1 de octubre de 2014

¿Ya es uno de octubre?

Han pasado casi quince días desde la última vez que abrí el baúl. (Lo de ayer se puede decir que apenas cuenta.)
Me da mucha pena, y no poco cargo de conciencia, venir aquí y encontrarlo cubierto de polvo, atestado de todo lo que en estas semanas se ha acumulado y no ha encontrado hueco por dónde salir.
Porque os aseguro que si algo no me ha faltado en este tiempo han sido inspiración y ganas de contar cosas. Iba hilando entradas en la cabeza, que luego al llegar a casa no tenía tiempo, o concentración, para sentarme a escribir. He llegado a la conclusión de que necesito una tablet para ir escribiendo en las dos horas y pico de transporte público que tengo a diario. Sería la mejor forma de publicarlo todo.

Pero claro. Por un lado, la fábrica de ideas está a tope, con mil cosas que hacer, mil necesidades que deben ser cubiertas ayer como tarde, mucho que aprender, mucho que definir… Lo maravilloso de ser parte de un proyecto que comienza es que lo ves crecer y lo alimentas como a un hijo, pero eso tiene un coste en tiempo y esfuerzo considerable.
Aún así, las cosas dan frutos. Por primera vez tengo un contrato de verdad, haciendo trabajo de verdad y con un sueldo de verdad. Estreno jornada completa por primera vez desde que volví de Niort. De nuevo esa franja entre las ocho y las diez se ocupa en la cocina, haciendo comida de mañana y cena de hoy, intentando no comer pasta cada día, procurando que haya de todo a la semana, carne, pescado, fruta, arroz… Y echando de menos la compañía de Fleur, Veramente y C. haciéndose su propia comida a mi alrededor.

Luego, la vuelta a la vida scout. Que una no se acordaba ya de lo que eso era.
He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me he planteado lo diferente que es ser scout cuando eres niño, o adolescente, de serlo como responsable. Las gratificaciones e ilusiones son distintas, y también lo es el sacrificio.
Salir del trabajo cansada y tener una reunión, dos, tres. Guardarte para ti los lunes por salud mental. Pasar un fin de semana hablando de escultismo y viviendo emociones que te dejan temblando, a la vez que revives otras antiguas que te dan escalofríos de los feos.
Preparar las tardes de los próximos sábados, las horas de los campamentos, planeando lo que sabes que nunca se cumplirá en detalle, creando lo que aquellos a los que intentarás transmitir valores, ideas, emociones… convertirán en cosas diferentes e inesperadas.
Ser monitora scout roba al reloj horas que ni siquiera sabías que estaban ahí hasta que las echas en falta. Supone tener un ojo en la agenda y el otro en el calendario, mientras te inventas un ojo extra que poner en tu vida para que no se convierta en una extensión de tu tiempo scout.

Y no hay que perder de vista las cosas importantes que no son obligaciones pero son imprescindibles: Los amigos (echar la tarde con la Niña Arrecha, C. descubriendo Madrid con los ojos como platos, una conversación con Tralarí…), el chico del sombrero (tanto, tantísimo, en tan poco tiempo…), la familia (a ellos los tengo lejos, pero el wasap acerca lo inimaginable). Y yo misma. El lujo de pasar una hora tirada en el sofá viendo Isabel y aplazando todas las decisiones que habrán de tomarse más tarde.

Y entre eso, y la dificultad que entraña septiembre… no estamos para muchos trotes.
Y es que septiembre es un mes complicado. Y más este año. Normalmente ya es mes de rehacerse, de empezar cosas, de cerrar unas etapas y estrenar otras, de crear, de aguantar una nostalgia añeja que huele a lluvias secas y hojas caídas.
Este año, además, septiembre traía aniversarios difíciles de digerir y poco agradecidos de celebrar: El aniversario de un dos de septiembre en que la realidad saltó en pedazos, el de un 15 de septiembre en el que fabricarse de cero en un lugar diferente, el de un 29 de septiembre en el que el mayor cambio surgió… Y todos han pasado, con una sonrisa y un abrazo, siendo recordados pero no conmemorados, pues ninguna falta hacía.

Y aquí estamos, a uno de octubre, estrenando mes, época, vida. Porque parece que desde hace un año y pico mi vida cambia radicalmente a cada paso que voy. A mejor, casi siempre, mientras yo la observo con los ojos muy abiertos y procuro no perder detalle y adaptarme con alegría a cada giro.
El uno de noviembre llega el siguiente gran cambio, un salto que llevo mucho queriendo dar, y que también necesitará de cuidados y trabajo previos para ser lo perfecto que puede llegar a ser.

Sonrío. De un tiempo a esta parte, ya lo sabéis muchos, sonrío más a menudo. Y aunque últimamente el estrés a rato intente llevarse a la sonrisa secuestrada, siempre hay formas de rescatarla o impedir el rapto. De aceptar que lo que viene, conviene, y que si no es así, cambiará. ¿O me ves seguir vistiendo piel azul? No, llegó la piel roja sin esperarlo nadie, cuando fue el momento.

Respiro. Hondo y muy fuerte, hasta sentir el aire muy dentro. Porque sé que todo seguirá saliendo bien.

Pocas veces me he venido aquí tan introspectiva y tan clara con la vida rutinaria buhoneril, pero hoy surge, y la máxima de este blog es que lo que del baúl sale al baúl se sube.

Procuraré estar más presente, porque me gusta tener este rincón al día, y me siguen quedando muchas cosas que contar.


Buenas tardes, caminantes.

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