24 de octubre de 2014

Nubes imaginarias

Está nublado, seguro.
Pero miras a la venta y hace sol.
Sin embargo, te sientes de día nublado.
No estás triste, las cosas van bien, el futuro viene brillando y el presente es más que agradable de vivir.
Pero sientes que debería estar nublado.
Porque te apetece acurrucarte en el sofá o en la cama, en un nido de cojines, enrollada en la manta roja, mientras ves una serie y comes palomitas.
Porque te apetece hacerte una bola en la rebeca roja mientras lees el Mundodisco nuevo. 
Porque quieres que la lluvia repiquetee suavemente en los cristales mientras tú te deshaces en abrazos bajo las sábanas.
Debería estar lloviendo fuera. Pero, contra todo pronóstico, al mirar por la ventana de la oficina el Sol se alza, improbable y aún así incuestionable.

A lo mejor es que mi cuerpo sabe que estamos en otoño, aunque el clima se empeñe en ir a su bola…
¿Puede la piel sentir que le falta la lluvia, o sentir que hay un frío que no llega?
Es octubre, y tejo una bufanda incongruente, de mil colores, mientras el cielo se ríe de mí y parece decir que para usarla más me vale volverme a Francia.

Y no es que a mí me guste especialmente la lluvia, ni el frío. Pero las mangas cortas a finales de octubre son demasiado para mí.
Además, no quiero nubes blancas. En el paisaje de fuera de la ventana que está en mi cabeza el cielo está de un color gris oscuro, y en nada va a empezar a diluviar.
Un día de esos que sales corriendo de la oficina para llegar a casa directa a quedarte en calcetines.

Me encanta el otoño, y no termina de llegar. Me gustan los árboles naranjas y amarillos (aunque de esos, fuera de Francia he visto pocos). Me gusta el olor a lluvia, la tierra mojada, llevar paraguas y gabardina.
Me gustan los preparativos de navidad, igual que me encanta la navidad en sí. Y, si lo piensas, la Navidad es una extensión del otoño, ya que se celebra sólo unos días después de que se termine.
No me gusta el invierno interminable de días feos, nubes sin lluvia, frío rancio de meses y naturaleza marchita.
Me aburre la primavera histérica de lluvias impredecibles y días de falso sol en los que por ir en manga corta acabas en cama con fiebre.
Y adoro el verano.

Y ahora es otoño, señor que le da al botón del clima, y en mi cabeza caen chuzos de punta, y llevo abrigo y foulard, y EL CIELO NO SE ENTERA.

Ayer, llegando al trabajo, hacía tanto frío que el aliento salía como niebla entre los labios.
Brillaba el Sol pero no podía sentir la nariz. Me encantan los días así.
Pero fue sólo un momento. Luego volvió el calor pegajoso e inapropiado que surge cuando las sandalias están guardadas y los pies se cuecen en zapatos cerrados.

Miro al ordenador, pensando en que esta tarde quiero seguir con la bufanda un trecho más, y que luego estaré con Caballera. Me pierdo en divagaciones, y en un poco de trabajo. Es uno de esos viernes improductivos que cuando estaban la agente Colombo y la niña Arrecha solían ser divertidos y ahora son insoportablemente tediosos. Se me olvida todo y, al mirar hacia fuera vuelvo a sorprenderme con un sol absurdo en este día nublado de mi cabeza.

Y la mezcla de SPM, sueño, Luna nueva y desadaptación climatológica me hacen llegar a casa como si fuera una trinchera. Coger las agujas de punto, una lata de fanta de limón, e ignorar al sol impertinente, a las nubes impuntuales, y al vecino de enfrente que otra vez se pelea con la mujer.

Buena tarde lluviosa o soleada, según como la viváis en la cabeza ^^

No hay comentarios:

Publicar un comentario