27 de abril de 2015

Agua

Se abre el pecho con un sonido como de trompetas. Y se abren los ojos.
Un suspiro, un jadeo, un gemido.
Una sonrisa.

Sientes cómo tus dedos se vuelven aletas; tus brazos, alas; tus piernas, garras.
Un escalofrío te prende en llamas y saltas, muy alto. Pero a la vez te ahogas, sientes como si un agua oscura, profunda, densa y fría, se cerrase sobre ti.
Quieres aire y no lo quieres.

Y el pecho se vuelve abrir. Y todo vuelve a empezar.

Te empapas en barro de colores, volviéndote un arcoiris líquido lleno de luces cambiantes. Te llenas por dentro de flores. Se te llena el vientre de agua. Te dispersas.
La sensación de estirarte y encogerte al mismo tiempo, sin querer.

Unas manos te agarran, te salvan. Pero, ¿quieres tú ser salvada?

Una boca se aprieta contra ti.
¿Dónde está?
Puedes sentirla, pero no la entiendes. No entiendes sus labios, ni su lengua, ni su aroma. No entiendes en qué rincón se ha ocultado. No entiendes sus movimientos.
Y, aun así, te desgarra.

Un remolino de hojas verdes se estrella contra tu cara. Como latigazos de un sauce prematuro, te laceran la piel y te abren los ojos.
Verde hierba.
Huele a menta, a romero, a lavanda y a pinares. A tierra seca de verano.
Te llevan las hojas verdes, te arrastran, te acarician, te hieren, te sanan.
Sangre y verde. Sangre verde.

Te meces, como un niño. Dejas que tu cuerpo se balancee adelante y atrás con una caricia secreta. Te mueves dentro de ti, buceando en tu sangre, buscando, explorando, jugando.

La magia fluye, de instante a instante, de punto a punto. En la penumbra. Inundándote de un agua que sabe a azúcar diluida.
Y tejes. Tejes con agujas de madera, de cristal. Con lana absurda, incomprensible, llena de imperfecciones. ¿Qué prenda va a salir de ahí?

Y te caes. Caes por un precipicio resbaladizo, hacia un río de aguas claras que te espera. Para abrazarte y asfixiarte.

Y un vértigo, un mal de altura de alpinista se te agarra a las entrañas mientras caes.
Temes no llegar al río, temes estrellarte, caer sobre un árbol, perderte. Temes, temes, temes...

Y, mientras en tu cabeza visualizas un millón de caminos que se abren, un sinfín de puertas que se cierran, una infinidad de caras que te observan...

...piensas...

...Al menos, si llegase, sería niña...

El vértigo te lleva, te trae, te arrastra con el viento, hasta estallar contra el río manso.

Te hundes, entre algas, peces y limo verdoso. Y sales a la superficie, quebrando el curso manso con la cabeza. Respirando a bocanadas, escupiendo y anhelando un poco de oxígeno. Llevas demasiado sin respirar.
Y ríes, con risa de niña, entrecortada por el frío y por los restos de vértigo.

Y te despides, sabedora de que el momento es en futuro y no en presente. Sabedora de que el hoy está vacío de hilos de plata. Sabedora de que el agua que te acoge te permitirá aún nadar por mucho tiempo.

¿Dónde vas?
Vuelas. 

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