14 de abril de 2015

Diario de una superviviente humana

El corazón se me va a salir del pecho.
Corro, no dejo de correr, desesperada.

Las zapatillas golpean el suelo rítmicamente, y yo temo por mi tobillo, como siempre.
¿Qué pasa si ahora se me tuerce? ¿Si me encuentro tirada en el suelo, con el pie inutilizado?
Jadeo.
Corro más. 
Caerme no es una opción. Hoy no.

Estoy sudando. El sudor me gotea por las mandíbulas y me empapa las palmas de las manos.
Noto los pies resbalar dentro de los calcetines.
Las converse son malos zapatos cuando toca correr.
Da lo mismo.

Escucho un crujido a mi derecha y viro bruscamente hacia el lado contrario, sin pensar.
No puedo pensar.
Me desequilibrio un instante por el giro, pero me recupero.
Siento un insistente pinchazo en el costado y trato de respirar con calma en plena carrera.
No puedo. Estoy demasiado asustada.

Aprieto los dientes y sigo corriendo, buscando algo, cualquier cosa, que me ayude a escapar de esto, a refugiarme, a huir.

Joder.

Veo delante, a doscientos metros, un coche con la puerta abierta.
Puede ser una trampa.
Me da igual.

Me meto. Las llaves están puestas, y hay sangre en la tapicería.
El cuerpo del conductor está en el asiento del copiloto, destrozado.
Intento no mirar mientras lo saco a empujones, y me detengo bruscamente.
Es un ser humano, no merece eso.
Lo miro a la cara (lo que en algún momento fue su cara), mientras me hago consciente del intenso olor a sangre y descomposición.
Siento náuseas.
Lo saco con delicadeza del coche. Está rígido. Tiemblo.
Lo dejo en el suelo y, respirando hondo, le miro y susurro:
-Buen viaje. Muchas gracias.
Debería quemarlo para que tenga algo de dignidad, para que no se convierta en otro de ellos. Pero no tengo tiempo.

Me monto en el coche con lágrimas abrasándome los ojos.

Respiro hondo, giro la llave, y salgo disparada.
Hace mucho que no conduzco, y me da cierto miedo. Pero no tanto como me lo da la otra posibilidad.

Por el retrovisor veo lo que era un cadáver agitarse, incorporarse.
Cierro un instante los ojos y las lágrimas me ruedan por las mejillas.

Otro más.

Malditos insconscientes.
Era súper divertido jugar a ser supervivientes.
Era súper divertido investigar si el no muerto era posible.
Era súper divertido maquillarse de cadáver.
Hoy no queda ni uno. Fueron los primeros en caer, aquella noche.
Quedamos los demás: los que pensábamos que era tonto, los que nos sentíamos incómodos con ello, los que creíamos que no tenía sentido. Los que no fuimos al survival.
Maldita sea.
Mejor me habría ido si hubiera decidido ir.
O, al menos, entrar en el jueguectio de "estar preparada".
Maldita sea.

Acelero, sin apartar la vista de la carretera, hasta salir de Villafranca

No tengo claro adónde ir. Esto no es una serie, no hay heroicos puestos de resistencia, ni información clandestina, ni un chico guapísimo que te busca para salvarte. Ni siquiera hay un gobierno malvado (pero humano) que intenta encubrirlo todo.

Esto es la vida real, el caos absoluto.
No sé cuántos quedamos.
No sé dónde están.

Estoy muerta de miedo.
Y la sensación que tengo es que en el momento en el que deje de correr, moriré.

Necesito calmarme, necesito parar.

Freno, sin apagar el motor.
Apoyo la cabeza en el volante y respiro.
Se me escapan los sollozos sin que pueda contenerlos.
Estoy sola.
Totalmente sola.
No sé si mi familia está bien. No sé si están vivos.
Sé que la mayoría de mis amigos no lo están.
O han muerto, o se han transformado.
Y el chico del sombrero...

No. No quiero pensar en él.

Sollozo contra el volante, mientras las lágrimas se convierten en un río.
Lloro de rabia, de pánico, de tensión.
¿Qué voy a hacer ahora?

Sobrevivir.
Ése es el objetivo.

Aprieto los dientes y los puños.

Me tiembla la pierna.
Da igual.

Me pongo en marcha de nuevo.

¿Dónde voy?
¿Dónde puedo refugiarme?
¿Qué hago?

Acelero y oigo un estruendo a la derecha. Probablemente otra explosión.
No miro.

Mientras recorro la carretera, mi respiración se vuelve acompasada por fin. Me atrevo incluso a encender la radio. Hay un pendrive enchufado, y la música empieza a sonar enseguida.
Es una música de mierda. Reggaetón del malo. El afilador.
Me río. Las carcajadas me recorren, haciéndome temblar.
Es surrealista.

Canto a gritos todas las canciones, inventándome las letras si no me las sé. Me da igual todo.

La ciudad comienza a aparecer a mi alrededor. Aunque la verdad es que esto no parece Madrid.

Comienzo a ver zombis en cuanto empiezan los edificios. En grupos, solos...
Algunos corren tras el coche, pero los dejo atrás con facilidad.
Siempre que evite las calles estrechas, el coche es un lugar seguro.

Apago la radio.
Hay ruido, chillidos, golpes.
Violencia por todas partes.
Eso es lo que hemos conseguido.
Lanzo un suspiro entrecortado.
¿Qué voy a hacer yo en este mundo, sola?

Ante mí aparecen edificios más altos y calles desiertas.
¿Dónde están?
Cazando más personas, supongo. Para ser monstruos, tienen una capacidad para la crueldad y la estrategia muy humana.
Desde el principio han preferido desplazarse adonde hubiera grupos.
Por eso, viajar sola es una ventaja.

Me tiemblan las manos. Estoy sin recursos. Sin ideas.

Todos los años de escultismo se lanzan en mi ayuda: Necesito comida, agua potable, un refugio, a ser posible en alto. Puedo hacer trampas, puedo hacer fuego, puedo...
Pero esa voz charlatana en mi cabeza se olvida de algo.

¿Para qué?
No podré huir siempre. Nadie puede huir siempre.
No tengo información, no sé si hay alguien más.
No tengo nada.

Sólo me queda buscar algún grupo de supervivientes... o acabar sucumbiendo a los monstruos.

O tal vez...

Respiro hondo.

Tal vez el objetivo es no sobrevivir.
Tal vez el objetivo es no ser una superviviente.
Los supervivientes pueden terminar siendo zombies.
El corazón me late a toda prisa. No quiero morir.
Pero no me queda más remedio.
La única duda es si muero bajo sus condiciones, o bajo las mías.

En este caso, morir matando no es una opción, porque no moriría.
Sería una de ellos.
Un ser agresivo, inhumano y a la vez terriblemente humano en su crueldad y su estupidez.
Un ser que se niega a morir, rechaza la dignidad de continuar el camino, y se obliga a una pseudovida que le parece un triunfo.
Un ser cuya absurda esencia está en destruir a otros.

El zombi sólo podía ser inventado por el ser humano y su eterno miedo a la muerte y la trascendencia.

Respiro de nuevo, y me decido. 
Salgo del coche y entro en el edificio más alto que veo.
Subo las escaleras a todo correr, sintiendo cómo me arden los pulmones.
Tengo que llegar, tengo que llegar, tengo que llegar.
Alcanzo la azotea, asfixiada.
Veo puntitos negros y jadeo ruidosamente, con el corazón acelerado.
Me arden las piernas.
Camino hacia el borde.

-¡Espera!

Me giro.

Son tres. Llevan armas: bates de béisbol, pistolas de airsoft y lo que parece un lanzallamas casero: un bote de laca atado a un soplete.
Si no estuviera a punto de asfixiarme, me reiría.
Son tan cliché que resultan absurdos.
Al menos no tienen rifles, como en las pelis, donde parece que los venden en las esquinas.

-Ven, podemos defendernos.
Niego con la cabeza. No puedo hablar, estoy demasiado ocupada jadeando.
-¡Sí! Tenemos armas, podemos combatirlos y sobrevivir.
Sonrío y sacudo la cabeza.
¿Hasta cuándo creen que podrán?

No.

Llego al borde, me subo y trepo la valla de seguridad. Los tres me miran con los ojos como platos.
No lo entienden.

Respiro profundamente.

Oigo un estruendo.
Entran en la azotea.
Oigo gritos, palabras y el rugido del fuego.
Chillidos.

-¡¡Ayúdanos!!

No puedo ayudarles. Ellos han decidido sobrevivir hasta la muerte.
Yo he decidido morir para sobrevivir.
Para que mi parte humana sobreviva.

Salto hacia delante.
Por un maravilloso instante, floto. Hasta que la gravedad se da cuenta de que debe trabajar.

Caigo.
Y la adrenalina me revienta en las venas, en los oídos, en el corazón.
No grito. No puedo.

Mientras me siento caer, pensamientos fugaces me asaltan.
Al fin y al cabo, es una caída de treinta pisos. Hay tiempo para pensar un poco.

Voy a morir.
Voy a morir como humana, y no podrán hacerme ser otra cosa, porque ya estaré muerta cuando me encuentren.
Acepto la muerte, la abrazo. Le doy la bienvenida.
Es la única forma de no ser uno de ellos: aceptar la muerte, respetarla y entenderla como compañera de viaje. Someterse a su llegada como parte de la humanidad.

El golpe llega. Es brutal.

Todo se hace negro.




Veo dos puntitos azules, y una sonrisa sobre la que he leído mil veces.
-BIENVENIDA
-¿Tú? Pensaba que eras un invento de Pratchett
-BUENO, LA TRASCENDENCIA SE PUEDE PERMITIR LICENCIAS POÉTICAS. EN REALIDAD, SE PUEDE PERMITIR CASI CUALQUIER COSA
-No lo entiendo
-NO IMPORTA. ¿NOS VAMOS?
-Vámonos
-¿NO PREGUNTAS ADÓNDE?
-¿Qué más da?









***

Para la Agente Colombo, Han Solo, el chico del sombrero... Que me han hecho pensar mucho sobre zombis últimamente, y han inspirado esta entrada. Aunque no fuera al survival, algo es algo.

Y, con mucho retraso, para el inmenso Terry Pratchett, que además de hacerme disfrutar con su universo, me ayudó mucho en mi proceso de aceptación de la Muerte, con un personaje tan carismático como adorable.

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