30 de octubre de 2014

Soy adicta

Ehm... Hola.
¿Me siento aquí? Vale...
Me llamo Buhonera y... soy adicta.
...
...
Ah, ¿no decís eso de "¡Hola Buhonera!" todos a coro?
Qué mierda, ¿no? 

Bueno, pues... he venido aquí porque... Tengo un problema

Soy... adicta.
Al punto.

No, ¿qué? ¡Claro que no es ningún tipo de droga! No, no es popper... ni speed... ¿Gusiluz? ¿Qué mierda de nombre para una droga de diseño es Gusiluz?
No, no, no. Soy adicta al punto. 
Al punto, a tejer, a lo que hacen las abuelas en las pelis delante de la chimenea.
Sí...

Dejadme que os lo cuente desde el principio... (poned esta música mientras leéis)

Yo era una chica corriente en la gran ciudad. Me metía en mis asuntos, trabajaba, y de vez en cuando salía a la noche en busca de un poco de diversión.
No era la clase de chica que uno habría pensado ver metida en esto pero... ya veis.

Todo empezó como trabajo, lo juro. Sí, sé que muchas historias comienzan así, o se camuflan así, pero en este caso es cierto.
Me pidieron en el trabajo que leyera sobre el dichoso "knitting" (el punto de toda la vida), que investigara. Me puse a curiosear.

Ese fin de semana fui a casa de mi abuela la Lectora, me enseñó a montar los puntos, un poco de punto del derecho... y algo de punto del revés.
¡Pero era trabajo! Yo sólo quería ser una trabajadora dedicada, con iniciativa. ¿Cómo iba yo a pensar en qué se iba a convertir aquello...?

El chico del sombrero me lo facilitó. Típico de los tíos, lo sé. El novio que te lleva el género para verte contenta... Total, son sólo unas agujas del chino, un ovillo malo... Pero estás perdida.

Me lo empecé a llevar a la oficina.

Al principio fue sólo montar los puntos, para aprender, para asegurarme de que lo hacía bien. ¿A quién iba a hacer daño?
Después avancé un poco, la Agente Colombo me ayudó.
Y era tan fácil...

Y yo sentía que podía dejarlo cuando quisiera. Joder, eran lanas, y un par de agujas... Disculpad mi lenguaje, no sé qué me ocurre, yo no era así...

Era una cosa de oficina.
Sí, como lo oís. Al principio se limitaba a la oficina.

TEJÍA en la oficina. Y lo que es peor, mi jefe lo permitía, lo aplaudía, se reía de ello.

Cuántos insensatos dejando que me deslizara por un tobogán que iba a convertirse en una vertiginosa espiral hacia abajo.

Vi vídeos, lo confieso. Vídeos terribles, depravados, llenos de manos que se movían a unas velocidades... ¿¿quién hace eso?? ¿¿quién se exhibe así??
Y yo sentía que era temporal. Que vería éste último y se acabó... Al fin y al cabo, ¿cuántos tipos de punto puede haber?

Cientos, hay CIENTOS. Cada vídeo me dirigía a uno nuevo, y ése a otro, y descubría otra técnica, y aprendía que había una nueva forma de hacer aquello, y que era posible hacer lo mismo al revés... ¡¡¡¡¡Que había quienes lo hacían con CUATRO agujas!!!!! Enfermos...

Y mi ovillo verde desaparecía entre mis manos, tragado por las agujas, transformado en una copia de aquello que veía en esos vídeos...

No podía andar por la calle. Cada tela que se me ponía delante era una invitación a otra sesión, sólo un par de vueltas más...
Oh, mira, ese jersey está hecho a punto bobo con punto elástico en las magas.
Oh, qué bella bufanda a punto de arroz (que en mi cabeza se llama punto araña, no sé bien por qué).
Vaya, ese gorro es precioso, ¿dónde habrá comprado la lana?

Se me acabó el primer ovillo y corrí a por otro, como una fugitiva, sintiendo que necesitaba más, que estaba perdiendo el control.

Y en el trabajo la cosa empeoraba. Me hicieron investigar sobre lanas y agujas. Buscarlas. Descubrir cómo eran, dónde se vendían, cuántas clases había...
Era una orgía de pelo de oveja, algodón, seda, agujas de ganchillo... que desfilaba ante mis ojos con una impudicia desmesurada.
Me sentía temblar. ¿Todo eso estaba a mi alcance?


Y me dejé caer. Fui a uno de esos antros, regentados por señoras con gafas, a dejarme embaucar. Me compré unas agujas de esas goorrrdas y tres ovillos de colores, y una revista de patrones.
Y me fui a casa, a comenzar una bufanda.
¿En qué me había convertido?

Me negaba a ser una knitter. Yo tejía, hacía punto como las dignas abuelas, no era una hipster del tres al cuarto que comprase lana de veinte euros... ¿verdad?
No, no no y no no, no, no no no.

Pero se me iba de las manos.

Tenía dos, no, tres pares de agujas, una aguja de ganchillo. Dos ovillos del chino más los de la bufanda... Nadie debería tener tanto.

En sólo una semana, todo había cambiado. La gran ciudad me había devorado, el mundo del punto había hecho de mí su esclava, me había arrastrado. Y me había dejado tirada en la acera.

Ahora no puedo parar. Veo una serie con las agujas en la mano. Me acuesto pensando en el punto. Me he comprado un cuarto ovillo para la bufanda. Pienso en qué voy a tejer cuando la termine. Echo de menos tejer durante el día. Y creo que durante la noche.

Lo peor es que no se dan cuenta de mi drama. Me piden que les teja bufandas, gorros, ponchos... Amigos, familiares... sacando tajada de un problema tan grave. ¿No es terrible?

Me siento Penélope, aunque jamás podría deshacer lo que hago... es tan bello... ¿verdad?

Juré que podría parar cuando quisiera pero... ¿qué hago si en realidad no quiero parar
Me encanta... la sensación de las agujas en las manos, el sonido de la lana al enlazarse, la belleza de los puntos bien realizados, el encanto de una vuelta bien hecha... Ahhhhhhhhh ¡¡qué sensación!! ¡¡Quiero más!!

Quiero más.......

Y ésa es mi historia.

No es una historia bonita. Es sórdida, es dantesca. Pero es la mía. No elegí esto, me eligió a mí, me abrazó en su alma llena de hebras y me hizo suya... ¿Qué ocurrirá ahora?
¿Podréis ayudarme?
¿Eh?
¡¡Soltad esos ovillos y escuchadme!!
Oh, no... Se han perdido...
¿Me pasas un par de agujas?





24 de octubre de 2014

Nubes imaginarias

Está nublado, seguro.
Pero miras a la venta y hace sol.
Sin embargo, te sientes de día nublado.
No estás triste, las cosas van bien, el futuro viene brillando y el presente es más que agradable de vivir.
Pero sientes que debería estar nublado.
Porque te apetece acurrucarte en el sofá o en la cama, en un nido de cojines, enrollada en la manta roja, mientras ves una serie y comes palomitas.
Porque te apetece hacerte una bola en la rebeca roja mientras lees el Mundodisco nuevo. 
Porque quieres que la lluvia repiquetee suavemente en los cristales mientras tú te deshaces en abrazos bajo las sábanas.
Debería estar lloviendo fuera. Pero, contra todo pronóstico, al mirar por la ventana de la oficina el Sol se alza, improbable y aún así incuestionable.

A lo mejor es que mi cuerpo sabe que estamos en otoño, aunque el clima se empeñe en ir a su bola…
¿Puede la piel sentir que le falta la lluvia, o sentir que hay un frío que no llega?
Es octubre, y tejo una bufanda incongruente, de mil colores, mientras el cielo se ríe de mí y parece decir que para usarla más me vale volverme a Francia.

Y no es que a mí me guste especialmente la lluvia, ni el frío. Pero las mangas cortas a finales de octubre son demasiado para mí.
Además, no quiero nubes blancas. En el paisaje de fuera de la ventana que está en mi cabeza el cielo está de un color gris oscuro, y en nada va a empezar a diluviar.
Un día de esos que sales corriendo de la oficina para llegar a casa directa a quedarte en calcetines.

Me encanta el otoño, y no termina de llegar. Me gustan los árboles naranjas y amarillos (aunque de esos, fuera de Francia he visto pocos). Me gusta el olor a lluvia, la tierra mojada, llevar paraguas y gabardina.
Me gustan los preparativos de navidad, igual que me encanta la navidad en sí. Y, si lo piensas, la Navidad es una extensión del otoño, ya que se celebra sólo unos días después de que se termine.
No me gusta el invierno interminable de días feos, nubes sin lluvia, frío rancio de meses y naturaleza marchita.
Me aburre la primavera histérica de lluvias impredecibles y días de falso sol en los que por ir en manga corta acabas en cama con fiebre.
Y adoro el verano.

Y ahora es otoño, señor que le da al botón del clima, y en mi cabeza caen chuzos de punta, y llevo abrigo y foulard, y EL CIELO NO SE ENTERA.

Ayer, llegando al trabajo, hacía tanto frío que el aliento salía como niebla entre los labios.
Brillaba el Sol pero no podía sentir la nariz. Me encantan los días así.
Pero fue sólo un momento. Luego volvió el calor pegajoso e inapropiado que surge cuando las sandalias están guardadas y los pies se cuecen en zapatos cerrados.

Miro al ordenador, pensando en que esta tarde quiero seguir con la bufanda un trecho más, y que luego estaré con Caballera. Me pierdo en divagaciones, y en un poco de trabajo. Es uno de esos viernes improductivos que cuando estaban la agente Colombo y la niña Arrecha solían ser divertidos y ahora son insoportablemente tediosos. Se me olvida todo y, al mirar hacia fuera vuelvo a sorprenderme con un sol absurdo en este día nublado de mi cabeza.

Y la mezcla de SPM, sueño, Luna nueva y desadaptación climatológica me hacen llegar a casa como si fuera una trinchera. Coger las agujas de punto, una lata de fanta de limón, e ignorar al sol impertinente, a las nubes impuntuales, y al vecino de enfrente que otra vez se pelea con la mujer.

Buena tarde lluviosa o soleada, según como la viváis en la cabeza ^^

2 de octubre de 2014

La niña arrecha

Pues no es justo. No señor.
No es justo que a mí hoy me digan por sorpresa que mi niña arrecha se me va para su casa un día antes de lo pensado.
Porque una se quiere currar una cosa bonita de semi despedida y de repente le adelantan las fechas y tiene que hacer cualquier vaina. Y las cosas no se hacen así. De bolas. Qué arrechera me dan cuando no tienen en cuenta lo que cualquier cambio puede hacer a las personas que se ven afectadas.

Maaarico. ¿Cómo explico yo ahora, sin preparación ninguna, quién es la niña arrecha?

Es la responsable de que en esta entrada haya palabras estrambóticas que yo no había oído en mi vida.
Es la chica de la corona de flores, responsable de un prejuicio brutal. Después de una semana pensando en quién trabajaría conmigo, me encuentro a una gafapasta con una bonita chaqueta vaquera y una corona de flores. Marica, no. Una jipiflower no.
Por suerte, no fue así. Y no volvió a traer la corona de flores.

La niña arrecha es Joy a tope, viernes absurdos haciendo el gilipollas y pasarnos fotos y vídeos de Merlín el encantador por wasap una tarde entera.

La niña arrecha se parece un poco a esa Mafalda que tanto le gusta. De hecho, cuando la conocí, llevaba el pelo igual. Le gusta la música, como a Mafalda, es idealista, como Mafalda, y dan ganas de estrujarla muy fuerte, como a Mafalda.

Es de esas personas que, tras hablar una hora con ellas, quieres que sea tu amiga para siempre. Y si tienes la suerte de conseguirlo, sientes que te ha tocado la lotería.

De la niña arrecha he aprendido mucho. He aprendido que el camburo se come, que los pollos se pueden vestir de pana, que la comida puede provocarte sin querer sexo contigo, que las arepas sifrinas están para chuparse los dedos, que de casa se sale con velo y corona y que ¡a la orden! se usa fuera del cuartel.
Quienes dicen que el español se habla en América latina no ha intentado descifrar a un latino hablando, ni ha visto la cara de póker que a uno de ellos se le queda cuando te escuchan decir "descogorciado".

Le regalé por su cumpleaños dos Mafalda y un libro para aprender expresiones españolas escrito por una rusa. Todo esto en una empresa con nombre en sánscrito, de la mano de una andaluza para una venezolana. Valiente crisol surrealista.

De la niña arrecha he obtenido una visión de Venezuela que duele. Duele porque al oírla hablar se siente el dolor que le provoca, por la injusticia, la impotencia y la rabia. Y he aprendido que no te puedes fiar de nadie cuando de cierta información internacional se trata, más de quien lleva ese país en la piel y la memoria.
Me he hecho la idea (probablemente irreal, como todo lo que uno imagina) de una Venezuela preciosa, llena de gente maravillosa que ha tenido mala suerte con un Gobierno al que no supo predecir (como a muchos nos ha pasado), pero insegura y cara.

Sé que la niña arrecha echa de menos orientarse por el Ávila. Y escuchar a su papá y su hermano tocar el cuatro y a su hermana cantar mientras ella se une riéndose de sí misma y queriendo tener también un instrumento. Sé que extraña bailar en su academia. Que le faltan los aguacates del tamaño de berenjenas y el mar que en Caracas está sólo a un tunel de distancia.

En ella he encontrado, por primera vez, a una persona cuyo amor por la escritura y la lectura igualan al mío. Que sabe que un escritor necesita salir a inspirarse, y ver series, y jugar a videojuegos y procrastinar como un demonio. Una persona que lee y lee y lee, y que las frases bonitas que le gustan para una posible historia las apunta en el móvil para que no se le olviden. Una maravilla.

Y es tan difícil... Si pensamos en las probabilidades de que una persona tan maravillosa, tan compatible contigo, atraviese medio mundo y llegue a la silla de al lado, da escalofríos.

A la niña arrecha la burocracia le tendió una trampa, y se tiene que ir a casa hasta que consiga liberarse, que será pronto. Lo sé. Pero de pronto ella y la Agente Colombo me han dejado huérfana en la silla. Y la Agente volverá en una semana, pero la niña estará un poco más de tiempo al otro lado de la pantalla. Cerca, por supuesto, pero no en la silla de al lado.

¿Y con quién voy a chocar yo ahora la mano tras poner un tic en rojo en la lista interminable, para luego frotarme la palma porque casi me luxa la muñeca? ¿Y con quién voy a intercambiar una mirada con las cejas para arriba ante una gilipollez evidente? ¿Y quién me va a decir que me relaje? Ay... ¡¡Vuelve pronto o me voy a ir a tu casa y te voy a dar un coñazo, marica!!

Y ya acabo (sepan que a un venezolano eso le suena malsonante) porque si no esto va a ser un TFM de esos que se hacen con un estrés de cojones. Y no es plan, ¿verdad?

Te voy a echar de menos, negrita, aunque estés cerca en muchos sentidos. Esta es mi forma de darte un hasta pronto y un abrazo muy enorme. Te quiero, pollo de pana. Y cuando llegue el día B nos lo vamos a pasar como enanas, para que extrañes lo menos posible lo que inevitablemente vas a extrañar.

(Querida niña arrecha, perdón por las mil patadas al venezolano que probablemente haya dado en este post. La intención es lo que cuenta. Te quiero muchillones, te voy a echar de menos y no te pienso perder de vista, que me tienes que enseñar el sofá nuevo. Vas a volver, lo sabes, y si no lo sabes pregúntaselo al universo.)


1 de octubre de 2014

¿Ya es uno de octubre?

Han pasado casi quince días desde la última vez que abrí el baúl. (Lo de ayer se puede decir que apenas cuenta.)
Me da mucha pena, y no poco cargo de conciencia, venir aquí y encontrarlo cubierto de polvo, atestado de todo lo que en estas semanas se ha acumulado y no ha encontrado hueco por dónde salir.
Porque os aseguro que si algo no me ha faltado en este tiempo han sido inspiración y ganas de contar cosas. Iba hilando entradas en la cabeza, que luego al llegar a casa no tenía tiempo, o concentración, para sentarme a escribir. He llegado a la conclusión de que necesito una tablet para ir escribiendo en las dos horas y pico de transporte público que tengo a diario. Sería la mejor forma de publicarlo todo.

Pero claro. Por un lado, la fábrica de ideas está a tope, con mil cosas que hacer, mil necesidades que deben ser cubiertas ayer como tarde, mucho que aprender, mucho que definir… Lo maravilloso de ser parte de un proyecto que comienza es que lo ves crecer y lo alimentas como a un hijo, pero eso tiene un coste en tiempo y esfuerzo considerable.
Aún así, las cosas dan frutos. Por primera vez tengo un contrato de verdad, haciendo trabajo de verdad y con un sueldo de verdad. Estreno jornada completa por primera vez desde que volví de Niort. De nuevo esa franja entre las ocho y las diez se ocupa en la cocina, haciendo comida de mañana y cena de hoy, intentando no comer pasta cada día, procurando que haya de todo a la semana, carne, pescado, fruta, arroz… Y echando de menos la compañía de Fleur, Veramente y C. haciéndose su propia comida a mi alrededor.

Luego, la vuelta a la vida scout. Que una no se acordaba ya de lo que eso era.
He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me he planteado lo diferente que es ser scout cuando eres niño, o adolescente, de serlo como responsable. Las gratificaciones e ilusiones son distintas, y también lo es el sacrificio.
Salir del trabajo cansada y tener una reunión, dos, tres. Guardarte para ti los lunes por salud mental. Pasar un fin de semana hablando de escultismo y viviendo emociones que te dejan temblando, a la vez que revives otras antiguas que te dan escalofríos de los feos.
Preparar las tardes de los próximos sábados, las horas de los campamentos, planeando lo que sabes que nunca se cumplirá en detalle, creando lo que aquellos a los que intentarás transmitir valores, ideas, emociones… convertirán en cosas diferentes e inesperadas.
Ser monitora scout roba al reloj horas que ni siquiera sabías que estaban ahí hasta que las echas en falta. Supone tener un ojo en la agenda y el otro en el calendario, mientras te inventas un ojo extra que poner en tu vida para que no se convierta en una extensión de tu tiempo scout.

Y no hay que perder de vista las cosas importantes que no son obligaciones pero son imprescindibles: Los amigos (echar la tarde con la Niña Arrecha, C. descubriendo Madrid con los ojos como platos, una conversación con Tralarí…), el chico del sombrero (tanto, tantísimo, en tan poco tiempo…), la familia (a ellos los tengo lejos, pero el wasap acerca lo inimaginable). Y yo misma. El lujo de pasar una hora tirada en el sofá viendo Isabel y aplazando todas las decisiones que habrán de tomarse más tarde.

Y entre eso, y la dificultad que entraña septiembre… no estamos para muchos trotes.
Y es que septiembre es un mes complicado. Y más este año. Normalmente ya es mes de rehacerse, de empezar cosas, de cerrar unas etapas y estrenar otras, de crear, de aguantar una nostalgia añeja que huele a lluvias secas y hojas caídas.
Este año, además, septiembre traía aniversarios difíciles de digerir y poco agradecidos de celebrar: El aniversario de un dos de septiembre en que la realidad saltó en pedazos, el de un 15 de septiembre en el que fabricarse de cero en un lugar diferente, el de un 29 de septiembre en el que el mayor cambio surgió… Y todos han pasado, con una sonrisa y un abrazo, siendo recordados pero no conmemorados, pues ninguna falta hacía.

Y aquí estamos, a uno de octubre, estrenando mes, época, vida. Porque parece que desde hace un año y pico mi vida cambia radicalmente a cada paso que voy. A mejor, casi siempre, mientras yo la observo con los ojos muy abiertos y procuro no perder detalle y adaptarme con alegría a cada giro.
El uno de noviembre llega el siguiente gran cambio, un salto que llevo mucho queriendo dar, y que también necesitará de cuidados y trabajo previos para ser lo perfecto que puede llegar a ser.

Sonrío. De un tiempo a esta parte, ya lo sabéis muchos, sonrío más a menudo. Y aunque últimamente el estrés a rato intente llevarse a la sonrisa secuestrada, siempre hay formas de rescatarla o impedir el rapto. De aceptar que lo que viene, conviene, y que si no es así, cambiará. ¿O me ves seguir vistiendo piel azul? No, llegó la piel roja sin esperarlo nadie, cuando fue el momento.

Respiro. Hondo y muy fuerte, hasta sentir el aire muy dentro. Porque sé que todo seguirá saliendo bien.

Pocas veces me he venido aquí tan introspectiva y tan clara con la vida rutinaria buhoneril, pero hoy surge, y la máxima de este blog es que lo que del baúl sale al baúl se sube.

Procuraré estar más presente, porque me gusta tener este rincón al día, y me siguen quedando muchas cosas que contar.


Buenas tardes, caminantes.