11 de marzo de 2015

Un miércoles cualquiera

Miraba por la ventana, absorta.  Los ojos grandes vagando entre las personas que pasaban y los perros que se empeñaban en ladrar.
Suspiró.
Se apartó de la ventana, dejando que su mano derecha rozara por un instante el cristal de aquella ventana incongruente.

Anduvo hasta la pared opuesta mirando al suelo, contando de nuevo.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve.

Nueve pasos.

Una vez junto a esa pared, se sentó en el banco corrido de madera clara, y acarició la manta verde que descansaba sobre el asiento. La lana era suave, cálida, gruesa. Dejó que sus dedos se entretuvieran en ella unos instantes, mientras sus ojos vagaban por el espacio.

Se puso en pie de nuevo y apoyó la punta del pie derecho en la caña del botín, empujando. El zapato se deslizó, lejos. Hizo lo mismo con el otro.
Los calcetines morados se apoyaron en el suelo de falsa madera. No hacía frío. Tampoco calor.
¿Qué hacer?

En su cabeza sonaba a intervalos una canción.
Con la certeza de que nadie la miraba, bailoteó. Sus pies se deslizaban por el suelo mientras sus brazos no tenían muy claro dónde colocarse.
Tarareaba en voz baja, con los ojos entrecerrados y el rostro relajado.

Se dejó caer con las piernas abiertas y el tronco encorvado, como una marioneta a la que inesperadamente hubieran cortado los hilos.

Se soltó el pelo. La cascada de rizos se dejó caer sobre su espalda.

¿Qué hacer?

Anduvo hacia otra de las paredes transparentes. Golpeó con fuerza, sintiendo retumbar el vidrio bajo sus manos.
Gritó. Muy fuerte. Nadie la escuchaba, pero daba igual.

Se giró, deslizándose hasta el suelo con la espalda pegada al cristal.

Ante sus ojos el espacio diáfano parecía hacerse más pequeño por momentos.

La mesa con el ordenador.
La pizarra.
Los bolígrafos.
Los post-its.
El suelo de madera falsa.
La botella de agua.
El banco con la manta de madera.
Las paredes de cristal, el techo de cristal.
Aquella absurda ventana. Un marco metálico alrededor de… más cristal.

Se sentó en la silla, frente al ordenador.
Su hora de descanso había terminado.

La pecera la retenía, inmutable.
Su vida pasaba. Despacio.
Entre aquellas cuatro paredes.

Sólo esperaba que nunca se le ocurriera a nadie llenar aquella pecera de agua.
O, encima, se quedaría sin poder jugar al buscaminas.


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