25 de mayo de 2015

El nuevo viaje

¿Cómo empezar esta vez...?
Hacía ya mucho que no sentía la necesidad de derramar el cambio en palabras, el camino en letras. Hacía mucho que normalidad fluía, como agua mansa, y había poco que añadir.

Pero entonces...
la paz se quebró.

No fue abrupto. No fue una gran explosión que llenase todo de escombros, suciedad y aceite derramada.
Fue poco a poco. Como un muro fuerte que se deteriora lentamente, hasta desplomarse sin remedio.
Primero aparecieron desconchones en la ilusión, finas grietas en la pintura de entusiasmo.
Después se llenó de verdín la fachada.
Poco a poco la carcoma se adentró en sus entrañas.
Hasta dejar desnudo al yeso, que se vino abajo sin ceremonias.
Quedando sólo el armazón de acero y hormigón, estable y fuerte... pero inútil por sí solo.

¿Qué ocurrió?
Lo que ocurre siempre: si se deja de cuidar cualquier cosa, si no se le presta atención, si no se le mima, si no se dedica tiempo a ella... se pierde, se estropea, se marcha.

Y de donde fluía un torrente brillante, empezaron a caer sólo gotas mezquinas.

Hizo falta esa sensación de ahogo, de impotencia, de desencanto casi crónica, para ver que algo iba definitivamente mal.

Llegados a ese punto, había muchas opciones: dejarlo estar, dejar que el deterioro se extendiese y la mismísima estructura se viniese abajo. Darle una capa de pintura y esperar que aguantase... O hacer una rehabilitación completa.

No había mucho que decidir: No le gustaban las medias tintas.
 
Así que hubo que arremangarse, traer todas las herramientas, y ponerse a ello.

De nuevo, mucho tiempo después, la funambulista se subía al hilo de pescar, esta vez para llegar a una meta aún más brillante, y más estable.

El camino era a la vez muy antiguo y muy nuevo. Como antes, como siempre, se debían hacer sacrificios, había que aprender cosas nuevas.

El primer sacrificio, el más tremendo, el más apabullante, aunque en absoluto inesperado, fue cortar la flor morada.
No fue el más doloroso, pero sí trajo gran cantidad de angustia: dolor, culpa, miedo, rechazo, inseguridad, nostalgia, autoengaño...
Fue un gran obstáculo en el camino del hilo de pescar. Pero consiguió superarlo. Despedirse con el corazón en paz, sonriendo, y con la conciencia tranquila. Responsable de sí misma, y sabedora de que la flor estaría siempre con ella, aunque de forma diferente.

Continuó caminando, aprendiendo nuevas formas: Nuevas músicas con las que concentrarse en el hilo, nuevas formas de apoyar los pies, y las manos, ¡y hasta la espalda! para avanzar.

El objetivo era llegar. Llegar a la luz, a la corriente dorada, a la calma. Sin prisa, pero sin pausa.

Esta vez era diferente, sin embargo, a todas las demás. A su lado caminaba otro funambulista. A ratos, de su mano, a ratos, muy por delante de ella, y otras veces algo atrás.
Este compañero hacía que el camino fuese menos aburrido, más ameno y más hermoso, pero a la vez su compañía hacía que algunas veces el equilibrio de ambos peligrase, y se veían tambaleándose sobre el hilo, a mil metros sobre el suelo, y sin red.

El recorrido también era diferente. Aunque en algunos momentos se sentían seguros, tranquilos, casi como si pisasen sobre suelo firme; a ratos ráfagas de aire helado sacudían el hilo, haciéndoles temer por sus vidas. O el hilo se aceraba y afilaba hasta cortarles los pies y hacer caer gotas de sangre al vacío.

En ocasiones, el hilo estaba tan alto que el aire apenas tenía oxígeno, y nubes negras como fantasmas malvados les cubrían y rodeaban.

Pero siempre volvía el sol. Siempre seguían caminando. Y aún siguen caminando. De la mano, incluso cuando les separan cien pasos.



Sólo ha pasado una semana, y parece que hubieran sido años. Porque donde había una fuente seca, un dique, un par de gotas escasas, hoy hay un sol de luz dorada, de energía pura, regándolo todo de luz.

Y lo que queda.

Los funambulistas casi han llegado. Han aprendido de los errores y no los volverán a cometer. Cometerán otros nuevos, lo saben, pero de todos ellos aprenderán.

El muro está restaurado, y ahora es toda una casa, confortable, hermosa, cálida y acogedora. Aún está en obras, pero en poco tiempo se convertirá en el mejor sitio donde vivir.

La lección está aprendida: Lo que no se cuida, se deteriora, se pudre, se pierde. Y, contra toda enseñanza cargada de auto odio, lo que más hay que cuidar, con más mimo, más amor, más devoción y más seriedad, es al propio ser. Para, desde la paz, la luz y la seguridad, poder construir mil edificios para quien los quiera y necesite.

Ahora toca emprender los caminos conocidos con más ganas que nunca, y comenzar senderos nuevos con la ilusión del descubrimiento. Sin miedo, sin dolor, sin culpa y sin agobio. Con una sonrisa y los pies descalzos.

Bienvenida, niña de ojos grandes, a la nueva etapa de tu viaje. Sabemos que vas a disfrutarlo, pero recuerda quererte mucho mientras lo haces.

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