26 de febrero de 2015

Los días de silencio



Suena el despertador. Anyone else but you.

Lleva dos años sonando, y no la odio. Es la canción de despertador perfecta: constante, suave, agradable.
Me incorporo, o ruedo hacia el borde de la cama, según el sueño que tenga.
Apago la alarma.
Enciendo el flexo que apunta hacia el techo y me hace de lamparita de noche.
Me pongo las gafas.



Salgo de la cama. Hace frío.
Voy al baño, me miro de refilón en el espejo. Tengo cara de dormida, y ojeras. Antes nunca tenía ojeras, y desde que empecé a trabajar, ahí están siempre.
Me siento en la taza, me levanto, tiro de la cadena. Ruido de agua. Me parece un escándalo a estas horas.
Me estiro. Vuelvo a mirarme en el espejo. Tengo un nido de rizos castaños encima de la cabeza. Un día anidará en él una familia de pájaros, y a ver cómo los saco de allí…
Me toco los rizos con la mano, son esponjosos. Suspiro.
Me lavo la cara, las manos y los dientes. El agua está helada. Me encanta.

Hago la cama. Sábana, edredón, cojín azul, cojín de flores, cojín naranja, cojín de gato.
Coloco la manta doblada a los pies. Encima pongo a Mysha, la tigresa de peluche.
Abro la cortina y salgo al salón.

Depende del día, sonreiré o no. Si la tarde anterior tuve tiempo, el salón y la cocina estarán recogidos. Si no, la mitad de mi casa se habrá convertido en un bazar gigante, y me enfrentaré al dilema de recogerlo ahora o cuando vuelva reventada del trabajo.
Hoy está recogido.
Cojo la guitarra y el ukelele, y los muevo del sofá a la cama. Todas las mañanas van del sofá a la cama y, cada noche, de la cama al sofá. En las casa pequeñas, los instrumentos no tienen sitio propio.

Me visto en el salón. No me suelo complicar: Unos vaqueros camiseta, jersey, los zapatos marrones.
Luego el pelo. Si no me he duchado, va siempre recogido: Una cola de caballo, un moño, una cola al lado, media cola, una diadema… Si me duché la noche anterior, seguramente irá trenzado. Muy de vez en cuando, suelto.

No desayuno. Nunca desayuno entre semana. Cojo una fruta, o una barra de cereales, o un croissant, para comer en el tren.

Meto la comida del día y el libro en la bandolera. Me pongo el abrigo de reina de corazones, me enrollo al cuello la bufanda y me cuelgo la bolsa.

Abro la puerta y cierro con llave.

Salgo a la calle. Lavapiés está casi vacío a estas horas. El sol lo vuelve todo dorado. Es tan bonito…

Bajo la cuesta con el aire frío en la cara, despertándome, mirando a los niños que van al colegio.

Llego al tren, me subo y me sumerjo en el libro mientras desayuno.

Llego al trabajo, abro la puerta, y pronuncio las primeras palabras del día, una hora después de haberme levantado.
Buenos días.
Ya no callaré mucho más hasta la noche.

Son los días de silencio. Los días en que duermo sola, me despierto sola, y no hablo con nadie hasta llegar al trabajo.
Una hora de quietud, de no oír música, ni voces, ni ruidos. Sólo el chorro del agua, el roce de la ropa, mis pasos sobre la calle.
Días de silencio.
No son muchos, pero son maravillosos. Me encanta disfrutar de esos momentos tranquilos, solitarios, sin ruido, sin voces, sin compañía. Sólo conmigo.


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