el chico del sombrero me intentó enseñar, hice el ridículo.
Por tu culpa.

Me pusieron, encima, una escayola mierdosa de fibra de vidrio, que aunque era muy ligera no admitía que mis amigos me la firmasen. Y eso, con 14 años, es una putada.

Así que nada, así pasamos la adolescencia. Tú buscando el más difícil todavía, y yo aprendiendo a sobrevivir a tus excentricidades.

Y me fui a hacer la carrera.
Y te pareció estupendo, porque así podías probar tus habilidades en nuevos escenarios, y convertirte en tema de conversación entre mis nuevos amigos, que no sabían de ti.

Pero claro, después de tantos años, yo ya había adquirido mucha habilidad en caerme, vendarme y curarme. De hecho, ni siquiera iba ya a urgencias por tu culpa, lo que debió frustrarte una barbaridad.


Por suerte para ti, encontraste un aliado maravilloso: los suelos madrileños, hechos mierda y llenos de agujeros, grietas e irregularidades que te ayudaron a hacerme rodar por los suelos, acompañada por los gritos de los siempre solidarios transeúntes, cuya primera frase siempre era "¡¡¡¡¡¡HAZLE UNA FOTO AL SUELO Y DENUNCIA AL AYUNTAMIENTO!!!!!!!"

Nunca lo hice. Aunque si lo hubiese hecho tal vez ahora sería multimillonaria.

En el verano de primero de carrera, mi imprudencia y una ola consiguieron que una fractura de cojones en la pierna derecha (por variar) me tuviera jodida casi cinco meses. Sin embargo, creo que te vino bien para aprender madurez, y entender lo duro que había sido durante todos esos años para la pierna derecha aguantar cada uno de tus berrinches con estoicismo y responsabilidad.

Algo aprendiste, sí, pero no lo suficiente.
Desde una caída en medio de París, hasta una torcedura el día antes de mi graduación de la carrera, para lucir tú más que nadie con la tobillera en las fotos, capullo.

Me has impedido hacer marchas en condiciones en los scouts.
Estás permanentemente hinchado.
Te doblas sin ton ni son.
¡Yo, que hasta te regalé un tatuaje! (Por dentro, claro, en previsión de futuras inflamaciones)
¡Y así me lo pagas!

Además de drama queen, ingrato.

Hace un par de semanas comentaba con mi madre que hacía tiempo que no dabas por culo, y nos congratulamos de que hubieras decidido dejarme vivir en paz.

Supongo que pusiste la oreja, hideputa, porque esta mañana, mientras andaba tranquilamente hacia el trabajo, pisé un adoquín levantado, me fui al suelo con una caída espectacular en la que la bolsa de los tuppers, el libro, mi bolso y yo nos fuimos al carajo en un movimiento totalmente indigno, y tú por supuesto te retorciste todo lo posible para llamar la atención en condiciones.

Mamón.

Así que nada. Vendita, una muleta un par de días, Ibuprofeno de marca de la que no me hace cosas raras, y a esperar que te cures.

Te juro que me operaría para cambiarte por otro más humilde, y con menos aires de grandeza.

Por favor, para. Se acabó. Fueron buenos tiempos pero esto no puede seguir así. Es cierto que ha pasado un año y medio desde la última vez, pero eso no es suficiente. Necesito que dejes de llamar la atención cada vez que te aburras. Prometo quererte, cuidarte, mimarte, adorarte. Prometo estar en las mejores condiciones para ti. Prometo comprar sólo zapatos que te gusten.

Pero POR DIOS para ya, y tengamos la fiesta en paz.

Querido tobillo izquierdo. Dado que la operación de reemplazo de tobillo no existe, y la medicación que podría convertirte en un ente menos histriónico no te la puedes tomar, va siendo hora de que te moderes, porque nos quedan muchos años juntos, y una no puede estar esperando a ver cuándo llega tu siguiente ataque de estrellita, haciéndome rodar por los suelos sin dignidad ni decencia.

Atentamente:


Tu sufridora

PD: Tengo más fotos tuyas vendado y escayolado que de muchos de mis amigos. No lo mereces, quelosepas.

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