11 de diciembre de 2014

Memorias de una desmemoriada

No me acuerdo.
Ya lo he dicho,
No. Me. Acuerdo.
No consigo acordarme.

Este nuevo ritmo de vida está consiguiendo lo impensable.

Hasta hace poco, yo era esa persona que se acordaba de todo. Que tenía siempre la agenda, pero no la necesitaba. Porque se acordaba.

Entonces llegó noviembre. Y dos toneladas de trabajo en la Fábrica de Ideas, y más “trabajo” scout del que nunca había tenido. Y demasiados amigos en demasiadas partes del mundo, cada uno con sus vidas, problemáticas y trabajos. Y una familia a 600km. Y proyectos de cosas nuevas. ¡¡Y capítulos de series todas las semanas!!
Y mi memoria dijo “hasta aquí, baby”.

Y empezó la decadencia.

Me acuerdo, sí, de casi todo. De las cosas grandes e importantes, de las triviales cruciales y de las que sólo me importan a mí.
Pero en el día a día mi cerebro es un colador.

Tengo demasiadas listas de tareas, algunas de las cuales se me olvida incluso hacer: Lista de mails scouts que escribir, listas de cosas que hacer en el trabajo, listas de entradas que me encantaría postear en el blog… Y siempre se escapa algo.

A veces es algo menor, de lo que me acuerdo un par de semanas después sin consecuencias nefastas.
Pero otras veces son temas graves, que juraría haber apuntado, que estaba convencida de recordar… y que huyen por el desagüe invisible de mi cerebro, dejándome en su lugar una  gran nube de inconsciencia rosa.

¿Por qué, cerebro, por qué? ¿Por qué me has abandonado?
Éramos un equipo, éramos infalibles, éramos unos cracks… Y ahora somos un bloque de post-its desperdigados.

Vale, lo entiendo. Están siendo meses de locura. En tu vida habías trabajado tanto ni tenido tanta responsabilidad sostenida. Lo sé. Pero nos mola. ¡La Fábrica de Ideas mola mogollón! Nunca habíamos tenido un trabajo en el que nos sintiésemos tan valorados, tú y yo. En el que aprendiéramos tanto.
Sí, lo sé. También están los scouts. Ese caos de salto de mata que se cuela en tus milimétricamente pensadas semanas y lo manda todo a la mierda con un correo intempestivo y mil recordatorios que sólo te confunden más. Lo sé. Y sé que a menudo apesta. ¡Pero la parte buena es muy buena!
Ya. Es todo. Si lo sé. Y dormir poco, y comer corriendo, y leer en el tren como una fugitiva, y tener que apuntarte que tienes que llamar por teléfono.
¡¡Pero antes podíamos!!

¿¿Nos estamos haciendo viejos?? No me digas eso, cerebro, que sólo tenemos 24 años…

Será que la justicia kármica existe, y tantos años de reírme de mi madre y sus despistes, sus tazas de café en el baño y sus olvidos surrealistas han venido a darme en toda la boca…
¡Pues no me gusta!

¿No venden discos duros externos para el cerebro? ¡¡Mi reino por un pensadero en el que volcar el exceso de recuerdos!!

Y así pasan los días. Me acuerdo de casi todo, menos de esas cien cositas (de las miles que almaceno en la cabeza) que justo traen consecuencias inesperadas e incalculables.

Una especie de amnesia selectiva que va ligada a un ritmo de vida que en los tres últimos meses ha sido considerablemente insano y, más que estresante, suicida. Pero siempre, ante el “¿no deberías dejar algo?” se juntan horror, negación, y un ápice de culpa.

Ahora mismo, seguramente debería estar haciendo algo importante… pero no consigo acordarme de qué.

Ah, ¿os he contado que en enero vuelvo a nadar para no volverme loca, y a estudiar idiomas para seguir formándome?

¿Qué de dónde voy a sacar el tiempo? De donde siempre. Y no me preguntéis, o tendré que mataros después.



No hay comentarios:

Publicar un comentario