2 de octubre de 2014

La niña arrecha

Pues no es justo. No señor.
No es justo que a mí hoy me digan por sorpresa que mi niña arrecha se me va para su casa un día antes de lo pensado.
Porque una se quiere currar una cosa bonita de semi despedida y de repente le adelantan las fechas y tiene que hacer cualquier vaina. Y las cosas no se hacen así. De bolas. Qué arrechera me dan cuando no tienen en cuenta lo que cualquier cambio puede hacer a las personas que se ven afectadas.

Maaarico. ¿Cómo explico yo ahora, sin preparación ninguna, quién es la niña arrecha?

Es la responsable de que en esta entrada haya palabras estrambóticas que yo no había oído en mi vida.
Es la chica de la corona de flores, responsable de un prejuicio brutal. Después de una semana pensando en quién trabajaría conmigo, me encuentro a una gafapasta con una bonita chaqueta vaquera y una corona de flores. Marica, no. Una jipiflower no.
Por suerte, no fue así. Y no volvió a traer la corona de flores.

La niña arrecha es Joy a tope, viernes absurdos haciendo el gilipollas y pasarnos fotos y vídeos de Merlín el encantador por wasap una tarde entera.

La niña arrecha se parece un poco a esa Mafalda que tanto le gusta. De hecho, cuando la conocí, llevaba el pelo igual. Le gusta la música, como a Mafalda, es idealista, como Mafalda, y dan ganas de estrujarla muy fuerte, como a Mafalda.

Es de esas personas que, tras hablar una hora con ellas, quieres que sea tu amiga para siempre. Y si tienes la suerte de conseguirlo, sientes que te ha tocado la lotería.

De la niña arrecha he aprendido mucho. He aprendido que el camburo se come, que los pollos se pueden vestir de pana, que la comida puede provocarte sin querer sexo contigo, que las arepas sifrinas están para chuparse los dedos, que de casa se sale con velo y corona y que ¡a la orden! se usa fuera del cuartel.
Quienes dicen que el español se habla en América latina no ha intentado descifrar a un latino hablando, ni ha visto la cara de póker que a uno de ellos se le queda cuando te escuchan decir "descogorciado".

Le regalé por su cumpleaños dos Mafalda y un libro para aprender expresiones españolas escrito por una rusa. Todo esto en una empresa con nombre en sánscrito, de la mano de una andaluza para una venezolana. Valiente crisol surrealista.

De la niña arrecha he obtenido una visión de Venezuela que duele. Duele porque al oírla hablar se siente el dolor que le provoca, por la injusticia, la impotencia y la rabia. Y he aprendido que no te puedes fiar de nadie cuando de cierta información internacional se trata, más de quien lleva ese país en la piel y la memoria.
Me he hecho la idea (probablemente irreal, como todo lo que uno imagina) de una Venezuela preciosa, llena de gente maravillosa que ha tenido mala suerte con un Gobierno al que no supo predecir (como a muchos nos ha pasado), pero insegura y cara.

Sé que la niña arrecha echa de menos orientarse por el Ávila. Y escuchar a su papá y su hermano tocar el cuatro y a su hermana cantar mientras ella se une riéndose de sí misma y queriendo tener también un instrumento. Sé que extraña bailar en su academia. Que le faltan los aguacates del tamaño de berenjenas y el mar que en Caracas está sólo a un tunel de distancia.

En ella he encontrado, por primera vez, a una persona cuyo amor por la escritura y la lectura igualan al mío. Que sabe que un escritor necesita salir a inspirarse, y ver series, y jugar a videojuegos y procrastinar como un demonio. Una persona que lee y lee y lee, y que las frases bonitas que le gustan para una posible historia las apunta en el móvil para que no se le olviden. Una maravilla.

Y es tan difícil... Si pensamos en las probabilidades de que una persona tan maravillosa, tan compatible contigo, atraviese medio mundo y llegue a la silla de al lado, da escalofríos.

A la niña arrecha la burocracia le tendió una trampa, y se tiene que ir a casa hasta que consiga liberarse, que será pronto. Lo sé. Pero de pronto ella y la Agente Colombo me han dejado huérfana en la silla. Y la Agente volverá en una semana, pero la niña estará un poco más de tiempo al otro lado de la pantalla. Cerca, por supuesto, pero no en la silla de al lado.

¿Y con quién voy a chocar yo ahora la mano tras poner un tic en rojo en la lista interminable, para luego frotarme la palma porque casi me luxa la muñeca? ¿Y con quién voy a intercambiar una mirada con las cejas para arriba ante una gilipollez evidente? ¿Y quién me va a decir que me relaje? Ay... ¡¡Vuelve pronto o me voy a ir a tu casa y te voy a dar un coñazo, marica!!

Y ya acabo (sepan que a un venezolano eso le suena malsonante) porque si no esto va a ser un TFM de esos que se hacen con un estrés de cojones. Y no es plan, ¿verdad?

Te voy a echar de menos, negrita, aunque estés cerca en muchos sentidos. Esta es mi forma de darte un hasta pronto y un abrazo muy enorme. Te quiero, pollo de pana. Y cuando llegue el día B nos lo vamos a pasar como enanas, para que extrañes lo menos posible lo que inevitablemente vas a extrañar.

(Querida niña arrecha, perdón por las mil patadas al venezolano que probablemente haya dado en este post. La intención es lo que cuenta. Te quiero muchillones, te voy a echar de menos y no te pienso perder de vista, que me tienes que enseñar el sofá nuevo. Vas a volver, lo sabes, y si no lo sabes pregúntaselo al universo.)


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