10 de agosto de 2014

Comptine d'un autre été, piano, bosques y brisa

(La banda sonora de esta entrada es esta canción, en bucle infinito)


"Un papel en blanco...
Te miro... suspiras..."

Siempre le venían a la cabeza esas palabras cuando escuchaba aquella canción.

Notas de piano que evocaban gotas de lluvia en la ventana.
Verde de bosque.
Una ninfa.
Olor a incienso.
Velas.
Y un grabado visto en un escaparate parisino.

La voz de Caballera desgranando palabras en voz baja.
El embozo de una cama que era casi una cueva.
Paz.

Unas manos recorriendo su piel milímetro a milímetro, descubriendo su cintura, sopesando sus curvas, sosteniendo su piel.
Un roce suave, cálido, sencillo e interminable como una ola que vaiviene.

La oscuridad callada.

Dejo escapar su aliento, que salió por la ventana

Aferrarse a un cuerpo como si en ello le fuera la vida.
Sudor.

Se llevó el bolígrafo a los labios sin sentirlo. Dedicando un pensamiento al recuerdo inexistente.
¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde?

Las notas del piano se la llevaban sin poder remediarlo.
A un cauce oscuro, lleno por una tormenta inesperada.
Una tormenta de verano que arreciaba sobre el bosque haciendo temblar las montañas con el retumbar de los truenos.
Fogonazos de relámpagos que cegaban la vista.
La naturaleza entera conteniendo el aliento bajo una cascada interminable de agua salida de a saber dónde.

Y en medio de todo un brote.

Un breve árbol, joven de una primavera, que despuntaba entre la tierra y quería morir de horror.
Nunca imaginó tanta violencia, tanta brutalidad, tanta brusquedad.
Allá abajo, bajo el suelo, cuando aún era semilla, todo era silencio, humedad telúrica, tacto terroso. Paz.
Al brotar le había sorprendido la luz agresiva de un punto ardiente en medio de un tapiz azul.
Más tarde, aquel sofoco había dado paso a una frialdad casi de escarcha, observada por una indolente esfera fría y blanca.
Y ahora esas formas grises que durante horas se habían acumulado sobre el bosque se derramaban sobre él como un castigo divino.
¿Por qué esa crueldad incesante?

El bosque se fue poblando
de pequeñas criaturas casi invisibles
de ropas de hojas
de cabellos verdosos
de pieles moteadas

Todo un ejército de ninfas, gnomos, dríades y duendes.
Que recogían la lluvia
protegían las plantas
alentaban a los ríos a crecer.

Una marabunta imperceptible que desaparecería por la mañana, a la que no pertenecía.

Pasaron la noche tejiendo hilos de una luna que les esquivaba entre nubes. Alimentando árboles que no se sentían seguros de aguantar un año más. Dejando su magia en cada rincón aprovechable.
Fluyendo con la lluvia por encima de las piedras, bailando sobre el suelo.

Y antes de romper el alba, marcharon.

Dejando el bosque cargado con un resplandor indefinible
y necesario.



Y ella despertó, con una nota trémula de piano deslizándose por su cuello como una esquirla de hielo.
Empapada en un sudor de destiempo y destemple.
¿Qué había sido aquello?

Tras los cristales, aún llovía.


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