7 de junio de 2015

Feria del libro 2015: El mejor sitio de Madrid

Que me encanta Madrid no es ningún secreto. Es algo que repito en cuanto se me da la oportunidad. Pero dentro de esta ciudad, hay algo que me enamora especialmente. Un momento que espero durante todo el año con muchísimas ganas (y ahorrando): La feria del libro.

Durante dos semanas, el Retiro para mí se convierte en el centro de la ciudad. No puedo hacer otra cosa que pensar cuándo voy a ir, si voy a ir sola, cuántos libros podré comprarme con lo que he ahorrado... 

Este año me estrené el jueves pasado, con DM y Caballera. Quería haber ido el domingo, para que Pérez-Reverte me firmase el famoso artículo, pero su sesión de firmas era (como casi siempre) maratoniana, del día entero, y suponía hacer una cola de horas. Y, sinceramente, prefiero encontrármelo algún jueves al salir de la Academia, y tener algo más que dos minutos "en la jaima central".

Como digo, el jueves me di el primer paseo, pero apenas compré. A mí, la verdad, en la feria del libro me gusta comprar en soledad. ¿Por qué? Porque soy una obsesa. 
Puedo pasar horas mirando en cada caseta, dando la vuelta a libros, revisando títulos, hablando con los dependientes y pidiéndoles que me bajen tomos del techo. Y luego acabo comprando más de lo previsto, cargada de bolsas, para terminar de ver el resto de casetas haciendo fotos a tooodas las portadas que voy a dosificarme el resto del año.
Y, por alguna razón, ese comportamiento se entiende con la ropa, pero con los libros raya un poco.

La única persona con la que de verdad me gusta compartir este tipo de compra compulsiva es con mi madre, que me iguala e incluso me supera. Pero este año no ha podido venir, así que allá que me fui sola ayer a frikear todo lo posible.

Me fui andando, para disfrutar un poco del Sol (que en mi bajo-zulo se ve poco) y estirar las piernas. Iba pensando en cómo, cuando se vive en Madrid, "pasear" cuatro kilómetros de Lavapiés al Retiro es dar una vuelta, pero si estoy en El Puerto cojo el autobús para distancias bastante más cortas. Absurdo.

Llegué muerta de calor y con el pelo ardiendo, pero entusiasmada.

Como siempre, paseé por las primeras casetas mirando por encima, para hacer la primera parada seria en la caseta de la casa Árabe. Yo soy de costumbres fijas, y que me pongan las casetas repitiendo sitio, ayuda. 
Allí me tiro siempre la misma vida, porque las chicas que la llevan son encantadoras, y te recomiendan libros maravillosos.

Después salí corriendo, porque quería acercarme a la caseta en la que Muñoz Molina firmaba, y antes quería comprarle a mi madre su último libro, para llevárselo dedicado por el autor.

Por el camino casi me mato, porque vi a Elvira Lindo firmando diez casetas antes, y frené en seco, en medio de la marabunta que hay un sábado allí.
Estuve tentada de pedir que me firmase algo, pero todos mis Manolito están en El Puerto, y comprarme uno sólo para que me lo dedicase era un dispendio de presupuesto. Ya vendrá otra vez.

Esa frustración se repitió varias veces, porque resulta que ayer firmaba todo quisqui, y yo tengo la mayor parte de mis libros en casa de mi madre (aquí no me caben). Lo comenté por whatsapp, y la respuesta de mi madre fue contundente: "Si me lo hubieras dicho, te habría mandado un baúl".

Total, llegué a la cola de Muñoz Molina, y en la larga espera me hice amiga de una chica de Baeza que también llevaba un libro para que le firmaran a su padre.

Por suerte la fila estaba a la sombra, o nos habría dado una lipotimia como a las fans de los Back Street Boys.

Llegué hasta Antonio nerviosa perdida. Le di los libros, le expliqué que mi madre era fan pero que muy fan, y le conté una anécdota estúpida sobre el primer libro suyo que leí. No sé si pensó que era medio idiota, pero fue encantador, me firmó los libros, y se hizo una foto conmigo.

Después ya pasé a la caza. Me recorrí casi todas las casetas, emocionada perdida. Mirando, charlando, comparando precios y portadas, y comprando.

A las tres de la tarde, agotada, me compré un Solero (tradición personal e intransferible, tomarme el primer Solero del año en la feria del libro)y una botella de agua, y me tiré en el césped, detrás de las casetas, a mirar mis libros y descansar a la sombra, viendo el backstage de la feria, que también tiene su encanto.

Me volví a casa al rato, cargada de bolsas, perfectamente feliz.

Igual es difícil de entender, para un no lector, por qué es la feria del libro tan emocionante. Qué tiene de especial, o qué la diferencia de un centro comercial con una planta sólo de libros.

Por un lado, es el ambiente. Estás rodeado de gente como tú, gente a la que le gustan los libros, que disfruta de ellos, que quiere comprarlos, regalarlos, acumularlos, subrayarlos, manosearlos, prestarlos, mimarlos... Que flipa con los escritores que a ti te flipan, que se emociona con los libros raros... 
Por supuesto, no todos los que van a la feria son tan frikis, pero somos muchos. De hecho, estando en una caseta que vendía libros de fantasía, un visitante preguntó cuándo salía "Vientos de Invierno", el próximo libro de la saga de Canción de Hielo y Fuego. Y, a coro, el dependiente, dos clientes y yo soltamos una carcajada triste. Porque entre enfermos nos entendemos, y es muy mono ver a los novatos.

Además del ambiente, es maravillosa la posibilidad de encontrar tantos libros de temáticas tan diferentes en un espacio tan reducido. Del libro más friki de fantasía, hasta un manual de yoga, pasando por novela histórica, libros de texto, libros para niños o en cualquier idioma que quieras. Ningún otro sitio te da esa oportunidad, y menos con tarjetas de todas las librerías, por si quieres profundizar en cualquier tema. 

Mencionaría el descuento que hacen casi todas las casetas en los libros, pero la verdad es que eso más que un punto a favor es la justificación que nos hacemos los compradores cuando nos gastamos un dineral en libros "estaban rebajados, en cualquier librería habrían sido más caros". Claro que en cualquier librería no te habrías comprado tantos.

Pero lo mejor es esa magia especial que tiene la feria. Ese encanto que dura dos semanas y se repite todos los años, y que hace que vayas religiosamente a pasear por ella, a ver a los escritores a los que admiras en carne y hueso, a llevarte libros inencontrables de otra manera. Es algo incomparable.

Y es, para mí, el lugar y el momento más perfecto de Madrid, que volveré a visitar el año que viene.

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