28 de abril de 2014

Una carta cada día

Una carta cada día.
Durante siete meses, en estos cuadernos he escrito una carta cada día.
La primera de todas ellas, en el cuaderno de París que me regaló DM, es del once de septiembre de 2013. La última de todas ellas, en el cuaderno negro que compré en el Carrefour de El Puerto, es del cinco de abril de 2014.
La historia del cuaderno verde ya la conté aquí.

Una carta cada noche.
Decenas de cartas escritas en El Puerto. Muchas escritas de viaje: en Brujas, Quimper, Mont Saint-Michel, Rennes, Burdeos, Caen. Al menos un centenar escrito en Niort, en mi habitación sin escritorio, en la mesa de formica verde o en el sofá que se me quería tragar. Un buen puñado desgranado en Madrid, en la habitación llena de velas.

Una carta cada noche.
Algunos días estaba demasiado cansada y un par de veces se me olvidó, o me acordé ya metida en la cama, entre sueños. Pero siempre escribía doble al día siguiente. De hecho, algunas veces escribía una carta muy breve, disculpándome por no poder contar mi día aduciendo cansancio, y te contaba lo que fuese al levantarme.
Sólo una vez no escribí deliberadamente, cabreada, decidiendo regalar silencio a cambio del silencio recibido: El 11 de diciembre.

Una carta cada día.
Muchas escritas sin testigos, sola en una habitación, o en la calle.
Otras, bajo los ojos de quienes no entendían, de quienes pensaban que se trataba de un diario, o de un relato de tantos.
Muy pocas observadas por quienes sabían de verdad lo que estaba haciendo.

Una carta cada día.
Relatando lo ocurrido de la mañana a la noche, como si de un diario se tratase. Contando por escrito lo que no podía explicar por teléfono, o en ratitos compartidos.
Explicando mis pensamientos, mis emociones, mis deseos, mis preocupaciones…
Describiendo las personas que me rodeaban.

Una carta cada día.
Algunas, teñidas de tristeza, con gruesas marcas de lágrimas que han corrido la tinta y traspasado varias páginas.
Algunas, con párrafos subidos de tono.
Algunas que chorrean miel de puro empalagoso.
Algunas comedidas, sutiles.
Algunas llenas de dudas, a veces sobre cuál sería tu reacción de saber de los cuadernos. ¿Horror? ¿Risa? ¿Ternura? ¿Agobio?
Algunas llenas de certeza, atestiguando el cambio que se ha fraguado en lo más hondo de mí.
En todas, paulatinamente, se va notando un cambio de dirección, un paso de la dependencia al desapego, de la desesperación a la fortaleza.
En una de ellas llegó la serenidad de saber que sin ti sería feliz, que la posibilidad de seguir cada uno su camino era tan buena como la otra. Qué liberador es ese sentimiento.

Tantos días, tantos momentos, tantas palabras…

Durante siete meses, te escribí una carta cada día, con la esperanza de que un día pudieras leerlas todas, de que volviera a poder contarte mi día a día mientras transcurriera, y no en un diferido de papel.

Segura de que el día en que todo se zanjase, en la dirección que fuese, escribiría una última carta y guardaría para siempre los cuadernos o te los haría llegar, según lo que pasase.

Y ese día llegó.

Una carta cada día.
Tres cuadernos de vivencias que por fin he podido darte para que hagas con ellos lo que quieras. Leerlos, guardarlos, tirarlos…
Son tus cartas.
Las cartas que no quise echar al buzón.
Las cartas que recogieron mis vivencias.
Las cartas que suplieron los diarios que siempre me he negado a tener.
Las cartas que me permitieron continuar compartiendo contigo mi rutina desde la peor de las distancias imaginables.

Todas ellas encabezadas con la fecha, todas ellas firmadas.
Todas ellas escritas pensando que eras tú el destinatario. Ni una sola al azar, ni a la costumbre. Son todas para ti, son todas tuyas.

Durante siete meses, he dedicado un rato de mi día a contarte mi presente, hoy pasado, y a imaginar mi futuro, hoy presente

Ahora son tuyas, ahora no es necesario que vuelva a escribir ninguna más. Considera ésta la última de todas ellas.

Una carta cada día.
Una carta cada noche.
Dibujando el mundo en que vivía para que pudieras visualizarlo cuando te decidieras a abrir la puerta del camarote y respirar hondo el aire nuevo.

Tienes correo, aunque no lo esperases.
Sí, tú.
Hay un puñado de cartas que te llevan esperando mucho tiempo. Una por cada día. Una por cada noche. Todas ellas a tu nombre. Todas ellas con mi firma.



26 de abril de 2014

Reflexiones en zapatos de tacón

No soy una de esas mujeres que flipan con los zapatos. De hecho, durante muchos años, he tenido únicamente tres pares de zapatos que renovaba cuando se deshacían.
Recientemente mi colección de prendas para los pies ha aumentado, primero porque mi padre me ha regalado varios pares muy buenos que no se me han roto, y segundo porque las necesidades sociales hacen que tenga más.

A día de hoy tengo zapatillas (igual que las Converse pero sin sellito, porque son del Carrefour y costaron 6 euros), sandalias planas y con cuñas, zapatos de deporte, botas, botas de montaña (unas maravillosas Chiruca), botines, unos espartos blancos y unas pisacacas rojas.

Y unos tacones.

No soy, tampoco, una mujer a la que le gusten los tacones. Con ese tipo de zapatos me pasa un poco como con el alcohol: en su día no me esforcé en acostumbrarme a lo malo que tenían, para integrarme usándolos, y cuando se me pasó la edad decidí que era una idiotez.
Así que cuando llevo tacones ando como una niña de 13 años que se los pone por primera vez en su vida.

Hay varias razones por las que no los he llevado: En primer lugar, soy alta, bastante alta para ser mujer, y además terminé de crecer cuando los demás aún andaban decidiendo si daban o no el estirón. Por lo tanto si con quince años llevaba tacones tenía que agacharme para saber de qué hablaban los demás por ahí abajo.
En segundo lugar, tengo un pie grande, y hasta hace muy pocos años encontrar en una zapatería de España calzado femenino del 41 ya era jodido, como para encima pedir tacones o algo especial.

Tampoco tuve la influencia social que supone la pareja en estos casos. Conozco a muchas chicas avergonzadas de que su novio sea de su misma altura porque "si me pongo tacones parezco su madre". Quieren un novio alto para llevar zapatos con alza y ser casi tan altas como él. Porque además, muchos chicos se sienten incómodos si su novia los supera en altura, con o sin tacón.
Como yo no tuve pareja hasta los diecisiete años, y cuando la tuve fue una cosa muy raruna que no invitaba a arreglarse, tampoco me adiestraron por ahí.
En cualquier caso, yo en mi interior pensaba que en mi ciudad de origen no había casi ningún chico que superase mi 1,76, y que llegado el momento lo de llevar tacón iba a estar complicado.

Además de todo esto, tengo un esguince crónico en el tobillo izquierdo, por lo que los tacones de aguja quedan automáticamente descartados, y los otros con una advertencia en amarillo. Llevando tacón es mucho más fácil que se te tuerza el pie, y además caes desde más alto y la torcedura es más pronunciada.
Esto también supone que cuando ando con tacones parece que fuera a pisar una mina antipersona, porque camino despaciiiito y pisando con mucho cuidado. Y cada vez que el pie hace un giro raro, hago "hhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh" (véase ese sonido consistente en cerrar fuerte los dientes, abrir los labios al máximo y aspirar mucho aire. Eso es, como estás haciendo ahora).

Pero aparte de todo esto, lo cierto es que no le veo el encanto a los tacones, igual que no se lo veo al tanga. ¿Por qué? Pues porque, para mí, las funciones de la ropa son: protegerte de las inclemencias del tiempo, hacerte sentir cómodo, y hacerte sentir atractivo. Y ni los tacones ni el tanga cumplen las dos primeras, y la tercera... la cumple porque nos han educado para verlo así. Porque un hilo tapando la raja del culo a mí jamás me ha parecido sexy, y unos dedos de los pies enroscados para entrar en la punta del tacón, mientras se ve la tensión en el tobillo no me parece una imagen bonita. 

Por lo que cuentan, hay tacones cómodos. Mi respuesta siempre es preguntar si ese zapato sería cómodo si se lo pusiera mi hermana Brujita, que tiene doce años y jamás ha llevado tacones. Si la respuesta es "No, se tiene que acostumbrar", es que ese zapato no es cómodo. Lo llegará a ser cuando su cuerpo se acostumbre a andar de puntillas, cargar más peso en los dedos de los pies, los lumbares y los gemelos, a caminar sobre una superficie estrecha e inestable, y a corregir el bamboleo de los tobillos al andar sobre algo tan fino. Pero a priori, no son cómodos. Igual que un tanga la primera vez que te lo pones no es cómodo ni de coña.
Cómodas son unas zapatillas de andar por casa, y unas bragas que tienes hace siglos y se saben la forma de tu culo de memoria. Pero ninguna de esas prendas es sexy ni la puedes llevar a la calle.
(Sobre el tanga ya habló Molinos largo y tendido aquí).

Desgraciadamente, llega un momento en tu vida adulta en que te tienes que calzar un zapato de tacón.
En mi caso, si es verano, tiro siempre de sandalias o espartos de cuña (zapato de feria por excelencia), porque la base es ancha y no siento que el tobillo me vaya a dar una pirueta con tirabuzón. Es verdad que se siguen estrujando los dedos de los pies, pero voy más segura.
Si es invierno, o me toca una situación formal en la que una sandalia no es apropiada, tengo unos tacones "cómodos". Es decir, durante la primera hora sólo me molestan un poco y temo por mi tobillo, y a partir de la hora y un minuto ando como Tommy de los Rugrats y quiero quitármelos sea como sea. El uso prolongado ha conllevado consecuencias tan maravillosas como que me apareciese una ampolla debajo de la uña del dedo gordo del pie (algo que ni siquiera sabía que podía suceder) y que eso me haya supuesto perder media uña.
Cada vez que me los pongo me acuerdo de Jen, en The IT Crowd, en el episodio de los tacones rojos (es sólo un fragmento, atención sobre todo a los segundos finales).

Los motivos parejiles también terminaron por afectarme. Cuando empecé a salir con el chico del sombrero, que me saca fácilmente dos cabezas, empecé a ponerme zapato alto para salir con él de vez en cuando, no sé por qué. Supongo que porque llevamos las convenciones sociales más dentro de lo que parece. Lo más absurdo de ir con zapato alto yendo con él es que, como no está acostumbrado, tiende a besarme en la barbilla y necesita recalibrar la distancia que nos separa.

El caso es que a veces toca sufrir. Y es muy injusto, y me parece una de esas pequeñas cosas sexistas que a menudo no registramos: Que una mujer con tacón siga siendo paradigma de lo sexy, lo sofisticado, lo elegante... es sexista, porque se trata de un zapato que objetivamente es malo para la salud del pie, y porque a los hombres no se les impone un zapato equiparable.
El tacón no permite correr (no, no lo permite, lo que hacéis cuando lleváis tacones y perdéis el bus no es correr, es el ridículo), no permite saltar, no permite andar sin entrenamiento... Y sólo lo llevamos las mujeres (y mira que se inventó, allá por la Francia renacentista, para los hombres).
Pues me cabrea. Y me gustaría poder ir plana sin que se considere que voy mal arreglada, o que "con unos taconcitos ya estarías perfecta".

Reivindico la comodidad de mis pies, y la integridad de mis uñas pediculares. Muerte a los tacones.



***

Acabada la disertación zapatera, aprovecho para contaros que C. ha puesto en marcha (sin querer) una iniciativa por la foto de los propios pies, el feetie o piestureo. Su proclama es la siguiente: 
"Hola, yonkis del postureo.
La cara está sobrevalorada y pasada de moda. El new meta son los pies: han llegado los "feeties" (fotopies, en español); y cuanto más absurdo, rocambolesco (vaya palabra guapa), gracioso o feo sea mejor. Sean bienvenidos a la era de los pies"

Si os animáis a sumaros al movimiento piestureo, podéis dejar vuestras fotos de pies (con tacones, descalzos, en calcetines, con las proverbiales zapatillas...) en la página de Facebook del baúl.




24 de abril de 2014

Juego de tronos, o cómo cargarse una buena historia

Juego de Tronos
[AVISO: Este post, aunque empiece tranquilito, lleva una gran cantidad de bilis contra la serie Juego de Tronos. Si eres un fanático de la serie que no ha leído los libros, es posible que te cabrees. Estás en tu derecho, así como estás en tu derecho de discrepar en los comentarios. Yo lo advierto para que no te salga una úlcera. Ah, también hablo del argumento de la saga.]

Leo mucho. Muchísimo, desde hace muchos años. Me encanta leer, y uno de mis géneros preferidos es la literatura fantástica. He devorado tanto best sellers del ramo como libros prácticamente desconocidos que sin embargo llevaban a mundos increíbles.

A lo largo del tiempo he visto muchas películas basadas en novelas. Tanto de literatura histórica o policíaca, como fantástica. De hecho, la literatura fantástica es de las más adaptadas, ya que da mucho pie a la espectacularidad.

Mis amigos me tienen por una persona tremendamente exigente (pejiguera, que decimos en mi tierra) en cuanto a las adaptaciones de libros a películas, pero eso no es del todo exacto. Entiendo que literatura y cine son medios diferentes, con lenguajes, recursos y públicos muy distintos, y no espero de las películas la riqueza de detalles de los libros. Si la producción respeta el espíritu de la obra escrita, me doy por satisfecha.

Me parece que ver una película basada en un libro sin leerte ese libro es no enterarte de la historia en la mayoría de los casos (salvo adaptaciones libérrimas como "Intocable" o "Memorias de África", en la que libro y peli cuentan historias diferentes), y por lo general prefiero leer el libro antes de ver la peli.

Por supuesto, muchííííísimas películas actuales están basadas en libros relativamente poco conocidos (véase "El lobo de Wall Street"), y yo ni siquiera sé que existe un libro al respecto. Es algo que me llama la atención, la falta de imaginación de los cineastas que se tiran a por historias ya contadas en vez de darle un poco a la cabeza y crear las suyas. Es un poco triste, en mi opinión.

Pero bueno, en los casos de literatura fantástica o de libros relativamente conocidos, prefiero ir siempre antes a por el libro.

Mi primera gran decepción, y una de las principales razones por las que se me tiene por una petarda en este tema fue Harry Potter. Devoré los libros de Rowling, me convertí en una fanática de la saga una década antes de que existiera esa idiotez hipster de ser Potterhead. Estuve en foros, y especulé sobre lo que pasaría en los siguientes libros, comiéndome con patatas esperas de años.
Y salió la primera peli y fui a verla al cine entusiasmada. Y no me disgustó.
Y salió la segunda y fui al cine otra vez. Y no me disgustó, pero ya veía lagunas.
Y salió la tercera, la de mi libro favorito... Y se me desencajó la cara del horror. Y me negué a ver ninguna más.
En esa tercera película juré odio eterno a Emma Watson, que convirtió el sensato, complejo y pelín repelente personaje de Hermione en una niñata idiota con la frase "¿¿Así se me ve el pelo por detrás??" algo que Hermione JAMÁS hubiera dicho, ni siquiera pensado, en un momento tan grave. Algo mucho más propio de Pansy Parkinson.
Ahí ya se estaba yendo el espíritu de uno de los personajes principales a hacer puñetas.
Lo mismo fue ocurriendo poco a poco con otros personajes. De la cuarta película vi fragmentos, y me enfureció comprobar la escasa importancia que se daba a Sirius Black, alguien vital para Harry en los libros. ¿¿¿Quién lloraría en la muerte de Sirius en la peli como lloré yo leyéndola, si apenas se le da tiempo de metraje???
La historia estaba, para mí, totalmente desvirtuada. No porque se saltasen detalles más o menos curiosos (eso es comprensible) sino porque el sentido filosófico de la historia, los matices de los personajes, y los detalles complejos se sacrificaban en pro de una película espectacular y para toda la familia. Basura.
Vi las dos últimas pelis, correspondientes al séptimo libro, y algo se redimieron, no me disgustaron del todo. Tal vez porque me negué en rotundo a ver la quinta y la sexta, y estaba relajada al respecto.
Aún así, esas ocho películas supusieron para mí un calvario ya no sólo por ver lo que Rowling había permitido que hicieran con su obra sólo por dinero, sino porque toda una generación se considera fanática de Harry Potter sin haber leído un sólo libro. Y, perdónenme, pero si tú no sabes qué es la PEDDO, no eres un fanático de Potter. Serás aficionado o serás otras cosas. Pero fanático ni de coña.

Bien. Tras Harry aprendí a desconfiar de las adaptaciones de fantasía. Y eso, teniendo en cuenta que viví en mis carnes un boom tremendo de películas basadas en libros de este tipo, fue duro.
Las de Narnia me dejaron indiferente porque los libros no me gustaron mucho, y los cambios de las películas consistieron en rebajar un poco el machismo y la moralina de C.S. Lewis, así que hasta lo agradecí.
Eragon fue un despropósito, pero tampoco me indignó demasiado, había aprendido a no tener muchas esperanzas.
Las de Tolkien me sorprendieron. Me gustaron. Las tres de El Señor de los Anillos respetan, en mi opinión, mucho del espíritu de los libros, aunque haya cosas que chirríen como la caricaturización de Gimli o el papel crucial de Arwen que en las novelas casi ni sale. Pero no sé, hay un tratamiento más cuidadoso, se nota que están hechas por un fanático de las novelas que ha intentado cuidar los detalles y crear un universo, y no lo de Potter, que fue una franquicia al mejor postor.
En El Hobbit, sin embargo, se están columpiando más. El propio hijo de Tolkien considera que Peter Jackson ha eviscerado la obra de su padre, y lo puedo entender. De un cuento para niños protagonizado por un hobbit bastante cobarde con mucha suerte se ha pasado a una trilogía épica con romances entre enanos y elfos, con un prota súper ingenioso, valiente, decidido y cojonudo. Pos no. No es lo que debería ser. Pero, una vez más, el ambiente, el espíritu, te cautiva, y casi que te dejas llevar.
Otras, como "Los Juegos del Hambre" me parecieron perfectas. Las menos.

Paralelamente a esto vi otras adaptaciones no fantásticas, y llegué a encontrar el único caso de película que creo que supera al libro: "El Perfume". La forma en que las imágenes evocan los olores es muchísimo más intensa de lo que consiguen las palabras.

Y entonces llegó Juego de Tronos.

Para quien no lo sepa, esta serie de la HBO está basada en las novelas de la saga "Canción de Hielo y Fuego", de Geroge R R Martin. La primera de esas novelas, Juego de Tronos, salió en 1996, hace ya un rato. Está previsto que sean en total siete libros, de los que se han publicado cinco por el momento.
Yo me leí los tres primeros (los únicos que existían entonces) en el instituto, prestados por la misma compañera que me dejó todas las novelas de Narnia. Y ya en la carrera salió el cuarto libro de la saga. El último antes de empezar la abominación de la serie.

Supe de la serie por un conocido de los scouts, que me dijo "Tengo que hablar con tu novio de una serie que va a salir y le va a encantar, Juego de Tronos se llama".
Me quedé a cuadros, porque no tenía ni idea de que se estuviera pensando en una producción audiovisual sobre los libros de Martin. Y me alegré muchísimo. Una serie da más de sí que una peli, podrían explayarse y no cagarla.

Ja.

Salió la primera temporada. Bueno. Correcto. Buenos actores, buena ambientación. Los niños demasiado mayores (luego me enteré que era por las escenas en las que tienen que salir), pero más o menos.
Salió la segunda. Me cabreé. Mucho.
Salió la tercera. Me enfurecí.

Juego de Tronos es el mayor insulto a la saga de libros de Canción de Hielo y Fuego que se pueda imaginar. Si una banda de maníacos robasen todos los originales de los libros y los quemasen en una pira mientras bailan alrededor con los genitales al aire y orinando en las llamas, me parecería menos insultante y menos abominable que la serie de la HBO.

Y mira que lo tenían fácil.

Tenían unas novelas con un nivel de descripción demente, totalmente cinematográfico.
Tenían unos actores cojonudos.
Tenían a un autor que ha escrito guiones de cine.
Tenían diez capítulos por temporada.
Pero no.

Son tantas las aberraciones que no sé por cuál empezar.

La primera, que me jodió infinitamente, es la homosexualidad de Loras. Ser Loras Tyrell en el libro es EL caballero. Es el San Jorge de Poniente. Es un tío que gana todos los torneos, que es guapo, listo, encantador, noble... Y se sugiere repetidas veces que es homosexual y está liado con Renly.
¿Cómo lo conocemos en la serie? Depilando a Renly y comiéndole el rabo, que es lo que hacen todos los gays del mundo a todas horas como bien sabemos. Depilación y felación, es su lema. Vomitivo.
No gana un solo torneo, es un inseguro con cara de marica mala, no se le ve la nobleza por ninguna parte, y antes de ser cualquier otra cosa, es gay. Ah, y de su amor por Renly, que en el libro sin afirmarse se intuye de manera preciosa y muy pura, ni gota. Ellos se depilaban y tenían sexo, que es lo que hacen los maricas. Porque los gays no se enamoran.
Porque para la moral puritana estadounidense, un gay que no sea una loca no es gay. Y un caballero que gana torneos no puede ser gay. Además de la tergiversación que supone esto del  personaje de Loras, me parece homófobo, la verdad.

Tan homófobo como el tratamiento de Renly, que pasa de ser en los libros un tío ocurrente, ingenioso, valiente, y echao palante, a ser un inseguro con conflictos internos, cobarde y pusilánime en la serie.
Una vez más, parece que los gays no pueden ser valientes ni caballerosos ni nada que no sean maricas. Qué asco de, verdad.

Otro personaje totalmente tergiversado es Joffrey. En las novelas, es un pequeño hijo de puta que apunta maneras, y que está amparado en Cersei, su madre, que sí que es una zorra de mucho cuidado.
En la serie, Joffrey es un psicópata sádico que está totalmente desequilibrado, y Cersei es una madre doliente que a veces es un poco traviesilla.
NO.
Joffrey es un chaval, un adolescente, o un niño, que será un sádico hijo de puta (bueno, no, porque por suerte lo matan pronto) pero que no ha llegado aún a serlo. Y Cersei es MALA muy muy muy MALA, cruel, despiadada, calculadora y cada vez más loca a medida que avanzan los libros.
En la serie, planes hijoputescos que pertenecen a Cersei se le achacan a Joffrey, con lo que el perfil de la Lannister pasa de maligno a perversilla.
No sé si esto es por machismo o por hacerse los guays los guionistas.

Porque ésa es otra. Los guionistas de la serie quieren ir de estrellitas. Quieren coger una historia que es excelente, y darle "su toque". "Ir al mismo sitio por distinto camino" como dijeron el año pasado.
Mire usted. Si le apetece crear una historia paralela en el mundo de Canción de Hielo y Fuego, hágalo. Si quiere utilizar para ello algunos personajes de los libros, me parece estupendo. Pero si va a contar la historia de Canción de Hielo y Fuego, reduzca usted su toque al mínimo, porque la historia ES LA QUE ES. Y si va a llegar al mismo sitio, haga el favor de ir por el camino que le ha marcado el colega que lleva veinte años de su vida montando este complejo universo, y deje de inventarse robos de dragones y mierdas semejantes que no sólo no vienen a cuento sino que se nota que son pegotes de estrellita.

Lo que más me jode es que con esos giros nos hacen spoiler a los lectores, que sabemos que Martin les ha contado cómo acaba la cosa. Por ejemplo: En los libros, la mujer de Robb (que no es la nieta de Chaplin ésa que viene de Volantis y no la conoce ni la madre que la parió, sino una noble de una familia menor llamada Jeyne Westerling) no muere en la Boda Roja. De hecho, en ningún momento se sabe si está embarazada o no.
Todos los lectores andábamos pendientes de si Jeyne iba a tener un Stark póstumo, de si su familia había intervenido en la traición de los Frey, y de qué iba a pasar ahí.
Y de pronto llegan los subnormales de la serie, preñan a la mujer de Robb y se la cargan de tres puñaladas. Con dos cojones. Gracias por reventarnos la intriga.

Han conseguido, también, que el personaje de Jon Nieve, del que yo andaba enamoradísima, se convierta en una ameba con cara de subnormal, sin expresividad de ningún tipo, y sin la prudencia, profundidad e inteligencia del Jon de los libros. De hecho, me alegraré muchísimo si muere, mientras que en libro lloraría amargamente.

Y lo que más me jode son las cosas que empeoran respecto a los libros sin razones de peso. Porque si me dices que omiten detalles para que se pueda contar todo, lo entiendo, pero cosa como convertir a Asha Greyjoy, que es una tía inteligente, divertida, pasional... En el calamar crudo de Yara Greyjoy, que dan ganas de tirarla al mar y que se ahogue desde que la ves a aparecer... no se entiende. No aporta nada a la historia, elimina un personaje cojonudo, y no tiene beneficios. Es por joder.

Otro temita es el sexo.
En los libros de Canción de Hielo y Fuego hay sexo a punta pala. Todos se acuestan con todos y tenemos sexo hetero, sexo lésbico, sexo incestuoso, sexo con menores... sexo de todos los tipos y colores, oiga, lo estamos regalando.
Algunos de esos polvos son intrascendentes, pero la mayoría tienen su importancia.

Bueno. Pues en la serie se pasan por la piedra los momentos sexuales importantes de los libros, y lo cambian por........ ¡¡El maravilloso burdel de Meñique!! Pasen y vean a las putas buenorras de Poniente practicando entre sí, metiéndose mano, masturbándose mutuamente y haciendo de todo con Meñique delante con cara de indolente.
Escenas y más escenas de sexo innecesario, y cuando llegan las escenas de sexo importantes, nada de nada, las omiten. No las tienen en cuenta. No vemos lo que de verdad pasó en la noche de bodas de Tyrion y Sansa, no vemos lo que pasó con Dany y sus doncellas, no vemos la relación de Tyrion y Shae, no vemos nada más que a las putas de Meñique dándose coba.
¿Por qué? ¿Porque el sexo lésbico inexplicablemente atrae a los varones homosexuales? ¿Es ésa la razón? ¿O porque los guionistas de la serie en realidad quieren ser directores de películas porno y no han podido?
No me molesta el sexo en la serie, ni me escandaliza, ni nada semejante. Pero me jode que pongan escenas de sexo gratuito e innecesario que roba minutos a escenas cruciales que se van a la mierda. De hecho, a escenas cruciales y sexuales que se van a la mierda.

Luego están cosas que son detalles y no tienen importancia, pero como están en el caldo de cultivo de una cagada masiva e ininterrumpida, me joden. Como la batalla del Aguasnegras, en la que en vez de ver un infierno de llamas verdes en el agua, vemos la versión ponienti de Hiroshima. Pos mu bien. Es más espectacular ver a Tyrion cantndo el patio de mi casa, pero vale.

Lo peor es que la serie me parece mala. Si no me hubiera leído los libros, no habría pasado de la primera temporada. Me parece que la historia no está bien desarrollada, que es muy fácil perderse con los personajes, que muchos personajes son planos. De hecho, la he visto siempre acompañada por el chico del sombrero, y la mitad de las veces había cosas que él no pillaba del todo, y que me pedía que le explicase. Y no es que él sea tonto, es que la serie tiene lagunas del tamaño del Pacífico.

¿Por qué la he visto hasta la cuarta temporada? Porque tiene cosas que me gustan mucho. Hay diálogos calcados de los libros, y escenas como la liberación de los esclavos de Daenerys que me parecen pequeñas obras de arte. Pero son perlas entre la mierda, y me enerva mucho más de lo que me satisface.

La cuarta temporada ya ha empezado, y esta vez sí que estoy pasando de verla. No me interesa. Como serie me parece mediocre, y como adaptación abominable, así que no tengo ninguna razón para seguir viéndola. Si me la ponen delante, igual la veo, pero es que sé que me voy a cabrear, y no me merece la pena el masoquismo.

Espero que quienes la veis sin leer los libros os los leáis. De no hacerlo, os estáis perdiendo la historia que la serie pretende contar, y no está contando.

Y espero, de todo corazón, que la cancelen muy pronto. Lo más pronto posible.


23 de abril de 2014

Retratos del carromato: Leygaz

Durante esos complicados meses en que todo parecía a punto de desaparecer de la faz de la tierra, hubo un reducido grupo de personas que consiguió mantener los pedazos unidos, y me ayudó a mantenerme entera. Unas veces con una conversación, otras con una bronca en su momento, y a menudo simplemente con largos correos que yo enviaba, y ellos leían y respondían con todo el cariño del mundo.

Ahora que la tormenta ha pasado, siento que les debo algo. Un pequeño agradecimiento por tanto. Y lo voy a intentar hacer de la mejor forma posible, en esta serie de retratos.


***


Le conocí a través de Internet. En aquel genial grupo de personas que descubrí gracias a aquel Fotolog que fue mi primer rinconcito online en el que soltar palabras.

Me fascinó cómo escribía. Al leer sus textos te imaginabas una mezcla entre un juglar y un monje escribano, con jubón y calzas, que hablaba en castellano antiguo.

Cuando, al conocerle, resultó ser un chico malagueño delgado, no muy alto y sonriente, vestido como una persona del siglo XXI, me chocó.

Su voz sorprende. De entrada no te la esperas, pero cuando te acostumbras no te lo imaginas hablando en otro tono. Es parte intrínseca de él mismo.

Le cuesta darse cuenta de hasta qué punto es increíble, y de lo mucho que merece que le quieran y le traten bien. Pero poquito a poco se va valorando, y yo asisto con alegría al cambio.

Ha sabido ver a través de mí muchas veces. A menudo dándose cuenta de cosas que yo misma no era capaz de nombrar. Ha sido el bastón de certeza absoluta en que apoyarme cuando, a veces, no era capaz de sentirme segura de nada. Sin embargo, ha sido capaz de empujarme a confiar en mi propia seguridad cuando tocaba.

Juntos nos hemos reído mucho, y hemos despotricado a más no poder sobre los hombres y lo incomprensibles que resultan en ocasiones, ya sean gays o heterosexuales.

Me redescubrió Sevilla en un fin de semana inolvidable y divertidísimo.

Es sensible, culto, amable y empático. A veces sería capaz de cortarse un brazo antes de causar dolor a un ser querido, y eso le ha hecho sufrir mucho en ocasiones.

Tres de las veces que nos vimos me regaló un libro: "Cometas en el cielo", "Azafrán" y "Los aires difíciles". Los tres dedicados con muchísimo cariño.

Se merecía la última entrada, no porque fuese el último, sino porque siempre siempre siempre siempre que le he mandado un wasap angustiada y sin saber qué hacer ha tenido la palabra que me ha llevado a la cordura. La última, en ese sentido, antes de empezar a bromear sobre chorradas.

Hemos caminado juntos sin ir por el mismo camino, y en el otro vemos el reflejo de lo mucho que se puede avanzar si de verdad se quiere.

Y nos quedan muchas palabras, y muchos abrazos, y muchos caminos nuevos.


21 de abril de 2014

El Sufribus

Entre mi casa en el sur y mi casa en Madrid hay 642 kilómetros.
Según Google Maps, se tardan seis horas y cuarto en hacer ese trayecto en coche.
En tren son cuatro horas.
Pero yo voy en autobús.

¿Por qué?
Porque es más barato. Mucho más barato. El trayecto en bus cuesta la cuarta parte que en tren, la mitad que en coche compartido, la tercera parte que en coche solo, y la octava parte que en avión.

¿Merece la pena?
No.
Ese autobús es el infierno. Llevo seis años viajando en él tres o cuatro veces al año (ida y vuelta cada vez) y lo detesto con toda mi Alma. Es el Sufribus. Es el Purgatorio en la Tierra.
Pero es tremendísimamente barato, y como estudiante del pasado y buscadora activa de empleo del presente... Es lo que toca.

El proceso entero de viajar en el Sufribus es un suplicio. Veámoslo por fases:

1.- El billete.

Lo primero es comprar el derecho a viajar. A priori no debería presentar ningún problema, se va a la web de la empresa y listo, ¿verdad?
Pues no. 
¿Por qué? Porque la empresa Sufribus SL no permite comprar billetes con descuento en su web. Si quiere usted beneficiarse de las ventajas ahorrativas del carnet joven, de ser familia numerosa o de ser dicapacitado, tiene que ir sí o sí a una estación de autobuses en la que viaje Sufribus. Es eso, o pagar el billete normal, más el suplemento de compra online.

Así que nada, a ir a la estación que está donde Cristo perdió el mechero, hacer la infaltable cola inmensa, y comprar los billetes.

Antes había un riesgo importante en la compra del viaje: Los autobuses que salían a medianoche. En el billete figuraba la fecha "nueva", es decir, que si usted se iba el viernes por la noche, en el billete ponía que su viaje era el sábado a las 00:00. Esto era algo que no todo el personal de las taquillas de Sufribus entendía, y que los viajeros no solían comprobar, por lo que habitualmente en los buses de medianoche había siempre retrasos por la gente que se sentía estafada.
Eso cambió cuando cambiaron la hora de salida de esos autobuses a las 23:59. Soluciones sencillas para problemas causados por la incompetencia. Punto para Sufribus.


2.- La estación

Una vez tiene usted el billete, llega el día del viaje y baja usted a las dársenas. Siempre las mismas, por suerte. Tiene entonces que localizar su coche, dado que a menudo varios buses hacen el mismo trayecto. El coche principal es siempre el 11. Siempre me he preguntado por qué no el 1, o el 10, o cualquier otro número aleatorio. ¿Qué tiene el once? Tal vez sea el número de millones que Sufribus se embolsa al año, o la edad del hijo de su dueño cuando se fundó la empresa, o el máximo de horas que te pueden tener ahí dentro sin que tengas derecho a denunciarles...
Nadie lo sabe, pero así es. El primer coche es el 11, luego 12, 13... Y así.


3.- El equipaje

Localizado el coche, hay que dejar las maletas: Maletero de la derecha si va usted a tal, tal o tal sitio, y de la izquierda si va a los otros. Pifostio monumental entre los viajeros novatos que no saben adónde van, no distinguen derecha e izquierda, o querían ser más listos que nadie y metieron la maleta donde no era por querer ser los primeros.
En esto los veteranos llevamos ventaja: Te pones al lado de la puerta que te toca, metes la maleta y entras en el bus antes de que el resto empiece a liarla y el chófer se ponga a dar gritos y a tirarse de los pelos (o no, porque en Sufribus abundan los conductores alopécicos).

Usted mete sus maletas. Una, treinta o doscientas veinticinco, no hay el menor control de equipajes, algo bastante llamativo teniendo en cuenta los rayos X de Atocha y los magreos aeroportuarios. Se ve que si 50 pasajeros de autobús mueren en un atentado con bomba en Despeñaperros, como es menos espectacular que un avión que se cae... da lo mismo.
Yo he llegado a ver a un chaval metido en el maletero del Sufribus, entre las maletas. Al ver mi cara de susto se llevó un dedo a los labios para que no dijese nada, y se rió. Yo flipaba, ¿quién puede querer viajar en una bodega de autobús a oscuras, muerto de calor y totalmente encerrado?
En esa ocasión, alguien se lo dijo al chófer y en la siguiente parada estaba la poli esperando. Abrieron el maletero, cogieron al polizón y se lo llevaron. Y menos mal, porque el cabrón le había puesto a un de mis maletas una etiqueta con su nombre, imagino que para intentar quedársela al llegar a Madrid. Traía su nombre y teléfono (o un presunto nombre y teléfono), y una amiga me dijo que igual quería que le llamase. Si ése era el caso, vaya forma de ligar.
Nunca le llamé, ¿qué futuro se puede esperar con alguien dispuesto a hacer que el viaje más coñazo del mundo sea aún peor? Seguro que le iba el sadomaso. Quita, quita...


4.- Inside the machine

El siguiente paso es acceder a su asiento. Cola delante del autobusero que va comprobando los billetes. Este paso puede ser relajado o tremendamente estresante. Algunos conductores pedirán el DNI, otros no. Unos solicitarán las tarjetas de los descuentos del billete, otros no. Unos le impedirán entrar con maletas de mano, otros pasarán tres kilos de usted. Pero el revisado de billetes será invariablemente interrumpido por las preguntas a voces de viajeros de ese coche o de otros que tienen miedo de acabar en Tombuctú en vez de en su destino.
Que digo yo, ¿cuál es el porcentaje de españoles analfabetos? Porque en la luna del autobús pone SIEMPRE adónde va. Y en el cartel luminoso que está en la dársena. Y en el panel luminoso del hall de de la estación. Y sin embargo los ataques de histeria de "Chofeeeeeeeer, ¿dónde va este coche?" están a la orden del día. ¿Estará maquillando el Gobierno las tasas de analfabetismo español para que no nos echen de la UE?

Una vez dentro, puede hacerse usted una idea de la calidad del viaje según varios factores:
  • Wifi sí/ Wifi no: Si el bus lleva Wifi, las cosas pueden ir mejor. Su portátil podrá ir conectado, su smartphone gastará menos batería... Eso sí, el Wifi de Sufribus falla más que una escopeta de feria, y lo habitual es que la red exista pero no deje conectarse a nadie, así que no se confíe.
  • Enchufes sí/Enchufes no: Los trayectos de Sufribus son de mínimo 5 horas, y pocos ordenadores aguantan tanto sin comer. Los buses con enchufe son raros, y los que los incorporan llevan sólo tres, situados encima del baño del coche, pero menos es nada. Un Sufribus con enchufes permite dejar el portátil cargando mientras se echa uno una siestecita para después seguir por el capítulo de la serie que estaba viendo.
  • Espacio: Hay buses de esta empresa con huecos entre los asientos estrechos, muy estrechos, y modo granja avícola intensiva (con hueco exclusivamente para poner los huevos). Y esto no tiene paliativos, si es un bus para gallinas ponedoras... Respire hondo.
  • Orden de los asientos: No todos los autobuses de Sufribus tienen los asientos distribuidos de la misma manera, por lo tanto aunque usted pidiera al taquillero un asiento en ventanilla, eso no es garantía de que lo obtenga. Según el coche, lo tendrá o no lo tendrá. Lo mejor en estos casos es llegar el primero, colocarse en la ventanilla le corresponda o no, y cuando llegue su compañero hacerse el dormido. Para cuando decida dejar de fingir estarán viajando y al vecino le dará mucha pereza hacer que usted se levante para cambiarse.


5.- El viaje

Y, unos diez minutos después de la hora prevista, comienza el viaje.

Al principio de mi experiencia con Sufribus, en los buenos tiempos, el trayecto duraba siete horas, siendo las paradas: Madrid, pueblo de Sevilla 1, pueblo de Sevilla 2, pueblo de Sevilla 3, laparadaantesquelamía y Mi parada (y después otras dos), o viceversa en los viajes de vuelta.
Pero en algún momento, un lumbrera decidió que dado que Córdoba estaba más o menos cerca de nuestro trayecto, sería mucho más barato hacer que el mismo autobús se detuviera también en Córdoba y en pueblo de Córdoba 1. ¿Consecuencias? Ahorro para la empresa (que por supuesto no se ha visto reflejado en el precio del billete) y aumento del tiempo del viaje en una hora. 8 horas ahí metida, con suerte, porque a menudo hay retrasos y es aún más tiempo.

Dada la tremenda duración del viaje, ¿es mejor viajar de día o de noche? Pues depende.
Si usted tiene facilidad para coger el sueño, yo le recomiendo viajar de noche. Eso sí, llévese un cojín para no acabar sin cervicales, y procure sentarse en un asiento sin nadie detrás para poder reclinar el respaldo al máximo. Con cojín, asiento tumbado y música suave, es posible que duerma 6 de las 8 horas. Eso sí, si no se duerme se va a morir del asco, porque la batería del portátil dura lo que dura, y no se puede leer. Con lo cual llegará a su destino echo polvo, y pasará las primeras horas de sus vacaciones durmiendo, para despertar con el jet lag del autobús nocturno.

Si viaja de día habrá mucho más ruido durante el viaje, podrá leer, ver series, charlar con el de al lado mientras se carga el ordenador... Dormir será bastante difícil, porque la tolerancia del pasajero de atrás al respaldo reclinado en un viaje diurno es mínima (o inexistente). Pero llegará a su destino despierto, y sin jet lag.


6.-La fauna autobusera

Precisamente por su precio, en el Sufribus viaja gente de todos los colores. Son especialmente comunes: los adolescentes vociferantes que creen que van solos y hablan a gritos de sus culebrones, y de sus experiencias sexuales, los ancianos pejigueras, y los niños.
Lo peor que te puede tocar, peor incluso que una manada de adolescentes disfrazados del elenco completo de Cardcaptor Sakura que van al Salón Manga, es viajar con niños. Los niños pequeños no son capaces de aguantar las ocho horas del viaje tranquilos, como es lógico. Y eso conlleva que, si son bebés, al menos una hora del trayecto la pasarán llorando. Si tienen entre 2 y 5 años, intentarán correr por el pasillo, y al no conseguirlo tendrán una rabieta, o bien directamente se pondrán a cantar a voces, o a preguntar en bucle infinito cuánto falta para llegar. Si tienen entre 5 y 10 años normalmente aguantarán el viaje en relativo silencio, aunque si viajan con hermanos, hay probabilidades del 85% de al menos una bronca, probablemente del tipo "Mamááááá, ha puesto la mano en el brazo del asiento y dijimos que era para mííííí".
Llevar a sus niños en un viaje en bus de ocho horas es una mala idea. Para usted, que acabará desquiciado, para los niños, que sentirán que el tiempo se estira hasta el infinito y se querrán morir del asco, y para los demás viajeros, que clamarán por Herodes.

Aunque el personaje del bus que más importancia tiene es su vecino, su compañero de asiento. Con él (o ella) compartirá ocho horas en un espacio de un metro por metro y medio, una cercanía bastante íntima.
Puede tocarle un compañero dicharachero, agradable y charlatán.
Puede tocarle un vecino huraño, que le mire mal, le ladre, y bufe cada vez que usted se mueva.
Puede tocarle una compañera molona como la que me tocó a mí una vez, que se descojonó al ver que estaba jugando a Pokémon en el portátil, y al explicarle que era porque no tenía cascos para ver una peli, me prestó los suyos.
Puede tocarle un baboso (o babosa) que le haga el viaje realmente insoportable.
Puede tocarle alguien con un serio problema de gases (probablemente lo peor que le puede pasar, porque además de aguantar el pestazo, medio autobús pensará que es usted y no su vecino).
Puede tocarle alguien que ronque como si no hubiera mañana y le impida dormir.
Puede tratarse de una persona con un drama en ciernes, que se pase el viaje llorando y/o hablando por teléfono de su drama, provocando una situación verdaderamente incómoda (yo fui esa compañera una vez, y sinceramente ni me acuerdo de la cara de quien iba a mi lado, pero me sufrió que no veas).
En cualquier caso, el mejor compañero es siempre el que ha perdido el bus. Un asiento vacío es una oportunidad de estirarse, dejar cosas, y de un viaje, si no feliz, al menos más cómodo.


7.-La parada (el monopolio de Paco Prior)

En los orígenes, el Sufribus hacía su parada obligatoria en una venta de carretera pasado Despeñaperros.
Pero, por la misma época en que fusionaron el trayecto gaditano y el cordobés, comenzaron a parar en diferentes establecimientos de una cadena de restauración: Paco Prior.
¿Por qué? Probablemente por beneficios comunes.

Estos establecimientos son tan similares que podrían ser fácilmente intercambiables, y no descarto que los vendan en Ikea: Estación de servicio a la izquierda, parking techado con chapa, escalera de acceso, y entrada al área de servicio. 
Una vez dentro, aseos al fondo a la derecha, comida y bebida delante, tiendecita a la derecha delante de los servicios, y muchas sillas.

La comida y bebida de estas áreas de servicio es escandalosa, vergonzosa y abominablemente cara. Sale MUCHO más rentable llevarse un bocata de casa que pagar un dineral por sándwiches envasados mustios, bocadillos de pan duro, y tapas y raciones que saben a plástico y se cobran a precio de El Bulli.

La parada sirve para estirar las piernas, vaciar la vejiga en un baño que no mida un metro cuadrado ni huela a muerto (que es el caso del que está dentro del bus), y aspirar el olor de los olivos jienenses o cordobeses durante viente minutos.

Tras el descanso, el conductor se cambia por otro (siempre me he preguntado si duermen allí cuando se les deja) y se sigue palante.


8.-La llegada

Si tiene suerte, no hay atascos, el autobús no pincha en mitad de la nada obligándole a esperar a que venga otro, y no se duerme y pasa su parada... Llegará a su destino. Cansado, agobiado, y con ganas de correr y de tirarse a dormir a partes iguales. Sufriendo, además, las que podríamos llamar Dolencias del Sufribus: Tortícolis de dejar caer el cuello al quedarse dormido, agarrotamiento del glúteo sobre el que se ha apoyado mayoritariamente durante todo el viaje (normalmente, el más alejado de su compañero), sensación de suciedad (da igual que se haya duchado antes de salir, del Sufribus se sale sintiéndose muy sucio) y dolor de cabeza.
Y jurará, poniendo a su deidad correspondiente por testigo, que el día en que cobre un sueldo digno, no volverá a coger un autobús para viajes de más de 300 kilómetros. Ni aunque le paguen.

Ya ha acabado el viaje, puede descansar... Hasta que le toque el de vuelta.

Yo volví ayer. Me chupé 9 horas y cuarto de viaje por un atasco enorme a la altura de Bailén, más el de la entrada a Madrid. Creo que aún no me he recuperado, aunque compartir el trauma siempre ayuda.

Feliz regreso a la rutina, itinerantes ^^

19 de abril de 2014

Retratos del carromato: Miss ChurriBlume

Durante esos complicados meses en que todo parecía a punto de desaparecer de la faz de la tierra, hubo un reducido grupo de personas que consiguió mantener los pedazos unidos, y me ayudó a mantenerme entera. Unas veces con una conversación, otras con una bronca en su momento, y a menudo simplemente con largos correos que yo enviaba, y ellos leían y respondían con todo el cariño del mundo.

Ahora que la tormenta ha pasado, siento que les debo algo. Un pequeño agradecimiento por tanto. Y lo voy a intentar hacer de la mejor forma posible, en esta serie de retratos.


***


Si bien a la mayoría de los retratados en esta saga he logrado darles un abrazo en algún momento de los últimos ocho meses, no es el caso de Miss ChurriBlume. La última vez que la vi fue el día del examen de Ética de la Información, allá por junio. Desde entonces, nuestra comunicación ha sido casi exclusivamente a través de Internet. Bueno, y por carta.

Es decidida. Tremendamente decidida. Acojonantemente decidida. Es un puñetero tsunami una vez que se le mete algo en la cabeza. Y por lo general tiene las cosas muy claras.

Es otra amante de los gatos, y me permitió ser vigilante ocasional de esa preciosidad blanca y psicópata que puso cara de buena para la foto.

Miss ChurriBlume es generosa, aunque no deja que nadie se aproveche de ella. Es vital, es brutalmente realista, es responsable y alocada a partes iguales.

Me llevó a cenar mexicano una noche de lluvia horrible y fue compañera en muuuchas tardes de montaditos después de clase.

Se vino a París y nos lo pateamos entero, haciendo miles de fotos por todas partes, con salida de fiesta por Bastilla incluida.

Tiene un don para encontrar ropa chulísima muy barata, y para extraerle a la vida exactamente lo que quiere de ella.

Desde el principio de esta etapa absurda fue muy ecuánime, algo que nunca le agradeceré bastante. Me ayudó a mantener la cabeza fría, y a aprender a aceptar que si algo sale mal es porque una cosa mejor está en camino.

Su carta, enviada desde Alemania en un sobre rojo, me hizo toda la ilusión del mundo, y la he releído muchas veces para no olvidar el mensaje.

La tengo muy asociada a la uni, a la carrera, a las clases absurdas y las miradas con cejas enarcadas ante las gilipolleces de los que pasan por delante.

Me acuerdo de ella cada vez que alguien me habla de aviones.

Hemos conseguido sacarnos mutuamente de quicio en multitud de ocasiones, pero la sangre nunca llega al río, hay demasiado cariño implicado.

Fue la primera en preguntarme si estaba bien cuando vio algo que iba a hacer que no lo estuviese, con el tacto suficiente para no meter el dedo en la llaga.

La tengo muy lejos, y no tiene pinta de que eso vaya a cambiar en breve. Pero siempre está a sólo un clic. Esa suerte que tengo.



18 de abril de 2014

García Márquez, buen viaje

Se ha ido.
Se ha ido y no va a volver.
Se ha ido y aún le queda un libro por publicar, que deseó que fuese póstumo.
Se ha ido y no habrá más obras suyas.
Se ha ido y yo me he enterado más tarde de lo que esperaba.
Se ha ido Gabriel García Márquez, y muchos lectores nos sentimos huérfanos de padre.

El primer libro suyo que leí fue, cómo no, Cien años de soledad. Tenía quince años, y me absorbió por completo. Ya llevaba mucho tiempo por entonces viendo a mi madre con novelas de Gabo entre las manos, y fue ella quien me lo presentó.

Tras ése fueron El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera. Y muchos relatos y artículos.

Recuerdo de todos esos textos su colorido, el vocabulario tan rico, tan lleno de palabras que a veces sonaban extrañas, a menudo familiares (el andaluz comparte no pocos términos y arcaismos con los dialectos latinoamericanos) y en general brillantes.

García Márquez era, para mí, el premio Nobel que fue a Estocolmo de blanco, porque mi madre me contó esa anécdota con orgullo diez mil veces. Era el libro desvencijado de Cien años de soledad, con el árbol genealógico de los Buendía que comprobé docenas de veces. Era Crónica de una muerte anunciada con tapas moradas y el título en grandes letras blancas, el color azulado de los intestinos de Santiago Nasar. Era el olor de almendras amargas, y un examen de Lengua de primero de bachillerato.
Era en mi mente (aunque tal vez no lo fue) el mentor de Isabel Allende, que tan dentro me llegó.

No leí todas sus novelas. No seguí su vida con pasión ni escuché cada una de sus entrevistas. Sólo compré un libro suyo. No puedo decir que fuera mi escritor favorito. Pero era una especie de abuelo lejano, de punto de referencia en el tiempo, de maestro de las palabras que seguía aún en este mundo, dispuesto a compartir algunas con nosotros.

Y ahora se ha ido.
Sólo está en sus obras, en todas esas palabras que nos permitirán recordarle para siempre, en el Olimpo de los grandes al que tantos ascienden los medios pero al que muy pocos llegan de verdad.

Me he enterado de su muerte por Facebook, a través de una cita publicada por Melazzura y un epitafio de Isabel Allende. Lo he sabido sin querer, por abrir la red social en el coche, de vuelta a casa tras mi primera noche de procesiones en diez años, y casi me he sentido mal por haber pasado tantas horas de este jueves que ya ha se ha ido sin saber que García Márquez ya no estaba entre los vivos. Que este agnóstico había cerrado los ojos un jueves santo de abril.
Tal vez por eso, al llegar a casa con los pies destrozados, la garganta seca y los ojos deseando soltar las lentillas, no he hecho otra cosa que ponerme a escribir esto.

Gabo ha empezado su siguiente aventura, o tal vez ha terminado todas para siempre, pero el caso es que aquí no le veremos más.

Nos queda al menos el consuelo de sus obras, aunque nada nos quite la pena de saber que este mundo es un poco más oscuro tras haberse ido una de las pocas mentes brillantes, creativas, geniales, que nos consolaban el Alma con libros de esos que se disfrutan leyendo, en medio de tanta novela insustancial.

Buen viaje, maestro, y buen regreso a Macondo.

16 de abril de 2014

El telefrutero

frutero
Le odio.
Hay pocas personas en esta vida a las que yo pueda realmente decir que odio.
Pero a él le odio.

Le odio desde el fondo de mis entrañas, con un odio corrosivo, incendiario y malvado.
Le odio mucho.
Le odio con la fuerza de los mares/le odio con el ímpetu del viento.

Le conocí cuando estuvo a punto de provocarme un infarto de miocardio el verano pasado. Empezando así, era difícil que llegásemos a llevarnos bien.

Imaginen la escena: Principios de julio, nueve de la mañana, habitación fresquita, oscura, la Buhonera durmiendo despatarrada tras haberse acostado a las cuatro de la mañana viendo una peli y muriéndose de calor, cuando de repente.
"SEÑOOOOOOOOOOOOOOOOOORAAAAAAAAAAAAAAAA SEÑOOOOOOOOOORAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA SANDÍA DURSE, DURSE, DURSE, DURSE. SANDÍA ROHA, ROHA, ROHA, ROHAAAAAA"

Del bote que metí no sé cómo no me dejé los dientes en el techo.

Un frutero. Un telefrutero. Un colega que carga sus sandías en una furgoneta y se viene a mi barrio con un megáfono, o un altavoz en el coche, o no sé qué puñetero instrumento del infierno, a vender a los vecinos fruta a las nueve de la mañana.
Un señor con un acento gaditano profundo y unos pulmones de cantante de heavy, que fue mi cruz todo el puñetero verano. Venía casi todos los días, de lunes a domingo, y se tiraba casi media hora ininterrumpida berreando por el megáfono. No, no era una grabación tipo "El tapicero", era él, voceando como un energúmeno pegado a su micro.

Yo lloraba en mi cama y me preguntaba por qué nadie le compraba sus putas sandías y le obligaba así a callarse. Pero claro, ¿quién le iba a comprar un lunes de julio a las nueve de la mañana? Las marujas estaban en la playa guardando sitio con la toalla, los jóvenes estábamos durmiendo, y el resto del mundo estaría viendo la tele en pijama.

Yo me tapaba la cabeza con la almohada, con un cojín, me planteaba hacerme unos tapones con calcetines, meditaba sobre las ventajas del silencio en las tumbas... Nada servía. Él gritaba. Y gritaba. Y GRITABA. Hasta que algún pobre vecino bajaba. Y no bajaba a quemarle la furgoneta y meterle todas las sandías por donde el sol no brilla, como realmente se merecía, sino a comprar.

Claro, ¿¡cómo coño no iban a comprar, si era la única manera de que cerrase la boca!? ¡¡Eso es transacción bajo coacción y bajo tortura!! El maldito telefrutero se está saltando los convenios de Ginebra y debería ser detenido por una división de cascos azules sordos que le arrastrasen a Guantánamo. ¡Ninguna compra motivada por ese nivel de contaminación acústica debería ser considerada legal!

Encima, el simpático tenía repertorio.

sandía rojaUn día teníamos las "SANDÍAH ROHA, ROHA, ROHA, ROHAAAA COMO TOMATEH. SANDÍAH DURSE, DURSE, DURSE, DURSEEE COMO EL ASÚCA. DO SANDÍA TREURO SEÑORA. SEÑORAAAAA. DO SANDÍA TREURO. SANDÍA GORDA GORDA GORDA GORDA GORDA GORDA. SANDÍA DE SEI Y SIETE KILO DE PESO. SANDÍAH ROHA ROHA ROHA ROHA ROHA ROHA ROHAAAA. SANDÍAH DURSE DURSE DURSE DURSE DURSE DURSEEEEEE. ¡¡¡¡SEÑORA!!!! ¡¡¡¡¡SEÑORAAAAAAAAAA!!!! DO SANDÍA TREURO. TREURO. TREURO."

Así hasta suplicar por tu vida.

melónY otro día cambiaba de género y teníamos "¡¡SEÑORA! ¡¡SEÑORAAAAAAAA!! MELONE, MELONE DURSE COMO ER CARAMELO SEÑORA. SEÑOOOOOOORAAAAAA. TRE MELONE SINCOEURO SEÑORA. MELONE DURSE DURSE DURSE DURSE DURSEEEEEE. DURSE COMO ER CARAMELO SEÑORA"

Los melones estimulaban menos su imaginación y había menos adjetivos. A pesar de ello, nótese la maestría literaria al cambiar el "durse como el asúca" de la sandía por un distintivo "durse como er caramelo" en el caso del melón. Pero claro, al tener menos que decir, se repetía el cuádruple. Creo que parte de mi alergia al melón es culpa del telefrutero, ¿le podré denunciar por eso?

Ya no me acordaba de él, ni de su cantinela. He pasado todo el invierno en El Puerto sin oírle abrir el pico. Y tras un mes en Madrid me he venido a pasar la semana santa.

Anoche me acosté tarde. Me desperté de madrugada, escribí un correo y me volví a acostar.

Y esta mañana...

"¡SEÑORAAAAA! ¡¡SEÑORAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!! NARANHA NARANHA NARANHAAAAA. TREHKILO DOEURO. UNA SACA. TREHKILO. DOEEEEEEEUROOOOOOOO. NARNAHA HUGOSA HUGOSA HUGOSA HUGOSA. NARANHA DE SUMO, NARANHA NAVE, NARAAAAANHAAAAAAA. SEÑORAA. DOEURO ER SACO DE NARANHA SEÑORA. NARANHA DE TODA LA CLASE SEÑORA. ¡¡¡¡¡SEÑORAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!! NARANHA NARANHA NARANHA NARANHAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA"

Le odio.

naranjas

15 de abril de 2014

Retratos del carromato: Quetzal

Durante esos complicados meses en que todo parecía a punto de desaparecer de la faz de la tierra, hubo un reducido grupo de personas que consiguió mantener los pedazos unidos, y me ayudó a mantenerme entera. Unas veces con una conversación, otras con una bronca en su momento, y a menudo simplemente con largos correos que yo enviaba, y ellos leían y respondían con todo el cariño del mundo.

Ahora que la tormenta ha pasado, siento que les debo algo. Un pequeño agradecimiento por tanto. Y lo voy a intentar hacer de la mejor forma posible, en esta serie de retratos.


***

Al hablar de Quetzal, es inevitable que se escape una sonrisa.

Es de esas personas que, cuando conoces de lejos, admiras. De ésas que te hacen pensar "ojalá yo fuera así, ojalá yo fuese tan segura".

A veces, intimida. Se pone la armadura gruesa y deja a todo el mundo fuera, muy lejos. Sus ojos se aceran, su boca se frunce y casi puedes sentir el frío que emana.

Es inteligente, creativa y ambiciosa. Cuando sabe lo que quiere va a por ello sin dudarlo. Es tenaz, responsable, empática, sensible y luchadora.

Quetzal, aunque no lo parezca, es frágil. Necesita que la quieran, que le den un abrazo muy fuerte, que le digan lo maravillosa que es, porque a veces a la muy tonta se le olvida.
Es muy dulce, y profundamente buena, aunque en ocasiones necesite disimularlo.

Nos acercamos, hace ya media vida, porque las dos teníamos lesiones en los pies. Nos hicimos amigas.

Nos separamos mucho, muchísimo.

Pero las cosas terminan siendo como deben ser, y en aquel verano surrealista que trajo el 2008 nos volvimos a juntar. Establecimos la tradición de ir al Cantina Zapata para después pasear hasta esa pequeña heladería en la que yo siempre pido una tarrina mediana de helado de nueces.

Jugamos durante decenas de horas al "Si fuéramos" y a encadenar palabras sin pensar.

Durante muchos meses al año no nos vemos, aunque internet facilita las cosas. Quetzal tiene una expresividad cibernética que fluctúa muchísimo, pero siempre sabemos algo de la otra.

Cuando empezó la pesadilla estuvo inamovible, aunque a veces no supiera qué decir. Estando en Niort me animó a salir, a no quedarme entre cuatro paredes pensando.

Y a mi regreso todo fue a más.

La he visto casi cada semana, un lujo que pocas veces hemos tenido. Para ella no están siendo meses fáciles, pero saldrá adelante y será feliz. Lo sé. Es sólo cuestión de tiempo, y un par de empujoncitos.

Está en ese pequeño grupo de Whatsapp con una foto del mar partido en dos. Ha descubierto este tiempo cosas que no pensaba encontrar, y que a ratos no le encajan.

Quetzal es pecosa y tiene una sonrisa muy tierna. Tiene un estilazo vistiendo, y desde hace poco es alérgica al chocolate.

Tiene madera para dirigir una empresa con una mano mientras te da los mejores consejos con la otra. Quien quiera tener el privilegio de contratarla debería darse prisa antes de perder su oportunidad.

Su bola de cristal es sabia, aunque sea inmaterial. Pocas veces sus intuiciones se equivocan.

Es una de las tres personas que conservo de mi adolescencia, y no podría ser menos. Quién no va a querer a alguien tan especial lo más cerca posible