20 de junio de 2014

PastaBox... tu me manques.

Te echo de menos.
Te echo de menos con una amargura que me corroe las entrañas.
Te echo de menos varias veces por semana.
Te echo de menos y sé que no tiene solución. Que de momento no puedo volver a verte.
Y sufro.

Sufro porque llego del trabajo cansada, hambrienta, saturada… y no estás esperándome.
No estás como estabas en Niort, o en París, aguardando en un silencio plácido a que yo fuese en tu busca.
No estás, preparado en todo momento para consolarme y hacerme la vida más fácil.
No estás ahí, en tu rincón, a la espera de tu momento.

Y me cuesta vivir sin ti.
No teníamos una relación demasiado cercana, lo nuestro era ocasional.
En el Carrefour te elegía, normalmente elegía a varios como tú, y os dejaba en la nevera.
Y me olvidaba de vosotros.
Hasta ese momento.
Hasta ese día crucial, que se daba cinco o seis veces al mes, en que llegaba demasiado cansada, o triste, o sencillamente vaga. En que no me apetecía pensar, ni cocinar, ni hacer nada.

O hasta esas noches en que sólo pensar en la hora de comer en la oficina al día siguiente me daba escalofríos, porque sólo quería tumbarme a descansar.

Y allí estabais, esperando, amables y honestos.

Y yo alargaba la mano, en una caricia de alivio, llena de triunfo. Y te elegía.

Y abría con delicadeza la tapa de cartón.

Y retiraba solamente la punta de la capa de plástico.

Y te observaba dar vueltas, calentándote poco a poco… hasta que estabas casi hirviendo en ti mismo.

Y me deleitaba en tu sabor, dejaba que tu suave textura me acariciase los labios, notaba cómo se fundían tus jugos en mi lengua…
Y luego tragaba.

Ahora no te encuentro. No estás en ninguna parte y mi vida sin ti es mucho menos cómoda, carece de la calma y la belleza de esos pequeños instantes en que apartaba el frasco de mermelada “La bonne maman”, y te encontraba allí.

Algunos me dicen que exagero. Que te idealizo. Pero ellos no te han tenido entre sus manos, no te han saboreado entre sus labios, no han pinchado cada gramo de ti con ese tenedorcito de plástico desmontable que era parte intrínseca de tu misma esencia.

Sé que no eras bueno para mí. La nuestra no era una relación sana. Tenías conservantes, tenías grasas, tenías muchos menos nutrientes de los adecuados. Y es por eso que sólo nos veíamos unas cuantas veces al mes.
Pero a ti nunca te importó. Entendías que mi salud estaba por encima, y lo respetabas con tu silencio frío, ocultando siempre lo que llevabas dentro en tu frío rincón.

Te echo tanto de menos, mi Pastabox.



Los precocinados en España no son lo mismo. No han llegado a la perfección de tu concepto. A esas cajas de plástico con cubierta de cartón, dentro de las cuales podía encontrar pasta carbonara, pasta con tomate, pasta con salsa de queso, fideos chinos, o incluso carne de kebab con patatas.
Sé que eso es bueno, que obligarme a cocinar cada día es algo que mi salud agradece. Pero el estómago, el corazón y la pereza tienen motivos que la razón no entiende, y no puedo evitar anhelar la comodidad que me entregabas sin pedir nunca nada a cambio.

Los tres minutos que tardabas en estar listo para mí.
La humildad de no pretender que te fregasen, de dejarte caer con una elegancia admirable en el cubo de basura, consciente de que tal era tu destino, sin ningún reproche para el mundo.
La variedad que ofrecías desde tu estante refrigerado.
Tu marketing cutre de colores estridentes, totalmente innecesario, pues nadie tenía que convencerme de elegirte a ti. Sólo a ti. Nada más que a ti.

Te echo de menos, Pastabox. Cuando llego del trabajo, de pasar una hora en el metro, y en mi nevera sólo encuentro materias primas. Cuando tengo que comer fuera y debo preparar un tupper que luego se vierte en la bolsa, dejándolo todo pringado. Tú eras tan limpio… tan decente…

Sé que pasará mucho tiempo antes de que vuelva a verte. Que, como los beignets relleno de chocolate, la mermelada Bonne Maman o los deliciosos quesos a dos euros, perteneces al país vecino, y no creo que llegues pronto a mi vida española. Lo sé. Y me resigno a ello con dolor.

Pero eso no quita que te recuerde con cariño, que te anhele, y que me salga hoy del alma dedicarte estas palabras para decirte que tu me manques, y que a menudo desearía haberte raptado en mi maleta…

Au revoir, mi pequeño salvatardes gabacho. No nos veremos pronto, pero no te olvidaré. Puedes estar seguro.


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