26 de junio de 2015

El final de una larga maratón

Vamos a empezar esto como hay que empezarlo:


¡¡¡¡¡¡ENHORABUENA CHICO DEL SOMBREROOOOOOOOOOOOOO!!!!!!

Y es que, amigos, seguidores del Baúl, pervertidos que llegan aquí buscando cómo se folla en Blablacar, este blog está celebrando que el chico del sombrero ha terminado su viacrucis particular, y está a un paso de ser todo un ingeniero.

Así que esta entrada es para él =)


En 2006 empezaste la carrera.
Eras un pipiolo de 18 años, decidido a ser ingeniero. Llevabas mucho con la vocación clara. No sé si empezó cuando metiste los dedos en el enchufe la primera vez y saliste disparado, cuando tus padres te pillaron intentando meter las tijeras poco después, o si la inspiración llegó al margen de tu electrofilia, pero el caso es que sabías que lo tuyo era destripar y crear cosas, ya fuera a mano o programando.

Llegaste a esa facultad absurda que está donde cristo perdió el mechero. A ti te venía bien, porque como vives en Mordor tener la universidad en Osgiliath está a mano...
Era, además, un sitio muy pintoresco, porque mezclaba edificios diseñados para ser oficinas, con un parque bucólico en el que había un lago, pájaros y conejitos.

Yo siempre he pensado que la universidad os puso allí porque sois los frikis entre los frikis, y preferían teneros en un entorno controlado y calmado que en un momento de crisis nerd pudiera cerrarse, y dejaros alimento suficiente.

El caso es que comenzaste a estudiar, a conocer el mundillo universitario, probar asociaciones, conocer a todos esos amigos que dejarían la facultad en menos de un año, y acercarte a tu objetivo.

Estabas calentando, claro. Estirando los músculos antes de correr, trotando un poco, y haciendo el primer sprint de postureo que siempre se da cuando comienza la carrera.


Primero fue fácil, aunque hubo algún tropiezo que te complicó las cosas más de lo que esperabas.

Por desgracia, poco después vino la vorágine. Los años del caos, del dolor, de no entender qué pasaba, de sentir que tu mundo se deshacía en pedazos y no podías hacer absolutamente nada para controlarlo.
¿A quién podían importarle los estudios cuando se te estaba poniendo delante un muro que parecía insalvable? ¿Cómo ibas a concentrarte en la práctica de Redes, si te tocaba ir al hospital cada dos por tres, sin saber si esa vez sería la última, la vez en que saldrías solo?
Parecía que el mundo conspiraba en tu contra para convertir en enemigos y obstáculos todo y a todos los que en teoría debían velar por ti.

Yo llegué más o menos en ese momento, a quedarme pasmada con la fuerza de aquel chico larguirucho con coleta que siempre hablaba bajito y tenía la sonrisa más bonita del mundo.

En ese punto de la maratón te quedaste casi solo. Había corredores muy por delante de ti, y otros bastante atrás. Tú sentías que eras el único que seguía corriendo.
Te habían colocado una mochila tremendamente pesada, con la que a duras penas podías moverte.
Éramos muchos los que te gritábamos desde fuera de la pista, animándote, intentando hacer más ligero el peso. Pero era demasiado poco.

Se te acalambraron las piernas y tuviste que sentarte primero, y continuar caminando después. Despacito, metro a metro.

En un momento dado, la mochila se desplomó y te dejó libre, por fin, para continuar corriendo. Y, con la fuerza que sólo da la rabia, te lanzaste hacia delante decidido a reventar todas las marcas.

A partir de ahí hiciste buenas etapas, aunque eras inconstante. Lo tuyo era pasear un rato, y liarte a correr a toda velocidad al final de cada tramo. Así te lesionaste más de una vez.

Te viniste a París a hacer una estancia fuera, fuiste currando en diferentes cosas de lo tuyo, decantándote cada vez más por un área de trabajo, y descubriendo aquello que se te daba mejor.

Yo corría a mi vez mi propia maratón, y hubo muchas etapas que pasamos juntos: En mi salón, o en el comedor de tu casa, estudiando de diez de la noche a seis de la mañana, entre folios, fluorescentes, palomitas, coca-cola, té, café y chocolate. Yo con mi música suavita para estudiar, y tú con los cascos.
Hacíamos descansos juntos, y otros cada uno por su lado. Desayunábamos cuando se hacía

de día y nos íbamos a dormir.

Lo peor era cuando tocaba ir al examen habiendo dormido una hora, o cuando terminaban los exámenes y nos era totalmente imposible recuperar el horario diurno. Los dos somos búhos.

Lo mejor era la tradición que establecimos de, cada fin de exámenes, irnos un finde a un hotel los dos solos, a no hacer NADA.

Yo terminé mi maratón, mientras tu dabas los últimos retoques. Ahí nos perdimos de vista. Tú decidiste correr solo, sin mi ayuda ni mi acompañamiento, y yo me fui a Francia totalmente perdida, ausente y sin saber si debía seguir corriendo. Empecé a escribirte cartas en esos cuadernos, y comencé una maratón diferente.

Siete meses después nos reencontramos. A ti el trabajo te había hecho coger el desvío más largo de la maratón (como casi siempre pasa) y los últimos kilómetros se te estaban haciendo eternos.

Decidimos volver a la pista juntos, y yo te enseñé a hacerte unas zapatillas de correr especiales, mágicas, luminosas y con unos gadgets cojonudos, como las que había aprendido a hacer yo en Niort...

Y saliste disparado.

Has pasado el último año corriendo al mejor ritmo que has tenido nunca: Con constancia, reservando tus fuerzas, con buen ánimo, con tranquilidad y seguridad, incorporando nuevos gadgets a las zapatillas prodigiosas.

Y has llegado al final.

Ves la meta, la rozas con los dedos. En la práctica, ya la has cruzado, aunque oficialmente te queda un mesecillo.

Has triunfado, y te espera una medalla de oro más allá de la cinta de la victoria.

Han pasado unos cuantos años. Tú ya no eres larguirucho, hace tiempo que te cortaste el pelo, aunque sigues teniendo la sonrisa más bonita del mundo.

Y lo has conseguido.

Sabes que estamos todos eufóricos. Porque hemos pasado por ello contigo, porque lo hemos vivido casi como si fuera nuestro, y estábamos deseando que llegase este momento.

Ahora toca celebrar, toca disfrutar de lo logrado y prepararse para todo lo bueno que está por llegar.

Enhorabuena, chico del sombrero, ¡lo has conseguido!

Ahora se despliegan ante ti nuevas maratones, carreras de 10K, y oportunidades de todos los colores para seguir creciendo y mejorando. La siguiente meta volante la tienes muy cerquita, y en noviembre nos viene una a los dos.

Porque, como has aprendido este año, al final nunca se termina la maratón, simplemente se cambia de color y compañía.

Disfruta mucho de las celebraciones, que te las has ganado.

¡¡¡¡¡¡¡ENHORABUENAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!


1 comentario:

  1. Enhorabuena al chico del sombrero! Yo corrí esa misma maraton hace muchos años (acabé en el año 2000) y al sprint. Entonces me di cuenta de que solo era un calentamiento, la verdadera maratón viene después. Por supuesto, siempre se hace mejor en buena compañía :-)

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