8 de septiembre de 2014

Agua de mar y asfalto

Alzó la mirada y contuvo la respiración por un segundo.
Soltó el aire, despacio, sintiendo cómo el Sol le calentaba los párpados entrecerrados.
El tacto de la arena bajo sus dedos era tan real...
Escuchaba, sin oírlo, el vaivén de las olas.
Suspiró, dejando que un olor a salitre inventado le pintase la nariz de blanco.
Sabor a sal en sus rizos secos que olían a fruta.

"¿Dónde estás?"
"En el mar..."

Mil tardes vividas con los pies cubiertos por las olas hacían que hoy no le fuera posible salir de esa playa que sólo estaba en su mente.
Una playa sin turistas, sin levante, con días y noches calmos. Perros paseando, parejas abrigadas, niños bañándose en una playa atemporal.

¿Cómo es posible echar de menos un puñado de arena y unos litros de agua salada como si fueran el ser más querido?

El verano era playa. Playa que de niña llegaba a hastiarla, que le hacía inventar mil excusas para poder escapar de aquella rutina de madrugar para bajar a la arena y quedarse jugando hasta la hora de comer.
Playa que de adolescente fue el refugio de mil tardes que hubieran sido infernales sin el alivio de mirar a un mar que nunca le devolvía la mirada.
Playa que al crecer fue morriña constante. Que al visitarla fue modelo de mil fotos, testigo de mil pensamientos, de mil besos.
Playa que hoy estaba tan tan tan lejos...

...que no podía quitársela de encima.

Sabía, de esa extraña forma en que se saben las cosas que nadie nos explicó nunca, que aquel mar era parte de ella misma, como su color de ojos o el timbre de su voz al cantar.
Que era ésa la razón de que ahora, al cerrar los ojos, sólo viera olas tras sus párpados.

Navegó desde un espantoso sofá cubierto por una funda aún más espantosa.
Navegó por una bahía que sólo era para ella, en un velero con la génova desplegada y la mayor flameando...
...flameando... sonrió, al recordar otra risa que suscitó aquella palabra.
Navegó sobre un mar que pasó de repente de verdoso a azul intenso.
La belleza de lo inmenso...
¿Cómo es posible navegar en una ciudad sin mares?
Porque el mar se lleva dentro.

Vio, sin verlo, cómo la costa se alejaba en un murmullo de viento contra la lona.
El Sol quemaba, el agua refrescaba.
Y las millas fluían en una carrera contra el casco.

Sabor a sal, olor a soga.
Tacto de madera agrietada.

Atracar en puerto, saltar.

Y ahí seguía, en aquel salón absurdo en una casa absurda, en una ciudad maravillosa.
Y es que fuera, tras las ventanas, Madrid observaba y esperaba.


Fuera, el asfalto, el calor, los edificios... Una miríada de gente recorría las calles.
La ciudad tanto tiempo añorada, que tan pocas veces había decepcionado.
Llena de ruidos, de coches, de aceras, de portales en los que pintar noches en blanco.
Seis millones de personas tejiendo una red interminable de encuentros deslavazados y llenos de casualidad.
Madrid, llena de luces.
Tan bella a su propia manera, sin nada que ver con el mar.
Madrid, llena de momentos.
La de los atardeceres hermosos.


Cerró los ojos. Sonrió. Sus labios parecían perfilados con un estilete.
Una mano llena de arena y agua de mar.
La otra sosteniendo las llaves de una casa a un paso de una boca de metro.
¿Cómo dos universos tan diferentes podían significar tanto para una sola persona?
Raíces en un lado, frutos en otro.
Plenitud de tener lo mejor de las dos cosas, aunque nunca fuera a la vez.

Se asomó a una ventana que daba a ninguna parte que se pudiera encontrar fuera.
La felicidad era tan linda de ser vivida...









1 comentario:

  1. Hermosísimo. Si cambio Madrid por Sevilla, el texto podría venir de mi corazón dimensionado por tu preciosa sensibilidad.

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