7 de agosto de 2014

Ébola, la enfermedad de los pobres que atacó a los ricos

La primera vez que escuché hablar del Ébola yo tenía doce años. En la biblioteca de la ciudad en la que vivía habían montado una exposición sobre el SIDA, y la visité con mi madre.

Era una exposición tremendamente didáctica, y bastante impresionante. 
Junto a la entrada había una enorme pantalla con una cifra. Cada minuto, sonaba un estridente pitido que resonaba en toda la biblioteca, y la cifra ascendía un número. Al lado se te explicaba que cada pitido equivalía a un nuevo infectado por VIH en el mundo. El pitido era incesante.

Se entraba a la exposición a través de un vaso sanguíneo en el que cabían diez personas. En el había un VIH, un glóbulo rojo, plaquetas... A mí, fanática de "Érase una vez el cuerpo humano" y con una curiosidad tremenda por la medicina, me enamoró sólo con eso.

Por dentro era genial. Había un documental en vídeo sobre la enfermedad, un panel con luces para probar diferentes "cruces" y ver cuándo te contagiabas de VIH ("sudor"-"sudor" ¡error!, "sangre"-"sangre" ¡contagio! y así), y un panel hablando de otras enfermedades sin cura conocida. Entre ellas, me llamó la atención el Ébola.

En cuanto pude acudí a mi abuelo paterno, médico con una vocación de estudio alucinante, que estaba (y está, con casi noventa años) permanentemente estudiando libracos de medicina en su habitación.

Allí, y a mis doce años, me explicó en qué consistía esa enfermedad africana con nombre de río. Una enfermedad sin cura conocida, con una altísima tasa de mortalidad, y de la cual los casos occidentales habían sido, hasta aquel momento, únicamente accidentales en laboratorios.

Han pasado muchos años desde aquella tarde en que me aterroricé al saber de aquel virus con forma de lombriz que mataba a la gente haciéndola sangrar por todos los sitios posibles, y desde que me pasé una noche casi sin dormir pensando en que algunos laboratorios podían usarlo como arma.

Y de nuevo el Ébola es portada en los periódicos.

Ya son 1700 los infectados por la enfermedad, y 930 los fallecidos. Un 50% de muertes, porcentaje algo alejado del 90% que clamaban al principio de la epidemia los más preocupados. Algo por lo que incluso podemos dar gracias, ya que esta cepa del virus (la conocida como Ébola-Zaire) es la más virulenta, con un 83% de tasa media de mortalidad a lo largo de todas sus apariciones desde 1976.

Sí, ¿no lo sabían? La enfermedad por el virus Ébola, también llamada fiebre hemorrágica del Ébola, o Ébola, para los amigos, lleva casi cuarenta años cobrándose víctimas en distintos países africanos. Pero no todas las epidemias tienen el privilegio de ser noticia crucial en los medios europeos.

Sólo ahora, que se está repatriando a occidentales de vuelta a casa, y que esta globalización nuestra de aviones que (si no se caen) te llevan de un país a otro en un salto, nos estamos empezando a preocupar de verdad.

Hasta el momento, el Ébola era una enfermedad poco investigada en los laboratorios, y poco conocida en la sociedad. Y mira que uno esperaría una cierta sobreinformación al respecto, porque es un mal perfecto para hacer cundir el pánico si a un Gobierno le da por asustar a la población con el terrorismo extranjero para que voten lo que interesa... (¿Cómo? ¿Que usar el miedo de la población es inmoral y los gobiernos no lo hacen? Ah, perdón. Lo retiro. Supongo).

El Ébola sería una digna "enfermedad del pánico", merecedora de estar presente en un telefilm de hora de la siesta: Se contagia con extrema facilidad, incluso tras la muerte del afectado, produce hemorragias muy visuales para la tele, tiene un período de latencia entre 1 y 21 días, durante los que el enfermo se encuentra más o menos bien y puede viajar. Le iría como anillo al dedo a una peli con un título tipo "Epidemia secreta", "Danzando con la muerte", "Vuelo infectado"...

Sin embargo para la sobreinformación se suele preferir la viruela, que con eso de estar erradicada tiene más glamour su reaparición, como algo retro. El Ébola es de negros, de pobres, subdesarrollados. Un hipster sin duda preferiría una buena viruela como las de antes, de esas que dejaban marcas a los tipos duros. Morir entre secreciones sanguinolentas es poco elegante.

Puede haber quienes me acusen de ser una mala bestia al hablar así de un tema tan serio. Dejando a un lado que soy una defensora del humor negro y sus beneficios en el ser humano, lo cierto es que me cabrea tantísimo la actitud de nuestra sociedad para con ciertas cosas, que mis opciones son frivolizarlo o plantarme con una caja de granadas y un lanzallamas ante un edificio parlamentario importante (no digo cuál, que Google se chiva).

La llamada sociedad "judeocristiana occidental" es esa pequeña parte del mundo que dirige los pensamientos, sueños, guerras y desgracias de la otra enorme parte del mundo. Es la que decide qué guerras son importantes, qué bandos son los buenos, en qué conflictos hay que implicarse (ahí anda Siria, nadando en sangre), qué costumbres son las apropiadas, qué religiones las respetables...
Es ese cacho de la especie humana que da la espalda al resto de sus congéneres, convertidos en imágenes tristes al otro lado de la pantalla, si tienen suerte.

El Ébola fue "descubierto" en 1976, y desde entonces la investigación sobre él ha sido reducidísima. Las razones dadas por las farmacéuticas son que al generar brotes esporádicos, no hay casos suficientes como para el despliegue de una investigación tan costosa. Además de que es un virus complejo de manipular en laboratorio, y de contagio muy fácil.
Sin embargo, siendo todo esto cierto, ha sido afectar a unos cuantos occidentales, y ponerse las farmacéuticas a hacer pruebas como locas. Ya que, además, han subido en bolsa como la espuma.

¿Es el Ébola una enfermedad menos esporádica ahora? No.
¿Es el virus menos complejo de tratar o más difícil de contagiar? No.
¿Entonces?

Entonces es que ahora ya no sólo afecta a los negros africanos que, total, si no es de Ébola se van a morir de Paludismo, o de Malaria, o de Fiebre amarilla, o de hambre, o de guerra, o de intoxicaciones por beber agua no potable, o de infecciones espeluznantes por una mutilación genital femenina.
Ahora, ha tocado a los intocables. A la sociedad de los sanos, los bellos, los favorecidos, los que tiran la comida que les sobra del plato.
Y eso no se puede permitir.

Podemos maquillarlo. Podemos escandalizarnos y decir que se envía ayuda a África. Y podemos responder que un cubo de agua en el desierto si acaso erosiona una duna el cuarto de hora que tarda el viento en cambiar.

Vivimos en un mundo totalmente desquiciado y descompensado, en el que unos cuantos deciden la suerte de todos los demás.

Si se descubre una cura definitiva contra el Ébola, o una vacuna, es muy posible que haya una campaña mundial, como ya ocurrió con la viruela (aunque este caso es más complejo, ya que el virus tiene su reservorio en animales, y de ellos viene en cada brote que aparece). Pero si sólo se da con tratamientos paliativos o de control, como es el caso del VIH, los occidentales podremos estar tranquilos, pero allí se matarán por los medicamentos que lleguen. Cuando lleguen. Y si llegan.

Pero, ¿a quién le importa? Son sólo negros. Son sólo pobres. Basta con darse un paseo por los comentarios de cualquier medio de comunicación para ver que la única preocupación de los lectores es la llegada del virus a Europa. Cosas como "ahora nos arrepentiremos de las quejas contra la valla de Melilla", "a ver si ahora empezamos a valorar y a venerar a la Guardia Civil en su labor de contención de los inmigrantes", "lo que nos faltaba es que ahora los negros nos traigan enfermedades... y los perroflautas les dejarán entrar" son el grueso de las opiniones.
Nadie se plantea lo complicadísimo que puede suponer para un enfermo de Ébola llegar a coger un avión a España sin que le detecten. O la imposibilidad física de recorrerse el Sáhara en jeep, camello, autobús o a pie para llegar a Marruecos y luego a España sin ser detectado.
No. Van a llegar los negros y nos van a contagiar a todos. Ya podían quedarse muriéndose en su país.
Qué pena y qué asco puede llegar a dar la especie humana...

Eso sí, de los estadounidenses que han sido trasladados a Atlanta, o del español que va a ser repatriado estos días, nadie tiene queja. Claro, ése es español. Da igual que ese señor SÍ tenga Ébola. Es español y merece estar aquí. Y ahí sí nos fiamos de las medidas de seguridad para traerle, aunque no de las que existen para impedir que otros lleguen.

Desgraciadamente, este etnocentrismo referido a la enfermedad no es exclusivo del Ébola. Son muchas las enfermedades poco investigadas y conocidas por afectar sólo a los "pobres" o a grupos marginales. El SIDA, sin ir más lejos, tuvo su primer paciente occidental reconocido a principios de los años 60, y se sabe que desde antes ya hacía estragos en poblaciones africanas. Pero no fue hasta su llegada a Estados Unidos que saltó la alarma social.
Y aún entonces, tardó, dado que un sector importante de la opinión pública pensaba que era una especie de peste gay, una suerte de castigo de dios a los invertidos. Y, ¿quiénes somos para curar lo que dios ha decidido?
Por "suerte" cuando las muertes se dispararon hubo que rendirse ante la evidencia de que la enfermedad no era exclusiva de los varones homosexuales, y se empezó a trabajar seriamente por curarla.
Eso sí, aún a día de hoy hay quienes sostienen la hipótesis del castigo divino al liberalismo sexual. De amargados está el mundo lleno.


Han pasado muchos años desde aquella exposición en la biblioteca, y de aquella conversación con mi abuelo. El contador sigue subiendo, tanto para los seropositivos (otro día hablaremos del SIDA en detalle) como para los contagiados de Ébola y de otros muchísimos males poco conocidos por quienes lo tenemos casi todo.

Pero desde el sofá, poco importa. Al fin y al cabo, así está hecho el mundo, ¿no? Qué voy a poder hacer yo para mejorarlo...




1 comentario:

  1. Edificio parlamentario importante. Que bueno. Yo soy de los que piensan que la esencia del mundo ha cambiado poco en los últimos 2000 años. Y el futuro no es muy alentador. Van ganado "los malos" de momento.

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