6 de junio de 2014

La (única) sangre de la vergüenza

La mayor parte de las mujeres del mundo tenemos la regla durante una buena parte de nuestra vida.
Descubrimos qué es en algún momento entre el final de la infancia y el principio de la adolescencia: algunas, por boca de una hermana o prima mayor con experiencia y mala leche, otras, indagando sobre por qué nuestra madre usa una especie de pañales, o unos tubitos de algodón, que están en el armario del baño. A muchas se lo cuentan en el colegio, y las menos se enteran cuando un día se encuentran las bragas manchadas de una sustancia marrón viscosa y asumen, lógicamente, que se están muriendo. (Sí, éste va a ser un post con las cosas muy claritas, los chicos remilgados que se preparen).

Más tarde o más temprano, todas aprendemos que la menstruación es algo por lo que nos toca pasar más o menos todos los meses.

Descubrimos la sensación de incomodidad al tener que usar una logística a la que cuesta acostumbrarse, y que trae consigo momentos muy incómodos: Manchas rojas o marrones en ropa interior, pantalones o hasta sillas. Compresas o tampones mal elegidos que desbordan y hacen que haya que pedir ayuda a alguna amiga o, en casos extremos, a una profesora. Artilugios mal colocados que se mueven por la noche y hacen que al amanecer las bragas, el pijama, las sábanas y, probablemente, el colchón, tengan una bonita mancha parduzca muy difícil de quitar.

Aprendemos a lavar la ropa interior sucia rápido y con agua fría, o con agua oxigenada para que la mancha no agarre. A que el agua achocolatada o rojiza se vaya por el desagüe, pero a que algunas manchas persistan para siempre, dando lugar a la ropa interior que ya será por siempre jamás "la de la regla".

Cada cual elige el adminículo a su elección: Compresas todos los días, tampones y compresas alternados, la copita de la luna, las compresas ecológicas de tela... En todos los casos será más o menos incómodo, olerá mal (a sangre concentrada + cachos de endometrio + productos químicos, o sólo a sangre concentrada + cachos de endometrio) y habrá que saber deshacerse de ello con arte. Y, en el caso de un "aquí te pillo aquí te mato", con discreción, porque si se es hetero lo habitual es que al chico ver aquello le corte el rollo (a nosotras nos pone muchísimo...).
Hasta en esto hay ideologías, ya que las que han decidido regresar a la tela que nuestras abuelas tanto lavaron con tan pocas ganas, lo hacen por ecología y no por falta de medios.
En cualquier caso, el fin es estar limpia y más o menos cómodas. Y se consigue unas veces más y otras menos.

Nos acostumbramos a ver lo que sale de nuestro cuerpo: A veces sangre roja, tanta que te entra serio miedo de quedarte seca. A veces una especie moco marrón oscuro. De vez en cuando cuajarones oscuros y viscosos, trozos de nuestro endometrio, entre el cual irá el óvulo desechado responsable de todo el follón.

Soportamos las preguntas idiotas de los tíos, del tipo "¿pero es todo el rato al mes?" "¿Y eso cómo sale, como de un grifo ahí a chorro?" "¿Y esa sangre es normal? Digo, como no te pasa nada por estar así tantos días...".

Aguantamos que en según qué sitios se nos trate como apestadas. "¿Pero que te vas a bañar en la piscina? ¿¡Y si se sale algo!?". "¿Con la regla? Afuf, a ver quién te aguanta ahora...". Rechinando los dientes ante hombres que cuando les sangra la nariz lloriquean como cachorros, y ante el concepto honorable y preocupante de toda sangre que no salga por la vagina de nadie.
Y somos muy conscientes de lo vergonzoso que se considera menstruar en muchas culturas, siendo casi penalizado en el Levítico, y ocultado hoy en día. La única sangre de la vergüenza. Ni que hubiéramos hecho algo malo.

Lidiamos con los daños colaterales, que son muchos y dependen muchísimo de la mujer en cuestión. Para unas, unos pinchazos en el vientre, un poco de malestar, y ñoñería general.

sexo regla
Para otras vómitos, diarrea y desmayos. Para muchas, un dolor equivalente al de un cuchillo danzando alegremente por las entrañas, con ocasionales paradas en los riñones.
Eso por no hablar de los tráilers, porque la regla suele venir con un cortejo previo importante: El famoso síndorme premenstrual o SPM. Un horror que en los casos más leves no pasa de ganas de chocolate y de llorar sin razón, y en los más graves trae un dolor espantoso en los pechos al menor roce (incluido el del sujetador que obviamente no puedes dejar de llevar), cambios de humor brutales y dolores generalizados.

Todo esto sin contar con los agravantes que pueden tener las mujeres hipotensas, anémicas, con enfermedades hormonales menores... 

Y, aún así, todas pasamos por ello. Y por los anuncios de compresas y tampones hechos para retrasadas. Y por las amigas gilipollas que se hacen las enfermas cuando están con el periodo para no hacer educación física en el instituto, u obligar a su novio a que se lo haga todo.

Aprendemos a sacarle partido a lo bueno: lubricación natural y más sensibilidad para el/la valiente al que no le importe la sangre, a veces sentidos más agudos, a veces mayor creatividad. No todo es malo y horrible.

Lo tomamos como algo normal. Sabemos que tal vez son días en que explotamos con más facilidad, así que nos controlamos. Sabemos que nos va a doler, así que nos medicamos o usamos los trucos que sepamos que funcionan. Sabemos que tiene que venir, así que si no viene nos ponemos histéricas (sin que se note). Es lo que nos toca, y el "premio" es poder tener hijos. Y si no nos parece un premio, nos da igual. Es lo que hay.

Nos pasamos toda la vida acostumbrándonos a ella, normalizándola, intentando que no nos altere la vida normal, para que lleguen los gilipollas de Intereconomía, publiquen este magnífico artículo, saquen el tuit que veis al lado, y nos hagan quedar como gilipollas.

La regla, queridos "periodistas" no es una enfermedad. Incluso en los casos más terribles y agónicos de menstruación puñetera y síndrome pre-menstrual hijodeputa, es un proceso natural más o menos tedioso que llevamos adelante lo mejor que podemos.
Si una mujer pide un día de baja por una regla que la tiene a morir, rara vez dirá que ése es el motivo, precisamente para evitar el tono condescendiente y el tufillo machista que desprende ese intento de reportaje. Y, si lo dice porque no puede decir otra cosa, demostrará todos los demás meses de su vida laboral que fue una simple excepción.

No estamos enfermas por menstruar. Menstruamos porque somos mujeres, porque estamos hechas así, y se trata de un proceso fisiológico bastante molesto. No es una enfermedad. No es un problema. No necesita más medicación que un lumbago o un dolor de cabeza (salvo en casos muy extremos) y no merece un trato más grave que ése.

Estimados señores de Intereconomía, vivo con mi regla todos los meses desde los once años, y hasta ahora nadie ha tenido que venir a explicarme cómo llevarme con ella, más allá de mi madre o mi ginecólogo. Así que hagan el favor de meterse su condescendencia, su periodismo basura, su machismo y su pseudociencia por el culo.

Gracias.

2 comentarios:

  1. No sé qué esperabas de Intereconomía. El que les tome en serio es que ya no tenía solución de por sí.

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  2. Sólo con su primer párrafo ya se ve que es un titulárido de libro. El dato se aplica a las mujeres con SPM severo, que es un 5%. El siguiente número que dan es de traca: 1500 días perdidos, a 8 días por año... 187 años de vida laboral. Lo más sospechoso es que el estudio no aparece publicado en la página de la SEGO, sólo referencias de otros periódicos a la misma nota de EFE.

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