30 de marzo de 2014

Vivimos en la hora que no es

Anoche, una vez más, cambiamos la hora.
Bueno, entre comillas, porque con tanto cacharro como utilizamos, que se cambia automáticamente, realmente el gesto de atrasar o adelantar un reloj lo hacemos sólo los nostálgicos que tenemos relojes de pulsera, de mesa o de pared, que cada día somos menos.

Pero el caso es que a las dos fueron las tres, tuvimos una hora menos de noche, y ahora se supone que sufriremos un pequeño jet lag hasta que nos acostumbremos al cambio horario.

Lo que la mayoría de los españoles no sabe es que de manera habitual vivimos en un jet lag interminable, ya que la hora que tenemos no es la que deberíamos tener.

Cuando, en 1884, una conferencia internacional estableció en Washington los husos horarios, España cayó en el GMT (u horario europeo occidental), dado que el meridiano de Greenwich pasa por nuestro país. Es decir, que teníamos el mismo horario que tienen hoy Portugal, Reino Unido, y Canarias.

Y en ese huso estuvimos hasta el 16 de marzo de 1940, cuando de acuerdo con un decreto ministerial del Gobierno de Franco los españoles tuvieron que adelantar su reloj una hora.
¿A qué vino esa decisión?
Poco antes, la Alemania de Hitler había obligado a los países ocupados que tuvieran el horario europeo occidental a cambiar sus relojes al GMT+1 (europeo central) para tener la misma hora que Berlín. Las razones podían ser colonizadoras (al tener el mismo horario que el invasor, te sientes algo más identificado) o administrativas (ya sabemos que los alemanes son muy organizados).
Y Franco, que en aquel momento veía asegurado el triunfo del totalitarismo europeo, aprobó que los españoles llevásemos en nuestros relojes la misma hora que Hitler y Mussolini consultaban en los suyos.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, todos los países ocupados volvieron a su horario anterior. Bueno, todos no, Francia decidió mantenerse en el europeo central, dado que en su caso tenía medio país en un huso y medio en otro, y no les merecía la pena volverse a cambiar.

Pero en España nunca volvimos a nuestra hora anterior. Nos quedamos en el horario europeo Central, cuando somos más occidentales que Reino Unido, que ya tiene el occidental de por sí.

¿Qué supone que tengamos un horario que no nos corresponde?

De forma natural, los animales tenemos un horario solar. Nos despertamos, comemos, nos relacionamos... en función de la posición del Sol en el cielo. Es algo instintivo, y cuando se establecieron los husos en Washington se pretendía racionalizar ese instinto con un horario en consonancia.

Pero al cambiar nuestro huso, y mantenerlo así, se consiguió que los españoles, de manera corriente, vayan más adelantados respecto al Sol de la cuenta.
Si ha estado usted viviendo en Francia, o en Inglaterra, habrá notado lo temprano que allí comen, cenan, se acuestan... Que, curiosamente, levantándose a la misma hora que nosotros, sus días parecen ir más rápido.

Esto se debe a que nosotros, cuando comemos a las dos de la tarde, en realidad estamos haciéndolo a la una de nuestra hora solar natural. El cuerpo nos lleva adonde instintivamente desearíamos estar, pero el reloj nos dice una cosa diferente.

Por eso, también somos uno de los países con menos horas de sueño. Entramos a trabajar a las ocho o a las nueve, como en toda Europa, pero todo nuestro día está descompensado. Los programas de la tele empiezan a las diez o a las diez y media, o sea que es raro que antes de medianoche estemos en la cama.
En Francia, por ejemplo, los programas de prime time empiezan a las nueve, o incluso a las ocho, y a las once están todos encamados.

Tanto cuando viví en París como durante los meses en Niort, tuve que lidiar con la sorpresa de los franceses ante mi horario tardío. Y en ninguno de los casos conocía esta historia (me la contó C. cuando ya llevábamos bastante tiempo allí). Pero sabiéndola, la cosa cambia.

Y resulta que nuestro Gobierno se ha dado cuenta de este desajuste, y en septiembre del año pasado aprobó la elaboración de un informe sobre los beneficios de volver a nuestro horario natural.
Sin embargo, cambiar el reloj no sería suficiente, ya que todos tenemos muy arraigado lo de comer a las dos (o a las tres) y ver la tele a las diez de la noche. Habría que pasar por un proceso de reeducación en el que nos habituásemos a hacerlo todo más temprano, y a acostumbrar nuestros cuerpos y nuestra industria al horario que de verdad necesitamos.

La mayor imbecilidad que he escuchado respecto a este tema ha sido la reacción del Gobierno canario ante el informe. El consistorio isleño ha alegado que si la Península cambia su hora, ellos tendrán menos presencia en los medios, ya que se perderá el "una hora menos en Canarias".
Partiendo de la base de que por esa regla todas las comunidades autónomas tendrían derecho a menciones especiales, para estar en igualdad de condiciones, lo cierto es que Canarias podría continuar teniendo una hora menos, porque se está un poco en el limbo entre dos husos.

No sé si finalmente se aprobará cambiar la hora, ni si se pondrán todas las medidas necesarias, una vez cambiada, para que tengamos un horario más lógico y menos agotador. 
De lo que esto segura es de que, si llega a hacerse, media España llegará tarde al día siguiente. Porque, acostumbrados como estamos a que los cachivaches cambien la hora por nosotros, ese día que no estará automatizado nos olvidaremos de hacerlo.

No nos libraremos jet lag...



28 de marzo de 2014

Retratos del carromato: Melazzura

Durante esos complicados meses en que todo parecía a punto de desaparecer de la faz de la tierra, hubo un reducido grupo de personas que consiguió mantener los pedazos unidos, y me ayudó a mantenerme entera. Unas veces con una conversación, otras con una bronca en su momento, y a menudo simplemente con largos correos que yo enviaba, y ellos leían y respondían con todo el cariño del mundo.

Ahora que la tormenta ha pasado, siento que les debo algo. Un pequeño agradecimiento por tanto. Y lo voy a intentar hacer de la mejor forma posible, en esta serie de retratos.


***

Me la presentaron como "Mari" hace ya doce años. No sé si alguien la habrá vuelto a llamar así en su vida. Francamente espero que no, porque no le pega nada.
Si en aquel momento me hubiesen dicho la importancia que iba a tener en mi vida no me lo habría creído.

La vi dos tardes a la semana durante unos meses y luego desapareció. Durante los siguientes años su vida y la mía fueron bastante turbulentas y nos fuimos cruzando en distintos momentos.

Fue testigo casi mudo de la época oscura, aunque se mantuvo a distancia. Con el tiempo, me enseñó que a veces quien quiere ayudarnos no se acerca a nosotros para no invadir nuestro espacio y no hacernos sentir incómodos. Fue una lección que me ayudó, entre otras cosas, a no enfadarme con quienes convivieron conmigo en Niort.

Llegó a Madrid antes que yo, y me propuso que quedásemos apenas puse un pie aquí. El primer día la dejé plantada sin querer, ya que además no tenía su teléfono para avisarle.

La segunda vez fuimos al McDonalds de Sol. Ella y una amiga suya pidieron ensalada, y yo hamburguesa. Casi me sentí mal.

Al principio me costó entenderla, y me intimidaba un poco. Es una de esas personas brillantes, no sólo en inteligencia o capacidad (que también) sino que iluminan y hacen que los demás las sigan con los ojos, atraídos por una fuerza invisible.

El año pasado estuve en su casa y me enamoré de sus gatos. Me hizo reconciliarme con la comida japonesa con un ramen absolutamente delicioso y el primer sushi que me ha sabido bien en mi vida. Incluso consiguió que bebiese té y me gustase su sabor.

Y llegó el otoño.

Y todo explotó.

Y me fui a Niort.

Creo que nunca he intercambiado tal cantidad de mensajes de Facebook con nadie. Le envié tochos inmensos, a veces hasta con adjuntos, que siempre siempre siempre tenían respuesta.

Me enseñó el truco de pensar repetitivamente en una receta, o en cómo colocar los dedos en la guitarra durante una melodía antes de dormir para evitar rayadas y malos sueños.

Tiene un carácter totalmente felino: Cariñosa de una forma independiente, atenta, seria a veces pero con un humor único. Tenaz.

Es una friki de mucho cuidado, y eso es algo que me encanta. Ha picado en leerse "Canción de Hielo y Fuego", y hace poco ha caído en el Mundodisco. Da gusto hablar con ella de cualquier cosa.

Es la artífice de uno de los dibujos más bonitos, con más significado, y que más me han emocionado en mi vida. Que lógicamente llevaré siempre conmigo.

Desde que volví de Francia hemos tenido una sincronicidad brutal para cambiarnos de ciudad al mismo tiempo, de manera que fuera virtualmente imposible coincidir sin vernos en una estación.

Al final, lo conseguimos, aunque Jazztel nos robara un buen rato.

Melazzura es el sentido común con gafas. Consejos racionales llenos de cariño, y que siempre respetan lo que tú sientas sobre el tema.

Con ella estuve en mi primera barbacoa con comida vegetariana, lo que fue una experiencia muy muy divertida.

Ella era la destinataria de una de las tres cartas que no llegaron. A día de hoy seguirá perdida, dando vueltas por Europa.

Es la persona a la que preguntar si quieres saber algo sobre gatos. O sobre filosofía. O sobre Harry Potter. O sobre música. O sobre marketing. O sobre... en fin, básicamente sobre casi todo.

Pero tiene ese poder mágico que consiste en que a pesar de ser inteligentísima, guapísima, talentosísima, independiente, curranta... en vez de dar asco y envidia, da ternura. Porque es adorable. Y yo la quiero muchísimo, y tengo mucho por lo que darle las gracias.



27 de marzo de 2014

Retratos del carromato: Alano

Durante esos complicados meses en que todo parecía a punto de desaparecer de la faz de la tierra, hubo un reducido grupo de personas que consiguió mantener los pedazos unidos, y me ayudó a mantenerme entera. Unas veces con una conversación, otras con una bronca en su momento, y a menudo simplemente con largos correos que yo enviaba, y ellos leían y respondían con todo el cariño del mundo.

Ahora que la tormenta ha pasado, siento que les debo algo. Un pequeño agradecimiento por tanto. Y lo voy a intentar hacer de la mejor forma posible, en esta serie de retratos.


***

Alano llegó sin ser llamado, como suelen pasar estas cosas. Tras unos meses de poco contacto, apareció de repente y me ayudó poquito a poco a ir cambiando de rumbo.
A veces se rió mucho, a veces me dijo cosas muy duras que necesitaba escuchar.
No flaqueó.

Alano es alto, moreno y acogedor. No hay muchas personas acogedoras en el mundo, pero él es una de ellas.
Tiene un caso serio de inexpresividad wasapera, que hace que parezca un borde cuando te habla por el móvil. Sin embargo, en persona es tremendamente cálido y cariñoso, e inspira confianza por donde quiera que va.

Antes de conocerle ya le conocía. Era "el responsable ese tan serio que lleva boina en los San Jorges". Me intimidaba profundamente.
Le conocí años después, y tras una noche de charla interminable decidí que fuera mi padrino scout, y comenzamos un cruce de mails que dura hasta hoy (aunque por su parte está en servicios mínimos en cuanto a extensión).

Es divertido, cercano, y claro. Tiene esa confianza en sí mismo y su felicidad que otros pueden tomar por egolatría, y que es a lo que cualquier persona emocionalmente sana debería aspirar.

Ayuda siempre. Pero a menudo su ayuda puede ser malentendida. Hay que conocerle.

Le encantan el puchero y las palmeritas. Ha conducido coches en diversos estados de desguazamiento y estudiado y trabajado en las cosas más variopintas. Cuando le conocí se preparaba unas oposiciones, y curiosamente hoy es lo último que se plantearía hacer en su vida.

Tenía un perro, Ron, simpático y un poco bobalicón al que echas de menos incluso si sólo le viste una vez.
Antes tenía alergia a los gatos, aunque ahora se plantea tener uno.

Es especialista en intriga. Quedas con él, pero nunca puedes estar segura de si en el último momento cancelará la cita, o te llamará media hora antes para decirte que le viene mejor en ese instante.
Durante un tiempo eso me fastidió, pero siempre que le he llamado por algo importante ha tenido tiempo. Incluso el jueves que le llamé a las 9 de la mañana para ir a la cárcel a ver si me dejaban hacer un reportaje, y eso que le costó una lesión.

Entre sus múltiples empleos comenzó un par de iniciativas comerciales, la última de las cuales incluye una web que en su momento parecía un tarot para adolescentes deprimidas. Por suerte cambió la estética y, si me deja, en breve pondré mis flamantes conocimientos de Community Management a su servicio.

Con él viví la Nochevieja más especial de toda mi vida, y el 5 de enero más surrealista. Con él he aprendido a no dar nada por sentado, a aceptar, a mirar más allá, y a quererme a mí misma.

Es un ejemplo scout hasta tal punto... que muchos dirían que no es scout. Es el problema de este mundillo, que todos somos expertos.

Ha tenido conmigo una paciencia indecible, y a veces inmerecida. Pero siempre ha sido para bien.

Entiende facetas de mí que mucha gente ni siquiera conoce.

Me quiere, muchísimo, como una especie de hermano mayor y mentor. Aunque me consta que a veces le desespero y que a menudo se ríe de mí.

Yo le adoro. No podría tener un padrino mejor.

En esos meses cruciales en los que podía haberme hundido, me enseñó que en realidad estaba ante la mejor oportunidad para convertirme en alguien mejor. Y nunca podré demostrar mi agradecimiento lo suficiente.



26 de marzo de 2014

Tu propio camino

Suena el despertador. Las siete y media.
Sales de la cama, los ojos pegados, el sueño entorpeciendo tus movimientos.
Te lavas la cara, bostezas.

Vas hacia la silla de tu cuarto para meter en la mochila los libros de hoy. Lengua, Física, Música...
Te detienes.
¿Mochila? ¡Qué dices! Hace años que acabaste el instituto.

Sonríes. Por un momento has creído estar en otro momento, ya muy lejano.
Recuerdas las mañanas en aquellas mesas verdes, escuchando al profesor, garabateando en el cuaderno cuando te aburrías, mirando en el libro los temas futuros, para saber qué ibas a dar el mes que viene.
Te vienen a la mente los exámenes, la frustración de las notas, los bocadillos del recreo, el test de Cooper que te dejaba sin aliento.

Cuánto tiempo ha pasado...

A veces parecía que no servía para nada. Que aquellas horas de cada mañana, que todos esos ejercicios en casa, o en la biblioteca, eran sólo una pérdida de tiempo.
No tardaste en aprender que no era así.

El camino te fue enseñando lo que la vida llevaba a quienes se quedaron sentados en las mesas verdes, y a los que decidieron ir por otro lado.

Ninguna opción, ningún camino, fue malo por sí mismo. Pero tú, que pasaste de los libros de Vicens Vives a otros más específicos, que de los trabajitos en grupo pasaste a las grandes bibliografías, o a las prácticas en empresas, te das cuenta de que con cada paso que dabas, con cada curso que dejabas atrás, con cada bifurcación en la que elegías seguir aprendiendo, te ibas haciendo más libre.

Sabes, hoy que puedes mirar atrás, que no saber a qué te querías dedicar cuando tenías 13, 14 o 16 años no tenía importancia, porque escogiste el único camino que te permite acceder a todos los demás.

Aquellos que se alejaron demasiado pronto, comenzando a trabajar porque se convencieron a sí mismos de que estudiar no era "lo suyo" a menudo terminaron regresando a las mesas verdes, años después, mientras tú aprendías con fascinación cómo desempeñar el trabajo de tus sueños.

Hoy sonríes, recordando con cariño aquellos profesores que te animaron a seguir, que buscaron la manera de hacerte entender que merecía la pena. Buena parte del recorrido lo hiciste por inercia, pero hubo siempre mucho de intuición, de ambición. Una parte de ti sabía sin darse cuenta que quien aprende más es más libre, que quien se cultiva más llega más alto. Llega a una felicidad mayor.

Dejas que el recuerdo de la mochila vuelva a su sitio. Coges tus cosas y te vas al trabajo, que a lo mejor no es el mejor pagado, ni el más emocionante, pero es el que durante tu (aún) corta vida luchaste por conseguir. Aprendiendo, probando, equivocándote, mejorando. Siendo libre, y siendo tú.




***

Dedicado a los alumnos de 1ºA, 1ºC, 21A, 2ºC y 3º A del IES Grupo Cántico, de Córdoba.

Y para la madrina de los Amegadame.

25 de marzo de 2014

The crooked kind, historia de un viaje imposible

(Hoy, por favor, escuchad esto mientras leéis)

Pisar la hierba con los pies descalzos, alzar la cabeza
Respirar. Hondo.

Sentir muy dentro esa voz única, inequívoca, que llama, invita, pide, decide.
"Ven"

Caminar.
Escuchar el crujido de las pequeñas ramas que se rompen al pisarlas.

Los ojos cerrados, la vista no importa, el camino se intuye bajo los pies.

Suena agua clara, cerca.
Un río.
Un mar.
Un arroyo.
El mayor de los océanos.
Qué importa.

El fluir azul se cuela en el Alma y parece acompasarse a los latidos de un corazón hecho de luz pura.

Miles de kilómetros hasta cualquier civilización, hasta cualquier palabra.
Silencio
el sonido callado del agua
la hierba
la música que resuena dentro sin llamarla


I heard you tellin' lies
I heard you say you weren't born of our blood
I know we're the crooked kind
But you're crooked too, boy, and it shows

Some get dealt simple hands
Some walk the common paths, all nice and worn
But all folks are damaged goods
It ain't a talk of "if," just one of "when" and "how"


Y en el tobillo izquierdo las flores brotan de los pétalos más bellos, y las huellas bajan poco a poco, dejándose sentir en el paisaje.
Cada paso afirmándose a la tierra, al alimento, a las semillas que nacieron y brotaron en el más fértil de los suelos.

Y en el tobillo derecho el alma se vuelve alas cubiertas de finas plumas, que al quedarse atrás exudan tinta. Alas para sentir las nubes más cerca, el cielo y sus palabras al alcance de la mano.
Cada paso haciendo que volar sea más sencillo, que el roce del Sol y los susurros de la Luna lo envuelvan todo.


So, collect your scars and wear 'em well
Your blood's a good an ink as any
Go scratch your name into the clouds

And pull 'em all... down


Calmar la sed y descansar a la sombra de un castaño de hojas doradas.


"¿Cuánto falta?"
"De ti depende"

Recoger la mochila y la sonrisa, andar unos pasos más, hasta una pared de roca tan alta que la vista parece perderse para siempre.
Afianzar los pies, las manos, y ascender.
Sin cuerda, sin pies de gato. Pluma y flor deberán bastar.
Sentir agujas de piedra rasgando la ropa al pegar el cuerpo a la pared, el miedo haciendo temblar las manos y los sueños.
Y subir, poco a poco. El sudor mojando las manos, dejando surcos en los labios, escociendo en los ojos al caer sobre las pestañas.
Un grito de dolor en cada músculo al estirar el brazo una vez más, al llevar las fuerzas más allá de lo posible.
Mientras el cielo se va cubriendo.


The thunder plays its drum
The air is heavy with the smell of storms
And I sit beside my brother and I feel him shake
As he laughs himself right back to sleep
And I'm laughin' with him

But I smell their blood
My finger's trace their faces in the wood
I hear their voices somewhere in my bones
I feel them sing along when I'm alone

When I'm not too frightened that is when I know


Y la lluvia se va derramando, al principio fresca y fina, dulce, amable y cómplice. Aliviando el calor, mitigando el ardor de los músculos fatigados.

Pero poco a poco la piedra se humedece, y los dedos encuentran más difícil agarrarse a la roca desnuda que llora.

Desde lo alto de la pared el agua cae, mezclándose con la tierra hasta formar un barro espeso y cálido. Sangre caliente y marrón que rezuma de las heridas de una tierra ya cansada. Las manos resbalando en el barro que oculta los salientes, las aristas afiladas del muro despiadado. Y de pronto la sangre roja de unas manos cuya piel fue demasiado suave se mezclan con la sangre oscura de las entrañas de la piedra.

Desesperación.
Miedo.
Cualquier movimiento en falso llevará a un vuelo muy corto que terminará en dolor
y oscuridad.
Pero no.

Los pies suben
las manos aferran
los dientes se aprietan
la sangre se seca
el barro se moldea
la lluvia cesa.

Lágrimas de esfuerzo, miedo y angustia
el final parece tan lejano como el infierno, en la senda hacia arriba.

Un paso más
reptar un centímetro más.
Arriba.

Hacia el único destino posible.


That I'm here with everyone
They're never truly gone
I know it's everyone
And I hear their songs

Oh, I'm lost with everyone

Poco a poco matojos y arbustos aparecen
la roca pierde
la vida vence
la flor se fortalece.

Y lo imposible se hace certeza, 
con un alivio impensable
y da fuerzas

Las manos se aferran a la tierra con las uñas
horizontal, al fin
amiga, al fin

Y tras los brazos va la cabeza
el pelo cubierto de barro
el torso

Durante un segundo, los pies quedan al aire, pataleando
y es la pluma quien toma el relevo
y da el equilibrio necesario para terminar 
y llegar.

Tenderse en el suelo, bocabajo al principio, girando poco a poco hasta mirar al cielo
dejando que las gotas de lluvia dulce llenen la boca y se lleven la sangre roja y la oscura


Incorporarse despacio, poco a poco, sintiendo la rodilla flaquear, casi caer.
Y aguantar.

Y ante los ojos un prado verde, hermoso, fragante, lleno de paz
hierba por la que caer rodando
el sonido del agua muy cerca

Y el mayor de los tesoros justo ahí
Entre los recuerdos de quienes no hicieron el viaje
pagado con la sangre derramada por la tierra, el cielo y el alma de quien subió
Abierto
Entregado

Sonreír dulcemente, comprendiendo, sintiendo, amando, confiando

En que si el viaje terminó no es el final
sino el siguiente escalón hacia una mayor felicidad.

Y bailar sobre la hierba al son de la lluvia que vuelve a ser aliada
mientras todo parece bailar al mismo tiempo


Shadows dance around the room
I know their names
I carry their blood too
They sing forgotten songs
But I know the words
They've been with me since I was born

As I grew I danced with them too

Ohhhh oh oh oh oh
Ohhhh oh oh oh oh

Ohhhh oh oh oh oh
Ohhhh oh oh oh oh





24 de marzo de 2014

Crónica de una muerte "inminente" (DEP Suárez)

Suárez inminente
Ayer por la tarde falleció Adolfo Suárez. No ha sido una sorpresa para nadie, toda España llevaba esperándolo dos días.

Cuando, el viernes, vi que el nombre del expresidente era Trending Topic en Twitter, estaba segura de que había fallecido.
Pero no.
Por alguna razón que no consigo entender, su hijo había decidido dar una rueda de prensa para informar de que su padre estaba muy mal, y de que su muerte era "inminente".

Cualquiera que haya vivido de cerca una enfermedad terminal sabe que la inminencia en estos casos es siempre muy relativa, y que puede alargarse mucho. Y sin embargo, Adolfo Suárez Jr. se arriesgó a prevenir a todos los medios de España, a sabiendas de que eso supondría que las últimas horas (o días, o semanas) de su padre serían vigiladas al dedillo.
¿Quién quiere tener a la prensa encima en un momento tan crítico? ¿Quién convoca a los cotillas profesionales a la puerta del hospital en que agoniza su padre, sabiendo que interrogarán a todo el que entre o salga, que pedirán actualizaciones del estado del enfermo, que estarán encima de cada cambio...? ¿Quién pide esa presión extra en un momento ya de por sí tenso y tremendamente doloroso?

La verdad, no me lo explico, pero el caso es que las consecuencias fueron las obvias: Despliegue tremendo de medios, guardias de periodistas en las puertas de la clínica, programas especiales en todas las cadenas (con Ónega de invitado en casi todos), y cobertura total de la ausencia de una noticia.

Porque, como periodista, eso ha sido lo que más me ha asombrado de esta historia. Durante tres días, los telediarios han abierto con la "no-noticia" de que Suárez seguía vivo. Tres días con el "inminente" como palabra crucial, y con la espera.
Tres días en los que han pasado un montón de cosas además de que el expresidente no se muriese, pero todos esos temas han quedado en un segundo plano, como noticias menores, a la espera de que se terminase de informar sobre la absoluta ausencia de novedades y de fallecimiento.

Me parece un despropósito descomunal. Todo. De entrada, el comunicado. Pero bueno, la familia sabrá si quiere tener a la prensa encima.
Pero, sobre todo, la cobertura. Partimos de la base de que la muerte de un hombre de 81 años, con Alzheimer y una infección respiratoria es tal vez la noticia menos novedosa del mundo. Pero vale, asumimos que la noticia no es el fallecimiento de un anciano enfermo sino el del primer presidente del Gobierno tras el régimen de Franco. Aún así, hasta que Suárez no muera NO TIENES NOTICIA QUE DAR. Informa del comunicado, si quieres, y pon a los reporteros a esperar a la Muerte, pero no abras 6 telediarios con la inminencia de un deceso que no llega, porque te estás poniendo en ridículo.

Aunque, claro, si TODAS LAS CADENAS NACIONALES cometen el mismo despropósito, el ridículo es colectivo y a los medios les da igual. Mal de muchos...

En fin. Resulta que la inminencia se alarga tres días, y por fin el pobre expresidente descansa en paz (más que irse, le han echado los que querían ver el fútbol...).

Y, de pronto, estamos todos reviviendo la Transición con un fervor alucinante. Todos los que vivieron aquella época recuerdan dónde estaban en el 23F, o dónde vieron a Suárez en persona, o qué increíble fue el principio de la democracia en España.

Yo, la verdad, tengo sentimientos encontrados al respecto. No viví la Transición, y de ella he recibido dos puntos de vista radicalmente opuestos: El de mis profesores de secundaria, que hablaban de ella como un espejo en el que cualquier democracia debería querer mirarse, y el de mi profesor de Historia de España de primero de carrera (al que llamábamos "el Pasionario") que consideraba que la Transición fue una sarta de mentiras y manipulaciones que terminaron en una monarquía ilícita y una Constitución vergonzosa.

SuárezEvidentemente, ni calvo ni con tres pelucas. La Transición fue un encaje de bolillos en el que había que llevar a un país de una dictadura anacrónica a una democracia moderna sin provocar una guerra civil en el intento. Era un reto muy difícil que requirió concesiones de todo el mundo. Y salió muy bien para cómo podía haber salido.

Pero mi sensación es que no se terminó. Que, una vez superados los escollos, y el intento de golpe de Estado, y ya asentada la democracia, debería haber habido una segunda parte en la que la Constitución se prestase a ser reformada sin tener que reunir las Bolas de Dragón, en la que se hiciese una ley electoral menos blindada, en la que se pasase de una democracia en transición a una democracia de pleno derecho. Creo que nunca dimos ese paso, y que esos polvos son los causantes de parte del lodazal de estiércol en el que andamos hoy sumergidos.

Con esto quiero decir que aclamar a Suárez como el héroe de la política española del siglo XX y decir "hoy no tenemos políticos así" es bastante inexacto, ya que de su política derivaron problemas de la política actual. Probablemente él poco habría podido hacer a partir de un determinado momento, ya que sólo era un hombre. Pero también fue sólo un hombre cuando participaba en la Transición. Aunque fuera uno con mucho carisma.

Me molesta mucho, eso sí, que lo llamen en cada artículo y cada reportaje "el primer presidente de la democracia", dando a entender que antes de 1978 España nunca había votado a un presidente. Eso es falso. Cánovas, Sagasta, Azaña... son sólo tres de los presidentes electos que ha habido en este país, todos ellos anteriores a Suárez. Con sus corrupciones, sus errores y sus aciertos, pero elegidos en democracia.

Suárez es el primer presidente de la democracia post-franquista. Una democracia que debería haber seguido ininterrumpida desde el fin de la dictadura de Primo de Rivera hasta nuestros días, pero que se vio truncada por un golpe de Estado contra el Gobierno democrático, que acabó en Guerra Civil.Y llegamos a la democracia con cuarenta años de retraso, y teniendo que volver a aprender lecciones que ya sabíamos en 1934. No nos conviene olvidarlo.

Ahora, tras su muerte, llegarán las avalanchas de alabanzas, incluso de aquellos que en vida no le dejaron en paz (siempre he pensado que su Alzheimer tenía algo de querer borrar de su mente lo mal que lo pasó en política). Y nuestros lamentables políticos le pondrán de ejemplo, sin querer aprender nada de él (no le vendría mal a Mariano copiar su diplomacia a la hora de pactar a la vez con Carrillo y Fraga). Porque no hay como morirse para ser amado por todos. Sobre todo en España.

Se ha ido un testigo privilegiado de una época crucial de nuestro país, una época que nos hizo ser lo que somos, para bien y para mal. Se ha ido tras tres días de espera, diez años de enfermedad y ochenta y uno de vida. Y será recordado, no cabe duda, aunque no sabremos si como él quería que se le recordase.

El mejor artículo de cuantos he leído es, sorprendentemente, éste, en el que retratan su papel en ese cambio político nuestro de manera muy concisa, y muy acertada.

Descanse en paz, don Adolfo, que merecido se lo tiene.



Flume, fluyendo

(Leer con esto de fondo, puesto en bucle infinito)

Es de noche otra vez.
Dejo el bolígrafo, cierro el cuaderno de tapas negras.
Suspiro.
Escribo un correo difícil
y después uno sencillo.
Abro el baúl y meto la mano, a ver qué sale esta noche.
Mil temas se agolpan para que les haga caso.
El autobús del infierno
Suárez
Mis primeras impresiones de vuelta a Madrid
Un par de historias literarias
Pero no.

Esta canción me llena las manos, y los oídos, y el corazón.
Y, si tuviera aquí mi guitarra, me llenaría los dedos, y los labios.

Es una canción-refugio. La canción que me dice que todo va a salir bien. La canción que me hace salir de mi cabeza. La canción que me acuna sólo por estar de fondo.

La descubrí en noviembre, a través de un capítulo de House, y a día de hoy es la pista más escuchada de mi iPod.

Puedo contar al menos tres noches en que me la puse en bucle infinito:

Una en Niort, en la mesa de formica verde, mientras escribía y escribía sin dejar de llorar, con las lágrimas emborronando la tinta.
Otra en Rouen, en la bañera, disfrutando de la forma en que el sonido reverberaba en las paredes del baño, con los ojos cerrados.
Otra antes de anoche, en el autobús que me llevaba al sur de visita. Mientras pensaba en muchas cosas viendo pasar la carretera a oscuras, de madrugada.

Casi nunca la dejo pasar sin escucharla al menos una segunda vez seguida.

Me gustaba antes de pararme a escuchar la letra.
Me latió dentro cuando me detuve a entenderla.

I am my mother's only one
It's enough
I wear my garment so it shows
Now you know

Only love is all maroon
Gluey feathers on a flume
Sky is womb and she's the moon

I am my mother on the wall
With us all
I move in water, shore to shore
Nothing's more

Only love is all maroon
Lapping lakes like leery loons
Leaving rope burns, reddish ruse

Only love is all maroon
Gluey feathers on a flume

Sky is womb and she's the moon

No porque hable de una madre. No por lo gráfico de su color. Por la sencillez al explicar qué es el amor. Por lo fácil que me fue identificarme, sin ser madre.

Only love is all maroon
Lapping lakes like leery loons
Leaving rope burns, reddish ruse

Y, de nuevo, puesta en bucle infinito esta noche. Siempre de noche.

Al filo de tantas cosas buenas, dejando atrás tantas cosas malas.

Purgándome.

Limpiándome.

Mirándome.

Una vez más.

A caballo entre un pasado que terminó, aunque a veces colee, y un futuro que se asegura tan feliz como sólo es posible en las más descabelladas fantasías.
Viviendo un presente nítido e imborrable.

De nuevo en esta ciudad que me recibió siendo una niña que terminaba de serlo y me vio hacerme adulta, que me dejó marchar hace seis meses hecha pequeñas migajas, y que me ha vuelto a abrir sus puertas, llena de esa belleza dura, acogedora y felina que tiene Madrid. Hemos tenido que volver a acostumbrarnos la una a la otra, porque ella es la misma, pero yo no. Y no siempre es fácil regresar a una ciudad en la que has vivido tanto cuando has cambiado tanto y tan profundamente, en tan poco tiempo.

Flume no sonaba en mis oídos al marcharme de aquí. Y sin embargo, hoy está en ellos. Y ellos (y yo) estamos aquí de nuevo.

Los mismos acordes una vez más.
Como me dijo una vez C., a veces sentir que una canción es todo el universo mirándote es todo lo que necesitas.
A veces, para no llorar.
A veces, para disfrutar de lo que llega.
A veces, para no olvidar.
Otras veces, para que fluyan cosas que sería imposible explicar con palabras.

Y vuelta a empezar.

Only love is all maroon
Lapping lakes like leery loons
Leaving rope burns, reddish ruse


Hasta que la noche acabe, y empiece un nuevo día.
Hasta que llegue el fin del mundo, y el principio.
Hasta que la realidad se ponga al día con los sueños.
Hasta...







22 de marzo de 2014

"Ocho apellidos vascos", gora Euskadi manque pierda

Ocho apellidos vascos
Acabo de llegar del cine, de ver la peli "Ocho apellidos vascos". Entré a la sala con ganas, pero la verdad es que son unas ganas que llegaron muy poco a poco.
Al ver los primeros tráilers tuve una sensación bastante ambivalente. Por una parte, el que salieran Dani Rovira y Carmen Machi, me llamaba. Por otro, las comedias españolas en general me dan pereza.

Pero cuando, tras el fin de semana del estreno, no hacía más que ver comentarios favorables y aplausos por todas partes, con lo a saco que solemos ir en este país contra nuestro cine en cuanto flaquea, me picó la curiosidad. Me arrastró Twitter, la verdad. Muchos retuits, y muchos tuits de amigos poniéndola por las nubes.

Así que allí fui, con curiosidad y con ganas. Pero, la verdad, sin esperarme lo que me encontré.

Para mí, las comedias españolas tienen casi todas los mismos tres o cuatro elementos que hacen que pasen de divertidísimas a insoportables. A saber:

  1. La duración. Suelen ser largas, casi de dos horas. Y les suele sobrar media.
  2. El drama. En casi todas las comedias españolas hay un dramón de fondo que en algún momento surge, o estalla, y se carga la comicidad. No se aprovecha para dar un toque de humor negro, ni se desdramatiza. Se deja ahí, con toda la seriedad del mundo, y le corta el cuerpo al espectador.
  3. El sexo. Parece que es imprescindible que salgan tetas, y un polvo con todo lujo de detalles. Si no, no es una comedia española en condiciones. Para qué sugerir si podemos enfocarle el felpudo a la actriz de turno. Pues mire usted, el sexo si tiene que estar, que esté, pero meterlo por huevos distrae.
Y resulta que los creadores de "Ocho apellidos vascos" han decidido pasar tres kilos de esos pilares de la comedia española... y les ha quedado una película cojonuda. Dura una horita y media, huye del dramón (que podría haberlo, porque tenemos padre que no ve a su hija hace seis años, kale borroka... pero no), y las escenas de amor y sexo son de una sutileza y una ternura divertida que logra encajar perfectamente en la historia, y además te saca una sonrisa (eso sí, me hace preguntarme si la única mujer de España que lleva sujetador soy yo, porque en las pelis nunca ninguna lleva).

Es una comedia, y es divertida de principio a fin.

Para serlo, recurre a los tópicos muy a lo bestia. Coge todo lo que un andaluz tiene en mente cuando le dicen "sevillano" y se lo echa encima a Dani Rovira. De hecho, es un estereotipo tan arquetípico que no tengo claro si la gente de fuera de Andalucía lo verá tan claro como nosotros.
Y luego coge un buen puñado de tópicos vascos y lo mezcla todo.
Una esperaría que tanto abuso de clichés resulte molesto, pero es todo tan extremo, y tan absurdo, que te ríes, y te ríes, y te ríes. Es un poco como en "Bienvenidos al norte": un uso tan abusivo de los estereotipos que no te puedes ofender, porque es imposible identificarse... y a la vez es muy evidente que retrata parte de lo que somos.

Este bombardeo de clichés y golpes de humor genial se complementan con una fotografía preciosa, que da ganas a partes iguales de recorrerte Euskadi mochila al hombro y de irte a vivir a Sevilla; y de una banda sonora que no notas, pero que acompaña la historia en todo momento.

Y ya está. Sin más estridencias, la película te lleva a estar hora y media riéndote a carcajadas y a pensar por qué Clara Lago quería casarse vestida de alcachofa. 

La sala, una semana después del estreno, estaba a reventar, a pesar de los 8 eurazos de la entrada. Y eso es algo que nos debería hacer pensar. Para ir al cine a ver una película, tiene que merecer la pena. Por muchas leyes antipiratería que hagan, por mucho que lloren en los Goya, si la peli es mala, la gente no va a gastarse lo que cuestan 4 cafés en ir al cine. Si la peli es buena, y tiene a cien personas revolcándose en el asiento durante 95 minutos, no hace falta llorarle a nadie, la sala se va a llenar.

Así que, cineastas de este país, tomen nota. Y espectadores, vayan a verla, sobre todo si son andaluces (los vascos no sé cómo se sentirán al respecto) que se van a reír mucho.
No puedo contar más sin espoilearles toda la película, pero ganas no me faltan. Así que véanla, y pásense por los comentarios para reírnos a gusto.


Ocho apellidos vascos

19 de marzo de 2014

El agua de Madriz

Agua de Madrid
Los madrileños, a pesar de su fama de chulos, no son gente que se ofenda con facilidad. Suelen tomarse con humor los insultos "cariñosos", y a menudo los devuelven con intereses.
Tampoco son, por mucho que se diga, en exceso chauvinistas. Se ríen mucho de su condición de capitalinos, y aunque de vez en cuando se metan contigo por ser "de provincias" o afirmen con rotundidad que los madrileños no tienen acento (¡JA!) en general se ríen mucho de sí mismos y son gente acogedora.

Sin embargo, hay una cosa que, de ser criticada, les ofende profundamente, que les duele en su sensibilidad patria. Y no, no es su equipo de fútbol, ni sus monumentos, ni siquiera sus madres.
Es su agua.

¿Quiere usted ofender a un madrileño? Dígale que su agua es repugnante.
¿Quiere organizar una pelea en su Facebook y ser atacado hasta el infinito? Postee en su biografía que no le gusta el agua de Madrid.

Normalmente uno está acostumbrado al sabor del agua del lugar en el que vive, y cuando se muda lo que sale del grifo le sabe extraño. Hay quien no logra habituarse al agua del sitio nuevo y se pasa al agua mineral.
Cuando esto le ocurre a una persona que se ha mudado a "provincias" nadie se asusta, de hecho suele recibir comentarios comprensivos del tipo "Normal, acostumbrado al agua de Madrid...". Pero si el rechazo al nuevo sabor es contra el agua de Madrid... ¡¡BLASFEMIA!!

En mi caso, ODIO el sabor del agua de Madrid. Llevo seis años viviendo en esta ciudad y no he conseguido acostumbrarme. Logro tolerarla, pero en cuanto paso un fin de semana fuera, a la vuelta es dar un sorbo y sentir todo el asco del mundo.
¿Por qué? Pues no lo sé. Me sabe más mineral que el agua mineral. Beber el agua de Madrid es para mí como coger una piedra del fondo de un río y darle un lengüetazo. Me da una grima espantosa. La bebo, porque gastarme dinero en agua embotellada me parece absurdo, pero no me gusta.
Es más, me da la sensación de que alivia la sed menos que otras aguas. Como si para saciarme en Madrid necesitase dos vasos cuando normalmente sólo necesitaría uno.

Pero resulta que en algún momento alguien dijo que el agua madrileña es la que tiene mejor calidad de toda España, y esto fue corroborado por una serie de informes que hablaban de la pureza del H2O que baja desde la Sierra por las maravillas del deshielo, recorriendo cauces de granito, y cae graciosamente hasta prístinos pantanos para luego llegar dulcemente a la capital de las Españas.
Y los madrileños se convirtieron en paladines de su agua.

No es admisible un insulto contra su precioso líquido elemento. El agua de Madrid es la mejor de España, la que mejor sabe, la que más calidad tiene, la que mejor te deja el pelo, la que cura la ceguera y la que Ponce de León se trajo de la Fuente de la Juventud.
Y pobre de aquel cateto de provincias que ose decir lo contrario.

A mí ese orgullo desmedido por lo que corre por las tuberías del Canal de Isabel II me parece muy cómico, y un poco ridículo. No entiendo cómo es posible sentirse orgulloso del agua que sale por tu grifo.
Puedo entender el orgullo por los monumentos, los edificios, el metro... porque son cosas construidas por el hombre,
También puedo entender el orgullo por las fiestas, el carácter de la gente... porque lo componen las personas.
Incluso puedo entender el orgullo por los productos agrícolas o ganaderos de una región. Al fin y al cabo, es el hombre quien lo siembra, quien pastorea, quien recolecta... Aunque haya mecanización, es disculpable.
Pero, ¿¿el agua??

El agua llega del cielo, o de las montañas, y el único papel del hombre es conducirla o, en todo caso, tratarla para que sea potable. Si el agua de Madrid tiene mejores cualidades que la de, por ejemplo, Hernasancho, no tiene absolutamente nada que ver con los habitantes de la Comunidad de Madrid. Pero nada de nada. Por lo que presumir de ella tiene tanto sentido como presumir de las nubes que pasan sobre tu ciudad, que son las más bonitas del Mundo.

Incluso si admitimos el orgullo absurdo como parte de la estupidez humana (al fin y al cabo, los gaditanos se sienten orgullosos de sus playas, y los esquimales (supongo) de sus auroras boreales), el sentimiento de ofensa de un madrileño si te metes con su agua sigue siendo desproporcionado. Las reacciones van desde la decepción hasta el odio, pasando por todas las emociones negativas intermedias.

Así que, visitante en Madrid, te prevengo. Si, como yo, eres delicado para el sabor del agua y la capitalina te sabe a rayos, tienes dos opciones: quejarte y seguir tumbando el mito, arriesgándote al ataque inmisericorde, o callar y tragar como puedas.

Por lo que a mí respecta, la mejor agua que he tomado en mi vida es la de París. Sale del grifo fría, sabe a agua y no a pedruscos, y deja el pelo divinamente. Y con lo chauvinistas que son nuestros primos gabachos, no he visto que se presuma nada de ella. Será porque los franceses saben que es mejor presumir de aquellas cosas que tengan algo que ver con uno...

15 de marzo de 2014

"Perdona, ¿tienes un momentito para ser solidaria?"

Cuando uno quiere mucho a una persona, normalmente la idealiza hasta el punto de maquillar un poco sus defectos. Eso mismo pasa con las ciudades, sobre todo si vives un tiempo lejos de ellas.

Y yo, en mi nostalgia por volver a pisar suelo madrileño, no me acordaba de algunas de las cosas que son un coñazo. Pero se ha encargado de recordármelo pronto, para superarlo y continuar con nuestro amor ciudad-ciudadana.

El otro día me pasé la mañana dando vueltas por el centro, de trámite en trámite. Y tuve un par de encuentros con esa especie de buitre autóctona de las calles que rodean Sol: Los captadores de ONGs. Esos chicos y chicas con chalecos de colores, carpetas y una gran sonrisa que intentan interceptarte cuando vas andando por la calle.

Se trata de una especie que se encuentra en otras ciudades, pero creo que en pocas es tan agresiva como en  Madrid.

Ya mientras caminaba los vi abordando a la gente. Es fácil seguirlos porque parecen piojosos en el patio del colegio: los viandantes cambia su rumbo al andar para esquivarlos en ángulos de 45, 90, y hasta 180 grados. Ellos persiguen a la potencial víctima unos 4 ó 5 pasos mientras le preguntan si quiere ser solidaria, y al ver que no hay posibilidades, van a por otra.

Tomé aire y me acerqué al coto de caza, sabiendo lo que venía.

Vaya por delante que a mí el sistema entero de captar a gente en la calle para organizaciones de ayuda humanitaria me disgusta. Para empezar, como estudiante que era y desempleada que soy, el dinero no me sobra, y prefiero invertir con tiempo y ayudando (que, a menudo, hace más bien y es más directo) que dando un dinero que puedo necesitar. Para seguir, el día en que decida colaborar con una ONG, me empaparé en Internet de vídeos, documentos, fotos, informes… de las que me interesen hasta elegir una con la que realmente me identifique. No me voy a hacer socia ni a dar dinero a una entidad por lo que me diga un chaval en 20 minutos. Chavales que, además, en la mayoría de los casos y contrariamente a lo que se cree, no son voluntarios ni están asociados a la ONG para la que captan, sino que son asalariados.

Total, que allí me metí. Y como me da un poco de pena que la gente les ignore tan brutalmente, me paré con el primero que me abordó. (El pobre lo primero que hizo fue preguntarme si ayudaba a una ONG, y decirme que normalmente sólo se paran con ellos los que ayudan).

Era un chaval agradable, que me contó de qué iba la historia con mucha gracia y una sonrisa, y a la hora de decirme que pagara no me presionó. Yo le di largas, la verdad, y al final me convenció para darle mi correo y que me mandara más información por si al final me decidía. Me quedé con buen sabor de boca.

Apenas di dos pasos se me echaron encima dos captadoras de la misma organización, pero les dije que ya había hablado con su compañero. Pensé que deberían darte una pegatina cuando hablas con ellos, para ponértela en el abrigo y que no te interrumpan más.

Si todo se hubiera quedado en eso, yo me habría ido a casa con buena sensación y este post no existiría.

Pero no.
Un par de horas después, cuando iba con el tiempo híper justo, muy cansada, y con un hambre tremenda, me enganchó otro de otra diferente. Y me paré.

Empezamos mal, porque se lió a explicarme su proyecto hablando no lo que la ONG hace, sino de que es necesario que la gente se asocie para presionar al Gobierno maligno del PP. Mal. Si me asocio, será para ayudar a los somalíes, a los niños sin casa de Moratalaz, o a la pulga común en peligro de extinción, pero para presionar al Gobierno tengo otros medios que además no me sacan dinero. Además, ¿y si yo hubiera sido la presidenta de Nuevas Generaciones o alguien que esté de acuerdo con el Gobierno actual (si eso existe)? Pierdes al potencial cliente nada más abrir la boca.

Debió notar mi cambio de cara y se puso a toda prisa a explicarme los proyectos de su asociación. Y fijaos si lo haría mal, que no me acuerdo. Sólo recuerdo que tenía una voz muy repelente, y que en el discurso que me dio había mucha mención a las malvadas multinacionales y muy poca a los proyectos concretos para ayudar a la gente. De hecho, lo único que me llamó la atención fue que se puso a explicarme las características de un brote de cólera en no recuerdo qué país, y me dijo que le daban mantequilla de cacahuete a los enfermos para que se curasen. Me hizo gracia, aunque pensé que igual agua limpia les iba mejor.

Y cuando llegó la hora de poner la mano, fue cuando de verdad me cabreó. Le expliqué mi opinión sobre estas cosas, y me dijo que sólo el 1% de los asociados en ONGs lo hacen a por su cuenta, y que al resto los captan ellos. ¿Conocen ustedes a alguna persona en el mundo entero que se haya hecho socia de algo a través de esta gente? Porque yo, no.
Me dijo la manida frase de “¿no puedes renunciar a tomarte una caña al día para ser solidaria y ayudar a salvar vidas?”. Frase que me toca mucho la moral, porque por un lado la única persona que conoce mis gastos, y a lo que puedo y no renunciar, soy yo, y por otro lado si un mes estoy fatal de pelas, no me tomo la caña, pero el pago de la ONG me lo pasan por el banco, igual que cualquier otra factura, por solidaria que sea.
Ya me estaba mosqueando, porque además tenía una actitud chulesca que a veces se da en esta gente y que me parece totalmente contraproducente. Me estás pidiendo que te compre algo, tío, soy el cliente, véndemelo.
Encima, me pide el teléfono y no sé cuántos datos más (aún yo diciéndole que pasaba millas) y al contestarle que no iba a ir dando mis datos alegremente si no me pensaba apuntar, se puso en plan 15M (el de ahora, no el original) a hablar de las grandes empresas que trafican con nuestros datos, y a decirme que una ONG JAMÁS vendería mis datos, y que no podía creer que no le quisiera dar el teléfono (lo mismo le molé, pero vamos, no era mutuo así que tampoco se lo habría dado).
Pero su cagada determinante fue decirme que si me apuntaba con él, me llamarían para hacerme una encuesta y que le pusiera nota. Y al repetirle que no, la frasecita fue “pues nada, buscaré a alguien más solidario y que esté dispuesto a ayudarme con su nota”.
Y ahí, que ya me estaba yendo, me giré en redondo y le dije que entonces sí que no me apuntaba, porque con ese chantaje emocional, y la presión absurda que me estaba metiendo, la nota que le iba a dar sería una mierda.
Y me fui, y le dejé muy indignado. Y me quedé pensando en el absurdo que supone que llamen insolidarias precisamente a las pocas personas que se deciden a escucharles, y que tal vez podrían llegar a hacerse socias. Porque así se garantizan que no se vuelvan a parar con ningún captador en la vida.

Que ustedes dirán, ya, pero ellos lo que quieren es que te apuntes, y lo sabes ¿pa qué te paras? Pues tienen razón. Pero el caso es que a mí me dan un poco de pena, y pienso que me resultaría muy frustrante que mi trabajo consistiese en que todos los transeúntes de Madrid me esquivaran a toda leche. Y realmente me interesa lo que me cuentan, y si fueran capaces de no insistir en la inscripción de esa manera tan desagradable, seguramente me pararía muchas más veces, y el día en que decidiera asociarme, después de buscar información, me iría con uno de ellos a apuntarme. Pero es que, por ejemplo, a la ONG del segundo chaval no creo que me apunte nunca (o al menos hasta que se me olvide) sólo del coraje que me dio su actitud de mierda.
Porque o bien te me acercas para venderme la maravilla de la solidaridad, de tu proyecto que va a salvar al mundo y darnos felicidad a todos, o me dices claramente que vas a comisión y que necesitas que la gente se apunte para cobrar a fin de mes. Pero no me llames insolidaria, ni me cuentes milongas que tú no te crees.

Porque la próxima vez que vaya al centro, no sólo les voy a esquivar, sino que igual hasta les salto por encima con tal de no aguantar estupideces. Y eso va en contra de ellos, y del bien que sus asociaciones puedan intentar hacer.

Así que ya lo saben. No se paren a no ser que tengan súper claro que quieren hacerse socios o que el captador/a sea tremendamente guapo, en cuyo caso piensen que le pueden dejar su número de teléfono.

Pero, si no, recurran al drible o al grito de “¡Ya soy socio!” y huyan a toda velocidad.