1 de junio de 2014

Primera semana de trabajo

Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes.

07:50, suena el despertador, "Anyone else but you". Ya ha cruzado la línea en que deja de ser una canción para convertirse en una alarma que da escalofríos en cuanto se escucha.
Salgo de la cama.
Cómo odio madrugar.
Me visto, me peino, me pongo los zapatos.
Desayuno un plátano y una magdalena por obligación. Me cuesta la vida desayunar recién levantada.

08:30 entro en el metro.
Tengo por delante una hora, transbordo incluido, en la que tengo que intentar no dormirme.
Leo, tonteo con el móvil, casi me quedo dormida...
Leo más.
Las dos últimas paradas están tan separadas que el metro va a trompicones. Además, casi no quedan pasajeros, y a ratos el tren se para completamente. Tengo una cierta sensaci´n de claustrofobia, creo que llegaré a tener pesadillas con ese túnel.
Vuelvo a meter la nariz en el libro y aprovecho que los asientos están vacíos para sentarme con las piernas estiradas.

09:15 llego a mi parada.
Tengo unos quince minutos de paseo desde el metro hasta la oficina. Quince preciosos minutos en los que de verdad empieza mi día.
El trayecto está rodeado de parques y jardines, y caminar entre los árboles es una alegría.
Escucho las tórtolas que me recuerdan a la casa de mi abuela Goli.
Hay magnolios, abedules, chopos... que huelen a verde.
Muchos de los árboles están en flor, y ese olor dulzón y agradable me encanta.
Camino hacia el trabajo sintiendo cómo me despierto, sonriendo, agradeciendo este paseo.
No sé si en otoño, cuando lo haga lloviendo, me parecerá tan bonito, pero ahora me encanta.

09:30 (más o menos) llego a la oficina.
Saludo, comento cuatro cosas, me pongo los cascos y a trabajar.
Me encanta poder escuchar música mientras trasteo. Subo las piernas a la silla, cruzada una sobre la otra, y me evado totalmente.
Echo un vistazo al post-it con todo lo que hay que tener listo esta semana. Es muchísimo, pero podremos.

11:30 parada para desayunar.
Nos juntamos nosotros y los que comparten la oficina siendo de otra empresa. Siempre es surrealista.
Tras meses sin tomar leche, en estos desayunos cae un colacao frío diario, entre bromas, explicaciones y muchas risas.

13:30 salgo a la calle.
Hace Sol, los árboles todavía están más bonitos. Hay pájaros, pero ya no se escucha a las tórtolas. La sombra de las hojas hace que haga menos calor del que parece.
Camino hasta el metro canturreando, o rumiando lo que voy a hacer de comer.

14:30 llego a casa.
Tras otra hora en el metro, leyendo y con las tripas rugiendo, suelto las llaves con el llavero de MIlú y el de flor de lis en la entrada.
Si voy a casa del chico del sombrero, al salir del metro me compro medio kilo de cerezas gordas y oscuras que vende un gitano al pie de las escaleras, y me lo voy comiendo en el coche. Están buenísimas.

Hago la comida y como viendo una serie.

Me paso la tarde de trámites, o leyendo, o tocando la guitarra, o dedicada a mi nuevo y aterrador vicio: el Minecraft.
Es curioso, durante todos los meses que he estado en paro, las horas se me iban sin sentirlas y el tiempo libre me sobraba.
Ahora que trabajo, cada minuto es maravilloso y parece que se van a acabar en seguida.

00:00 intento irme a dormir.
Casi nunca lo consigo. Mi cuerpo sigue intentando mantener su noctambulismo, y me cuesta la misma vida acostarme antes de las dos.
Normalmente cuanto más avanzada está la semana, más sueño acumulado tengo y menos me cuesta acostarme relativamente pronto.

Al final me acuesto contenta.


Y así ha sido esta primera semana ocupada en varios meses. Esta primera semana de trabajo real (no prácticas, no becas) de mi vida. Esta primera semana que me ha costado muchos meses alcanzar. A por la siguiente.

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