28 de junio de 2015

"¡No vacunes a tus hijos!"... ¿Y después qué?

Ayer falleció el niño enfermo de difteria que llevaba varias semanas ingresado. El primer caso de difteria en España en casi treinta años, detonado por la moda antivacunas.
Un niño de seis años que de haber sido vacunado tal vez habría vivido hasta los noventa. O tal vez no, tal vez lo habría atropellado un coche la semana que viene. Pero no habría muerto de difteria, con total seguridad.

Sin embargo, no fue vacunado. Sus padres hicieron caso al movimiento antivacunas, y consideraron que lo mejor para su hijo era ahorrarse el pinchazo.

Este post no busca culpabilizar a los padres, ni muchísimo menos. Ellos son ahora mismo los principales afectados por esta desgracia. Son quienes peor se sentirán, y a quienes menos hay que acosar ahora. Porque, incluso en el caso de que pudiéramos afirmar que los únicos responsables de esta desgracia son ellos, ¿qué castigo, qué reproche, puede ser para ellos más doloroso y horrible que la muerte de su hijo?

El caso es que yo no creo que toda la responsabilidad sea de los padres. Al fin y al cabo, un padre quiere siempre lo mejor para sus hijos. Quiere que sean felices, que estén sanos, que crezcan con todas las comodidades posibles. Por lo tanto, ¿qué padre arriesgaría la vida de sus hijos conscientemente?

Si un padre no vacuna a sus hijos, es porque alguien le ha dicho que eso es malo. Que puede poner en peligro al niño, que el beneficio es mucho menor que el riesgo, que su hijo puede morir o sufrir efectos secundarios espantosos, que le están engañando para dar a su pequeño algo que no es bueno para él.

Un padre (o una madre) no tiene obligación de saberlo todo sobre medicina, inmunización, vacunación, industria farmacéutica o salud. Es normal que investigue, se pregunte y pregunte a expertos y a otros padres. Y la posibilidad de que se le engañe, o se le convenza con datos vistosos y falsos, es alta.

De hecho, los padres de este niño afirmaron haberse sentido engañados por los antivacunas y sus consignas. Y no es para menos.
El movimiento antivacunas existe desde que se empezó a inocular a la gente contra la viruela en Europa, hace un porrón de años. En su momento, lo encabezaban sacerdotes que pensaban que evitar la enfermedad era ir contra Dios. Poco a poco, los protagonistas cambiaron, pero el movimiento se mantuvo a través de la Historia, utilizando siempre argumentos absurdos o falsos... hasta nuestros días.

Para mí es inconcebible que alguien en el siglo XXI de verdad rechace las vacunas como algo negativo. Me parece una forma de pensar totalmente desquiciada, de una estrechez de miras acojonante, y brutalmente etnocentrista.

Porque alguien que se puede permitir cuestionar las vacunas, y afirmar que no valen de nada, tiene que vivir forzosamente en una sociedad del primer mundo, en la que toooooodos los vacunados le protegen a él y a sus hijos de las enfermedades.

Nadie que sea consciente del dolor y la enfermedad del Tercer Mundo puede decir, con el corazón en la mano, que las vacunas son un timo.
Nadie que conozca un poco de la historia de la viruela puede pensar, de verdad, que las vacunas no sirven para nada.

A no ser, claro, que tenga cómo justificarse, dando la espalda a cualquier explicación centífica o racional.


Y es que ese puede ser el gran problema: Que el movimiento antivacunas no parece tan inaceptable cuando se pone al lado de tooooodoos esos movimientos actuales que abogan por lo "natural" y afirman que todo lo que nos aleje del simio que una vez fuimos es malo para nosotros.
La moda antitransgénicos, la lucha por parir en casa, solitas; la quimofobia, el rechazo incluso a la alimentación que incluya productos incorporados a nuestra dieta del Neolítico en adelante... Son ejemplos de muchísimas cosas que nos encontramos todos los días, que nos venden como estupendas, que están basadas en una profunda ignorancia, y que cada vez menos gente rechaza por no parecer "antinatural".




Yo soy la primera que desconfía muchísimo de los avances indiscriminados, y de la tecnología por la tecnología. Pero he estudiado lo suficiente como para saber que, como bien dice este post de la Pizarra de Yuri, el pasado era una mierda. Que la agricultura anterior a la intervención humana era paupérrima, que los "transgénicos" se hacen incluso hibridando especies, sin laboratorios, que lo natural de parir en casa era que el 50% de tus hijos se murieran (y de las madres, ni hablamos), y que pretender volver a las cavernas con todas las comodidades del siglo XXI es una gilipollez.

Y me podrán decir, con toda la razón, que no es lo mismo negarse a comer nada transgénico que negarse a vacunar a los niños. Es cierto, no lo es. Pero todo está bajo el mismo paraguas y, en general, tiene la misma base científica inexistente.

Por eso, me parece que lo que se debe hacer no es culpar ni perseguir a los padres de nadie, sino informar, informar, informar e informar. Asegurarnos de que todos los niños entienden desde el colegio qué es una vacuna, de qué está hecha y para qué sirve, explicando muy despacito qué pasaba en el mundo antes de que existieran.

Educar a los padres de manera muy activa en la importancia de inmunizar a sus hijos. No dar por hecho que las vacunas son buenas y todo el mundo lo sabe. Porque los otros, los que defienden "pasar las enfermedades naturalmente", van a hacer propaganda, van a ir a buscarlos, van a darles todos sus argumentos mentirosos y seductores... mientras los demás damos por hecho que con el sentido común es suficiente. No lo es. Nunca lo es.

Y es que, joder, en este debate los argumentos reales, fiables, científicos y ciertos están
de nuestra parte. Hay incluso recopilaciones de recursos con los que demostrar de mil maneras (con humor, con estadísticas, con experiencias personales...) que las vacunas son la mejor opción.

Y, desde luego, no nos debe temblar la voz en decir "lo que estás diciendo es una gilipollez, y es mentira". Que parece que, con lo políticamente correcto, tenemos que aceptar que todas las ideas son igualmente respetables, dignas de ser escuchadas, y merecedoras de un mínimo de crédito. Y no, cojones.

Las ideas no son respetables, son respetables las personas. Las ideas existen para ser cuestionadas, juzgadas, alabadas, vilipendiadas, abrazadas o descartadas. Y en el caso de las ideas ignorantes, peligrosas y asesinas, para ser rechazadas con toda nuestra fuerza como mentiras manipuladoras, que es lo que son. 

A ver si, entre todos, conseguimos que este caso de difteria se quede en un triste aviso de lo que puede pasar, y no en el pistoletazo de salida para una vuelta atrás.






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