24 de junio de 2014

Las chanclas

Que las modas siempre vuelven es un mantra que todos hemos escuchado y/o pronunciado innumerables veces, pero para mí siempre había sido algo así como una norma lejana. Como lo de que el cartero siempre llama dos veces, o que rosa con rojo puñetazo en el ojo. Cosas que no me afectaban.
Es verdad que cuando voy a las tiendas de ropa, un año me encuentro pantalones pitillo y al siguiente de campana, con una frecuencia bianual impecable, pero eso para mí no era retorno de ninguna moda, sino gana de tocar los huevos de los que deciden la ropa para el año en curso.

Sin embargo, el retorno de los armarios del pasado me ha dado hoy una patada en la boca casi literal.

Iba yo andando por la calle, volviendo de comer, pensando en que últimamente estoy sobreinspirada y se me está llenando el blog de borradores que tienen sólo título porque se me ocurren docenas de temas a la semana pero nunca tengo tiempo de sentarme a desarrollarlo, y cuando lo hago la mitad de las veces es para escribir uno nuevo que para nada era lo planeado, y claro, dices, bueno no pasa nada, es mi blog, escribiré lo que quiera cuando me dé la gana, pero entonces piensas ¿¡¿¡¿y todos esos temas sin tratar!?!?!? ¡¡¡se me van a pasar de fecha!!! y es muy triste pensar en posts caducados antes de empezar como tristes yogures con trozos olvidados en el fondo de la nevera; aunque al mismo tiempo, mira la entrada del agua de Madrid, que de hecho comenzó como un borrador en 2012, y en 2014 le di salida, coño si le di salida, como que a lo tonto fue el pequeño detonante que precipitó las cosas para que todo volviera a su cauce; pero aún así es un estrés decir "oh, casi me linchan en Facebook por soltar un presunto spoiler, ¿y si hago un post sobre los spoilers?" "vaya, esta agenda es curiosa, ¿y si cuento en el blog sobre mi TOC con las agendas y los calendarios?" "qué pesaditos con Felipesesto... ¿me marco una entrada sobre el tema?", por citar sólo 3 de esta última semana, pues no se puede vivir porque no tengo horas para tanto post, y la idea de escribirlos en el metro en la hora muerta que tengo al ir a la Fábrica de Ideas, y la hora muerta de vuelta, pues está muy bien pero es que tendría que cargar el ordenador... ¿no sería la leche encontrarme una tablet sin dueño por ahí? ¿o que me regalasen una en calidad de bloguera estresada? anda que no molaría...

.....

¿de qué hablábamos?

Ah, sí, perdonad.

Decía que iba yo esta tarde por la calle, después de ir a comer, y mucho después de salir de currar, y poco después de comprarme una agenda roja y maravillosa de la que a lo mejor os hablo en otro momento, cuando vi en una zapatería algo que jamás pensé que volverían a ver mis ojos.


Esas chanclas.
Esas chanclas de plástico transparente, de tiras, con hebilla.
Esas chanclas que mi padre llevaba toda la vida, desde que yo tengo recuerdos de ir a la playa.

Si hay un artículo indumentario por el que yo habría apostado dinero a que no volvía a ponerse de moda... eran esas chanclas. Lo juro.
¿Por qué? Porque son absolutamente de otra época. Son como los impertinentes, los monóculos o las togas, cosas que SABES que son antiguas, que es OBVIO que no volverán a ser "trendy" (palabra cursi donde las haya).

Pero ahí estaban, para quitarme la razón y el sentido lógico de la existencia.

Para mí esas chanclas son casi una reliquia familiar. De hecho he estado muy tentada de comprarme unas sólo para dárselas a mi padre (que sospecho que aún tiene las suyas en algún rincón de su Diógenes ordenado y particular) o para ponerlas en un altar en mi salón.

Esas chanclas son los veranos en la playa de Roche, cuando yo era una enana que quería tirarse al mar nada más llegar. Mis padres siempre me decían que "probase el agua" y les dijera si estaba buena para entonces ir ellos. Y yo iba, me metía en el agua, me pasaba una hora haciendo el mongui en el mar, y luego informaba de lo estupenda que estaba.
Mi padre se tiraba al mar a coger olas con la tabla, y como yo era muy pequeña le esperaba en la orilla y le ponía "tapas y cocacolas" consistentes en puñaditos de arena sobre la tabla cuando llegaba lanzado.
Cuando me aburría, hacía castillos de "churritos" con mi madre en la orilla (para quien no sepa lo que son: imaginad la Sagrada Familia, y reducidla a 10 cm de altura. Se hacen dejando caer arena mojada entre los dedos, Gaudí no inventó nada).
A veces mi padre me llevaba hombros hasta lo hondo, donde estaban las olas enormes (teníamos una clasificación muy compleja, la más enorme era la ola churriburritracatraca) y siempre salíamos del agua con mi padre poniendo una voz muy grave y cantando o bien esta canción, o bien ésta otra.
Eso son esas chanclas.

Creo recordar que yo llegué a tener unas de color rosa (por supuesto, transparentes) y tengo el recuerdo de que mi hermano tuvo otras que eran tamaño minipié cuando era casi un bebé.
Sé de cierto que para cuando mi hermana Brujita llegó a la familia (entonces ya yo cogía olas con mi propia tabla, sufriendo revolcones espectaculares, y era mi hermano el que iba a hombros) ella no tuvo chanclas así.

Para mí ver esas chanclas en una zapatería es como que vendan viajes al pasado por 12 euros. Me han dejado alucinada.

Porque además, no son nada bonitas, y sólo son prácticas a medias.
Se pegan al pie, y si andas mucho con ellas la marca que queda es espantosa, y nada discreta. Se ponen opacas, de un color amarillento, a los pocos meses. El pie se te cuece, porque no termina de estar al aire y está rodeado de plástico. Son mufeas.

De bueno tienen que sujetan bien el pie, no se te salen, pero para eso también valen las chanclas cangrejeras (o chanclas de río) que son más monas, y más cómodas.

O sea, que ponerlas de moda es o bien un intento de retrotraer a mi generación a su infancia más profunda, o una malvada estrategia para que los más "fashion" lleven cosas espantosas en los pies por puro placer sádico.

Nunca seré capaz de entender la moda. Pero oye, la cosa me ha dado para un post, un desvarío, un recuerdo de la infancia y unas risas...

...que para ser unas chanclas feas, tampoco está nada mal.



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