17 de julio de 2014

Calor y más calor

Suena el despertador.
Hace calor.
Te levantas despegándote las sábanas del cuerpo.
Te das una ducha fría… maravilla de las maravillas…
Desayunas sin ganas.
Hace calor.
Sales a la calle, son las ocho y media de la mañana y hace calor. Corre una brisilla infame que apenas vale para nada más que para secarte el sudor, pero algo refresca.
Te metes en el metro. La temperatura cambia, y dependiendo de la línea la cosa oscila ente refugio polar y sauna apestosa.

Hace mucho calor.

Llegas a la oficina. Si has cometido el error de ir con el pelo suelto, se te pega a la nuca. Da mucho calor.
Hace mucho calor.
Quieres poner el aire acondicionado, pero tus compañeros no se quejan del calor y no quieres ser tú la quejica. Aguantas estoicamente.

Hace calor.

Te suda la frente.
Te sudan los pies.
Te sudan los párpados.
No hueles mal (o, al menos, no tan mal como para destacar, entre el sudor del resto) pero es tremendamente incómodo.

Hace mucho calor.

Intentas trabajar y concentrarte, pero no paras de ir a por vasos de agua, a ver si a base de tragarte tres litros en cuatro horas tu cuerpo se hace la ilusión de que está en una piscina.

Maldita manta de pelos que se te pega al cuello con el sudor. ¿Y si te volvieses a rapar?

Hace calor.

Y de pronto te interrumpe el peor sudor de todos. El más incómodo. El que puede acabar con tus nervios en cinco minutos.
No, no es el sudor axilar.
No, no es el sudor de las manos.
Es un sudor que los hombres no padecen. Como muchas otras putadas, es intrínsecamente femenino.
El sudor pechuguil.
Gotas de sudor que se deslizan por el canalillo, o en el hueco entre el seno el abdomen. Gotitas que derrapan, haciéndote cosquillas, sacándote de quicio hasta el extremo.
Es el sudor más incómodo de todos.
Es imposible de secar con disimulo. No puedes meterte la mano entre los pechos en medio del despacho y excusarte en el calor. Está mal visto.
No puedes meterte un pliego de la camisa entre los pechos y el abdomen, porque quedará mancha en la ropa.
La única forma de librarte de esa asquerosa sensación cosquilleante es ir al baño y resolverlo allí, pero no existen soluciones duraderas. Las endemoniadas gotitas continuarán deslizándose por tus curvas despacito, tomándose su tiempo, torturándote hasta arañarte los nervios como una lija del siete.

Hace un calor del demonio.

Sales de la oficina, con ganas de tirarte al mar, a la piscina, a una poza de río o a la autopista para no seguir pasando calor.

Es el calor de Madrid, seco como el esparto. Si andas por la sombra, se tiene a raya, si osas salir a la luz sientes como si el sol te diese puñetazos ardientes en la cabeza y te llenase los pulmones de vapor.

Llegas a casa.

Hace calor.

En tu salón hay aire acondicionado, pero sabes que encarece muchísimo la factura de la luz, y decir que tu sueldo es precario resulta un divertido eufemismo.
Lo pones sólo diez minutos. El julio madrileño se descojona de ti y de tu austeridad y golpea los cristales con más calor todavía.

Sólo puedes pensar en cosas frías: helados, gazpacho con hielo, agua del Atlántico, duchas frías, nieve, merluza congelada, lo que sea.

No es posible quitarse más ropa, hay obras en el piso de enfente y los obreros te miran por el patio. Sin camiseta, los cabrones con suerte.
De todas maneras, aunque anduvieses en cueros seguirías teniendo calor. Llega un momento en que te preguntas si despellejada no tendrías más fresquito.

Te gusta el verano, te gusta de verdad. Pero este calor es asesino. Lo único que podría empeorarlo serían chicharras cantando. Nada da más sensación de derretimiento humano que una chicharra...

Te acuestas con la ventana abierta, con la puerta abierta a ver si cazas una corriente desprevenida, despatarrada…

Hace calor…

…pero hoy llego a Cádiz, y allí al menos hay agua salada y fresquita en la que remojarse a gusto.


Os dejo con vuestro calor, madrileños, ¡ánimo!

Y a vosotras, Agente Colombo y niña Arrecha... mucha suerte.

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