23 de abril de 2015

Un refugio de tinta y papel

Libros, libros, libros, libros...

¿Cuándo empieza uno a enamorarse de los libros? ¿Cómo ocurre?
No puedo recordar cuándo me enamoré yo. Sé que leía Mortadelos, y cuentos de Disney, cuando apenas levantaba un palmo del suelo. Y me encantaba.

Hoy, todos los que amamos leer hablamos de libros: De autores que nos gustan, de libros que regalar, de enamorarse leyendo...

Yo quiero hablar del libro como refugio, como escondite, como lugar feliz.

Siempre he leído, siempre he vivido rodeada de libros y metida en ellos. Pero nunca los he amado tanto, nunca los he necesitado tanto, como cuando las cosas iban mal.

Las épocas en las que más he leído, han sido siempre cuando peor me sentía. Cuando más necesitaba huir a un mundo distinto.

En el instituto (mundo infame, miserable y detestable donde los haya) me refugiaba de mis compañeros en la fantasía: Devoré Narnia, Memorias de Idhún, El clan de la Loba... en la ESO, muchas veces durante las horas libres o los recreos, arrebujada en un rincón de la clase. En paz, feliz, tranquila, sintiendo que encajaba en algún sitio, aunque fuera una palabra en el papel.

Cuando salía de clase seguía leyendo, aunque no necesitaba tanto el refugio, para acompañar a los personajes después de que ellos me hubieran acompañado a mí.

Unos años después, aún adolescente pero a las puertas del gran cambio, cuando caí en espiral hasta el fondo, y comprobé que la mayoría de mis "amigos" eran unos perfectos hijos de puta, de nuevo me escondía entre las páginas, aunque entonces era de mí misma. Llegué a darme miedo, y volcada en el libro me sentía una persona mejor. Descubrí Canción de Hielo y Fuego, devoré mil veces seguidas la Reina del Sur, leí cualquier cosa que se me puso delante. 
Leer era una forma de imaginar una realidad distinta. De imaginar que era totalmente feliz, de imaginar que no estaba sola, de pretender que todo lo que me ocurría no era real. Y, a ratos, lo lograba.

Luego empezó mi vida en Madrid, mi primer gran cambio, el principio de mi gran felicidad. No necesitaba los libros como escondite, sino que me los llevaba al metro, a los parques, a las calles... Me dejaba caer donde podía con un libro entre las manos, no escondiéndome, sino compartiendo mi felicidad con el mundo.

Por primera vez pude pasarme noches en blanco leyendo, enfebrecida, y dormir toda la mañana soñando con lo que leía.

Pero aun así, cada vez que algo triste, decepcionante o angustioso ocurrió, siempre tuve ese lugar al que volver.

Cuando mi primera relación resultó ser un fiasco, y yo me convertí en una absurda que lloraba por lo que no merecía ni un pensamiento, me bebí El mundo incierto de Vikram Lall.

Y así, la vida iba pasando entre páginas de libros, en momentos más felices y más tristes.

En aquel momento (hoy lo sé) yo no era del todo feliz. Era demasiado tóxica, me tenía demasiada manía, estaba demasiado apegada a todo para ser feliz. Aun así, me sentía feliz, y cuando no, siempre tenía los libros.

En septiembre de 2013, cuando todo mi mundo estalló y me hizo tener que reconstruirme entera, me leí la saga de Harry Potter en dos semanas. Son libros que he releído veinte veces desde que los descubrí con diez años, y que nunca me han decepcionado.
En aquel momento, fueron tal vez la única forma de mantener a raya la agonía, hasta que pude volver a pensar con claridad.

Ahora, todo eso está muy lejos. Todos esos dolores, culpas, angustias, son cosa de otra realidad que por suerte me queda muy lejos.

Y, a pesar de todo, cada vez que necesito estar sola, que estoy harta del mundo, que el estrés del trabajo me tiene tirándome de los pelos... leo con más ganas que nunca, con la punta de la nariz escondida entre las tapas

Por eso, yo hoy no quiero homenajear a autores, ni recordar momentos felices leyendo, ni libros que me hayan marcado. Hoy quiero dar lugar al fuerte de libros en el que todo lector se ha escondido cuando quería morirse de pena, y se ha reconstruido poco a poco entre páginas. A todas las páginas con marcas de lágrimas, y a todos los libros desvencijados por llevarlos mal agarrados en un momento de angustia.

Me ha quedado una entrada de intensa depresiva, pero no es la intención.Soy tremendamente feliz y ahora mismo los libros son, como siempre han sido, un vicio maravilloso e indispensable. 
Pero a veces toca sacar cachos de dentreo, y sentirse agradecida por lo que nos hace ser quien somos.
Porque un libro es el mejor chaleco salvavidas y la mejor terapia. El mejor refugio.

¡Feliz día del libro!


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