27 de mayo de 2014

La primera vez que voto

El pasado domingo, con la juerga de las elecciones europeas, voté por primera vez en mi vida.

No, no acabo de cumplir 18 años, de hecho éstas han sido las quintas elecciones que vivo desde mi mayoría de edad.

No, tampoco me he abstenido de manera "revolucionaria" hasta ahora.

Mis primeras elecciones con derecho a voto fueron las europeas de 2009. No voté porque estaba de exámenes y pasaba de bajar a Cádiz desde Madrid, o liarme con el voto por correo, en medio de los finales.

Las siguientes fueron las municipales. Y lo cierto es que ahí fue pasotismo puro. No vivo en la ciudad en la que estoy empadronada, ni tengo intención de volver a vivir allí, y no conozco ni a sus políticos ni los programas que llevaban, así que ni me lo planteé.

Y luego llegaron las generales de 2011.

Esas elecciones me pillaron en París de Erasmus, pero estaba decidida a votar. Me bajé toda la documentación, me enteré de dónde estaba la embajada española en París...
Y resulta que dos semanas antes de cerrarse el plazo para ir a votar, cambió totalmente el método de voto desde el extranjero. Fuimos a la embajada, nos informaron del cambio, nos dijeron de muy malas maneras que esa gestión se hacía en el consulado (bastante lejos de París, y no digamos de mi barrio) y no allí, y nos mandaron a hacer puñetas.
Ya no nos daba tiempo a ir al consulado antes del fin del plazo, así que nos quedamos sin votar. Bueno, nosotros y la inmensa mayoría de los que residíamos fuera de España en aquel momento, salvo quienes fueron al consulado con tiempo suficiente. Un hecho que no se comentó en los medios, a pesar de que supuso muuuuchos votos menos por una decisión de última hora tomada por el ministerio del Interior.

Esa jugada tan sucia me cabreó tanto que cuando en marzo fueron las andaluzas mandé a la mierda a Interior y a su puñetera madre. Pasaba de que me trolearan otra vez y me mandasen a la embajada andaluza en Francia, que lo mismo estaba en Rennes o algo. Que se fueran a la mierda.

Así que entre pitos y flauta casi me dan los 24 sin haber entrado en una cabina electoral. Que, la verdad, cada vez parece que tenga menos utilidad ejercer el voto, pero a mí me hacía ilusión hacerlo al menos una vez.

Cuando supe de las europeas, me planteé qué hacer. Había varias opciones, que han sido amplísimamente difundidas en las redes sociales:


-Pasar del tema. "Son todos unos hijos de puta", "son todos iguales", "yo no voto más en mi vida", "votar no sirve para nada"... etc. El descontento general de la mayoría de la población vuelto en contra del sistema, y de las lagunas de esta democracia nuestra con tan poca credibilidad. Opción especialmente virulenta entre quienes votaron al PP en 2011 sin ser peperos y se sintieron traicionados.

-Practicar la "abstención activa". Esto lo han defendido a ultranza bastantes personas que conozco, y debo decir que a mí me parece una gilipollez. Si no crees en el sistema y no quieres votar, estupendo. Pero estás en la categoría uno. Por ir a manifestaciones no estás ejerciendo la abstención activa, porque estamos en un sistema en el que las cosas se resuelven por las urnas, o por leyes, y ambas pasan por la democracia sin importar lo maltrecha que ésta esté. Simplemente te estás yendo de manifa un día de elecciones para sentirte guay y combativo.

-Votar a los mayoritarios. La avalancha de propaganda electoral que ha llegado a los buzones y ha llenado de banderolas las calles lo pedía a gritos. Valenciano, Cañete, y en menor medida IU, pedían que siguiéramos confiando en ellos. Una pena que no entiendan eso de que la confianza cuesta una vida ganarla y un segundo perderla. Igual les iría mejor.

-Votar a un minoritario. Yo estaba en su día muy en contra de esta opción, bajo la premisa de "¿para qué les voy a votar, si aunque les vote y ganen no tienen infraestructura para gobernar?". Pero con los años he decidido que la idea de votar a los minoritarios no es que ganen, sino dar pluralidad al parlamento, dificultar las mayorías absolutas dictatoriales, y poner trabas al bipartidismo. Aún así, tampoco es que los minoritarios den mucha más confianza que los otros. Al fin y al cabo los políticos son reflejo de la sociedad, y la sociedad que parió a Rajoy es la misma que ha parido a Pablo Iglesias. No conviene olvidarlo.

-Votar en blanco. Votas. Tu voto cuenta. Pero es pa nadie. Pos vale.

-Votar nulo. Votas. Sales en las estadísticas de participación. Tu voto no cuenta porque la papeleta es chunga. No vale de mucho, pero si te lo curras igual tu voto se vuelve viral en las redes sociales y todo el mundo se echa una risas viéndolo.

Decidí votar a un minoritario. Elegí a quién por una razón bastante simple: Su propaganda electoral, en vez de petar los buzones, la repartían como flyers a la 1 de la mañana por el centro de Madrid. Eran flyers súper currados, invitándote a "la fiesta de la democracia" y me hicieron mucha gracia. Así que les voté.

Y fueron las elecciones. Entré en el cole acompañada por mi madre, tuve que consultar tres veces las listas para enterarme de en qué mesa tenía que votar, me metí en el probador ese lleno de papeles, y llevé el voto a la mesa.
Muy democrático todo.

Y ya está. El PP ha perdido 8 escaños y se ha fumado un puro a su salud por ser los más votados. El PSOE ha perdido 9 y se replantea su cabecera. Podemos ha dado el pelotazo, y yo no me fío un pelo, porque a Pablo Iglesias lo conozco de la Complutense y me parece un megalómano peligroso. Y de su programa no me gusta casi nada, así que no creo que traiga la opción salvadora que muchos están adjudicándole. Ni muchísimo menos.
Y otros minoritarios han florecido como setas.

Me alegro, la verdad, de cómo ha ido aquí la cosa. Aunque sé que la ley electoral española, con sus circunscripciones y su ley de Hont va a dificultar enormemente repetir esta variedad política en las generales. Es muestra de que al menos parte de la población acusa el desgaste. La mitad, más o menos, que son los que han ido a votar. El resto ha pasado de votar, o ha practicado "abstención activa". Me temo que no hay gráficas de cuántos hacen cada cosa.
Eso sí, todos ellos se quejarán a voces de los resultados aunque no hayan querido participar porque "No sirve para nada".
Están en su derecho, por supuesto, pero no deja de ser irónico.

Por otra parte, yo me he puesto a darle vueltas, y dado que el parlamento es europeo, tal vez sería más justo que se presentaran candidaturas internacionales, y que si un grupo de políticos de Francia, República Checa, Austria y Andorra forman un partido que me mola, yo les pueda votar. Creo que así podría aumentar la participación entre los que están asqueados de los políticos patrios. Aunque claro, también tiene su peligro, porque ¿cuántos españoles votarían a un partido europeo encabezado por la ultraderecha de Le Pen? Seguro que muchos... Quizás es mejor entonar el Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy...

Así que hale, a disfrutar de lo votado, o de lo pasado, o de lo activamente abstenido. Y a no perder de vista que en el país de aquí al lado el partido de más ultraderecha que se pueda uno echar a la cara ha tenido el 25% del voto francés. Y que en general, el Parlamento Europeo es más que conservador. Cuidaito.



Voto europeas









25 de mayo de 2014

Esto no puede seguir así

Señoras. Señores.
Esto no puede seguir así.
No hay derecho.
No lo hay.

Una se deja las pestañas escribiendo post divertidos, interesantes, instructivos, totalmente absurdos, personales, literarios...
Una se molesta en aprender HTML para dejar el blog mono.
Una se complica en entender los widgets, en hacer un Twitter para el blog, un Facebook para el blog.
En promocionar los feeties.
Una incluso piensa pseudónimos para sus amigos (algunos, como el de Melazzura, llevaron horas de reflexión) y un nombre genérico para los hipotéticos lectores.
Y aquí no comenta nadie.

No me malinterpreten. Hago todas esas cosas porque me gusta, porque me encanta mi Baúl y quiero que esté bonito, y lleno de cosas chulas, y con cachivaches modernos que lo hagan atractivo.
De hecho, si sólo me leyese yo, seguiría tuneándolo para que fuera un blog guay, y no me importaría que nadie más lo viese.

Pero es que no es el caso.

Ustedes me leen. Lo sé.
Lo sé porque blogger me dice que tengo muchas visitas diarias. Muchas, muchas.
Lo sé porque le dan a me gusta en Facebook.
Lo sé porque de pronto me encuentro enlaces a mi blog en sitios insospechados.
Lo sé porque de pronto alguien que jamás imaginé que me leyera me aconseja que presente el Baúl a un concurso (gracias Marta^^).

Pero aquí no comenta ni Peter la Anguila.

Que en su día me dije, "venga vale, lo entiendo, les da yuyu el cuadrito de comentarios. Seguro que ahora que tienen Facebook y Twitter para rajar, se lanzan. Porque en mi perfil personal siempre dicen algo".

¡¡Pero no!! Ustedes me dicen que les molan las entradas, o le dan a me gusta, ¡¡o hasta tienen debates sobre los zapatos de tacón y su incomidad!!... en mi perfil personal. Ni siquiera en el de La Buhonera, en el otro.
¿Por qué? No lo sé.
Las únicas que se han lanzado a los feeties en la página del blog en Facebook son Melazzura y Quetzal. Pero nunca hay comentarios.

Que no es que yo sea una megalómana, ni una narcisista tan enorme que necesite que le aplaudan en los cuadraditos blancos para sentirse importante.
En absoluto.
Pero me da rabia ver que la gente lee el Baúl, que le gusta, lo comparte... y deja pasar la oportunidad de dejar aquí su huellita. Porque los blogs crecen, aprenden, se alimentan, se enriquecen... con los comentarios que quienes por aquí pasan dejan. Y se pueden tener debates muy muy chulos.
Sin embargo, sólo me comenta de vez en cuando gente cagándose en mí porque no me gusta El Principito. Tiene tela.

Encima este silencio es súper tramposo, porque una escribe pensando erróneamente que nadie mira, como quien se desnuda con la persiana abierta creyendo que el vecino de enfrente está de viaje, y de pronto ve fotos suyas en pelotas por todo Internet. Pues igual. Yo suelto mis paridas, o mis nocturnos reflexivos, creyendo que como nadie me comenta no me están leyendo, y resulta que hay unas filtraciones que te cagas. Y te enteras a los tres meses de que tu exnovio te bicheaba el blog y sabía más de tu vida que tus padres.
Pues no hay derecho, no señor. Si son ustedes voyeurs, por lo menos díganme "te leo Buhonera... y qué guapa estás en braguitas literarias cuando te crees que nadie mira". Y me siento escuchada (y avergonzada).

Además, luego presento el blog a concursos, y uno de los requisitos es que exista una comunidad de seguidores. Y yo no sé cómo explicar a los jueces que el Baúl tiene una comunidad de seguidores... que sigue el carromato en silencio.
Son seguidores tímidos.

Y no, no me digan que no existe esa comunidad, porque sé que me leen. Y sé muchas cosas sobre ustedes. Me las chiva Google. Más concretamente, Google Analytics, que es el nuevo Gran Hermano.
Una herramienta diabólica inventada por el buscador que mutó en acaparador digital y que usan casi todas las webs del mundo, sin contárselo a su público.

Google Analytics me dice desde qué ciudades entran en el blog, me dice a qué horas lo visitan, me dice qué páginas han leído, me dice a través de dónde llegan, me cuenta cuántos minutos y segundos han pasado leyendo, me chiva cuántas páginas ven de media en cada visita. Google Analytics me cuenta desde qué móviles y tablets entran en el Baúl, me informa de qué compañías telefónicas utilizan para visitarme, y desde cuándo me leen.

Si Google Analytics no me dice qué desayunan ustedes por las mañanas, es simple y llanamente porque no me ha dado por preguntarle. Seguro que si se lo consulto, podré escribir un post al día sobre los desayunos de mis seguidores.

(¿A que ahora se sienten súper vigilados? Pues piensen que esa información la tienen todas las webs y blogs que ustedes visitan. No una bloguera como yo, a la que esos datos le dan exactamente igual más allá de la curiosidad que provoca saber que alguien en Alicante ha gastado dos horas de su tiempo leyéndote. No. Las empresas. Los malos malosos. También tienen esa información. Y no existe forma de evitarlo sin dejar de usar internet. Muajajajajaja.
Bienvenidos a la conspiranoia digital. Tomen asiento.)

No se confundan. Yo voy a seguir escribiendo, porque en el fondo escribo para mí y punto, aunque me haga mucha ilusión darme cuenta de que a mucha gente le gusta lo que cuento.
Y seguiré presentando el Baúl a concursos porque creo que es una página que mola muchísimo y que se merece ganar premios.
Y no les voy a odiar por no comentar, ni quiero someter a nadie a la presión de "joder, si no le comento y le leo soy una mala persona". Al contrario. Con este panfleto pretendo decirles que ésta es su casa. Que son bienvenidos a entrar, sentarse en el salón, quitarse los zapatos y poner los pies sobre la mesa. A pelearse a gritos por no estar de acuerdo con lo que pienso sobre Juego de Tronos, o sobre el aborto, o sobre los franceses. A comentar en anónimo, con cuenta, o hasta con Google+.

No sean tímidos, que cuando juegan muchos siempre es más divertido.

Y sepan que yo aprecio muchísimo cada segundo que pasan leyendo estas letras, comenten o no, y que me siento muy agradecida de que alguien dedique su tiempo a empaparse de algo que yo he escrito porque me ha dado por ahí.

Y, señores jurados de eventuales concursos, yo les juro que este blog tiene una amplia comunidad de seguidores. Lo que pasa es que son tímidos.

Y si no se lo creen, yo les doy mi ID de Google Analytics, que lo van a flipar.




23 de mayo de 2014

Las flores de verdad llevan horquillas

Cuando uno se va a lo fácil, al final se le ve el plumero. Ya sea en un trabajo, o en los pequeños detalles de la vida.

Cuando fui a ver Ocho apellidos vascos, en la escena en que Clara Lago se iba quitando los abalorios del traje de gitana (y el traje en sí), me llamó la atención que la flor la llevaba enganchada en una pinza.

Poco después, vi que en muchas tiendas, con el tirón de la feria de abril y sus delegaciones en las diferentes discotecas madrileñas, se vendían lo que en mi tierra se llaman los avíos del traje de flamenca. Y todas las flores llevaban pegada una pinza o un pasador de algún tipo.

Y eso no es así, señoras y señores, eso es una falacia, una mentira, y es el camino fácil hacia un lugar complicado.

Toda andaluza que se haya vestido de gitana sabe que la flor va enganchada a la cabeza con horquillas, y que el proceso en que una se pone y se quita la flor tiene mucho intríngulis.

Primero hay que decidir qué peinado se quiere llevar, y qué lugar ocupará en él la flor: El clásico moño (o "rodete") con la flor sobre la oreja y con la cara despejada, el pelo suelto y la flor debajo de la oreja, cola alta y la flor en la coronilla, media cola... 
A continuación hay que dar con una flor que pegue con el vestido y con el estilo del peinado (a veces este paso va antes del primero). Normalmente, si la persona en cuestión es andaluza y vive con más mujeres, tendrá en su casa una caja, cajón, bolsa... en la que se acumulan flores pequeñas, grandes, de diferentes colores y tonalidades entre las de escoger.
Y les adelanto que ninguna de ellas lleva pinza ni nada que se le parezca.

A menudo la flor es del color que predomina en el vestido, aunque a veces es del tono de los detalles del traje, o a conjunto con el pañolillo, o de un color que no está en ninguna tela pero le pega. Siempre queda bien, y por lo general conjunta con la peineta, o los peinecillos, o alguno de los abalorios.
Escoger la flor cuando una se compra un traje nuevo, implica una cierta reflexión sobre el color que quiere llevar, el tamaño, el estilo... No es cualquier cosa.

(Si te prestan el vestido, normalmente te prestan todos los complementos y te ahorras muchas tonterías).

Una vez escogido el peinado y la flor, hay que unirlo todo.

Normalmente, si una se viste de gitana, primero se ducha, peina y maquilla, y anda por la casa en chándal y monísima de cara hasta que se mete en el vestido. (Que por cierto, el traje de gitana es el único vestido regional español que queda bien y favorece a la mujer en la mayoría de los casos, y que tiene la suficiente variedad como para que cada una encuentre su estilo. Eso para los que hablan de la gitana vestida de rojo con lunares negros. No es así.)

La flor es de tela flexible, con el tallo de alambre cubierto de papel crepé o tela fina. Hay
que darle forma al tallo según dónde se vaya a colocar, y a continuación se fija con horquillas.
Las horquillas son, en un peinado de flamenca, tu mejor y peor enemigo al mismo tiempo.
Las horquillas te taladran la cabeza.
Cuando eres muy pequeña, para que no se te caiga la flor mientras corres.
Cuando eres una niña mayorcita, para que no se vaya volando mientras te montas en el Canguro Loco o en el Top Gun.
Cuando eres adolescente, para que no se te vaya en las vueltas de las sevillanas, o mientras te enrollas con tu novio, o mientras tu amiga te sujeta el pelo para vomitar.
Y cuando eres mayor, porque no te las sabes poner de otra manera.
Al principio te las coloca tu madre, o tu abuela. Después aprendes a hacerlo tú.

Las horquillas se te incrustan en el cráneo, y te crean una tensión tremenda en la cabeza. Las mujeres que suelen vestirse de gitana tienen pocas arrugas porque las horquillas del peinado les mantienen la piel de la cara tensa, estirada, inamovible.
Y, cuando te las quitas, pueden pasar dos cosas: Que te vayas quitando una horquilla tras otra, sintiendo cómo la sangre te vuelve a fluir en la cabeza, o que des un tirón porque estás hasta las pelotas de la flor, y desees morir.
Si te quitas la flor a lo bruto, corres serio riesgo de quedarte calva. Además, vivirás un fenómeno desagradabilísimo: la horquilla que resbala. Cuando una horquilla se deslice en horizontal por un mechón de tu pelo, sin arrancar pero tirando, te darán escalofríos.

Cuando por fin te quites la flor, la peineta, los peinecillos y el clavel que te vendió la gitana en la caseta, y te sueltes el pelo, te sentirás una persona feliz y nueva, y te entrarán muchas ganas de hacer un anuncio de Herbal Essence en pelotas con el pelo chorreando debajo de una cascada.

Entonces dejarás la flor en la mesita de noche, con las horquillas enganchadas, para volver a ponértela al día siguiente. Y de un año para otro, guardarás la flor tal cual.
¿Por qué? Por una parte, por pereza de quitar las horquillas. Y por otra, porque es la mejor forma de que al año siguiente no te encuentres con doce flores y sin ninguna triste horquilla que llevarte a la cabeza, un día en que el chino esté cerrado.

Así que, señoras y señores, las flores de verdad, las verdaderas flores que las andaluzas se ponen en el pelo, tienen un proceso, una historia, una personalidad y un millar de horquillas. Y en ningún caso una pinza. Eso es para débiles.

Feliz feria, a los que ya la han celebrado, a los que estamos en ello, y a los que aún la están esperando.



***


(Muchas gracias a Brujita por posar para las fotos)



17 de mayo de 2014

Retrato de un joven español desempleado

Estás buscando trabajo desde hace meses.
Cada día entras en una docena de portales de empleo, y mandas tu currículum a ofertas que a menudo se repiten en varias de las webs.

Lees las condiciones de ofertas que exigen bastante cualificación, y flipas: "IMPRESCINDIBLE firmar convenio con centro de estudios", "ABSTENERSE LICENCIADOS Y GRADUADOS", "Puesto VOLUNTARIO y NO REMUNERADO". Sientes vergüenza. Y la vergüenza aumenta al ver la cantidad de gente que ha solicitado esos puestos. Recuerdas cuando tú mismo fuiste becario... Y sonríes con tristeza.

Miras el número de personas que postulan para los mismos puestos que tú. Cuando son pocos, 300, cuando son muchos, 3.000.

Cambias un poco tu currículum según a qué estés postulando: para este puesto borro mi título de manipulador de alimentos, para éste otro añado que fui campeona de trapecismo...
Rellenas los cuestionarios de la empresa.
Respondes a preguntas en español, inglés, alemán, mandarín...

Te agobias. Piensas en irte a trabajar fuera, que parece ser hoy la solución para todos los problemas.
Pero lo descartas. Ya has vivido fuera, y no te apetece repetir por el momento. No te crees el cuento de que el extranjero sea El Dorado donde los contratos son indefinidos, los sueldos altos y la vida barata. Conoces a demasiados amigos que se han ido fuera para estrellarse.
Además, quieres vivir en España, y eso no es nada malo, ni es conformismo. Es tu elección. Y la sigues.

Y haces cursos de todos los colores, y te especializas en ocho cosas diferentes, a ver si alguna te abre una puerta nueva.

Te sugieren que oposites pero, ¿opositar de qué? No te llama. Además, las oposiciones no se convocan, y cuando salen son seis o siete plazas. ¿Merece la pena tirarse dos años estudiando, salir del mercado laboral, para prepararse un examen que puede salir... o no?
Y, en cualquier caso, no quieres un trabajo que te ate de por vida, aún no. Aún quieres poder moverte, aprender...

Y en estas reflexiones se te va la noche en vela.

Al día siguiente, revisas las ofertas que solicitaste ayer.

En muchos casos, al revisar el apartado de "Mis candidaturas" han descartado tu perfil sin siquiera ponerse en contacto contigo.

De vez en cuando, te manda un mail con nuevos cuestionarios que rellenar.

A veces, te llaman por teléfono o videollamada para entrevistarte desde casa.

Y una de cada diez veces, te citan para una entrevista en persona.

Te pones tus mejores galas, cuidando mucho el qué y el cómo. Ropa formal pero con la que te sientas cómodo. Zapatos que tal vez son insoportables pero que dan buena imagen. Maquillaje discreto. Olores suaves.
Preparas mil frases que puedas decir, imaginas doce mil preguntas.

Llegas a la empresa.

Unas veces la entrevista es en grupo. Os hacen competir, os piden que hagáis un role playing, os hacen preguntas como si estuvieseis en el colegio... Deprime un poco ver al de al lado alzando el brazo con entusiasmo, cuando sabes que las respuestas importan menos que la actitud. 

Sin embargo, otras entrevistas son exclusivamente personales. Alguien de Recursos Humanos dedica una hora de su tiempo a hablar contigo. Te pregunta por tu paso por la Universidad, por tus hobbys, por tu trabajo remunerado y no remunerado, por tus prácticas, por defectos y virtudes que te ves, por tus ambiciones, por las razones que te llevan a solicitar ese puesto... Durante una hora, esa persona se interesa más por tu vida que muchos de tus amigos más íntimos. Le cuentas cosas que tal vez no has contado nunca a nadie, porque a nadie se le ocurrió preguntártelas. Te explayas. Expones por qué ese puesto es perfecto para ti. Das todo lo que tienes.

Y te vas a casa. Contento. Seguro de que esta vez sí. Confiado.

Es posible que nunca recibas respuesta.
A menudo te dicen que sí, que ellos te llamarán tanto si te escogen como si no. Pero en muchos casos es mentira. Una mentira absurda y mezquina, porque ¿para qué decir algo que no se va a hacer, y que sólo lleva a que el pobre postulante se esté comiendo las uñas hasta darse cuenta de que le han mentido?

Es posible que te llamen para decirte que no te han escogido. Rara vez ocurre, pero es posible.

A veces, te envían un mail. Un correo que por lo general es totalmente impersonal, y empieza con "Querido amigo" o "Apreciado postulante" o "Estimado candidato". No pone tu nombre, y si eres mujer no pone amiga ni candidata. El texto es exactamente el mismo para todos los excluidos, sin excepción.

Y te sientes un trozo de carne. ¿Por qué esa persona que ha pasado una hora de su tiempo interesándose por ti no dedica un segundo a incluir siquiera tu nombre a ese mail "tipo"? ¿Tanto esfuerzo supone para la empresa concederte el ser un individuo al que han rechazado, en vez de una simple dirección de correo entre las miles a las que han enviado el mismo texto?
Entiendes que, para ellos, no eres especial. Que esa persona a la que contaste por qué decidiste hacerte arquitecto no le interesaba lo más mínimo tu historia, estaba haciendo su trabajo y hace mucho que se olvidó de tu cara y tus apellidos. Pero te gustaría sentir que al menos se te reconoce como ser humano independiente, merecedor de una llamada, o al menos de un correo electrónico en que se incluya tu nombre.
Porque de hecho, si la empresa se equivoca, y manda a un excluido un mail felicitándole por su incorporación, y a ti otro excluyéndote, no tendrás forma de saberlo, ya que el correo es estándar.

Sabes que es difícil que te cojan. Sois muchos, muy preparados, los que aspiráis a lo mismo. Y la empresa se aferra a las pequeñas diferencias: Éste es hijo de uno que trabaja en Contabilidad, ése salió una vez de figurante en la tele, aquél ha vivido en China, éste tiene experiencia (tú también, pero ser becario no cuenta como experiencia aunque hayas trabajado más que un directivo).

Sin embargo, de vez en cuando ocurre el milagro. Te llaman. Te contratan.

Obtienes un trabajo.

Por supuesto, es un trabajo inferior al de tu formación.
El sueldo, si eres becario, va de los 400 a los 600€. Y, si no lo eres pero es tu primer trabajo, como máximo será de 900. Siempre brutos, por supuesto.
Te darán de alta en la Seguridad Social, pero el contrato será temporal, y sin días libres.
Tu puesto será un monumento a la precariedad laboral.

Pero estarás entusiasmado. Porque tienes trabajo. Porque no te importa cobrar poco, ya irás subiendo. Porque no te importa no librar, ya has pasado meses metido en casa. Porque te da igual que te puedan echar con mirarte mal, estás trabajando.

Y te dirán que eres un conformista que facilitas a la patronal la explotación... y estarás de acuerdo. Pero ni por un instante soñarás en rechazar ese puesto que te ha costado muchos meses, muchas entrevistas, muchos rechazos y muchas noches sin dormir.

Irás a trabajar entusiasmado. Porque has encontrado trabajo. Porque hay un desempleado menos (de ellos se enorgullece Rajoy cuando nos dice que estamos saliendo de la crisis, sin contarnos a qué precio).

Y no será para menos. Debes estar contento.

Lo triste es que para estar contento tengas que conformarte con tan poco, por culpa de una crisis que nada tiene que ver contigo, de unos políticos que deciden sin importarles tu vida, y de unas empresas que (como debe ser) miran por su propio beneficio.

Pero no pasa nada. Llegarán tiempos mejores. Las cosas se irán arreglando. Y tú podrás poco a poco desprecarizarte.

De momento tienes trabajo. Alégrate, sonríe, y tira a la basura tus "zapatos de ir a entrevistas", que espero que no necesites ningún otro en muchísimo tiempo.

Y a trabajar.

15 de mayo de 2014

15M, tres años después

15 M.
15 de mayo de 2011.

Yo estuve allí, como casi todo Madrid.
No me quedé allí porque tenía exámenes, scouts, clases...
Pero estuve allí.

De hecho, recibí los eventos de redes sociales que llamaban a la gente a sentarse en Sol, a reclamar lo que nos correspondía como electorado, a protestar en condiciones.
A pesar de ello, no fui el primer día, igual que muchos otros que hoy claman haber montado allí una tienda de campaña los primeros, cuando estaban en sus casas durmiendo lo mismito que yo estuve en la mía.
Porque no pensábamos que fuera a ser nada más que otra protesta disuelta por las buenas, o por las malas.

Pero no.
Nos enteramos esa tarde, y al día siguiente, de que aquel evento que parecía como muchos otros había desembocado en una multitudinaria sentada en la Puerta del Sol.

Y entonces fui, y fuimos muchos otros.

En aquel momento yo vivía en Lavapiés, y fui desde allí caminando con el chico del sombrero.
Para cuando llegamos a la plaza de Jacinto Benavente ya era complicado caminar, y bajar desde allí hasta la plaza consistió en quedarnos quietos y ser desplazados por la masa calle abajo.

Y lo vimos.


La Puerta del Sol atestada de gente, sembrada de pancartas.
El pescado metálico espantoso de la Renfe tapizado de dibujos, consignas, peticiones, poemas...
Decenas de lecheras de la Policía Nacional rodeando la plaza a cierta distancia, sin molestar, simplemente obervando.

El cóctel de emociones que se me atascaron en la garganta esa noche dudo que se me llegue a olvidar nunca. Asombro, ilusión, entusiasmo, alegría, euforia...

Hacía muy poco de la primavera árabe, todavía flotaba esa sensación de que había sido un cambio para mejor, de que estábamos viviendo la Revolución francesa de nuestro siglo, y casi casi nos creíamos que Sol era nuestra Tahrir (salvando las distancias evidentemente).

Y es que allí estaba todo el mundo.

Había gente joven, estudiantes, trabajadores, adultos, ancianos... Había organizada una guardería para los niños. Había militantes de partidos políticos, había personas que no habían votado en su vida. Llegué a ver un enorme grupo de personas en silla de ruedas participando en una asamblea.


Había pancartas pidiendo a la gente que recogiese, que mantuviese la plaza limpia, que procurasen no molestar a los comerciantes... 

Era una auténtica muestra real de la demografía española. Y todos querían más o menos lo mismo: Un sistema político más justo, soluciones reales para los problemas del día a día, unas elecciones más representativas...

Una serie de peticiones que parecían alcanzables. ¿Cómo iba a ignorar el Gobierno semejante demostración de descontento social concentrada en un acto tan simbólico, que además fue pacífico de principio a fin?

Parecía posible...

...hasta que se fue a la mierda.

El símbolo que fue la Puerta del Sol dejó de serlo apenas semanas después de aquel 15 de mayo. De golpe, bruscamente y sin remisión. Se pasó de especular con que podría cristalizar en un partido ciudadano para las próximas elecciones a dejar de escucharse casi por completo.

El 15M fue una llama muy brillante que se agotó en pocos días, y dejó tras de sí una sombra muy oscura, y una sensación de escalofrío, por lo menos a mí.

Se ha especulado sobre si los partidos, o incluso el gobierno, trataron de dinamitarlo porque lo consideraban una competencia real. No estoy de acuerdo en absoluto.

Creo que el 15M se fue a la mierda porque lo secuestraron.
Un movimiento que había nacido de los españoles como conjunto heterogéneo, fue reivindicado como propio por grupos con una ideología política bastante homogénea. Grupos con reivindicaciones muy distintas a las originales del 15M, que tomaron el nombre y las señas de identidad de la protesta original, y se las quedaron.

¿Cuál fue la consecuencia de este secuestro? Que si te habías identificado con el 15M original, con los días que se estuvo en Sol hablando de exigencias ciudadanas sentidas por casi la totalidad de los españoles, no podías sentir más que rechazo por el "nuevo" 15M.

No porque las ideas de esos colectivos sean malas, buenas, liberales, capitalistas, anarquistas o hijas del rock and roll, sino porque se llevaron algo que era de todos, a un terreno que sólo es suyo. Algo muy típico en España, y bastante despreciable.

Aquellos colectivos se defendieron diciendo que ellos convocaron la protesta.
No sé hasta qué punto fue así, pero desde luego es evidente que lo convocado no tuvo absolutamente nada que ver con lo que sucedió después, por lo que poco derecho de propiedad se podía exigir.

El 15M no iba de estar o no en contra de la pertenencia de España a la UE, ni de votar o no votar, ni de anticapitalismo o liberalismo, ni de "el obrero contra el amo", ni de tantas otras consignas que propugna el "15M" actual.
Se trataba de una llamada de atención sobre la situación económica y social de una España empobrecida (que hoy lo está aún más), y de pedir recortes racionales (a las pensiones de los políticos en vez de a las de los jubilados, por ejemplo) y medidas políticas inteligentes (supresión o reforma del Senado, listas abiertas en las elecciones...). Por eso aglutinó a tantísimas personas, porque era tan fácil sentirse identificado...

Hoy resulta imposible. Y es ahí donde con toda claridad se ve que algo falló en un momento crucial.

Por eso me revienta que me lleguen al Facebook eventos, publicaciones, artículos... glorificando el 15M y hablando de "una revolución que continúa", cuando esa "revolución" murió antes de llegar a nacer, en la misma Puerta del Sol.

Por eso yo no celebro el 15M, sino que lo considero día de luto, por lo que podría haber sido si en vez de ser secuestrado por un partido político (formal o no, es lo mismo, un colectivo con ideas que son sólo de sus miembros y que dicen querer ayudar a todos sin preguntar a esos todos qué ayuda quieren de ellos) como tantas otras veces ha pasado en este país.
Por la tristeza que produce, no sólo que se quedaran con él, sino que los demás no luchásemos para que no lo hicieran. Que se permitiese con pasividad e indiferencia, soltando comentarios del tipo "ya sabía yo que esto del 15M en el fondo eran cuatro antisistemas y el resto estaba de fiesta", en vez de ver la oportunidad que se nos escapaba ante los ojos.

Tal vez un partido político del 15M nunca hubiera ganado unas elecciones.
Tal vez un partido del 15M habría acabado tan corrompido como los demás.
Tal vez ni siquiera hubiera sido posible cristalizar un partido político de aquella movilización.
Tal vez sin esos "secuestradores" la protesta se habría diluido sin más, sin nadie que reivindicase el nombre.
Nunca lo sabremos. Nunca podremos saberlo.

Hoy de nuevo es 15 de mayo, y en la Puerta del Sol hay guiris oyendo tocar a unos mariachis. Y a lo mejor alguno se acuerda de que, hace tres años, en esa plaza sucedió la llamada "#SpanishRevolution", que quedó en agua de borrajas.

Hoy de nuevo es 15 de mayo, y habrá quienes se alegren de mantener viva una protesta que en realidad han inventado y manipulado.

Hoy de nuevo es 15 de mayo y yo me siento triste e indignada, tres años después.
Porque el Gobierno cambió, y lo que no podía ser peor, fue.
Porque las tiendas de campaña se desmontaron.
Porque ni una sola petición se tuvo en cuenta.
Porque gobiernan los de siempre, y no parece que vaya a cambiar.
Porque las protestas cada vez son más un juego de "a ver quién tira la piedra/pelota de goma primero" en las que lo que menos importa son los motivos.
Porque me da mucha pena este país.
Porque, tres años después, parece que aquello fue un sueño.

Porque el 15M murió, y sin saberlo nos dejó huérfanos de un futuro que podría haber sido.


15M

14 de mayo de 2014

La playa que no existía

Era tan hermosa la playa que no existía...

Tan fina su arena, tan limpia su agua, tan tibio su Sol.
Era en verdad una playa hermosa.

Sus pies hollaron la orilla blanda, dejando un rastro fácil de seguir, un caminito de pies invisibles.

Se sentó con las piernas cruzadas, suspiró, y una sonrisa le separó los labios con dulzura.
Todo era perfecto en aquel instante robado
en aquella playa inventada
tan hermosa...


Deslizó los dedos entre la espuma de las olas que intentaban romperle encima. El agua estaba muy fría, como siempre le había gustado.

Y la hermosa playa se llenó de gente,
de recuerdos,
de personas,
de visitas,
de amigos,
de fantasmas,
de quienes pedían ayuda.

Un ir y venir incesante pero pausado, como las corrientes que, en aquel mar donde no siempre se adentraba, podían llevarle lejos.

Al amanecer, el Sol escalaba montañas para dejar caer la luz sobre el agua con el cansancio de quien ha caminado más de lo que su cuerpo aguanta.
Pero poco a poco el rielar tomaba fuerza, hasta ser un espejo casi metálico en las horas de más calor.
Sin embargo, durante la puesta de Sol, las olas se volvían violetas, naranjas, rosadas... mientras dejaban a la estrella sumergirse para descansar unas horas. Para ocultarse de esa Luna casi llena que llegaba para quedarse una noche más.

Se volvía tan fría la arena durante las horas de Luna... tan blanca...
Seguro que el polvo que cubre los planetas más lejanos es así de fría y de blanca.
Al pisarla, los pies sentían cada helado grano deslizarse entre los dedos, con un escalofrío placentero.
El mar se volvía tinta con estelas blancas, y las estrellas parecían a punto de derramarse sobre el mundo, como una cascada de diamantes tallados en punta.

Y había un silencio íntimo, en una playa en la que ni siquiera el día más caluroso conocía un ruido estridente.
Pero la noche era silencio. Silencio de brisa, de mar rompiente, de grillos silenciosos.

Era tan mágica la noche en la playa que no existía...

Dejarse caer, dejarse dormir, cerrar los ojos. Sentirlo todo.

Y notar con claridad el paso del tiempo que no llega, y que a la vez parece dominarlo todo. Como si la arena de la mismísima playa se derramase, mucho más abajo y más al fondo, en un reloj de arena interminable.

Arena que se derrama y raíces que se clavan en las entrañas de la tierra.
Sol y Luna.
Flor y pluma.

Qué bella era la playa que no existía... qué perfecta.

Oculta en una cala del Alma de quien paseaba, esperaba al momento en que las visitas llegasen.

Pero... ¿qué ocurría en ella cuando nadie la recorría?
¿Acaso dormía, comía y moraba la otra compañera que siempre esperaba allí?
¿O estaba vacía por completo, abandonada a una naturaleza salvaje?
¿Existía acaso, la playa que no existía, cuando nadie la miraba?
¿Una ola que rompe sin que nadie la escuche hace ruido?

Qué más da...

Al cerrar los ojos, al buscarla, allí estaba, y era lo único importante.

Qué hermosa era, qué hermosa es, la playa que no existía.


13 de mayo de 2014

Celia en la Revolución, un cuento sobre la Guerra Civil

Celia en la revolución pdf
Contaba hace unos días que por fin había encontrado el libro "Celia en la Revolución" en pdf. Una rareza bibliográfica en la que la heroína infantil de los españoles de principios de siglo se veía metida de cabeza en la Guerra Civil.

Me lo terminé en menos de una semana, y me dejó un pellizco amargo en el pecho, y la sensación de haber aprendido una lección importante.

Esta novela cuenta, en trescientas páginas, una historia muy sencilla: Celia, una chica que al comienzo del libro tiene casi quince años, de familia bien, que se crió en la calle Serrano, que siempre ha tenido servicio... ve de pronto cómo se produce un golpe militar mientras ella está pasando unos días en casa de su abuelo, en Segovia.

Celia no sabe lo que es un falangista. Celia no sabe quién es Franco. Celia sabe que de pronto su abuelo da armas a los campesinos que viven cerca de él, y que esa misma noche se lo llevan, y cuentan que lo han fusilado mientras gritaba "¡Viva la libertad!".

Y comienza un periplo angustioso. Celia huye de Segovia, tomada por los golpistas, en dirección a Madrid, donde está su padre. Le acompañan sus dos hermanas pequeñas (Teresina y María Fuencisla) y Valeriana, que servía en casa del abuelo y les sigue fielmente. El único niño de la familia, Cuchifritín, estudia en un internado en Londres y es totalmente ajeno a la guerra.

Durante los tres años del conflicto Celia vive temporalmente en Madrid, Valencia, Albacete, Barcelona, Valencia de nuevo, Madrid otra vez, y ya hacia el final se marcha a Francia, casi, casi como preámbulo de "Celia institutriz en América".

Y a través de esa historia, de ese viaje angustioso, he visto yo una guerra civil que nadie me había contado nunca, que no he visto en muchos libros de historia, y que probablemente beba de la experiencia de la misma Elena Fortún.

He leído un Madrid muerto de hambre, que al principio devoró la harina, poco después la carne, convirtió los jardines en huertos, echó a la cazuela perros, gatos, palomas... y ya hacia el final suplicaba por cazar una rata bien gorda.
Un Madrid en el que a partir de un momento dado se dejó de aceptar dinero, y se cambiaban en las calles productos por comida, bajo el miedo de que la moneda republicana dejara de ser válida, y bajo la necesidad.
Un Madrid sobre el que llovió pan envuelto en banderas con el águila negra, prometiendo a los asediados pan y comida bajo Franco.

He leído a unos españoles envilecidos de odio. Amas de casa que se alegraban del fusilamiento de "los otros", profalangistas que se encontraban en zona republicana y rezaban por la entrada del Ejército, cocineras que delataban a sus jefes y veían como les daban el paseo tras extorsionarlos durante meses, ojos suspicaces ante las palabras "buenas tardes" en vez de "salud". 
Gente que quería la revolución social por las malas, a cualquier precio, y no la paz.
Gente que sólo quería vivir su vida, dejar de pasar hambre.
Aristócratas, militantes de derechas, que al ir acercándose el final de la guerra se quitaban la careta y escupían a republicanos que les habían ayudado, frotándose las manos ante las perspectiva de que fueran a ser ellos los fusilados en poco tiempo.

Me ha hecho mucha gracia constatar que vivimos en la hora que no es, ya que durante la novela (ambientada antes del cambio de hora del 42) los personajes siempre comen a la una del mediodía.

He leído lo ajenos que fueron muchos niños al conflicto. Las propias hermanas de Celia reían y aplaudían al escuchar llegar los aviones cargados de bombas, disfrutando con el sonido que hacía temblar la tierra.
He aprendido sobre los niños que fueron sacados de España sin conocimiento, en muchos casos, de sus padres. Cómo los llevaron a Valencia, a Alicante, a Barcelona, a Francia, a América, a Rusia... en un exilio interminable (con la pobre Celia detrás de los autocares).

Con cierta vergüenza ajena, he visto a Celia preocuparse por un gatito callejero cuando en
Celia en la Revolución
la calle morían personas a centenares. La he visto ir a arreglarse el pelo a su salón de belleza de la Gran Vía mientras en su casa ella y Guadalupe (a ratos amiga y a ratos criada, a menudo ambas) llevaban sin comer tres días.  La he visto ir de compras por Barcelona, buscando cuellos para vestidos, guantes y bufandas una hora después de que bombardeasen las calles.
Y con ternura la he visto enamorarse en el peor momento posible.

Esas contradicciones, de niña bien que vive la guerra comiendo poco cuando había hambre, y comiendo mucho cuando estaba en una ciudad abastecida, la hacían más creíble. Porque en el fondo, una adolescente de dieciséis años vive en su mundo aunque la realidad entera se está cayendo a pedazos. Y probablemente, justo cuando el mundo no puede ser más espantoso, refugiarse en la cotidianidad inesperada de comprarse ropa puede hacer que todo sea un poco menos duro.

Todo contado con una sutileza exquisita, y con un vocabulario precioso. Curiosamente, he encontrado palabras que yo creía exclusivamente andaluzas (como "morisqueta") y que resulta que vienen de un castellano más antiguo que a nosotros se nos ha quedado.
La manera en que Elena Fortún pone voz a los personajes, refleja la forma de hablar de la gente de campo, de los jóvenes de Madrid, de los milicianos... es magistral. Con muy poco logra muchísimo, y el retrato que dibuja está muy claro.

Y el libro termina con una Celia angustiada, que ha pasado tres años creyendo a pies juntillas que la República se alzaría victoriosa, porque era lo que la radio y su padre decían, y de pronto se ve obligada a emigrar sin saber exactamente adónde... ni por qué.

Y a mí se me quedó un pellizco en el corazón.

Yo no viví la guerra.
Mis padres no vivieron la guerra.
De mis abuelos, los maternos no habían nacido, y los paternos eran niños durante la guerra.

En mi familia son ya tres las generaciones que han pasado desde aquel conflicto. Todo lo que sabemos sobre ella lo sabemos por testimonios cada vez más lejanos, por las clases de historia, y por la propaganda política de unos y otros.

No es raro escuchar acusaciones sobre esa guerra nuestra. No reproches a la dictadura que impidió a muchos enterrar debidamente a sus muertos, y juzgar a los asesinos (el régimen franquista llevó a cabo multitud de procesos judiciales contra republicanos). No. Ni tampoco a los militares, milicianos, brigadistas, regulares, legionarios, combatientes y civiles que asesinaron, robaron, violaron, humillaron y causaron todo el daño posible al "enemigo". No. Acusaciones personales, viscerales, "tu abuelo mató a mi abuelo", "por culpa de fachas hijos de puta como tú murió Lorca", "otra guerra tendría que venir para que los rojos de mierda aprendierais". Ataques personales por parte de personas que no vivieron el conflicto, hacia otras personas que tampoco lo vivieron.

Se utiliza con alegría la palabra "fascista", sin tener en cuenta todo lo que implica llamar a alguien semejante cosa.


Celia en la Revolución pdf
Nos refocilamos en "las dos Españas" cuando hace mucho tiempo que aquella guerra terminó. Bien, mal, beneficiando a un bando, seguida por muchos años de gobierno dictatorial. Sí. Pero terminó. Y empeñarnos en remover la hiel no sólo perpetúa el odio, sino que hace imposible mirar hacia delante.

A mí nadie me había contado nunca la guerra de forma tan humana como lo ha hecho Elena Fortún, que estuvo allí, que era republicana, y feminista, y de clase alta,y católica... y que sin embargo retrata las miserias de todos los que por allí pasaron.
A mí me han contado una serie de estrategias bélicas, o bien una peli de buenos y malos demasiado parecida al cine para ser real.

Yo no viví la guerra.
Mis padres no vivieron la guerra.
Mis abuelos vivieron escasamente la guerra, los que la vivieron.

¿Por qué tenemos que seguir, entonces, deformando esa historia? ¿Por qué seguir haciendo películas, escribiendo libros, cada vez más y más alejados de cualquier cosa que ocurriera de verdad?

¿No nos saldría mejor aprender la lección con humildad, dejar de deformar el pasado y mirar hacia delante?

Tal vez así podríamos salvar algo como país, como Estado, como nación, como pueblo, me da igual la palabra que cada cual prefiera escoger.

Y evitar que en un futuro no demasiado lejano, "Celia en la revolución" sea, en vez de un testimonio pasado, una premonición que busquemos perpetrar.


Celia en la Revolución Elena Fortún

9 de mayo de 2014

Un resfriado insoportable, minuto a minuto

Lunes 5 de mayo, 12h

Chico del sombrero: Pufff creo que me han pegado el catarro del siglo en el Viñarock...Argh...
Buhonera: Qué quejica eres... es un resfriado.

La Buhonera pasa el lunes y el marte cuidando al enfermo, que como todos los tíos está seguro de que morirá de ese catarro y ve su vida pasar ante sus ojos mientras amontona pañuelos usados en la papelera.

Miércoles 7 de mayo

Buhonera: Me encuentro regular...

Primero fue la nariz atascada, y una cierta sensación de pesadez en la cabeza.

Para las cinco de la tarde ya había evolucionado a escalofríos, tos y lo que en mi casa se llama "tener el cuerpo cortado" en proporciones alucinantes.

Buhonera (por teléfono, con la voz tomada por asalto por un escuadrón viscoso): ¡¡Maldito, me has pegado el resfriadoooooo!! No voy al Viña pero me como el catarro del festival... No hay derechoooooo.

Me sueno. Me sueno. Me sueno. Me sueno.
Toso. Toso. Toso. Toso.
Siento los ojos calientes, y una prensa hidráulica pegándome el cerebro contra la base del cráneo.
Toso. Toso. Toso. Toso.
Me pongo a ver la primera temporada de Homeland. Me acuerdo del post de Molinos desde el minuto 1. No creo que llegue a la segunda temporada.
Me sueno. Me sueno. Me sueno. Me sueno.
Veo otro capítulo.

Estornudo. Estornudo. Estornudo. Estornudo.
Me acuerdo de DB, que se metía conmigo porque no sé estornudar y mis estornudos parecen maullidos.
Estornudo.
Estornudo. Estornudo.
Me sueno. Me sueno. Me sueno. Me sueno. Me sueno.

Me llama mi madre, con la compasión de una madre, para preguntarme cómo estoy, decirme qué me tengo que tomar... Mi madre mola.
Luego se pone Brujita y me dice que eso me pasa por estar en Madrid, y no allí con ellas. Tengo una hermana malvada y cruel... Pero yo le quiero igual.

Toso. Toso. Toso.
Me sueno. Me sueno. Me sueno.
La barbacoa de mis ojos debe estar ya a punto para unas chuletillas.

Me drojo.
Se me viene a la cabeza la frase de mi abuelo paterno, médico y sabio, que siempre dice que "Un resfriado dura, con tratamiento, siete días, y sin tratamiento una semana".
No me siento mejor con el tratamiento, pero no me atrevo a no tomármelo por si me siento aún peor.

Estornudo. Estornudo. Estornudo.
La prensa hace que me salga masa encefálica por las orejas... o debería, dada la presión.

Me tengo que poner a preparar la ensalada de pasta, que hemos quedado Melazzura y yo a comer el jueves en el Retiro.
Paso, la hago mañana antes de salir.
El chico del sombrero me dice que no debería ir si estoy así.
Qué tontería, mañana estaré mejor.

Toso. Toso. Toso. Toso.
Me sueno. Me sueno. Me sueeeeeno.

Me acuesto. Doy vueltas en la cama.
Caigo en un sueño comatoso y viscoso.

5AM
Me despierto a medias, y el sueño se me queda encasquillado en una escena que mezcla Plantas contra Zombis 2 con el sadomasoquismo. Algo está muy mal en mi subconsciente.
No soy capaz de moverme ni de salir de la escena que se repite en bucle infinito, llenándome la cabeza de Lanzaguisantes vestidos de cuero negro con pinchos.

Consigo romper el círculo.

Mi cabeza está llena de plomo con la textura del algodón. Me duele la garganta.

No puedo dormir.

Me tengo que en levantar en seis horas, no estoy en condiciones de quedar con nadie, así que escribo a Melazzura y me disculpo infinitamente por no poder quedar con ella. Espero no despertarla.
Resulta que ya le ha despertado uno de sus gatos, y me responde al momento que no pasa nada. Cómo le quiero ahora mismo.

Estornudo.

Me duele la garganta de respirar por la boca mientras duermo.

Voy a la cocina a por algo caliente.
La leche probablemente estará caducadísima (deberían hacer minibricks de leche para quienes la usamos sólo para cocinar).
La única opción es una manzanilla.
No me gusta la manzanilla, tengo en casa porque cuando me sienta muy mal algo me alivia el estómago, y porque después de un día de lentillas revoltosas me calma los ojos.
Pero odio beberla.

Toso. Toso. Toso. Toso. Toso. Toso. Toso.

Vale. Una manzanilla.

Caliento el agua, y mientras espero me sueno e intento no darme contra la encimera de sueño.

Me bebo la manzanilla a sorbos. Está caliente. Me alivia. Está asquerosa, aún con el azúcar.

Termino la infusión, tiro la bolsita en la papelera de mi cuarto y me bebo dos tazas de agua.

Me desmayo en la cama otra vez.

Tengo una pesadilla absolutamente espantosa sobre un niño psicópata, clavadito al rubio a l que le daba clases de español en París, que me persigue por una mansión intentando torturarme, y pidiéndome que torture a sus amiguitos si no quiero cobrar yo.


Jueves 8 de mayo


Abro los ojos. Por fin he escapado del niño demoníaco.

Emito un sonido a medias entre un quejido y un estornudo.

Y yo que llamaba quejica al chico del sombrero...

Bueno, Buhonera, tú no te quejas a no ser que alguien te pregunte. Llevas tu agonía en silencio. Con tal de que no hagas un post sobre el tema, no pasa nada...

Es lo que tiene ponerse mala con tan poca frecuencia, que cuando pega, pega fuerte...

...bueno, eso y que los virus de Villarobledo son mutantes o algo, criados en la mierda de los festivaleros, fermentados en los pulmones llenos de humo de cannabis, y fortalecidos en la humedad de los dobletechos de las tiendas de campaña.

Toso. Toso. Toso.

Como algo para poder tomarme las pastillas.

Estornudo. Estornudo. Me sueno. Me sueno más. Estornudo.

Mi habitación huele a persona enferma. Abro la persiana y la cortina de par en par, que ventile.
Hago la cama y me cambio el pijama por la ropa de estar por casa.
Esto último es una idiotez y una manía, dado que no voy a poner un pie en la calle, pero me da igual. Yo no estoy en casa en pijama, y mucho menos cocino o como en pijama.
Y odio tener la cama deshecha.

Toso. Toso. Toso. Toso. Toso.

Tengo frío. Me pongo la rebeca.
Mucho frío, me pongo los calcetines.

Veo un capítulo de Homeland.
Veo otro capítulo de Homeland.
Veo otro capítulo de Homeland.
Llego a la conclusión de que los personajes de esta serie o me caen mal o me aburren.
Después llego a la conclusión de que Nicholas Brody es el antimorbo hecho carne. Descubro que existe un tipo de tío capaz de ponerme menos que los rubios, que los bajitos, e incluso que los rubios bajitos: Los pelirrojos. Y este panocho que encima va de tipo duro me da mazo de repelús.
Veo otro capítulo de Homeland.
No sé por qué sigo viendo capítulos de Homeland.

Tengo calor. Me quito la rebeca.
Tengo calor. Me remango los pantalones

El chico del sombrero (que por supuesto ya está totalmente curado) viene a verme, y a comer conmigo.
Le doy tanta lástima que termina haciéndome la comida. Arroz con carne, receta de mi abuela Goli.
Uno de esos guisos densos, calentitos, caldosos, tan de abuela, que para mí figuran en la enciclopedia como definición de "comida nutritiva" y que son lo mejor que hay en el mundo en invierno o cuando uno está enfermo.

Friego los platos.

Toso. Toso. Toso. Toso.
Me sueno. Me sueno. Me sueno. Me sueno.

El chico del sombrero se va a clase de inglés, y antes me pregunta cómo estoy.
Me encojo de hombros. Honestamente no puedo decir que me sienta mejor ni peor. Desde el miércoles por la noche la sensación es un constante malestar estático.
Yupi.

Estornudo. Estornudo. Estornudo.
Le han debido echar más carbón a la parrilla postocular y aquello está on fire.

Vegeto en el sofá.
Yo el viernes había quedado en ir a ver a la Agente Colombo por la mañana, pero siendo realistas creo que no es una buena idea.
Le escribo para decirle que no podré ir.

Recuerdo que también he quedado, por la tarde, con Soldado Joe. Digo yo que a eso si llego.

Tengo frío. Me pongo la rebeca.

Me tiro en la cama.
Veo un capítulo de Homeland.

Me llama el chico del sombrero, no tenía que ir hoy a inglés.

Veo un capítulo de Homeland.
La rubia está como un cencerro y la morena es un pan sin sal, como el amante.
El panocho me cae mumal.

Tengo calor. Me quito la rebeca.

Veo un capítulo de Homeland.

Toso. Toso. Toso.
Estornudo.
Una de mis compañeras de piso se ríe de mi estornudo. No me extraña, es ridículo.
Estornudo. Estornudo. Estornudo. Estornudo.

Veo el capítulo de esta semana de Modern Family. Los subtítulos están descuadrados.
Da igual.
Me encantan Cam y Mitchel.

Veo un capítulo de Homeland.

Me decido a escribir en el blog una crónica de este despropósito, aunque sea por desahogar un poco mi malestar.

Claudico y escribo a Soldado Joe diciéndole que no voy a poder ir al teatro.
Para una semana en que la gente podía quedar...

Estornudo. Estornudo. Estornudo.
Toso.

Me acurruco en mi nido compuesto por tres mantas, siete cojines y Mysha, la tigresa blanca de peluche.

Me sueno.

Me llama mi padre para preguntarme cómo estoy, y me recomienda medicinas nuevas para abatir al virus invasor.
Esto de los padres médicos tiene sus ventajas.

Me sueno.
Toso.
Me acurruco más.

Lo más gracioso es que este fin de semana yo tengo tour completo con cenas, comidas, cumpleaños y parque de atracciones incluido, así que abuelo... espero de todo corazón que te equivoques.

Os dejo, que tengo un capítulo de Homeland a medias.