13 de julio de 2014

Divagaciones de un domingo por la tarde

Calor.
Verano.
Julio.
Estamos ya a mitad de año y nadie se acuerda de las promesas, los propósitos y los deseos que hace seis meses lo llenaban todo.
El verano es ese lapso de tiempo entre el final de la cuesta de enero y las luces de Navidad. Una especie de valle entre montañas, que llega siempre.

Siempre hablamos de lo largo que resultaba cuando éramos pequeños, nadie cuenta el cambio que se produce en la cabeza cuando deja de ser el final del curso.
Es mi primer verano no lectivo. No he tenido exámenes en junio, por lo que el verano ha llegado sin ser especialmente deseado. Ha aparecido, sin más. Con su calor, sus tormentas absurdas, y su agujero negro que se va llevando poco a poco los madrileños.
El verano ya no es una meta, un momento de vacaciones... es otra estación más.

Los hay que siguen con el chip de los estudios y sólo quieren tener vacaciones en verano. Es un poco absurdo según adonde vayas, pero se puede entender.

Para mí este verano está siendo calor.
Largas noches de juegos de mesa con el grupo de los Héroes.
Fantas de limón por la tarde, viendo por quincuagésima vez Aquí no hay quien viva.
Planes de escapadas cortas. A poza, a mar, adonde se pueda.
Gazpacho casi todas las noches. Un kilo y medio de tomates una vez por semana, rezar para que a la batidora de vaso no le dé otro patatús, y guardarlo fresquito hasta que se vuelva a terminar.
Mañanas en la Fábrica de Ideas, con la niña Arrecha y, a partir del lunes, con la Agente Colombo. De trabajo, estrés, risas, absurdos de internet y desayunos a destiempo.
Calor. Calor. Calor y calor.

Y me está gustando. Me veo en ese valle por el que me dejé los dientes subiendo montaña tras montaña. Un valle en el que las dos únicas cosas que cambiaría de mi vida cambiarán de forma automática en octubre.
Y me siento en paz, contenta y orgullosa de mí.
Y anda que no mola esa sensación.

Hay piedrecitas. Pequeños desafíos y grandes toca cojones, pero no tienen importancia en el cuadro grande de las cosas. Con todo lo que hay detrás, eso es tan anecdótico que da risa.

Los hay que no paran de hacer planes, sobre sus vidas y las de otros. Dejando pasar el presente en aras de un futuro que persiguen y que no disfrutarán cuando estén viviéndolo, demasiado preocupados por definir el siguiente futuro que la vida les prepara.

Y en borradores, 28 posts que escribiré en algún momento.
Y en la estantería 7 libros que ir leyendo, uno por uno. El próximo en la lista es el Corán.
Y en la nevera un melocotón amarillo para mañana, cuando salga del trabajo, no comerme un zapato en la hora de transporte público hasta llegar a casa. (Mi reino por una alquiler en el centro).
Y en la agenda marcado en verde el viaje del jueves.
Y en la mesa alta del salón el chico del sombrero, estudiando para llegar a su valle particular. Que compartir viaje y destino no es siempre compartir la ruta del momento.
Y en su casa, más de uno preparando el macuto para irse mañana de campamento. Este año yo me quedo, el que viene se verá.

Hoy no limpio. Porque me da coraje hacer limpieza los domingos, me da la sensación de que me roban los ratitos de tranquilidad de antes de volver a la rutina. Ya limpié ayer por la mañana.

Se me termina la fanta. Dulzona, ácida, fresca. Y queda aún calor para unas horas.

Las facturas, los quehaceres, languidecen en una bandeja de entrada sin gato. Porque el domingo, y más si la casa es sólo para una, sólo están para descansar.

Es trece de julio, llevamos casi un mes de verano. Quién lo iba a decir...

Una entrada hablando de lo que se puede divagar un domingo de julio por la tarde... Qué bien se está en el sofá.

Voy a ver Aquí no hay quien viva.

Disfruten.

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