13 de diciembre de 2014

Una semana de cumpleaños



De sorpresa en sorpresa, de salto en salto. Siguiendo un complot organizado durante semanas por el chico del sombrero y mis amigos.
Así fue mi semana de cumpleaños.

Desde el viernes, sin parar, dejándome llevar en coche de un rincón a otro de Madrid, asombrada.

Un chino en un callejón oscuro, con pinta de local de tráfico de órganos como poco, en el que al entrar me tropiezo a Caballera, y pasamos la noche hablando de todo, y sobre todo de lo de dentro.











El mejor italiano en el que he comido, el sábado a mediodía, y un "¿qué tal pareja?" que me deja patidifusa. Melazzura, después de casi seis meses, con una sonrisa y dos ovillos de lanas para alimentar el vicio.





Un trozo de tarde mágica, recibiendo señales e ideas mezcladas.

Una cena surrealista en una especie de harén de andar por casa, con la niña Arrecha, Presentadora, la Agente Colombo, Hans Solo y otra jeba arrechísima a la que me encantó conocer.
Cena con bailes absurdos, y risas, y humor negro sin piernas, y regalos por sorpresa. Desde una tarta de chuches hasta una miniBuhonera, pasando por una libreta para escribir historias mágicas y un horno portátil hecho de goma.

Respira, Buhonera, que aún queda semana.

El domingo casero, con desayuno de churros con forma de cifras de cumpleaños, y arroz al horno (la mejor comida que existe) para comer de forma inesperada.

Y Minecraft, y WoW, y risas, y películas.




Y, el martes, la llegada de un regalo que llevaba deseando muchísimo tiempo.







Y el jueves fue, por fin, la fecha de verdad. Y en ella hubo dulces para celíacos, porque en la fábrica de ideas hay quien no puede comer otra cosa, y siempre se queda mirando cuando otros cumplen años. Esta vez, no.
Y comida en McDonalds con una chica que no come carne (que no vegetariana) para salir del comedor de la oficina por una vez.








Y vídeos inesperados, y foto absurdas enviadas desde Hamburgo, y el descubrimiento de que Kamehameha V fue un rey hawaiano que nació el mismo día que yo y que en su nombre existe el ataque de Goku.








Y hubo ópera. Una maravillosa flauta (cuya utilidad no me quedó muy clara), y una reina de la noche, y un rito masónico disfrazado de cuento de hadas. Dos horas y media emocionada.

Y, como tiene que haber en todo cumpleaños, hubo tarta con velas.

Y hubo mil amigos, y familia, y seres queridos de todos los colores, que quisieron participar aunque fuera con una simple palabra.

Los 23 fueron un cumpleaños complicado, aunque con un encanto muy especial.





Los 24 han sido una fiesta de casi siete días, acompañada por un maestro de ceremonias al que no se le quitaba la sonrisa de verme asombrada y feliz a cada paso.

Bienvenidos, 24. Llegáis con magia en los talones. Que dure.



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