6 de noviembre de 2014

Compañeros de piso: welcome to hell (or heaven)

El momento en que uno por fin se va a vivir solo es un momento grande, enorme, importante, crucial. Un momento maravilloso.
¿Porque implica independencia? Naaaaaaaaaaaaaaaah.
¿Porque es un paso hacia la madurez? Nuuuuuuuuuuuuuuuuuuu.
¿Porque finalmente puedes ir en pelotas por el salón y bailar el Aserejé en la cocina como siempre has deseado? Eh… No… ¿¿qué clase de problema mental tienes??

Es un momento maravilloso porque dejas de compartir piso.

Sí, amigos, tras seis años fuera de su casa natal, y cuatro compartiendo piso, la Buhonera tiene un carromato para ella sola. Y es tan maravilloso…

El tema de los compañeros de piso da mucho de sí. Siempre que surge, hay un cambio en la textura del aire, todo el mundo gira la cabeza y abre la boca al mismo tiempo para despotricar y contar esa anécdota que crees que es imposible que nadie más haya vivido... aunque luego te sorprendas.

En esto, como en muchas otras cosas, hay errores que TODOS cometemos. Todos. Sin excepción. ¿Por ejemplo?

-Vivir con un amigo: Oh, somos súper amigos, nos adoramos, nos contamos las penas… ¡¡¡vámonos a vivir juntos!!! ¡¡Seremos como Ted y Marshall en Cómo conocí a vuestra madre!! ¡¡Como Bea y Mauri en Aquí no hay quien viva!!
EEEEEEEEEERROR.
Un amigo maravilloso, estupendo, encantador y empático puede ser el peor compañero de piso que tengas jamás. ¿Sabes esa sensación de “dios, le quiero muchísimo, pero JAMÁS me enrollaría con él/ella”? Bien, también existe para compartir piso. Y para ir de viaje. Son amigos con los que jamás deberías cohabitar, si quieres conservar esa amistad.
Puede que descubras que tu amigo es un cerdo que no limpia el baño nunca. O que cuando tiene sexo canta canciones de las Spice Girls. O que es un moroso y no paga sus facturas. Cosas que en el día a día de un amigo no se ven… pero que cuando compartes piso saltan sobre ti.
Además, por miedo a tener una discusión y perder una amistad, tiendes a callarte las cosas que te molestan, hasta que simplemente verle la cara a esa persona que antes era tan especial para ti te despierta instintos homicidas graves.

O peor. Descubrirás que TÚ eres el guarro, moroso, fan sexual de las Spice Girls, y que tu amigo te detesta por ello y te va poniendo verde por detrás.

Piensa que Ted y Marshall, y Bea y Mauri PRIMERO fueron compañeros de piso, y LUEGO se hicieron amigos. Esa combinación funciona. La otra, es explosiva.

Así que, a no ser que seáis tan amigos que podáis tiraros pedos juntos, os hayáis dicho las cosas más crueles a la cara sin mala idea, sepáis todos los defectos e intimidades vergonzosos del otro, y para ser hermanos os falte compartir apellido, olvidadlo. No es buena idea. De verdad.

-Decir “bueno, los compañeros son un poco raros, pero seguro que son majos”. Huye. De prisa. Más deprisa.

Cuando llegas a un piso, los compañeros siempre parecen majos, y con el pasar de las semanas se descubre cómo son (sois) en realidad. Así que si la primera impresión es que son raros… Corre. Irá a peor. Siempre va a peor.

Son errores de los que se aprende, y que jamás cometes dos veces. (Y si los cometes es que eres idiota. O suicida.)

Una vez que te lanzas a compartir pisos con desconocidos que no te parecen “raros” al visitar el piso, comienza un estudio sociológico y antropológico absolutamente fascinante. No te das cuenta de hasta qué punto las personas somos totalmente diferentes en función de factores totalmente aleatorios hasta que convives con gente desconocida.
No te imaginas la cantidad de formas que hay de limpiar un baño, hacer la compra, dividir los gastos o acoger invitados en casa hasta que las recorres TODAS.

Podría hablar de las diferencias según los países y comunidades autónomas de origen, porque el tema da de sí, y me he cruzado de todo (italianos, franceses, checos, chinos, vietnamitas, andaluces de todos sitios, gallegos, madrileños…). Pero eso sería estereotipar, y está feo. Sólo diré que las féminas procedentes de un lugar muy concreto de España están para mí baneadas de por vida para ser compañeras de piso. 3 veces, 3 desastres. Nunca mais.

Así que, basándonos en el comportamiento para no ofender, veamos a qué gente te puedes encontrar al final del pasillo (perfiles basado en casos reales):

-El guarro encantador: Es ese compañero que no ha visto un estropajo de cerca en su puñetera vida, que no sabe limpiar el baño, que desconoce la utilidad de la cuchilla para la vitro y aloja bajo su cama una colonia de pelusas autosuficiente.
Pero es un encanto. No limpia porque no le da importancia, o porque nadie le ha enseñado, y si se lo pides lo hará de mil amores. Mal, pero de mil amores.
Le aguantas porque si hace comida te ofrece, sale de bares contigo, y te ofrece ver unas pelis cojonudas.Pero es un cerdo.

-El borde obseso de la limpieza: Polo opuesto del anterior. El borde obseso de la limpieza es un gilipollas que jamás cruza más de tres palabras contigo. Sería (MUCHO) más agradable vivir con tu perro, y tendrías mejores conversaciones.
Eso sí, la casa está inmaculada. Barre, friega, pasa el polvo, se ha traído su propia aspiradora e incluso es capaz de entender el funcionamiento de una vaporeta. Además, como es un histérico, limpia su parte y la tuya si hace falta, sin más que un gruñido como protesta.
Es como vivir con un mayordomo de Tenn mudo. Es imbécil, pero da gusto ducharse en ese baño.

-El fiestero: Todos hemos dado fiestas en pisos. A todos se nos ha ido la mano con una fiesta en el piso, todos hemos vuelto tarde de fiesta. No estamos hablando de eso.
Hablamos de una persona que, si estás estudiando para tus exámenes de fin de carrera un viernes a las tres de la mañana, hará un botellón en el salón con diez personas y le importará una mierda. De una persona que sistemáticamente llega a las 7 de la mañana cada vez que hay un festivo (y algún que otro día de diario) dando gritos, golpes, y más de una vez vomitando estruendosamente. Que organiza una fiesta en tu piso sin avisar, el peor día a la peor hora.
Tu única esperanza es volverte noctámbulo. O seguirle el ritmo.

-El tacaño: No comparte. Nada. Ni las patatas. Ni el aceite. Ni la sal. Si le apuras, ni el jabón de manos del lavabo. Todos lleva su nombre rotulado, hasta los huevos si hace falta. No querrá poner dinero para los gastos de la casa, y si lo pone será reivindicando que él sólo se ducha una vez a la semana, para ahorrar, y que quiere pagar una octava parte de la factura.
Jamás te invitará a nada, y si lo hace esperará una invitación a cambio o te pedirá el dinero.
Suelen regatear en cosas como sacar la basura o cambiar el rollo de papel higiénico porque “yo lo hice ayer”.
Desgastan mucho, muchísimo.

-El RARO: Los hay de muchos tipos: Los que tienen fotos de fantasmas en su cuarto y no hablan con nadie, los que traen visitas a casa sin avisar y los meten en tu salón, los que quieren ser tus mejores amigos pero son terriblemente perturbadores, los que acumulan basura diciendo que en realidad reciclan… Son divertidos el primer mes y desesperantes el sexto. Eso sí, darán a tu anecdotario capítulos y capítulos y capítulos que repetir hasta la saciedad.

-El estafador: Los hay de los moderados, que te piden que les prestes pelas un mes y no te lo devuelven, o los modelo Al Capone, que te subalquilan una habitación durante meses para luego fugarse a Londres, dejando que te enteres por el portero de que te van a desalojar porque hace nueve meses que el propietario no recibe el alquiler (true story).
Son casi indetectables, así que mi consejo es preguntar SIEMPRE al portero del edificio o al propietario si hay cargas. Y, sobre todo, SIEMPRE SIEMPRE SIEMPRE firmar contrato antes de vivir en ninguna parte.

-El descanso: Es, por suerte, el compañero habitual. Es simpático, cordial, educado, moderadamente divertido, moderadamente hablador, razonablemente limpio en las zonas comunes, y maravilloso para echar un juego de mesa o hablar mientras ves la tele. De esos he tenido muchos, y son una alegría. Son gente con la que da gusto vivir, y algunos mutan en amigos poco a poco.

-El vividor follador: Ya tenga pareja o venga con alguien nuevo cada día, sus noches (o tardes, o mañanas…) de pasión se escucharán en toda la casa el edificio la ciudad.
Golpes del cabecero contra la pared, gritos, gemidos, insultos, ruegos, golpetazos… Muy mal compañero si estás a dos velas, porque te creará una envidia insoportable.
¿Lo peor? Verle la cara al partenair por la mañana después de haberle escuchado toda la noche cantando las Spice Girls. ¿Qué se dice en esas situaciones?
Los hay que cuando al día siguiente te ven la cara, se cortan y se sonríen (esos caen bien) y los que van de chulos y te dicen “qué cojones me vas a haber escuchado”. A esos, lo mejor es grabarles el show cuando retumben las paredes, y luego reproducírselo.

-El milagro: Es limpio. Es simpático. Le gusta cocinar contigo. Te recomienda series guays. Le gustan los libros que le prestas. Podéis hacer planes fuera de casa. Podéis estudiar juntos. Podéis hacer cualquier cosa. Es maravilloso.
Se convierte en tu amigo al poco tiempo de vivir juntos, y cuando dejáis de compartir piso lloras amargamente y deseas que en algún momento el sueño se pueda repetir.
En mi caso, es Minette. Compartimos piso 9 meses en Saint-Denis, y fue la mejor compañera de piso que he tenido en mi vida. Ahora vive en Yankilandia y es poco probable que se repita la experiencia… Pero molaría tantísimo…

-El infierno: Y, como vivimos en un universo de opuestos, para que exista el milagro tiene que existir el infierno. El infierno aúna todos los defectos posibles en un compañero de piso: No limpia (porque ni sabe ni quiere aprender), es egoísta, antipático, mala persona, ruidoso, irrespetuoso, tacaño, destrozón, irresponsable, pesado, metomentodo y egocéntrico.  No sabes cómo es posible que alguien así exista, no puedes entender qué mal has hecho en otra vida para encontrártelo en tu casa, y sólo puedes pensar en salir de allí para siempre.
Si conoces a alguien cuyos compañeros de piso se van frecuentemente de la casa en la que está, sin razones concretas, no lo dudes: es uno de ellos. Corre, muy lejos, y no te dejes engatusar.
Uno de esto te quita las ganas de vivir, y sobre todo de compartir piso con nadie, nunca, por no arriesgarte a dar con otro. Yo me he tropezado con dos en mi vida. Dos terribles experiencias de más meses de los que deberían haber durado.

Y ése, amigos míos, es un somero retrato de lo que te puedes encontrar por ahí si cohabitas con desconocidos. Una lotería en la que entran tooodos esos perfiles, y no sabes cuál saldrá la próxima vez.

En mi caso, me he retirado de la rifa, y creo que no he sido mala compañera, aunque eso lo tienen que decir los que me han soportado. Empieza una nueva etapa, y eso siempre mola mucho.

Aquí lo dejamos, por ahora… aunque puede que haya segunda parte.

 ***
  
Dedicado a todos mis compañeros de piso, algunos de los cuales fueron maravillosos y se convirtieron en amigos, otros a los que sigo apreciando un montón, dos o tres de los que me acuerdo apenas del nombre, unos cuantos a los que por suerte no volveré a ver nunca, y alguno al que le deseo una urticaria en el peor sitio.
Y dedicado sobre todo a Minette, la mejor de las mejores.



2 comentarios:

  1. Me he reido muchisimo con la entrada.
    Toooodo verdades.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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