9 de junio de 2014

El despertador, enemigo en la mesita de noche

Que todos nos despertamos a diario es un hecho indiscutible, salvo en casos raros.
El cómo nos despertamos, depende de cada uno.

Los habrá que, como hizo la Humanidad hasta hace algo menos de un siglo, se despierten sin necesidad de influjo externo, únicamente con la luz del sol naciente o con su reloj interno. Probablemente sean los menos, ya que el reloj interno se queda sin pilas con bastante facilidad, y en la mayor parte del mundo el sol no nace siempre a la misma hora.

A algunos les despertará su madre, bien por ser niños o bien por... razones que no alcanzo a comprender.

Pero la mayoría de nosotros usamos despertador.
Y el despertador es odioso.

Incluso cuando tiene cara de simpático, como el de la foto (que por cierto era de mi padre y fue el primer despertador que yo conocí cuando aún no usaba ninguno), no hay que fiarse. Es un cacharro inmundo, infame y malvado, odioso por definición.

El despertador es un objeto sádico y psicópata que te espía desde la mesita de noche todos los días de tu vida.
Deja que pase el tiempo, aparentemente indiferente, te deja dormir, hasta que de pronto pega un salto y te lanza a la cara todo el ruido que puede, para sacarte de la cama a empujones.
Es un trabajo que sólo haría una mala persona.

Y da igual los años que pasen, y lo mucho que cambien los modelos.

Los antiguos, estridentes y chillones, te sacaban de quicio. Esos como el de la foto o los otros que aún venden en los chinos, pequeñitos y cuadrados, de plástico, que pitan incesantemente hasta que hundes una pestaña que tienen en la parte de atrás.
En la mayoría de los casos, estos modelos no dan opción a retrasarlos a no ser que te incorpores, enciendas la luz, cambies la pequeña manecilla, y lo dejes de nuevo preparado. Un proceso que se come tu tiempo extra de dormir.

Estaban también los radiodespertadores, tan recurrentes en las pelis americanas. Mis padres tuvieron uno, con los números en luz verde, y a mí me encantaba eso de poder despertarse con música.
Por supuesto, tenía trampa. Si se iba la luz durante la noche, o no configurabas bien la emisora, sonaba un pitido espantoso que ponía a aullar a los perros.

Con la llegada de los móviles, el mundo despertadoril cambió. Podías elegir una musiquita que te sacase del sueño. Algún enfermo mental con añoranza del campo hizo que pudieras incluso ponerte el sonido de un gallo que cantaba desaforadamente. Mi madre usó ese tono durante un verano, y se levantaba de tan mala leche contra el pollo y contra el mundo que terminó por cambiarlo.

Los teléfonos con despertador sí que se podían retrasar para seguir durmiendo, algo en mi opinión muy peligroso, porque a lo tonto a lo tonto, de cinco en cinco minutos, te puedes levantar a las doce del mediodía sin saber exactamente cómo...

Y entonces llegaron los smartphones. Y con ellos aparecieron muchas novedades en cuanto a despertarse, la mayoría nefastas.

-La canción apestada: Realmente, ya en los últimos móviles sin internet podías escuchar música y usarla como despertador, e incluso antes, quienes tuvimos una minicadena como regalo de comunión ya nos despertábamos con música de CD.
Pero realmente el auge de este método lo trajeron los teléfonos "inteligentes". 
Poder despertarte con música implica escoger una canción para que te despiertes TODOS LOS DÍAS QUE TENGAS QUE MADRUGAR. Los hay que eligen canciones animadas y marchosas para empezar con energía (yo odio a esas personas, sobre todo cuando tengo que dormir en su misma habitación). Y los hay, como yo, que prefieren temas suaves para salir del sueño poco a poco.
Pero da igual la canción que escojas, incluso si es tu canción favorita. Terminarás detestándola con toda tu Alma. La saltarás cuando suene en tu mp3, como si fuera veneno. Y no querrás cambiarla porque te dará angustia elegir otro tema que sabes que acabarás aborreciendo con el tiempo.

-La psicosis del móvil apagado: Al contrario que los antiguos móviles, la mayoría de los smartphones desactivan la opción de despertador si están apagados. Yo he llegado tarde a clase, y a un examen, por culpa de un Samsung narcoléptico que tuve en París. Esto te impide descansar y te induce sueños en los que el móvil no suena, llegas tarde, te echan de la facultad... Lo ideal para un descanso apropiado.

-Los trucos infames: ¡Si le das la vuelta, deja de sonar! ¡Si le das a bajar el volumen, se retrasa 10 minutos! Y tú, zombie que escuchas el despertador sin saber ni lo que es, tocas donde no debes, sigues durmiendo, y byebye puntualidad.
Nueva tanda de sueños psicóticos en los que tocas el móvil donde no debes, llegas tarde, te despiden...

-¡¡Cállate!!: Tenemos el problema inverso: Para apagar el despertador hay que deslizar el dedo en una línea recta de izquierda a derecha, y tu psicomotricidad sigue durmiendo aunque tus dedos puedan moverse. O hay que hacer un patrón. O hay que poner una contraseña. Sea lo que sea, te resultará imposible llevarlo a cabo y el despertador no se callará, seguirá gritándote al oído esa horrible canción que un día te gustó, y terminarás tirando el móvil al suelo y despertándote al darte cuenta de que el silencio puede significar que el despertador se ha apagado... o que el móvil está kaput. Eso con los Nokia de antes no pasaba.

-La tortura por adelantado: Se te ha hecho muy tarde leyendo, o estudiando, o enganchado a un videojuego, y pones la alarma para el día siguiente, plenamente consciente de la hora que es.
Y tu móvil, porque sí, por placer, por joder, te avisa de que vas a dormir exactamente 3 horas y 32 minutos. Tú sientes el dolor físico del madrugón tres horas y treinta y dos minutos antes de que se produzca, y al acostarte te angustias, pensando que cada minuto que tardas en dormirte es un minuto menos de sueño. Tres horas y treinta y un minutos. Tres horas y treinta minutos. Tres horas y un minuto.
Hijolagranputamóvilasqueroso...
Y así.

-La omnipresencia: En la mayoría de los móviles, debajo de la hora aparece cuándo está programada la próxima alarma, para que nunca, en ningún momento de tu vida, olvides que muy pronto tendrás que levantarte, y que él y no otro será el encargado de hacer sonar la música maldita.


De todas formas, y para ser justos, creo que la psicopatía sádica no es exclusiva de los diseñadores de alarmas de los smartphones, aunque sí de quienes idean despertadores. En Internet se pueden encontrar todo tipo de despertadores enfermos, diseñados por malas personas que deberían estar en la cárcel, o en el manicomio de Arkham.
Unos que comienzan a triturar un billete auténtico si no le das a apagar. Otros a los que les tienes que sonreír para desactivarlos (con las ganas que tiene uno de sonreír después de dormir tres horas y treinta y dos minutos), otros que tienen un clavo o alfiler, algunos que directamente te tiran cosas... En esta web hay sólo diez de ellos, para demostrar la misantropía en estado puro, incluido uno que da descargas eléctricas. Y los llaman "originales". Viva la eufemística...

Lo curioso es que habrá quienes compren esos cacharros, y los usen, y los disfruten. Porque no hay sádico que ejerza sin masoquista que lo aguante.

En fin, la relación humana conel despertador en todas sus varientes es un caso muy claro de nicontigonisinti porque... ¿quién es el guapo que se despierta hoy en día sin ayuda externa?

Habrá que seguir soportándose, permitiendo a nuestro enemigo vigilar atento desde la mesita de noche... y tratar de dormir a gusto las tres horas y los treinta y dos minutos.

(Por cierto, y como bonus tracks, si queréis joder a alguien hasta el extremo, cambiadle su música de despertador por ésta, y programádselo media hora antes de su hora habitual. Y luego corred, porque su venganza será terrible... y con razón)

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