21 de abril de 2015

Vooyeur: Seducción y marketing


Anoche fue al teatro Galileo al estreno de Vooyeur. Tenía muchas ganas de ver la obra, porque lo cierto es que me la habían vendido muy bien. 

“¿Qué harías si te encontrases a una pareja teniendo sexo y no pudieras irte?”

“Vooyeur, mirar es sólo el principio”

“Una apuesta por ver el sexo desde el lado de las mujeres, rompiendo tabúes”

“Escrita por una sexóloga”

"Nuestra experiencia plantea una idea de sexualidad global, que trasciende los límites del cuerpo para conquistar el terreno de la imaginación, la creatividad y el juego. Así, se pretenden superar conceptos arcaicos que reducen el encuentro sexual a la genitalidad y al coito, abriendo un margen a la experimentación a través de todos los sentidos y de la expresión artística" 

Por no hablar del cartel, y de las fotos que se difundieron en sus redes, que daban pie a muchas especulaciones.

El caso es que eran mensajes que animaban a ver la obra, y que me despertaron mucha curiosidad.

Hace tiempo que pienso que el sexo en esta sociedad está desnaturalizado: Se percibe lo sexual con una mezcla de morbo y censura, y parece que el mismo hecho de hablar de sexo debe escandalizarnos y excitarnos a partes iguales.

Por eso, esperando una obra que fuera sugerente, íntima, y tratase el sexo de una forma diferente, fui al teatro con muchas ganas.

Al entrar, nos dieron antifaces de colores y nos dijeron que en determinados momentos saldríamos de la zona del escenario para ir a otros espacios del teatro.

La obra empieza con Lilith en el escenario. Eso me gustó, porque es un personaje que me parece muy interesante. La actriz contaba una reinterpretación del mito de Lilith bastante divertida, y terminaba diciendo que para rescatar a las mujeres del aburrimiento sexual, iba a recorrer distintos escenarios y a hacerlos “picantes”.

Yo ahí me imaginaba que en el resto de las escenas veríamos a Lilith echando polvo de hadas (o de demonio) encima de los personajes para despertarles la lujuria. Pero no.

A Lilith no la volvemos a ver hasta el final.

Lo que sí vemos en todas las escenas son manzanas. Manzanas que se comen, se comparten, ruedan por el suelo… Hasta sale un Mac.
Es una referencia que me tuvo desconcertada todo el rato. Primero, porque la manzana es el símbolo asociado a Eva, no a Lilith (la pobre no pudo ni catarlas). Segundo, porque Lilith se compadece de Eva de manera obvia, diciendo que es una sumisa, con lo cual no entiendo a qué viene tener su símbolo por todas partes. Y tercero, porque nunca he entendido que se vea la manzana como un símbolo de la tentación sexual.

La manzana era el fruto del árbol de la sabiduría. Debería ser el símbolo de la curiosidad, de la inquietud, de la ambición por saber… ¿¿pero del sexo??
Igual es que nos lo contaron mal, y el árbol del conocimiento del bien y del mal en realidad te daba jugosos conocimientos sexuales, y censuraron ese párrafo en la Biblia para evitar la extinción de las manzanas…

Manzanas desconcertantes aparte, la obra continúa con cinco escenas de sexo heterosexual en diferentes circunstancias: un teatro, un montacargas, un hotel, el salón de una casa y una oficina. Las escenas son cada una de su padre y de su madre. Unas más excitantes, y otras divertidísimas.

Entre escenas, se escucha un trino de pájaros un poco desquiciante, que junto con una luz verde intenta trasladarnos al Jardín del Edén del que echaron a Lilith.
Y, el resto del tiempo, la música se basa casi exclusivamente en boleros mexicanos (uno por escena) que se escuchan antes de su comienzo, y al terminar. Los dos primeros te hacen gracia, pero hay escenas en las que un bolero pega tanto como la salve rociera, y te sacan completamente de situación.

Para cerrar la función, Lilith hace un alegato final hablando de lo sosa que era Eva, de la necesidad del sexo divertido, de que ya que nos fuimos todos del Edén, más vale disfrutar,  y todo acaba en orgía.

El chico del sombrero y yo, que habíamos cruzado dos o tres palabras a lo largo de la obra, tras ese final salimos de allí diciendo “Pues vale…”.

Y es que la obra no está mal, pero con todo lo que me habían vendido, yo me esperaba otra cosa en todos los sentidos.

Por ejemplo: Yo no suelo buscar machismo, ni soy de las que se escandalizan cuando oyen “la juez”, pero si me venden una obra profundamente feminista (es decir, igualitaria) en la que se busca ver el sexo desde el punto de vista femenino, espero ver lo que se me ha vendido.

Si lo que me encuentro son mujeres en tacones y minifaldas en todas las escenas menos una, y a tíos vistiendo cómodamente, e incluso en plan "moda pordiosera", me mosqueo. Porque el look “sexy” consistente en tacones de aguja negros, picardías, tanga,  vestido ultra ajustado, faldas de tul negro, escote… es un look hecho por y para los hombres. Aunque las mujeres lo hayamos asumido (y es un hecho que lo asumimos) no es algo feminista ni mucho menos. Y yo, en al menos una escena, pude ver claramente lo incómoda que estaba la actriz con los taconazos. Si estás incómoda, no te excitas, y no disfrutas. Así que no me lo creo.

No es una obra feminista. Tampoco es una obra particularmente machista, desde luego. Es una obra que trata los lugares comunes del sexo como ya los hemos visto veinte veces: atracción incontrolable que estalla cuando el hombre insiste, calentón en un rincón oscuro, escapar de la rutina con un sexo “diferente”, hombres que no se quieren implicar en tríos con otros hombres porque ellos “son muy machos”,  jugar con la comida… No innova en el punto de vista, pero sí en la forma.

No es rompedora, o a mí no me lo pareció. No se sale del sexo estrictamente heterosexual. Incluso cuando sale un trío, al principio los dos hombres ni se tocan y, cuando eso cambia, sólo se intuye.

Además, a pesar de defender insistentemente Lilith (y el marketing) en que el sexo no son genitales, en la única escena en la que realmente eso podría haberse mostrado (escena a oscuras, pareja hablando de cuando se comían a besos de adolescentes, y lamentando que ya no tengamos paciencia para ello), la cosa acaba en sexo oral y coito (con condón, ese detalle me gustó).

Yo esperaba que esa escena precisamente terminara con besos de esos que todos hemos tenido, que se alargaban hasta el infinito. Pero no. Él se corre tirándole a ella del pelo (tras pedirle permiso para hacerlo) y fin. Me pareció hasta triste.

Tampoco es una obra pedagógica, como la propia maestra de ceremonias intentaba vender. 
Bueno, matizo. No es pedagógica para personas con una vida sexual medianamente variada. Que luego me encuentro por ahí a cada hortaliza…
Evidentemente, al público al que Cincuenta polvos con Grey les pareció súper excitante e innovador, esta obra les escandalizará.
Al resto, les excitará en ciertas escenas, a lo mejor les da alguna idea, pero poco más. No creo que nadie que vaya a ver una obra de contenido erótico se sorprenda al saber que se puede jugar sexualmente con comida, por ejemplo.

Yo me esperaba una obra sutil, sugerente, en la que de verdad me sintiera una intrusa en las escenas, íntima. Pero no deja de ser una obra de teatro trasladada a espacios no convencionales. En ningún momento se me olvida que estoy viendo a actores trabajando, ni siento una conexión con la situación, ni me siento “sola” con la escena. Es sólo una obra itinerante con contenido sexual explícito.

Para mí, la conclusión de Vooyeur es que el marketing puede hacer mucho daño al producto cuando genera expectativas irreales. Una obra entretenida, moderadamente excitante, ocurrente y original que se vende como el colmo del erotismo, el feminismo y la pedagogía sexual, te va a dejar desencantada.

Es un poco como el porno. Si tú te pasas tu adolescencia viendo a musculosos sementales hacer gritar a hermosas mujeres con sólo tocarlas, y cuando llega tu primera vez sólo puedes pensar “¿pero de verdad está dentro?” es normal que te decepciones, aunque el chico sea un encanto y un as de las manualidades.

No quiero, con este post, desanimar a nadie que tenga ganas de ver la obra. Merece la pena ir, porque es una apuesta diferente. Es algo nuevo, es algo distinto, y es algo divertido con lo que pasar un buen rato.
Los actores son muy buenos, y están muy entregados. Te los crees.

Por todo esto, vale la pena darle una oportunidad, y echarse unas risas, que en estos tiempos de intensismo cultural profundo, es algo que se agradece.

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